Cuantas veces mire este mapa esperando surcar sus tierras y ahora que ya he entrado en él alguien me hace caer en cuenta de algo bello, algo obvio pero que por ser obvio se escapa a la vista en la mayor de las ocasiones. El mapa de Venezuela, la ahora llamada Republica Bolivariana de Venezuela, tiene la forma de un elefante que levanta altiva su trompa y es así si le miras bien, si observas su contorno. A este elefante entre un 13 de febrero tímidamente, observando su dura piel y sus arrugas por el maltrato del tiempo. Entre por su cuello y supe que la piel de los elefantes es escarpada, este enorme elefante me fue retando desde el principio pues solo eran cuestas y cuestas para llegar a su lomo. El cuello en este caso era la ciudad de san Cristóbal y la frontera no era mas que el sitio donde se suele comerciar un sin numero de productos, pero por supuesto no era esa barricada horrible que suele dibujar la prensa y los medios de desinformación que como dice el maestro Rubén Bladez, aumentan la confusión y la verdad es mentira y viceversa. Este nuevo país me ponía a prueba y solo desde lo físico pues desde que cruce la frontera todo fueron buenas energías, la receptividad de la gente que pasa desde sus autos y te dan la bienvenida con sus cornetas y la curiosidad que siempre será bienvenida. Las consabidas preguntas por mi origen, la admiración por la travesía y la palabra que campea por estos lugares y que ya desde cierta región de Colombia vengo escuchando: ¡!Uy usted si es muy arrecho!!(arrecho= valiente), Yo hablo con la gente, sonrío y sigo de paso por el elefante. San Cristóbal se me presenta como una ciudad caótica y en la llegada a ella llueve un poco y me mojo por segunda vez en este viaje en el que debo tener cuidado con la lluvia, va llegando de a poco y cuando menos piensas eres presa de ella. Aquí me quedo poco y al día siguiente sigo camino rumbo a la ciudad de Mérida. El lema de Mérida es Mérida, Preciosa. No es para menos, esta ciudad clavada en los andes y de difícil acceso para mí pues me tomo dos días llegar a ella y con lluvia a bordo de nuevo, pasando por, llanos, curvas y algunas subidas y el sol, siempre presente. Mérida definitivamente me atrapo, pues su clima tranquilo, la limpieza de sus calles, amabilidad de su gente, su singular estado de ser una ciudad dentro de una universidad, ya que por toda la ciudad están las facultades de esa gran universidad que es Mérida. Además su teleférico, el más grande del mundo, junto con la heladería más famosa por sus casi mil sabores de helados hacen que se convierta en una ciudad particular. El camino tiene que seguir, es la consigna de este viaje y ahora hay que salir de los andes para tomar el extenso llano. Es una tarea difícil hay que montarse en uno de los lomos del elefante y llegar a un páramo que siempre será bello por su vegetación pero difícil para pasarlo, otra vez me ayudo de un auto en un corto tramo y converso con mi pasajero guía. Una vez arriba me descuelgo por interminables bajadas y los kilómetros pasan veloces en mi cuenta kilómetros, la bajada es bastante pronunciada, es una delicia esas bajadas para quienes andamos con las bicicletas cargadas. Los llanos son la otra cara del elefante, el lomo, una parte del lomo, pues este elefante se convierte en un inmenso animal por momentos. El llano hierve de calor, las llantas parece que se derritieran y no ves el final de las rectas, cada ciudad de este llano es mas caliente que la otra, el mar esta lejisimos todavía pero con este clima lo presiento como si estuviera cerca, es como sentirse en esas ciudades a orillas del caribe colombiano donde la gente esta en sus corredores y se mece en sus sillas al sabor de una limonada mientras juega domino. Aquí se habla de política todo el tiempo, las pintas en las paredes te hablan del país, de un país que para unos se hace y para otros se derrumba. Yo como simple espectador, veo, pregunto, converso y escucho las diferentes opiniones pues aquí son muchas. No quiero reducir este maravilloso país a un conflicto político, a la voz de sus dirigentes, al discurso de sus mandatarios, pues aunque quiero saber alguna de estas verdades me interesan mas las voces que hay en las calles, la gente que me habla de su país, de lo que hay para ver y comer, la gente que hace las fiestas porque si y porque no, la gente que come carne en vara y cachapas con todo tipo de quesos, jugo de lechosa y las deliciosas caraotas, la gente que va sazonando la tarde con una fría cerveza de esas que vienen en una botella pequeña. En los llanos hay fiesta, hay calor, hay llamado de caribe y cada 90 o 100 kilómetros que me separan de cada ciudad no son un problema para mí pues los pedaleo con el mayor gusto, al fin y al cabo uno de los placeres de este viaje es que puedo montar en bicicleta recorriendo grandes trayectos. En Barinas me entero que allí estudio el presidente y veo las innumerables pintas en las paredes, hay un discurso allí, ahí una voz. En Guanare la hospitalidad de una familia que no me conoce y es un contacto de alguien que me vio en el camino, se hace presente, allí la voz de mis historias hasta el momento cautivan a unos jóvenes que no se cansan de preguntar y escuchar atentamente. En Araure la presencia femenina de Carmida madre e hija me acogen y saben desde entonces que la hospitalidad es posible sin miedo alguno y que quien llega puede traer buenos aires. Desde Araure y dejando a mi dama de los radios ardiente, mi bicicleta, voy en bus en compañía de mi anfitriona a la ciudad de Barquisimeto. Otro aire, una ciudad más grande, el sol de la mañana acompaña y entre conversaciones y museos de paso voy conociendo mas de este proceso y justo cuando venimos hablando de política una marcha chavista aparece a la vuelta de la esquina, banderas rojas, pañoletas y consignas se dejan ver. Hay euforia por parte de los sujetos que defienden al gobierno y a su causa, ponen en el cañón a sus enemigos y cantan victoria, ¡Patria, socialismo o muerte, venceremos!. De Araure salgo al día siguiente y es una de las despedidas mas sentidas hasta el momento (Falta tanto por vivir), hay lagrimas pero un buen sabor de boca, viajo ahora con mas gente en el corazón. Hay carreteras viejas y las nuevas autopistas, hoy decido viajar por la vieja rumbo a San Carlos y es todo un éxito la decisión. Los árboles dan cobijo y en esta estrecha carretera no me siento tan perdido como en las anchas autopistas. A San Carlos llego y me sigo sorprendiendo de la amabilidad de esta gente, cuando un hombre al que le cuento mi historia me ayuda amablemente para mi hotel. Al día siguiente cumplo la jornada más ardua hasta el momento en todo mi viaje. Pensando en llegar a la ciudad de Valencia que son 97 Km me encamino, una dura jornada que voy sorteando poco a poco. Hoy era una de esas jornadas donde la meta pareciera alejarse a medida que estas cerca de ella. Cuando pienso que estoy cerca aparece un devastador cartel el cual me indica que me faltan 17 Km, eso todavía es mucho. Al llegar a la ciudad me interno en ella para buscar un hotel pues aquí no tengo ningún contacto, es domingo y a pesar de que es una de las ciudades más importantes parece un pueblo fantasma y no logro conseguir un hotel económico y decido en un acto heroico seguir hasta la próxima ciudad sintiéndome totalmente agotado sabiendo que debo pedalear 40 Km más. El objetivo es Maracay, allí tengo a alguien que me recibirá. De cualquier manera logro llegar a Maracay, casi sin fuerzas después de pedalear 140 Km y definitivamente todo tiene su recompensa. Maracay es otra ciudad que me atrapa por espacio de 8 días. Por un lado esta su gente con la que comparto experiencias de sumo agrado. Allí paso entre dos familias que han sabido acogerme con su calor de hogar. En Maracay tengo la posibilidad de visitar por primera vez en este viaje al viejo océano, son las playas de Choroni y Chuao. Choroni con un mar azul y tranquilo y Chuao con la consigna de producir el mejor cacao del mundo. Como siempre y cada vez más intensas son las despedidas. Ya voy llegando al lomo del elefante y sigo mi camino. Hoy 11 de Marzo llego al lomo del elefante, a la capital, Caracas, a seguir viviendo mas caras de la moneda, una moneda que no termino de descifrar ni de gastar.
