Lo que yo quiero decir es América Latina...

Lo que yo quiero decir es América Latina...

martes, 26 de agosto de 2008

Río de Janeiro, una pintura musical.

Se me antoja que para hablar de una ciudad como Río de Janeiro, habría que hacer tal cual como si elaboráramos una pintura, entonces yo tengo mi forma particular de tomar la paleta de colores y empezar a hacer las mezclas necesarias para que vaya apareciendo la ciudad tal cual la viví.
Desde Niteroi que es la ciudad próxima ya avistaba una Río nebulosa, no se si por la polución o por el clima mismo, no entre sobre ruedas a ella, tuve que regar una acuarela de color azul claro que sirviera de puente chorreado sobre la bahía de Guanabara, estaría entrando en una barca grande que suele ser el medio para conectar la ciudad, al lado hay un trazo del largo puente de 13 kilómetros para los que llegan sobre cuatro ruedas. Por ese tranquilo lago de tinta azul la barca sobre la que palpito me va enseñando en pinceladas varias la ciudad de la Samba misma. Desembarco en un puerto amarillo y no dejo de ver el movimiento de aviones que vienen y van, hay garabatos en el aire, es Río de Janeiro pintada por muchas manos. Ya no estoy en los pueblitos donde cruzo dos calles para encontrar mi morada, aquí es necesario que tome fuerte la pluma y haga un trazo firme para marcarme mi camino que es largo, así que por avenidas inmensas, por esa Presidente Vargas en la que me sumerjo tengo que hacer tachones y marcas firmes abriendo trocha y tener el cuidado de no ser borrado del mapa por salvajes buses que vuelan sobre el pavimento. Esta es la bien nombrada Río de Janeiro, un organizado caos en el que de momento solo tengo tonalidades grisáceas. Voy al barrio Vila Isabel, cerca del monumental estadio de fútbol Maracaná, el mismo de los años 50, el del maracanazo, una bola parecida al mundo, blanca y azul por fuera con un centro verde, capaz de albergar miles de almas que se arrancan los pelos, gritan y lloran, donde se sucediera aquel mortuorio silencio cuando Brasil perdiera la copa del mundo ante Uruguay. En Vila Isabel, barrio bohemio y de famosos compositores de Samba pasaré mis días. Como recuerdo sus aceras de la avenida 28 de septiembre, ellas también fueron dibujadas y luego esculpidas, tapizadas todas en esa piedra portuguesa, pedacitos blancos y negros, ¿Y como se les ocurrió distribuirlos? Otra pintura a lo largo de la avenida, en esas aceras hay ritmo, al comienzo una guitarra, luego la frase de una canción de Samba con su respectivo compositor y luego un pentagrama con las notas de la frase, caminamos sobre música, es el dibujo perfecto. Río de Janeiro, que también fuera capital hace mucho alberga moradores de todo Brasil, yo que tuve oportunidad de conocer el nordeste, en junio, en sus fiestas juninas, me doy cuenta ahora que la nostalgia sigue persiguiendo al hombre, es su sombra que no se esconde con lunas, soles ni nubes, el hombre la erige a como de lugar, aquí en Río entonces hay un lugar donde los nordestinos han ganado su espacio, un predio gigante donde cada sábado hay una fiesta nordestina típica, música, dulces, comida por doquier. De las viejas pinturas tuve que volver a untarme para dar una pasada a mi memoria. A veces de afuera todo se ve de un solo color y por eso pareciera que por ejemplo Francia fuera París, Argentina Buenos aires, México el DF, y Brasil solo Río de Janeiro y más que Río, Copacabana e Ipanema, es como que si de su bandera multicolor solo viéramos el verde que la puebla, olvidando la pequeña pero profunda circunferencia azul, esa circunferencia me llevaría a sumergirme por vez primera, como no lo había hecho en 4 meses aquí en Brasil, en las aguas de su archifamosa Ipanema, y no estuvo mal para mi que gusto mas de contemplar el infinito océano que probar de sus profundas mieles saladas. Un agua fría que combatía el calor, una arena blanca para olvidar los días oscuros y unas olas orquestando la sinfonía de un chapuzón armónico. Y como no estar en Ipanema sin tararear la letra de Vinicius de Moraes y la música de Tom Jobim, como no bañarse en sus aguas de cara a la arena y no ver a la chica de Ipanema que todavía se pasea por allí, es innegable, el