Lo que yo quiero decir es América Latina...
martes, 11 de marzo de 2008
A la Mérida ¡Preciosa!
Siempre estoy recordando la voz de mis maestros, sus palabras, sus sabios consejos y apuntes.
...detenerse donde nos coja el amor, reza uno de esos buenos consejos. En la ciudad de Mérida no escribí mucho, porque como decía otro de los grandes, los acontecimientos necesitan un poco de tiempo para volverse palabra. La forma del amor en Mérida no se reduce a la facilista, tonta y absurda forma dada por muchos en juntar al hombre y la mujer para desperdigar dicho sentimiento. Ya antes de este viaje pensaba que el amor puede y debe darse de muchas maneras. En esta ciudad tuve varios hospedajes y sea este texto un sentido homenaje a la ciudad y su gente, al buen amigo Abdón que me acogió. Este es un tipo que conoce bien la ciudad y que posee un sentido critico que permite establecer una comunicación fluida y verdadera. El amor es palabra entonces también y hay que saberlo habitar. De otro lado el clima de aquí cautiva de sobre manera. En la medida que te vas moviendo por el mundo tú y tu cuerpo van manifestándose. Con una temperatura que invita al sol en la mañana, un sol no muy fuerte y ese tímido frío que se aleja pero se queda a la vez y permite que no te quieras ir de la ciudad. Con el frío entonces estoy mas a gusto y me dejo estar de una mejor manera. Mi anfitrión un hombre casi de mi edad, es alguien centrado y conocedor de un espacio que ha sabido asimilar. A lo largo de mi estadía allí caminando de un lugar a otro o sentados en la comodidad de su pequeño apartamento, de repente venia de su parte una historia cargada de tradición y entre mitos indígenas, historia inmediata y conflictos actuales las conversaciones fluían. Como hecho particular hay que decir que este hombre es medico. Aquel día que lo conocí pase mi primera noche acompañándolo en su clínica donde debía hacer turno, una clínica de obstetricia, especialidad a la que se dedica y justo allí en ese lugar tuvimos los primeros acercamientos de largas conversaciones venideras sobre la política de este singular país y el proceso que pretende construir. Estar en una clínica me hizo recordar muchas cosas que tienen que ver con mi pasado. De un lado mis enfermedades cuando pequeño y mis largas jornadas en hospitales, por otra parte las innumerables horas que acompañaba a mi madre, quien fuera enfermera, en sus múltiples lugares de trabajo. Se puede decir entonces que crecí entre clínicas, médicos y medicamentos. Ahora, a esta edad y siendo mi mejor amigo medico, las historias de hospitales y pacientes no terminan para mí, por eso ese día allí el espacio no se me hacia extraño. Los días tranquilos en Mérida se desarrollaron con una calma tal que conmueve al recordarlo. En este viaje me revisto en ocasiones con mi actitud de turista y voy a conocer aquellos lugares de las guías, los que los medios nos dicen visitar. Ese juego no me gusta mucho, por no considerarme un turista, si no mas bien un tipo que deambula por ahí. En Mérida en un par de ocasiones hice este juego de jugar por jugar. Con mucha curiosidad fui a la no menos famosa heladería Coromoto, la de los mil sabores (830 hasta ahora según me documente) que aparece como no en el libro ginness. Allá llegue a asombrarme como muchos, de su infinita carta de sabores, la mayoría de ellos traídos de los cabellos. Pensaba también que en su dueño, un hombre de origen portugués, hay un gran jugador, que entre la invención de nombres y combinaciones de sabores existe un hombre que construyo un cálido sueño con los fríos helados. Mi otro juego de turista fue ir a conocer el teleférico mas alto del mundo. 12 kilómetros y una altura de 4700 msnm fueron el embeleco de uno de nuestros presidentes latinoamericanos de turno, emulando construcciones, pero este, que es el continente de la hipérbole se presta para estas grandes proezas. El teleférico se remonta hasta el Pico Bolívar, el mas alto de Venezuela con 4980 msnm, que ya casi no esta cubierto de nieve, estas dejaran de ser perpetuas, unos pobres parches blancos le dan otro color al pico que ya casi quiere tocar el cielo. A medida que subes por sus cinco estaciones puedes apreciar la magnitud de dicha obra y por supuesto la inmensidad de la naturaleza. Ese día nos calentaba un agradable sol que golpeaba en la cara mientras subíamos, pero arriba las cosas son a otro precio y la justa altura hace lo suyo. El cuerpo se entumece de punta a punta mientras el viento corre como loco inundándolo todo. Lo otro en Mérida es su centro limpio, sus callecitas agradables y aquello de que es una ciudad incrustada dentro de una universidad. El hecho que la universidad principal no este ubicada en un solo lugar si no que sus facultades se desperdiguen por toda la ciudad hace que cuando la recorras te sientas transitando por la academia. Mérida es una ciudad de muchos, de todos, la condición de ciudad universitaria hace que confluyan jóvenes de todos los lugares del país y esto le da un aire juvenil, entre cafés, panaderías, bares, lugares para el deporte y siempre donde disfrutar de comidas rápidas que aquí abundan, Mérida se empina y deja que en la noche la bruma la cubra y que en las mañanas el sol vaya iluminando sus picos.