bueno de Vinicius junto con Jobim pusieron música a una realidad palpable “mira que cosa más linda, mas llena de gracia…”. Luego viene más color y con la paleta llena de oleos, vinilos, temperas, crayones y demás, dibujo las montañas que pueblan a Río, las mismas de las favelas; que como algunos de curiosidad morbosa que no es mi caso, no vi, las montañas que conectan una y otra parte de la ciudad, por eso hay que poner tinta negra en la base de ellas, hacer un puntito y crear un túnel, túneles que nos dan paso a otra cara. La montaña sobre la que se erige el cristo redentor, el corcovado que no se cansa de mirar a Río de Janeiro, de dibujarla en su estatismo absoluto, las montañas que hacen que en un contorno y otro surja una playa, aquí y allá, la de flamenco con su parque inmenso lleno de árboles de almendro que por esta época pintan sus verdes hojas de amarillo ocre para formar un tapete sobre la arena. Esta la otra playa de Botafogo circundada por piedras que habitan felinos que retozan en ellas viendo el mar, ¿en que pensaran estos peludos amigos?, con ellos compartí caricias la vez que fui a pintar la ribera de Río de Janeiro, desde su centro hasta Leblon. No soy el único que pinta aquí, muchos hablan en las paredes en la ciudad poblada de graffitis, firmas anónimas, firmas y firmas en todas las fachadas, garabatos en códices contemporáneos y muchos dibujos más en cada pedazo de ladrillo arrumado en algún lugar.
Tendría la suerte en Río de vivir una de las experiencias que aquí es casi una religión, me refiero como no, al fútbol, danza de 22 hombres tras una bola donde miles de almas revientan a cada giro de ella, y que mejor lugar para vivir todo esto que el mítico Maracaná. Tarde de domingo, Flamengo con la mayor torcida del mundo enfrenta al Cruzeiro, esa esfera se tiñe de rojo y negro, pero allá en un rinconcito una mancha blanca y azul no se cansa de animar, son los del Cruzeiro, la religión esta en todas partes. Pisar el interior del Maracaná en un juego del Flamengo es algo que toca hasta una persona que como yo no encuentra mayor atractivo en el fútbol, pero pienso que aquí el juego es la excusa, aquí reina la fiesta en esto que por supuesto es un templo donde se baten palmas al unísono y el coro de las graderías salpica hasta el gramado. Y que decir cuando el balón se inserta en la red del contrario y la euforia se sale del estadio, es la catarsis total. Ese día que el Flamengo estaba en casa no venció, todos salieron tristísimos, menos yo y los del Cruzeiro claro está. Cuando salí todavía me vibraban los cantos y las palmas en la piel, los múltiples madrazos que los furiosos hinchas proferían contra los jueces.
Ahora, la paleta de colores debe usar los oscuros y algunos encendidos para hablar del tradicional barrio de Lapa, histórico y rumbero. Lapa el de los arcos que llevan al barrio de Santa Teresa, Lapa de caserones casi abandonados y otros tantos convertidos en bares, bares por doquier, punto de encuentro de todos, multitud de colores en la noche, Lapa de rumba y Samba, barrio que canta a ritmo de pandero y guitarra el ritmo que bailan en carnaval y cuando no también, Brasil es carnaval siempre, los cariocas lo saben, Lapa oscuro de fachadas caídas, hoteles de solteros con damiselas en la acera para acompañar la soledad, mujeres de todos que visten sombrilla para que el escaso maquillaje que llevan no se corra con esa lluviecita fina que cae, para que no corran sus clientes tampoco, Lapa que canta en cada rincón hasta la madrugada los ritmos que tanto saben los locales y que nosotros los de paso solo tarareamos, estupefactos, queriéndonos robar cada nota, pero es que son tantas tantas, Lapa decadente y ampón pero a la vez fraterno, Lapa al asecho. Esos son los barrios donde acontece la vida.
La Dama sabía de todos estos cuentos míos y se antojo de que la llevara de paseo, no se quería perder Río y ella que resulta más andariega que yo me mostró las otras caras que no había visto y me llevo a despedirme de Copacabana e Ipanema el día que no las poblaba la multitud, en esa hora que va cayendo el día y la noche pintaba otra historia de las muchas que todavía tiene para contar Río de Janeiro.

Vitória – Río de Janeiro. “Rodovia do Sol”.

Días de pedaleo: Julio 28 – Agosto 2, 500 kilómetros.

Cerrar el capítulo de Vitória fue difícil como ciertos enlaces que hago en este viaje por América Latina. Después de pasar un fin de semana absolutamente familiar en esa ciudad donde queda otro pedazo de corazón, salí. Otro fantástico desayuno brasilero fue la antesala de la despedida. Esas mesas como cornos de la abundancia, las frutas frescas, el pan recién salido del horno, los rituales que desembocan en la mesa que es donde todo vuelve a comenzar y entre pan y café se sabe entonces que el día tiene que ser mejor. Un abrazo para ir al camino y entonces me voy internando en la ley del pedal. Estoy antes de Vitória, en el municipio de Serra así que debo remontar los 24 kilómetros que me separan de ella, luego al llegar a la misma ciudad empieza la lucha con los automóviles, pero hay sol, hay alegría por lo que aconteció e inclusive me sigo encontrando amigos de las motocicletas que me saludan a la salida de Vitória. Para salir de ella podría haber cruzado un puente gigantesco, alto como ninguno e ir tomando rápido la carretera que me llevara por la “Rodovia do sol”, pero esto no fue posible. Hace mucho el paso para peatones y bicicletas se restringió, muchos escogieron aquel puente para acabar con su vida y así solo te podrías suicidar ahora si vas en carro, yo solo tenia intención de cruzar al otro lado así que tuve que bordear la ciudad para salir, no importa, fue una buena excusa para despedirse de ella, volver a su puerto a saludar a los gigantes que van despertando en la mañana y a los que llegan de no se sabe dónde, los buques. Entre avenidas que voy descifrando y otros puentes menores me veo entonces en una carretera hermosa, la “Rodovia do Sol”, plana, extensa, recta y custodiada por el astro Rey, con acostamiento, parece que volara entonces y los kilómetros no se sienten y el mar, siempre el mar saludándome, un mar de color verde esmeralda con una arena amarillo ocre. En la carretera hay una nutrida venta de ollas de barro, “panelas”, como las llaman aquí, tres por 10 reales, ¡llévelas, promoción! Esas ollas me recuerdan, como no, al calor de casa, el olor de una comida hecha con amor y el sabor de la tierra entre frijoles y caldos gustosos. Sigo por la Rodovia buscando mi primera parada, la pequeña ciudad de Anchieta, a la Beira del mar, él la saluda todos los días y con sus calles de piedra nadie sabe del mal vivir ni el estrés aquí. Eso lo supe cuando buscaba a una persona que me ayudaría aquí. Buscando a una persona di con otra y como siempre, no fue un mal encuentro. El tipo que lleva una camiseta de un moto club sale del bar, todavía con un vaso de cachaça en la mano de la que me ofrece un poco, debido a mi cansancio no acepto, empezamos a trabar una conversación y me ofrece llevarme a mi contacto, él lo conoce, así es este Brasil, te lleva de la mano mientras conversa y ríe, mientras te hace uno más de los suyos. Por esas cosas de la vida, las ocupaciones de siempre, de los otros, da un viro mi posada y me veo en la casa de mi primer interlocutor, un motociclista, un aventurero, bohemio, amante de la música, cocinero de buena mano. Vovó (como es llamado) me ofrece su casa como si me conociera de siempre, siempre con una sonrisa y una canción en la boca, su casa también es otro pedazo de paraíso, parece que todos lo fueran, entre gallinas, cachorros recién nacidos, cocos, limones, graviolas hay una armonía. El agua de coco, una comida típica, Bobó de Sururú y camarón son mi bienvenida lo otro es la tranquilidad, o sea la felicidad. El camino demanda atención, pedalear no es siempre ir hacia el frente. Yo quería seguir por toda la playa, por mi carretera del sol y pueblos pequeños donde te saludan al paso y por un descuido fui de nuevo a la desolada y directa, BR 101, buscando el estado de Río de Janeiro y me vi en el Brasil de carreteras desoladas, las que te hacen temer un poco en procura de albergue, en las que el tiempo no se siente porque no hay nada mas