...detenerse donde nos coja el amor, reza uno de esos buenos consejos. En la ciudad de Mérida no escribí mucho, porque como decía otro de los grandes, los acontecimientos necesitan un poco de tiempo para volverse palabra. La forma del amor en Mérida no se reduce a la facilista, tonta y absurda forma dada por muchos en juntar al hombre y la mujer para desperdigar dicho sentimiento. Ya antes de este viaje pensaba que el amor puede y debe darse de muchas maneras. En esta ciudad tuve varios hospedajes y sea este texto un sentido homenaje a la ciudad y su gente, al buen amigo Abdón que me acogió. Este es un tipo que conoce bien la ciudad y que posee un sentido critico que permite establecer una comunicación fluida y verdadera. El amor es palabra entonces también y hay que saberlo habitar. De otro lado el clima de aquí cautiva de sobre manera. En la medida que te vas moviendo por el mundo tú y tu cuerpo van manifestándose. Con una temperatura que invita al sol en la mañana, un sol no muy fuerte y ese tímido frío que se aleja pero se queda a la vez y permite que no te quieras ir de la ciudad. Con el frío entonces estoy mas a gusto y me dejo estar de una mejor manera. Mi anfitrión un hombre casi de mi edad, es alguien centrado y conocedor de un espacio que ha sabido asimilar. A lo largo de mi estadía allí caminando de un lugar a otro o sentados en la comodidad de su pequeño apartamento, de repente venia de su parte una historia cargada de tradición y entre mitos indígenas, historia inmediata y conflictos actuales las conversaciones fluían. Como hecho particular hay que decir que este hombre es medico. Aquel día que lo conocí pase mi primera noche acompañándolo en su clínica donde debía hacer turno, una clínica de obstetricia, especialidad a la que se dedica y justo allí en ese lugar tuvimos los primeros acercamientos de largas conversaciones venideras sobre la política de este singular país y el proceso que pretende construir. Estar en una clínica me hizo recordar muchas cosas que tienen que ver con mi pasado. De un lado mis enfermedades cuando pequeño y mis largas jornadas en hospitales, por otra parte las innumerables horas que acompañaba a mi madre, quien fuera enfermera, en sus múltiples lugares de trabajo. Se puede decir entonces que crecí entre clínicas, médicos y medicamentos. Ahora, a esta edad y siendo mi mejor amigo medico, las historias de hospitales y pacientes no terminan para mí, por eso ese día allí el espacio no se me hacia extraño. Los días tranquilos en Mérida se desarrollaron con una calma tal que conmueve al recordarlo. En este viaje me revisto en ocasiones con mi actitud de turista y voy a conocer aquellos lugares de las guías, los que los medios nos dicen visitar. Ese juego no me gusta mucho, por no considerarme un turista, si no mas bien un tipo que deambula por ahí. En Mérida en un par de ocasiones hice este juego de jugar por jugar. Con mucha curiosidad fui a la no menos famosa heladería Coromoto, la de los mil sabores (830 hasta ahora según me documente) que aparece como no en el libro ginness. Allá llegue a asombrarme como muchos, de su infinita carta de sabores, la mayoría de ellos traídos de los cabellos. Pensaba también que en su dueño, un hombre de origen portugués, hay un gran jugador, que entre la invención de nombres y combinaciones de sabores existe un hombre que construyo un cálido sueño con los fríos helados. Mi otro juego de turista fue ir a conocer el teleférico mas alto del mundo. 12 kilómetros y una altura de 4700 msnm fueron el embeleco de uno de nuestros presidentes latinoamericanos de turno, emulando construcciones, pero este, que es el continente de la hipérbole se presta para estas grandes proezas. El teleférico se remonta hasta el Pico Bolívar, el mas alto de Venezuela con 4980 msnm, que ya casi no esta cubierto de nieve, estas dejaran de ser perpetuas, unos pobres parches blancos le dan otro color al pico que ya casi quiere tocar el cielo. A medida que subes por sus cinco estaciones puedes apreciar la magnitud de dicha obra y por supuesto la inmensidad de la naturaleza. Ese día nos calentaba un agradable sol que golpeaba en la cara mientras subíamos, pero arriba las cosas son a otro precio y la justa altura hace lo suyo. El cuerpo se entumece de punta a punta mientras el viento corre como loco inundándolo todo. Lo otro en Mérida es su centro limpio, sus callecitas agradables y aquello de que es una ciudad incrustada dentro de una universidad. El hecho que la universidad principal no este ubicada en un solo lugar si no que sus facultades se desperdiguen por toda la ciudad hace que cuando la recorras te sientas transitando por la academia. Mérida es una ciudad de muchos, de todos, la condición de ciudad universitaria hace que confluyan jóvenes de todos los lugares del país y esto le da un aire juvenil, entre cafés, panaderías, bares, lugares para el deporte y siempre donde disfrutar de comidas rápidas que aquí abundan, Mérida se empina y deja que en la noche la bruma la cubra y que en las mañanas el sol vaya iluminando sus picos.
domingo, 9 de marzo de 2008
jueves, 21 de febrero de 2008
Páginas de díario
Aquí asistirá el lector a las páginas de un díario inconcluso, se caragaran días sin orden lógico, jornadas inconexas, pero llenas de sentido...
Día 1
La confrontación de los sueños con la vida real es un hecho que puede resultar devastador si no se esta lo suficientemente preparado para ello y aunque se estuviera; como lo es mi caso, el hecho resulta de una dureza cruel, tanto que pone a tu corazón a tambalear en una cuerda creyendo que vas a caer al vacío y de allí nadie te podrá sacar. Estos sucesos de confrontación suceden en todas las esferas, académicas, laborales, sentimentales, pero pienso que con algo tan puro y sentido como son los sueños que se vienen alimentando tanto tiempo resulta casi escabroso, lo tienes ahí en la punta de tus narices y pareciera que se hace añicos, pero esto es lo interesante, llegar a la cima, casi tocarla y entonces pensar que es una ilusión. Mi anhelo de recorrer Suramérica en bicicleta estaba alimentado desde hace mucho tiempo atrás y todos estos días trataba de recordar cuando fue que este empezó a gestarse. Había creído que fue cuando descubrí en la Internet la historia de aquel español que decidió llegar hasta Estambul desde su casa, un viaje que no duraría demasiado dada la distancia, pero que termino siendo de cuatro años de duración y con una vuelta al mundo. Y es que así son las cosas, los bellos sueños alimentados de la más pura sinceridad. Pienso en aquel español y en cuan vasto vería el mundo desde la frontera entre Asía y Europa, cuantas baterías no tendría para estar en ese otro borde, ese abismo lleno de posibilidades. Pienso también en la frase del desesperado kafka que nos dice: “A partir de cierto punto no hay retorno posible, ese es el punto al que hay que llegar”. Así entonces quedo la historia del español, como una especie de germen para mí, pero ahora en estos días que ya surco el camino y hurgo en mi memoria creo recordar cual fue la semilla de todo. Fue un lejano día en algún momento de aquel diciembre de 1997, en un viaje, mi primer gran viaje en auto stop, en aquella ocasión hacia la guajira colombiana. Bajando hacia Puerto Valdivia, subían unos cansados bici viajeros, un grupo como de cinco personas, entre hombres y mujeres, además un tipo bastante mayor y claro, surgió en mí la inmensa satisfacción e irrumpí con la sonora pregunta desde el carro que velozmente nos llevaba… ¿de dónde vienen? Y una de aquellas personas aunque cansados victoriosa grito: ¡Canadá! En aquel momento se dibujo en mí un mapa interior y ahora que lo pienso; pues en aquel entonces no conocía la sentencia, sigue teniendo mucho más sentido la frase de Stevenson: “No hay mejor materia para un sueño que un mapa”. Dibuje a Canadá en mi interior, visualice la ruta hasta Colombia para ubicarme con estos ciclistas. Yo no sabía que haría lo mismo, pero ahora 11 años después montado sobre la dama de los radios ardientes, mi bicicleta decido rodar. Hablaba líneas atrás sobre la confrontación del sueño con la realidad y es que yo, gran conocedor de historias y viajes , el mejor lector de cuanto periplo viajero se publicase en la red, yo, el gran conocedor de alforjas, mapas, rutas, consejos sobre equipaje, era bien poco lo que había experimentado en realidad sobre la bicicleta con todos estos aparatajes. A pesar de haber rodado mas de 12 años con la negrita y con ella me haberme aventurado a hacer duros viajes, no sabía lo que me esperaría en realidad. Como dice una frase de Bacino Ponce de león, escritor uruguayo, en aquel precioso libro llamado “Maluco”, que relatara de otra forma el viaje de Magallanes, diciendo: “A grandes sueños, grandes porrazos”. Mi primer gran porrazo sucedió minutos antes de partir, al darme cuenta de cuanto pesaba mi sueño. Demasiado equipaje y la imposibilidad de cargar con él, hicieron que el desespero y la angustia se apoderaran de mí transitoriamente, pero como también he dicho mi espíritu es bastante fuerte para dejarme amedrentar por una carga de peso. Inmediatamente con la oportuna ayuda de mi hermano y mi gran amigo Camilo disminuimos peso y reacomodamos el equipaje, a sabiendas de que seguiría siendo mucho. Claro esta que este viaje para mi es el continuo aprendizaje, la lección de nunca acabar. Ahí estaba la primera batalla, la otra, una de las más fuertes quizás, era tomar aire, darse vuelta, ver por última vez la casa que habite tanto tiempo y mirar a mi madre con los ojos encharcados por las lágrimas más sentidas que se puedan derramar. Su abrazo y sus palabras arrancaron las lágrimas de todos los que estábamos allí, pero como siempre he sido malo para las despedidas y la ansiedad era incalculable partí pronto en compañía de mi amigo camilo que me acompañaría el primer tramo. Cuestión que en últimas no se pudo hacer en bicicleta, pero que mi buen amigo hizo en su moto y hasta allí me acompaño. ¡Gracias Gran Camilin por ese gesto!
Y entonces se sucede, el camino tantas veces transitado me acompañaba, una mañana tranquila, fresca, de esas que sabe Medellín, la de la eterna primavera dicen, a la que tanto cante y a la que tanto insulte también con su afán de progreso olvidándose de ella misma. Yo rodaba esa mañana casi que por un pueblo fantasma, creo que la emoción no me dejaba ver nada, no reconocía la ciudad. Mi peso me apegaba más a la tierra y yo solo quería volar, volar rápido, en suma ya estaba cansado de ver tantas veces lo mismo y necesitaba el camino, comérmelo para salir de allí. Así fui pasando por Bello, Copacabana, pasando de soslayo por Girardota, bordeando Barbosa y adentrándome en la carretera que me llevara a Cisneros, lugar al que alguna vez fui con la negrita, pero que ahora no merece mención. Por supuesto esta vez todo se veía diferente, aunque la memoria; pienso que la corporal, esa que me acompaña y me ayuda a acordarme por los lugares que pase mientras iba caminando o rodando, me hacia sentir tantos lugares. El factor predominante del trayecto fue la fatiga, haciendo que cada pedazo de asfalto se sintiese como ningún otro. En momentos como estos si que se piensa. En ese instante te resuenan las voces de tus amigos que te dan aliento, recuerdas todas las líneas leídas de historias soñadas y piensas que ya estas incursionando escribiendo otra página con sudor, esfuerzo y ganas, muchas ganas. También en aquellos momentos escuchas las voces de los que callaron o de los que te dijeron cuan loco y errado estabas, pero paradójicamente estas también te alientan, tal vez más que las otras quizás, no se, de pronto será por ese espíritu competitivo que tenemos en ciertas ocasiones los humanos y que hace que nos alimentemos de esas pequeñas ráfagas de odio. En todo caso me mantuve con un esfuerzo casi sobre humano, este, mi primer día de pedaleo hacia la construcción de mi sueño, en la creación de mi nuevo estilo de vida, en esa otra forma de escribir que es rodar sobre una bicicleta, siete horas como lo hice este primer día y saber que si se puede construir el camino que quieres y cumplir tu meta. Mi meta ese primer día saliendo a las 8.30 a.m. y llegando a las 3.30 p.m. fue el pueblo de Cisneros, donde la nostalgia viaja sobre rieles y en el aire queda el sabor de los vagones que ya no están.
Día 1
La confrontación de los sueños con la vida real es un hecho que puede resultar devastador si no se esta lo suficientemente preparado para ello y aunque se estuviera; como lo es mi caso, el hecho resulta de una dureza cruel, tanto que pone a tu corazón a tambalear en una cuerda creyendo que vas a caer al vacío y de allí nadie te podrá sacar. Estos sucesos de confrontación suceden en todas las esferas, académicas, laborales, sentimentales, pero pienso que con algo tan puro y sentido como son los sueños que se vienen alimentando tanto tiempo resulta casi escabroso, lo tienes ahí en la punta de tus narices y pareciera que se hace añicos, pero esto es lo interesante, llegar a la cima, casi tocarla y entonces pensar que es una ilusión. Mi anhelo de recorrer Suramérica en bicicleta estaba alimentado desde hace mucho tiempo atrás y todos estos días trataba de recordar cuando fue que este empezó a gestarse. Había creído que fue cuando descubrí en la Internet la historia de aquel español que decidió llegar hasta Estambul desde su casa, un viaje que no duraría demasiado dada la distancia, pero que termino siendo de cuatro años de duración y con una vuelta al mundo. Y es que así son las cosas, los bellos sueños alimentados de la más pura sinceridad. Pienso en aquel español y en cuan vasto vería el mundo desde la frontera entre Asía y Europa, cuantas baterías no tendría para estar en ese otro borde, ese abismo lleno de posibilidades. Pienso también en la frase del desesperado kafka que nos dice: “A partir de cierto punto no hay retorno posible, ese es el punto al que hay que llegar”. Así entonces quedo la historia del español, como una especie de germen para mí, pero ahora en estos días que ya surco el camino y hurgo en mi memoria creo recordar cual fue la semilla de todo. Fue un lejano día en algún momento de aquel diciembre de 1997, en un viaje, mi primer gran viaje en auto stop, en aquella ocasión hacia la guajira colombiana. Bajando hacia Puerto Valdivia, subían unos cansados bici viajeros, un grupo como de cinco personas, entre hombres y mujeres, además un tipo bastante mayor y claro, surgió en mí la inmensa satisfacción e irrumpí con la sonora pregunta desde el carro que velozmente nos llevaba… ¿de dónde vienen? Y una de aquellas personas aunque cansados victoriosa grito: ¡Canadá! En aquel momento se dibujo en mí un mapa interior y ahora que lo pienso; pues en aquel entonces no conocía la sentencia, sigue teniendo mucho más sentido la frase de Stevenson: “No hay mejor materia para un sueño que un mapa”. Dibuje a Canadá en mi interior, visualice la ruta hasta Colombia para ubicarme con estos ciclistas. Yo no sabía que haría lo mismo, pero ahora 11 años después montado sobre la dama de los radios ardientes, mi bicicleta decido rodar. Hablaba líneas atrás sobre la confrontación del sueño con la realidad y es que yo, gran conocedor de historias y viajes , el mejor lector de cuanto periplo viajero se publicase en la red, yo, el gran conocedor de alforjas, mapas, rutas, consejos sobre equipaje, era bien poco lo que había experimentado en realidad sobre la bicicleta con todos estos aparatajes. A pesar de haber rodado mas de 12 años con la negrita y con ella me haberme aventurado a hacer duros viajes, no sabía lo que me esperaría en realidad. Como dice una frase de Bacino Ponce de león, escritor uruguayo, en aquel precioso libro llamado “Maluco”, que relatara de otra forma el viaje de Magallanes, diciendo: “A grandes sueños, grandes porrazos”. Mi primer gran porrazo sucedió minutos antes de partir, al darme cuenta de cuanto pesaba mi sueño. Demasiado equipaje y la imposibilidad de cargar con él, hicieron que el desespero y la angustia se apoderaran de mí transitoriamente, pero como también he dicho mi espíritu es bastante fuerte para dejarme amedrentar por una carga de peso. Inmediatamente con la oportuna ayuda de mi hermano y mi gran amigo Camilo disminuimos peso y reacomodamos el equipaje, a sabiendas de que seguiría siendo mucho. Claro esta que este viaje para mi es el continuo aprendizaje, la lección de nunca acabar. Ahí estaba la primera batalla, la otra, una de las más fuertes quizás, era tomar aire, darse vuelta, ver por última vez la casa que habite tanto tiempo y mirar a mi madre con los ojos encharcados por las lágrimas más sentidas que se puedan derramar. Su abrazo y sus palabras arrancaron las lágrimas de todos los que estábamos allí, pero como siempre he sido malo para las despedidas y la ansiedad era incalculable partí pronto en compañía de mi amigo camilo que me acompañaría el primer tramo. Cuestión que en últimas no se pudo hacer en bicicleta, pero que mi buen amigo hizo en su moto y hasta allí me acompaño. ¡Gracias Gran Camilin por ese gesto!