que floresta. En los mapas no aparece nada y las líneas rojas esconden las pequeñas poblaciones que existen. Hay que sacar la información de la gente y se que más adelante aparecerá, Morro do Coco, así se llama la población junto con el cansancio del día, de una jornada larga hacen que tenga que buscar hotel infelizmente, entonces las sabanas blancas arropan el cansancio y caigo sin saber nada más hasta el día siguiente. Los hoteles dan desayunos, parece una regla aquí en Brasil así que bien, casi dormido todavía llego a una mesa llena de gente y el cerebro no se conecta más que para untarle mantequilla al pan y comer, el barullo de los otros ni me llega, las manadas tienden a hablar en voz alta cuando se juntan…hay más pan. Del hotel Silva, ahí en la misma carretera salí tarde, el confort, va creando la comodidad y la comodidad crea modorra, tengo que respirar para salir de nuevo al camino donde kilómetros más adelante un nuevo pinchazo me traería otros recuerdos, el mundo no es plano, ni liso y hay alguno que otro pincho por ahí. Me sorprendo de lo rápido que reparo a la Dama y con el atraso de las cobijas y el pinchazo mas la soledad del paisaje con las montañas como compañeras cruzo de estado. Hay otra constante al cruzar los estados, la desolación es notoria, parece como si corrieran la línea de construcción de los pueblos y para mi el próximo siempre se encontrara lejano y esta vez no fue la excepción. Serrinha, aparecería cuando ya el cuerpo no daba más (quien sabe) había que buscar algo para comer y volver a la vida. El instinto de supervivencia en estos pueblos donde no hay nada de nada, la escuela cerrada, no hay una iglesia y donde el puesto de policía es comandado por un solo hombre, ponen a prueba mi condición de viajero. Terminaría este día durmiendo en una extensión de tierra que el buen hombre que rebajara el almuerzo diera para mí, él me dice: no es mío, pero igual puede quedarse, no hay problema. Que bueno aquello donde la tierra no es privada…para el hombre. Al día siguiente ocurriría un suceso para mí, son esos hechos que te demuestran que no sabes de que estas hecho hasta que intentas algo, 155 kilómetros en un día me dejan bastante cerca de Río de Janeiro, llego a Río Bonito. Lo de los 155 kilómetros me sorprendió bastante, sobretodo por la manera en que los pude hacer, tranquilo, con calma, acompañado por las montañas que no dejan de recordarme a Colombia, claro que las montañas esta vez no significaron subidas como en otras ocasiones, pero si un desértico paisaje donde solo ellas eran soberanas, había que levantar la cabeza para mirarlas bien arriba, allá erigidas como gigantes dormidos. En Río Bonito me doy cuenta que hay un puesto de bomberos, estos hombres nunca cerraran sus puertas mientras puedan ayudar y allá voy, solo que el puesto que esperaba resulta ser un pequeñísimo trailer donde por supuesto no hay espacio para mi, pero si una ayuda, una comida, la disposición para ser recibido amablemente. Allá me doy cuenta por boca de ellos que hay un encuentro de motociclistas en la ciudad, esas carambolas de la vida me siguen poniendo en el punto cierto. La “Galera” de motociclistas vuelve a recibirme como a uno más de la casa, hay un espacio para camping y vuelvo a dormir cercano a mi Dama, mientras en el día observamos el fraternal encuentro de los motorizados que en la noche vuelven a jugar a ritmo de Rock and Roll. Al otro día es incontenible la emoción de saber que solo 60 kilómetros me separan de la mítica Río de Janeiro y la carretera que va hasta la ciudad por vez primera no esta desolada. Aquí en Brasil parece que todo aconteciera en Río o en São Paulo, estas ciudades comienzan mucho antes de aparecer, ciudades cercanas las anteceden y todo va hacía ellas, por eso casi que desde que salí de Río Bonito me sentía ya en Río de Janeiro pero ya en Niteroi la ciudad que esta antes de cruzar la balsa, definitivamente sabes que vas para Río. Cruzo esa bahía y desde lo lejos se ve el contorno de la ciudad y siento que necesito dibujar su interior…