Y entonces se sucede, el camino tantas veces transitado me acompañaba, una mañana tranquila, fresca, de esas que sabe Medellín, la de la eterna primavera dicen, a la que tanto cante y a la que tanto insulte también con su afán de progreso olvidándose de ella misma. Yo rodaba esa mañana casi que por un pueblo fantasma, creo que la emoción no me dejaba ver nada, no reconocía la ciudad. Mi peso me apegaba más a la tierra y yo solo quería volar, volar rápido, en suma ya estaba cansado de ver tantas veces lo mismo y necesitaba el camino, comérmelo para salir de allí. Así fui pasando por Bello, Copacabana, pasando de soslayo por Girardota, bordeando Barbosa y adentrándome en la carretera que me llevara a Cisneros, lugar al que alguna vez fui con la negrita, pero que ahora no merece mención. Por supuesto esta vez todo se veía diferente, aunque la memoria; pienso que la corporal, esa que me acompaña y me ayuda a acordarme por los lugares que pase mientras iba caminando o rodando, me hacia sentir tantos lugares. El factor predominante del trayecto fue la fatiga, haciendo que cada pedazo de asfalto se sintiese como ningún otro. En momentos como estos si que se piensa. En ese instante te resuenan las voces de tus amigos que te dan aliento, recuerdas todas las líneas leídas de historias soñadas y piensas que ya estas incursionando escribiendo otra página con sudor, esfuerzo y ganas, muchas ganas. También en aquellos momentos escuchas las voces de los que callaron o de los que te dijeron cuan loco y errado estabas, pero paradójicamente estas también te alientan, tal vez más que las otras quizás, no se, de pronto será por ese espíritu competitivo que tenemos en ciertas ocasiones los humanos y que hace que nos alimentemos de esas pequeñas ráfagas de odio. En todo caso me mantuve con un esfuerzo casi sobre humano, este, mi primer día de pedaleo hacia la construcción de mi sueño, en la creación de mi nuevo estilo de vida, en esa otra forma de escribir que es rodar sobre una bicicleta, siete horas como lo hice este primer día y saber que si se puede construir el camino que quieres y cumplir tu meta. Mi meta ese primer día saliendo a las 8.30 a.m. y llegando a las 3.30 p.m. fue el pueblo de Cisneros, donde la nostalgia viaja sobre rieles y en el aire queda el sabor de los vagones que ya no están.
martes, 12 de febrero de 2008
Dialogando con Colombia a pedalazos.
Esta es la materialización de un sueño de tiempos atrás. Recorrer Suramérica en bicicleta desde Medellín Colombia para pasar a Venezuela, bajar por Brasil, Uruguay, Argentina, llegar hasta tierra del fuego y subir por Chile, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador y regresar a Colombia. Un viaje sin tiempo y sin prisas que puede tardar años, con esa única premisa que proponía el maestro Fernando González, el filósofo de Otraparte: “El único sistema para viajar es la lentitud y detenernos donde nos coja el amor”. Entiendo por amor, un olor, una pasión, una música, el abrazo de un lugar. Este viaje comenzó el 2 de febrero cuando por fin salí de mi ciudad. Ahora 11 días atrás me encuentro en la ciudad de Cúcuta y con un poco de nostalgia, de esa que nunca me abandona miro atrás y veo los pasos andados, pedaleados en este caso. Atrás queda este país de contradicciones, un país que algunos pintan bárbaro pero los que a bien hemos tenido la oportunidad de recorrerlo sabemos que es otra cosa.
El sábado 2 de febrero cargue por vez primera a la Dama de los radios ardientes, mi bicicleta, nombrada así como un pequeño homenaje al poeta de mi tierra, Porfirio Barba Jacob, quien escribiera el poema, La Dama de los cabellos ardientes. La Dama aquel día quedo investida con sus mejores ropajes, le puse sus alforjas y demás atuendos y juntos salimos de viaje por fin.
Manejar la bicicleta así era difícil y los primeros pedalazos había que mantener el equilibrio, por lo demás había que dejar que el cuerpo fuera manifestándose, sintiendo el agotamiento por tanta carga, apenas me adecuo a estas nuevas rutinas en las que exijo tanto al cuerpo.
La meta del primer día fue el pueblo de Cisneros, su historia está ligada al paso del tren que unía a Medellín con Puerto Berrío en el río Magdalena, a la caña y los trapiches paneleros, un pueblo ubicado a 88 kms de Medellín y que ya alguna vez había surcado en bicicleta, ahora el peso y la emoción de tamaño viaje hizo que las cosas fueran diferentes, mas despacio todo se va viendo distinto y las ultimas cuestas en la cercanía a él hicieron que su llegada fuera aun más emotiva. Me quedo esa noche allí en alguno de sus hoteles cerca al parque y en la tarde salgo a recorrerlo, sintiendo en el ambiente la nostalgia del paso del tren, viendo sus olvidados rieles que se come la maleza, las bodegas que otrora estuvieron repletas de mercancía, el paso del progreso. Dejo Cisneros cargado de energía y recorro ese delicioso camino a Puerto Berrío, un camino plano que se deja andar fácilmente. 100 kilómetros me separan de él. Un calor que a veces desgasta y algunas cuestas hacen que el viaje se vaya sintiendo. Detenerse para hidratarse constantemente es una consigna en este viaje, paso a paso caen las gotas de sudor y en cualquier momento te puedes quedar sin energía por eso el agua se hace de vital importancia. La llegada a Puerto Berrío se hizo dura, el lugar pareciera que no aparecía en mi camino y luego se dejo ver en los letreros que lo anunciaban. Cansado por el viaje busco alguna posada y me instalo para cumplir con el sagrado ritual de la ducha y la comida que reponen las energías. En el puerto tienes que acercarte a ver cuan imponente es el río Magdalena. En sus orillas evocas la canción que habla sobre él, el río que se la pasa viajando y sabes porque es así. Un día para caminar por sus calientes calles y ver como hierve la vida, las casas coloniales que sobreviven al tiempo y la vida típica del puerto, con su comida de río, sus sancochos, sus pescados en fin. El viaje sigue y la meta ahora es larga, voy en búsqueda de mi primera gran ciudad, Bucaramanga. Se que el tramo es largo, 220 kilómetros a los que me lanzo con ímpetu para abarcarlos en dos etapas. En la primera recorro 120 kilómetros por extensas rectas que parecen no acabar nunca, bajo un ardiente sol el ganado te mira pasar con unos ojos de admiración preguntándote a donde vas, mientras pequeñas aves parecidas a halcones hacen lo suyo volando de rama en rama. Cuando el cansancio me vence pido posada en algún lugar en medio del camino y paso una noche difícil presa de los zancudos y el agotamiento pues no tengo como ducharme y duermo bastante mal al no poder poner mi carpa, pero son gajes del camino diríamos. Al otro día tempranísimo tomo camino y decido llegar a la ciudad sea como sea, un poco menguado en energías decido hacer los últimos kilómetros, una dura subida en bus para por fin y muy temprano estar en la ciudad de los parques. En esta hermosa y calida ciudad, la familia Pinzón me acoge y me trata como a uno más de los suyos. El contacto lo hice a través de la página de Internet couchsurfing, una herramienta bastante útil para los viajeros que posibilita el intercambio de alojamiento. Allí paso unos días maravillosos donde dialogo con ellos, me muestran un poco la ciudad, conozco algunas de sus avenidas, universidades, admiro la organización de la ciudad y me deleito con los guayacanes rosados que andan floreciendo por todos lados. El momento de la partida no deja de ser nostálgico pues en el poco tiempo que compartes con alguien que abrió las puertas de su casa tan gustosamente se crean lazos fuertes, igual sabes que le abres un espacio en el corazón y los llevas en tu viaje. Para salir de Bucaramanga se hace necesario de nuevo la ayuda del bus, pues hay que sortear una subida de casi 60 kilómetros y todavía no estoy en condiciones para ello. La subida es hasta el alto denominado “el picacho”, una escarpada loma, angosta, y que es bastante peligrosa por el cruce de carros muy pesados y la cantidad de buses que transitan por allí. En el alto las cosas son a otro precio, llegamos al páramo de Berlín y todo es frío, por primera vez siento frío en mi viaje y estoy feliz por ello. El paisaje cambia de manera considerable. Le vegetación de clima frío, los colores, hay ovejas pastando y los cultivos son como una pintura. Pedaleo en un frío que me llega hasta los huesos, acompañado por una leve brizna y con una meta muy definida, la ciudad de Pamplona en el norte de Santander. La constancia y el terreno hacen que pueda llegar a mi meta ese mismo día. Pamplona es una ciudad bellísima, la segunda en importancia con sus fiestas de semana santa, una ciudad religiosa por excelencia. Con un sin numero de panaderías puedes degustar un delicioso pan con café y despistar al frío. Visitar sus museos y ver la bruma que rodea sus montañas, en la ciudad cultural y estudiantil como reza el cartel que esta a la entrada. La salida de Pamplona a Cúcuta es una delicia para nosotros los ciclistas. Es el mejor trayecto que pude haber tenido en todo el viaje, kilómetros en bajada, un clima delicioso y unas rectas que se dejan pedalear. Llegar a Cúcuta es el cumplimiento de una primera etapa en este largo viaje, es saber que se puede seguir adelante cumpliendo un sueño por cuenta propia. Es estar a un paso de la primera frontera y empezar ahora a sumar países, costumbres diferentes y seguir aprendiendo pedalazo a pedalazo.
El sábado 2 de febrero cargue por vez primera a la Dama de los radios ardientes, mi bicicleta, nombrada así como un pequeño homenaje al poeta de mi tierra, Porfirio Barba Jacob, quien escribiera el poema, La Dama de los cabellos ardientes. La Dama aquel día quedo investida con sus mejores ropajes, le puse sus alforjas y demás atuendos y juntos salimos de viaje por fin.
Manejar la bicicleta así era difícil y los primeros pedalazos había que mantener el equilibrio, por lo demás había que dejar que el cuerpo fuera manifestándose, sintiendo el agotamiento por tanta carga, apenas me adecuo a estas nuevas rutinas en las que exijo tanto al cuerpo.
La meta del primer día fue el pueblo de Cisneros, su historia está ligada al paso del tren que unía a Medellín con Puerto Berrío en el río Magdalena, a la caña y los trapiches paneleros, un pueblo ubicado a 88 kms de Medellín y que ya alguna vez había surcado en bicicleta, ahora el peso y la emoción de tamaño viaje hizo que las cosas fueran diferentes, mas despacio todo se va viendo distinto y las ultimas cuestas en la cercanía a él hicieron que su llegada fuera aun más emotiva. Me quedo esa noche allí en alguno de sus hoteles cerca al parque y en la tarde salgo a recorrerlo, sintiendo en el ambiente la nostalgia del paso del tren, viendo sus olvidados rieles que se come la maleza, las bodegas que otrora estuvieron repletas de mercancía, el paso del progreso. Dejo Cisneros cargado de energía y recorro ese delicioso camino a Puerto Berrío, un camino plano que se deja andar fácilmente. 100 kilómetros me separan de él. Un calor que a veces desgasta y algunas cuestas hacen que el viaje se vaya sintiendo. Detenerse para hidratarse constantemente es una consigna en este viaje, paso a paso caen las gotas de sudor y en cualquier momento te puedes quedar sin energía por eso el agua se hace de vital importancia. La llegada a Puerto Berrío se hizo dura, el lugar pareciera que no aparecía en mi camino y luego se dejo ver en los letreros que lo anunciaban. Cansado por el viaje busco alguna posada y me instalo para cumplir con el sagrado ritual de la ducha y la comida que reponen las energías. En el puerto tienes que acercarte a ver cuan imponente es el río Magdalena. En sus orillas evocas la canción que habla sobre él, el río que se la pasa viajando y sabes porque es así. Un día para caminar por sus calientes calles y ver como hierve la vida, las casas coloniales que sobreviven al tiempo y la vida típica del puerto, con su comida de río, sus sancochos, sus pescados en fin. El viaje sigue y la meta ahora es larga, voy en búsqueda de mi primera gran ciudad, Bucaramanga. Se que el tramo es largo, 220 kilómetros a los que me lanzo con ímpetu para abarcarlos en dos etapas. En la primera recorro 120 kilómetros por extensas rectas que parecen no acabar nunca, bajo un ardiente sol el ganado te mira pasar con unos ojos de admiración preguntándote a donde vas, mientras pequeñas aves parecidas a halcones hacen lo suyo volando de rama en rama. Cuando el cansancio me vence pido posada en algún lugar en medio del camino y paso una noche difícil presa de los zancudos y el agotamiento pues no tengo como ducharme y duermo bastante mal al no poder poner mi carpa, pero son gajes del camino diríamos. Al otro día tempranísimo tomo camino y decido llegar a la ciudad sea como sea, un poco menguado en energías decido hacer los últimos kilómetros, una dura subida en bus para por fin y muy temprano estar en la ciudad de los parques. En esta hermosa y calida ciudad, la familia Pinzón me acoge y me trata como a uno más de los suyos. El contacto lo hice a través de la página de Internet couchsurfing, una herramienta bastante útil para los viajeros que posibilita el intercambio de alojamiento. Allí paso unos días maravillosos donde dialogo con ellos, me muestran un poco la ciudad, conozco algunas de sus avenidas, universidades, admiro la organización de la ciudad y me deleito con los guayacanes rosados que andan floreciendo por todos lados. El momento de la partida no deja de ser nostálgico pues en el poco tiempo que compartes con alguien que abrió las puertas de su casa tan gustosamente se crean lazos fuertes, igual sabes que le abres un espacio en el corazón y los llevas en tu viaje. Para salir de Bucaramanga se hace necesario de nuevo la ayuda del bus, pues hay que sortear una subida de casi 60 kilómetros y todavía no estoy en condiciones para ello. La subida es hasta el alto denominado “el picacho”, una escarpada loma, angosta, y que es bastante peligrosa por el cruce de carros muy pesados y la cantidad de buses que transitan por allí. En el alto las cosas son a otro precio, llegamos al páramo de Berlín y todo es frío, por primera vez siento frío en mi viaje y estoy feliz por ello. El paisaje cambia de manera considerable. Le vegetación de clima frío, los colores, hay ovejas pastando y los cultivos son como una pintura. Pedaleo en un frío que me llega hasta los huesos, acompañado por una leve brizna y con una meta muy definida, la ciudad de Pamplona en el norte de Santander. La constancia y el terreno hacen que pueda llegar a mi meta ese mismo día. Pamplona es una ciudad bellísima, la segunda en importancia con sus fiestas de semana santa, una ciudad religiosa por excelencia. Con un sin numero de panaderías puedes degustar un delicioso pan con café y despistar al frío. Visitar sus museos y ver la bruma que rodea sus montañas, en la ciudad cultural y estudiantil como reza el cartel que esta a la entrada. La salida de Pamplona a Cúcuta es una delicia para nosotros los ciclistas. Es el mejor trayecto que pude haber tenido en todo el viaje, kilómetros en bajada, un clima delicioso y unas rectas que se dejan pedalear. Llegar a Cúcuta es el cumplimiento de una primera etapa en este largo viaje, es saber que se puede seguir adelante cumpliendo un sueño por cuenta propia. Es estar a un paso de la primera frontera y empezar ahora a sumar países, costumbres diferentes y seguir aprendiendo pedalazo a pedalazo.
lunes, 4 de febrero de 2008
Tira los Dados
El poema que quiero publicar a continuación me acompaño durante mucho tiempo y me dío muchísimas fuerzas para hacer lo que ahora estoy haciendo, ir detras de un sueño que coseche hace mucho tiempo. ya estoy en camino y auque ha sido duro no dejo de recordar estas lineas que estuvieron sobre mi escritorio tanto tiempo alentandome de una manera particular.
Tira los dados
"Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
De otro modo, no empieces siquiera.
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Tal vez suponga perder novias, esposas,
parientes, empleos y quizá la cabeza.
Ve hasta el final.
Tal vez suponga no comer durante 3 o
4 días.
Tal vez suponga helarte en el
banco de un parque.
Tal vez supongo la cárcel,
Tal vez suponga mofas, desdén,
aislamiento.
El aislamiento es la ventaja,
todo lo demás es un modo de poner a prueba tu
resistencia, tus auténticas ganas de
hacerlo.