jueves, 7 de agosto de 2008

Vitória. ¿Esta precisando una ayuda?

Lo de Vitória fue caso aparte, la solidaridad de estos pueblos no ha dejado de manifestarse un solo minuto, en sonrisas, abrazos y conversaciones de calle y de salón. Lo de Vitória fue un desafío, una muestra de que la confianza puede campear incluso en las ciudades grandes donde se ha solido perder, por el miedo infundido. Ya he dicho muchas veces que no voy buscando, si no más bien encontrando cosas, casos, gentes y en última instancia, lugares. Mi “modus operandi” para procurar una posada va variando y afianzandose cada vez más en cuanto a los pedalazos que voy dando. Los portales de Internet, hospitality club y Couch Surfing, son una muestra de que la solidaridad de los pueblos esta presente, es gente que se decide a confiar y abrir las puertas de su casa para que venga el mundo a ellos, con este sistema en las principales ciudades me he hospedado y he podido conocer la otra cara de los lugares que habito. A Vitória llegue con un par de contactos que creía, como en muchas ocasiones funcionarian,venia de hacer una maratonica jornada de 15 días de pedaleo, bajando por el estado con mayor litoral de todo el Brasil, Bahía, recorriendo 1200 kilómetros. Llegue y empecé a recorrer todavía en mi bicicleta con el sudor de la jornada y de los muchos días de pedaleo, toda la ciudad, cuando llego a una de estas urbes siempre me voy acercando al centro, desde allí creo tener un cierto control de desplazamiento para lo que venga, pero esta acción se convierte en todo un desafío, pues después de días en una relativa soledad del camino por el que solo transitan camiones y uno que otro carro que va de paseo, me veo envuelto en una masa de hambrientos buses que están en la guerra del centavo, automoviles que no respetan y un desenfreno de velocidad que atropella. En Vitória no fue la excepción y como pude llegue al centro y en una de esas salas con computadores que ofrecen Internet me di cuenta que no tenia posada, lo bueno fue que estos seis meses de viaje ya me dan una cierta tranquilidad para controlar mis actos y no ser presa del desespero. Tome mi bicicleta y sin pensar en cansancio fui donde los bomberos, esos que apagan incendios, rescatan y que también me han curado tantos cansancios en este viaje cuando pueden ayudarme, pero lastimosamente esta vez no podían hacerlo, las cosas no parecían funcionar en esta ciudad, pero no importaba, el sol brillaba y los ánimos seguían arriba, pedaleaba al lado del puerto y los grandes navíos me saludaban, ellos venidos de no se que tierras. Quedaba la ayuda de la policía que ha sido la otra mano amiga en el viaje, pero debía volver a cruzar la ciudad, la iba conociendo mientras buscaba, no dejaba de mirar el puerto y la bahía y ese mar metiéndose entre las montañas, las de piedra y arena, inmensas y de nuevo piedra y cemento dispuestos, formando historia en parques y edificios. Fue entonces que detrás de un bus enorme me sale un hombre mayor, pequeño y de paso fino con esa pregunta que venia tan de él, tan sincera, ¿esta precisando una ayuda?, yo le cuento para donde voy y en ese momento no se que estoy hablando con un viajero, un amante de las motos, de los caminos, de la aventura, el presidente del moto club “Escorpiones del Asfalto”, el me lo va contando todo cuando caminamos un par de cuadras por el centro de Vitória en dirección a su trabajo, su trabajo en el puerto. De una manera fraternal me pone en contacto con otro viajero, Eduardo Prata y así se me abren las puertas de otra casa, de una persona que me acaba de conocer y me da su voto de confianza, geniales sorpresas que da la vida. Poco sabia del mundo de las motocicletas, más bien poco se de los vehículos movidos a motor, pero esta gente que me puso el destino me fue enseñando, a través de su pasión por ellas un poco de lo que es su mundo, tantos mundos como hombres, tantas verdades. Eduardo ha hecho varias aventuras épicas en su moto, recorriendo toda América y Australia hasta el momento, se propone recorrer el mundo entero de a poco y el día que llegue a su casa un canal local le hacia una entrevista para hablar un poco de su próxima aventura que será Europa, yo escuchaba atento y me iba alimentando de sus historias. Luego vendrían algunos paseos por la ciudad y a empaparme de ella. En uno de aquellos después de una buena comida Eduardo me lleva a una vista nocturna de la ciudad desde lo alto de un hotel en la ilha do boi, ella tiene otra cara de noche, sus bahías y los barrios enclavados en las montañas hacen que tenga la condición como el mismo lo dice de que sea una “ciudad pesebre”, cada barco y barquito tienen su máscara en la noche. De la convivencia con Eduardo y sus viajes me quede pensando mucho en el tiempo,eso que suele atormentar tanto al hombre, él hacia unos recorridos larguisimos en muy poco tiempo y bueno es su condición, de hombre que trabaja y tiene que cumplir con una obligación, pero siempre puede más su condición de conocer el mundo, pienso en mi viaje y de cómo va, lento, muchos me dicen que soy afortunado, puedo disponer de lo que muchos no tienen: tiempo. Yo lo voy sintiendo cuando por los caminos despoblados, las carreteras donde puedo detenerme a saludar a los pájaros el tiempo no cuenta, no cuenta para cantar cuando voy sobre la bicicleta y paso de un estado a otro y me maravillo aun más o me detengo a hecharle el cuento a todos lo que quieran oírlo, en esos pueblos pequeños hay unos receptores mas amables, mas desprevenidos digamos, ellos también comparten otra concepción del tiempo que no es la de las ciudades grandes. En aquella casa hasta habría tiempo para un contacto con los medios de información, un canal local de televisión se interesa por mi aventura y tengo la oportunidad de compartir con ellos esta experiencia, compartir una charla en una lengua que no es la mía pero que ya voy aprehendiendo y entonces se que estoy creando los puentes necesarios que me acercan a su pueblo.
Volviendo a Vitória, después de pasar unos días en la casa de mi primer anfitrión, mi amigo Romildo me extiende la invitación para que pase unos días con su familia y vuelvo a atravezar la ciudad, saliendo un poco de ella, al municipio cercano de Serra, unos días cerca de la playa, con su esposa y su pequeño hijo de 3 años de edad. En esta casa entre churrasco y cerveza, tradiciones tan brasileñas, aquella familia me hace sentir toda su hospitalidad, con este hombre puedo conocer un mundo que antes no conocía,el de las motocicletas,un mundo que creía cerrado y en el que me doy cuenta que hay una familia absolutamente cariñosa. Esos hombres con chaquetas de cuero, vestidos todos de negro, a los cuales vemos como seres rudos, sobre sus enormes motos ruidosas, escuchando rock and roll, no son mas que una familia de tipos que parecen niños de una bella manera, divirtiéndose sobre sus motos y que me acogieron como a uno más. Bien lo recuerdo en esa fiesta a la que asistí y en la que no me sentí para nada ajeno y entre rock and roll y motos fui uno más de ellos.
En ese pedacito de la ciudad de Serra, Romildo me contaría de sus viajes y proyectos, de su deseo por terminar sus días en aquel lugar cuando construya su propia casa, de lo afortunado que se siente por tener al mar tan cerca, de su anhelo por visitar la patagonia argentina y me sigue hablando de su club de motos, se siente el orgullo por la labor cumplida, en los albumes de fotos que dan cuenta de esos viajes puede uno ver con que empeño se cumplen las actividades del club, cuanto orden hay allí, ratifico la condición de que son niños que no se cansan de jugar, esa es la condición que muchos olvidan, olvidan el juego y caen en la trampa entonces.
De Vitória me tengo que llevar ese recuerdo de la hermandad, de la gente que entiende la condición de ser viajero y extiendo para ellos mi más sincero y generoso abrazo.Hasta siempre galera,nos vemos en todas las curvas del mundo.