Y lo harás a pesar del rechazo y las
ínfimas probabilidades
y será mejor que cualquier otra cosa
que puedas imaginar.
Si vas a intentarlo ve hasta el final.
No hay sensación parecida.
Estarás a solas con los
dioses y las noches arderán en
llamas.
Hazlo, hazlo, hazlo.
Hazlo.
Hasta el final.
Hasta el final.
Llevarás las riendas de la vida hasta
la risa perfecta, es la única lucha digna
que hay."
Charles Bukowski (1920-1994)
Tira los dados
"Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
De otro modo, no empieces siquiera.
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Tal vez suponga perder novias, esposas,
parientes, empleos y quizá la cabeza.
Ve hasta el final.
Tal vez suponga no comer durante 3 o
4 días.
Tal vez suponga helarte en el
banco de un parque.
Tal vez supongo la cárcel,
Tal vez suponga mofas, desdén,
aislamiento.
El aislamiento es la ventaja,
todo lo demás es un modo de poner a prueba tu
resistencia, tus auténticas ganas de
hacerlo.
Y lo harás a pesar del rechazo y las
ínfimas probabilidades
y será mejor que cualquier otra cosa
que puedas imaginar.
Si vas a intentarlo ve hasta el final.
No hay sensación parecida.
Estarás a solas con los
dioses y las noches arderán en
llamas.
Hazlo, hazlo, hazlo.
Hazlo.
Hasta el final.
Hasta el final.
Llevarás las riendas de la vida hasta
la risa perfecta, es la única lucha digna
que hay."
Charles Bukowski (1920-1994)
miércoles, 23 de enero de 2008
Si. De esta absurda comodidad. De todos estos años vividos sin sentido, sin saber que buscar, solo mal esperando lo que a mal tenga por llegar. Del ruido, de este ruido fruto del desespero y la soledad de los otros que de ellos es y jamás será mía. De su estruendo que se convierte en una sorda algarabía que no dice nada. De la falsa idea del progreso que hace rato viene cobijando esta ciudad apta para consumir y producir cuanta idea pase por la cabeza de alguien. De esa ida de progreso que acabo con los cimientos de una memoria arquitectónica para dar paso a ladrillos baratos y mal puestos. De esa idea del progreso que desemplea a tantos activos inútiles que no saben cultivar el buen ocio. De esa falsa idea de progreso que crea parques paradójicos que no hacen honor a su nombre, solo deseos y nada de realidades, solo oscuridad en los parales de la luz, pies descalzos en los parques de lisiados sin hogar, y en el de la presidenta acentuando la ironía de la identidad sexual de nuestros mandatarios. De lo propio también. De lo más, de lo mió, de lo íntimo, de lo que me circunda, de lo degustado día a día en estas cuatro paredes adornadas como un pesebre, fruto del tiempo que le sobra a mi madre y la falta de gusto y de imaginación que siempre ha poseído mi padre. De esta falta de aire ante tanto objeto que no tiene su lugar en este espacio, mientras el mió sigue igual e inmutable por años, entra algo y sale lo otro. Del ruido propio de este espacio como también lo tiene la ciudad. Por momentos se hace más insoportable el ruido de aquí que el de afuera. Esta es la pelea de la falsa comodidad. No hablo del teatro de los otros, hablo del mío, que los otros si quieren sigan con el telón abajo sin querer darse cuenta de su ridícula función. De este ruido que puede ser tan fastidioso como el zancudo que te visita cuando estas cerrando tu acto y emprende su sinfonía de locura en la oscuridad, a las puertas de tu oído y cuando ya las luces han caído. De este ruido que no puedo dejar de odiar como me odio a mí mismo por odiarlo también. Este ruido que habla en los momentos más inesperados y no me deja ser, cuando simplemente quiero estar. Pareciera que este pequeño espacio se multiplica y son todas las calles y todas las voces de ellas que pregonan la desesperación de la soledad. Una casa es eso, el encierro del pregón de la soledad. Por eso existen aparatos como los teléfonos, para seguir amplificando la angustia y contar a otros nuestros pesares, y la televisión como un grito prolongado de muchas voces, de extrañas voces que mutan en seres increíbles anunciando su desesperación. Las ventanas son la indiscreción, las cortinas son la moral, por eso aquello de que la moral es doble. Hay un tela transparente que roza el vidrio haciéndole un leve coqueteo, pero atrás hay una tela que nada deja ver. Los hay entonces que en las más de las veces habitan su prisión, encienden el medio ciego en el cual la fealdad se oculta y crean monstruos horripilantes, con voces salidas de cavernas mitológicas, hablo como no, de la radio, invento detestable para difundir la ignorancia y las formas del mal hablar, aparato en el que el pueblo errado se agazapa y se solaza. El loro, el lorito, pica que repica, en la casa, en los buses, en los almacenes de ropa (Absurda idea de marketing), altavoces en el puesto de salud, musiquita bastarda de fondo en los supermercados y los grandes almacenes de cadena, que encadenan, falso asomo de cultura en los restaurantes. El loro, el lorito, pica que repica. Bocinas agujereadas expeliendo una agonizante compañía que nunca se ve, despistando las soledades de muchos, “Vea préndame ese radio que esto esta como un cementerio”, exclama alguna voz. Benditos muertos descansando en la paz de la nada, pero tampoco, aquí estos sufridos muertos que sufrieron en vida; vaya uno a saber sus pesares y sus pocas dichas, siguen sufriendo si van a dar al San Pedro, no pueden descansar, donde los saltimbanquis, maromeros y cuanta propuesta artística ramplona se le ocurra al que vive de las musas que nunca lo visitan, hacen el mas mundanal ruido, pobres almas que siguen atormentándose, en el cielo, en el infierno, en el purgatorio donde estoy seguro llega toda esa bullaranga. De este ruido de hogar, desdeño mientras lo tengo, no se si llegara el momento de extrañarlo. Por ahora propondría el humilde voto de silencio y la santa paz de la gestualidad o por lo menos la letra que necesariamente ha de decirse. La comunicación certera, eficaz y edificante esta en la letra de menos. Del ring, ring, ring, del que se desprenden preguntas sin dirección e intereses sin intereses. Exclamaciones programadas y gestos ciegos. Del otro lado de la pantalla con canales programados solo se puede emitir el más perfecto curso de ignorancia y consumismo, de parámetros a seguir.