Este escrito esta dedicado a todos los motociclistas del Brasil y en especial a mi buen amigo Romildo.

jueves, 24 de julio de 2008

Salvador - Vitória, "Paisajes de Silencio..."

Días de pedaleo: julio 8 - julio 23, 1200 kilómetros.

De capital en capital voy rodando por Brasil. Recuerdo el día que entrara a la pequeña biblioteca de un pueblito en la amazonia y me diera cuenta de las distancias que tendría que surcar en este gigante, la mas aterradora es la que acabo de efectuar días atrás, Salvador - Vitória tiene 1200 kilómetros de recorrido que podrían asustar a cualquiera y así lo fue en un primer momento, pero ahora las cosas cambian y los trayectos se toman de otra manera.
Salí de Salvador con toda la intensidad de aquella ciudad, ya bien se sabe por escritos anteriores, salí de la manera como me recibió Salvador, revolcado, zarandeado y hasta vomitando. Yo, simple viajero de tierra definitivamente no estoy acostumbrado a la mar y para salir de allí y ahorrar un trayecto largo de carretera debía tomar una balsa para cruzar la bahía de todos los santos, ese día baje a puerto y después de pagar los pasajes indicados monte con la dama aquel barquito que por espacio de 40 minutos nos empezó a mecer con mayor intensidad cada vez. Pendiente de mis cosas y de la dama mi estomago se mecía con las olas y lo poco que había comido se vino afuera, bueno, no fui el único, a los locales también les hace de las suyas el mar, tiene todo el poderío por siempre.En tierra y en dos ruedas ya voy siendo soberano de nuevo y con mapa en mano para salir de este enmarañado lugar, pues arribo a una especia de isla, tomo camino y siento el placer de ir con el viento en la cara y el sol en lo alto, me dirijo a la ciudad de Nazaré. La constante para mi grata sorpresa en estos parajes son las montañas que aparecen, las montañas que recuerdan a las tierras colombianas. Nazaré como muchos de los pueblos, ciudades que encontraría más adelante son pequeños, históricos, acogedores, pintorescos. Allí por ejemplo, aquel hombre que me acogiera me va llevando por callecitas mostrándome cada particularidad del lugar, que si un teatro, que la prefeitura, el río y así, cada quien muestra su mejor cara. En unos lugares las cosas funcionan mejor que en otros. En Camamu, como en otros lugares procure albergue con la policía pero en un primer momento no fui bien recibido, cosa extraña pues ha sido una constante el buen comportamiento de estos seres, pero la suerte que no me abandona quiere dejar todo lo bueno para lo último, cuando las esperanzas se creen perdidas. Allí un hombre me acoge, me da posada, mi buen amigo Claudio Dantas, que me haría tantos favores a futuro, con el que seguía debatiendo sobre el gran Brasil y sus querellas entre norte y sur que por supuesto persisten, el país de los muchos países y sus variadas regiones, debatir con alguien que esta adentro y de otra voz que viene de afuera y se pasea por todos los lugares posibles, yo. Después de un día de calma, otro agitado, mirar el mapa y ver 44 kilómetros que no pueden significar mucho sobre la bicicleta, pero cuando tienes que sortear múltiples subidas y una constante lluvia que no deja andar la situación se vuelve angustiosa de sobre manera, pero ahora que gano tranquilidad y confianza como remonto kilómetros puedo ir con paso más seguro y aunque aquella jornada haya sido dura supe llevarla como se debía, despacio. Hasta había tiempo de comer y leer mientras la lluvia hacia lo suyo. De nuevo las posadas de paso, las pagas y por invitación, en las que acontecen las vivencias de otros, allí encuentro los rastros de muchas. Luego viene una ciudad que solo era un punto en el mapa inicialmente, pero esa solidaridad que no deja de dar la mano abre otra puerta y soy parte de otra familia, sigo diciendo que no conozco lugares si no más bien a la gente que los habita, ellos me hablan