De todas estas malas yerbas creciendo como una gran maleza, desplazándose en las más variadas plataformas que da la vida, estos pedazos de humanos enmarañándolo todo, tomando múltiples formas, abarcando todos los espacios posibles con su hedor. Yerba mala, rastrojo que ya no se quita ni con el más duro y afilado machete. Crecen estas personillas y los vez desplazándose en sus automóviles de lujo, sintiéndose dueños del mundo, conduciendo con las vendas de toda una vida, una magna sonrisa tan perfecta como su falta de lucidez. La maleza crece y crece y los autos pasan a colonizar el cielo en edificios que se pegan como enredaderas en el aire, entonces si, la industria del ladrillo prospera, las compañías de lo efímero triunfan para hacer desaparecer las montañas y pegar árboles artificiales. Ahora los árboles no crecen, se trasladan, la maleza humana no los deja ser, tumbándolos para dar paso al ancho de cemento, para prolongar la risa de quien pilotea a los dioses de cuatro ruedas. Este rastrojero humano imposible de acabar planta semillas por doquier. De sus malas construcciones, artificiales como sus vidas, de sus huecos de pájaros plásticos para anidar cómodamente mientras vengan las lluvias que son más y más y cada vez más, alto alto bien alto como su mentira se erigen sus viviendas como el monumento único al despilfarro y entonces las casas, las pocas casas que quedan son museos a los que se mira raro. Dejemos el cemento y las moradas. Pasemos al otro teatro. De la academia, de la loca carrera por ser alguien, la compra de títulos para ser y pertenecer. Médicos, abogados, ingenieros, constructores, informáticos, carreras con futuro, lindos cartones que no tapan nada, colgados a una pared que deslumbra cuando se lee en voz alta. De ese otro discurso que nos tuvimos que tragar como tontos, como lelos, bajo esa otra dictadura del rigor, un rigor que tampoco era tanto si uno sabía no dejar consumirse, si se sabía “astuto” para trasegar entre esos discursos rimbombantes en boca de tímidos profesores que si acaso invitaban al conocimiento. Repetir y repetir, para al final poder seguir al parloteo, olvidando lo esencial: la memoria. La memoria como pasado, como cimiento para construir futuro, memoria como orientación. Pero aquí es imposible, todo se nos olvido, inclusive desde el almuerzo, por eso hay que repetir lo que nos acaban de decir, de dictaminar. Academicomicos, tragedia que muchos quieren seguir por años para sumar cartones, construir una caja y enterrarse con ella, como construir su propia tu tumba, ese parece ser el único trabajo del hombre. Que lucido me suenan las palabras de Vicente Huidobro cuando dice: “Soy abogado, soy ingeniero, soy… ¿y a mi qué? Eso sólo prueba que posees un diploma de limitación”. Ahí están entonces los miles de limitados que se siguen limitando aun más en la carrera de ratas. Es igual el mendigo que duerme en la calle al académico que todavía no se cansa de albergar “el alma mater”, la de aquí y la de allá y la de más allá que por supuesto siempre será la mejor, digo que son iguales porque a los dos no les queda más que cartones para cubrirse, los dos los exhiben y cubren con ellos su miseria. De esa limitación, de comprar conocimiento, de comprar prestigio, de esa inversión a años, años luz diría yo, invertir en dinero para tener tiempo y después volverse locos cuando no saben que hacer con el. Recodemos las palabras del joven Werther diciéndonos: “los más de los hombres trabajan la mayor parte del tiempo para vivir, y la pizca de libertad que les queda los atosiga tanto, que buscan por todos los medios verse libre de ella”. Luego de todo esto quedan los rostros de siempre. Los que ves todos los días así no los conozcas, o lo que es peor conociéndolos. De este espacio diminuto lleno de aeropuertos, un gusano gris que atraviesa y se trepa por cada resquicio de esta ciudad. Un espacio con cientos de salas de cine donde no encontrarse y no verse. Las caras, las caras, siempre los espacios comunes, donde vuelves y los ves, los ves, te cansas de verlos, con otra ropita, la misma de siempre, la niña nueva, la moda de ayer con otro doblez. Las mismas épocas encontrándose en el mismo espacio, espacio asfixiante, insuflado por olor a frituras, cerveza en vaso de plástico y en el aire el inconfundible olor de la hierba de siempre, que flota para perderse en el aire y así todos tan etéreos, pero todos tan de aquí. Pero el capitán me recordó una frase capital que no se me borrará nunca: no soy de aquí, ni me parezco a nadie. Por eso, por todas estas cosas que acabo de nombrar y por tantas otras gigantescas pequeñeces que se me quedan en el tintero, quiero gritar a viva voz las palabras de Montaigne: “A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de que huyo pero ignoro lo que busco”
De todas estas malas yerbas creciendo como una gran maleza, desplazándose en las más variadas plataformas que da la vida, estos pedazos de humanos enmarañándolo todo, tomando múltiples formas, abarcando todos los espacios posibles con su hedor. Yerba mala, rastrojo que ya no se quita ni con el más duro y afilado machete. Crecen estas personillas y los vez desplazándose en sus automóviles de lujo, sintiéndose dueños del mundo, conduciendo con las vendas de toda una vida, una magna sonrisa tan perfecta como su falta de lucidez. La maleza crece y crece y los autos pasan a colonizar el cielo en edificios que se pegan como enredaderas en el aire, entonces si, la industria del ladrillo prospera, las compañías de lo efímero triunfan para hacer desaparecer las montañas y pegar árboles artificiales. Ahora los árboles no crecen, se trasladan, la maleza humana no los deja ser, tumbándolos para dar paso al ancho de cemento, para prolongar la risa de quien pilotea a los dioses de cuatro ruedas. Este rastrojero humano imposible de acabar planta semillas por doquier. De sus malas construcciones, artificiales como sus vidas, de sus huecos de pájaros plásticos para anidar cómodamente mientras vengan las lluvias que son más y más y cada vez más, alto alto bien alto como su mentira se erigen sus viviendas como el monumento único al despilfarro y entonces las casas, las pocas casas que quedan son museos a los que se mira raro. Dejemos el cemento y las moradas. Pasemos al otro teatro. De la academia, de la loca carrera por ser alguien, la compra de títulos para ser y pertenecer. Médicos, abogados, ingenieros, constructores, informáticos, carreras con futuro, lindos cartones que no tapan nada, colgados a una pared que deslumbra cuando se lee en voz alta. De ese otro discurso que nos tuvimos que tragar como tontos, como lelos, bajo esa otra dictadura del rigor, un rigor que tampoco era tanto si uno sabía no dejar consumirse, si se sabía “astuto” para trasegar entre esos discursos rimbombantes en boca de tímidos profesores que si acaso invitaban al conocimiento. Repetir y repetir, para al final poder seguir al parloteo, olvidando lo esencial: la memoria. La memoria como pasado, como cimiento para construir futuro, memoria como orientación. Pero aquí es imposible, todo se nos olvido, inclusive desde el almuerzo, por eso hay que repetir lo que nos acaban de decir, de dictaminar. Academicomicos, tragedia que muchos quieren seguir por años para sumar cartones, construir una caja y enterrarse con ella, como construir su propia tu tumba, ese parece ser el único trabajo del hombre. Que lucido me suenan las palabras de Vicente Huidobro cuando dice: “Soy abogado, soy ingeniero, soy… ¿y a mi qué? Eso sólo prueba que posees un diploma de limitación”. Ahí están entonces los miles de limitados que se siguen limitando aun más en la carrera de ratas. Es igual el mendigo que duerme en la calle al académico que todavía no se cansa de albergar “el alma mater”, la de aquí y la de allá y la de más allá que por supuesto siempre será la mejor, digo que son iguales porque a los dos no les queda más que cartones para cubrirse, los dos los exhiben y cubren con ellos su miseria. De esa limitación, de comprar conocimiento, de comprar prestigio, de esa inversión a años, años luz diría yo, invertir en dinero para tener tiempo y después volverse locos cuando no saben que hacer con el. Recodemos las palabras del joven Werther diciéndonos: “los más de los hombres trabajan la mayor parte del tiempo para vivir, y la pizca de libertad que les queda los atosiga tanto, que buscan por todos los medios verse libre de ella”. Luego de todo esto quedan los rostros de siempre. Los que ves todos los días así no los conozcas, o lo que es peor conociéndolos. De este espacio diminuto lleno de aeropuertos, un gusano gris que atraviesa y se trepa por cada resquicio de esta ciudad. Un espacio con cientos de salas de cine donde no encontrarse y no verse. Las caras, las caras, siempre los espacios comunes, donde vuelves y los ves, los ves, te cansas de verlos, con otra ropita, la misma de siempre, la niña nueva, la moda de ayer con otro doblez. Las mismas épocas encontrándose en el mismo espacio, espacio asfixiante, insuflado por olor a frituras, cerveza en vaso de plástico y en el aire el inconfundible olor de la hierba de siempre, que flota para perderse en el aire y así todos tan etéreos, pero todos tan de aquí. Pero el capitán me recordó una frase capital que no se me borrará nunca: no soy de aquí, ni me parezco a nadie. Por eso, por todas estas cosas que acabo de nombrar y por tantas otras gigantescas pequeñeces que se me quedan en el tintero, quiero gritar a viva voz las palabras de Montaigne: “A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de que huyo pero ignoro lo que busco”
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