de la realidad que quiero ver y se me hace mas interesante que la calle principal o la atracción de turno. En Itabuna hay comidas caseras, hay risas en la sala, hay partidas de dominó que este extranjero gana, hay dulces gustosos como el brigadeiro y platos como el acaraje tan típico de bahía, también y como siempre lo más duro, la partida que aporrea cuando se ha vivido con fraternidad un lugar. Sigo la ruta, haciendo asombrosas pedaleadas de 110 y 120 kilómetros cambiando las palmeras por los árboles de eucalipto que pululan en la región dándole ese toque verde al paisaje, un paisaje donde se combinan las subidas, con las extensas bajadas y por fin llegan de nuevo las rectas y esos camiones que te quieren llevar por delante pasando cerquita de vos, zumbandote en le oído como una mosca gigante, yo me mantengo firme y los escucho a lo lejos, los presiento. Como hay subidas arduas esto supone un cambio en el clima, vamos hacia arriba, lo alto y se va poniendo todo frió y yo que no acreditaba frió en Brasil, hay espacio para una camisa de manga larga cuando se quiere dormir abrigado, lo recuerdo en la ciudad de Eunapolis, donde desde mi estación de policía militar veía al frente el hotel lujoso con su lago dorado, mientras veía también al chavo del ocho e versión portuguesa en aquel cuarto inmenso con camas desvencijadas donde no tuve mucha conversación con le personal, triste desencuentro. De camino a Itamaraju, en la ciudad de Itamirigim, un encuentro bello, un Pueblito que también rodeado de montañas y con una plaza fría me sigue recordando a mis pueblos de Colombia, unos niños juegan trompo, aquí tiene otro nombre, pero eso me hace pensar en esa profunda conexión que tienen todos los pueblos de nuestra América latina, desde sus juegos hasta sus mitos más intimos. En otra ciudad, Teixeira de Freitas hay un encuentro con otra familia, la de mi amigo Jefferson, hay mas sabor a Bahía con la moqueca de pez que cocinara su madre y poder tomar luego en la noche un buen café colombiano del que me diera mi amiga jenny, hay tiempo para mirar como se mueve cualquier ciudad de Brasil, como la gente va cumpliendo con sus rituales de caminar el parque y sentarse a ver como pasa la vida. Al pasar al otro estado, a Espíritu Santo voy cortando camino para mi objetivo, hay caminos mejores, siempre es así cuando cruzo de estado, es como si esta administración dijera: es para que vean como son las cosas aquí. pero luego viene el olvido en ciertos tramos y sufrimos los huecos, pero me siguen acompañando los eucaliptos y ahora mas rectas en las que me rinde más el camino. van llegando ciudades como Pedro Canario, Sooretama; en la que la iglesia me volviera abriría sus puertas en una forma un tanto reservada pero igual acogedora, Ibiraçcu; ciudad donde la suerte funciona tan bien como para dormir en hotel pago con desayuno incluido, son las infinitas formas de la ternura o solidaridad. por último y cumpliendo 1200 kilómetros aparece la capital de Espíritu Santo, Vitória, en estos los paisajes de silencio donde se habla mucho mejor, la ciudad que me sorprende y me muestra que el que no busca...encuentra. En la calle buscando mi albergue un hombre me aborda, un hombre que resulta recorredor de caminos, de mundo sobre motocicleta, el con su grupo de amigos gustan de ello, le cuento mi historia y decide ponerme en contacto con uno de ellos, viajero por excelencia, quien se ha recorrido medio mundo en su amante de dos ruedas con motor, Eduardo prata, quien gustosamente abre las puertas de su casa y es aquí, donde ahora me encuentro para seguir escribiendo al mundo que quiero conocer.

sábado, 19 de julio de 2008

SALVADOR. Negra desde siempre, festiva por naturaleza y profundamente LATINOAMERICANA.

Escribo esto cuando en el piso de arriba de la academia de Capoeira “Porto da Barra”, donde pase 4 de los 6 días en Salvador, todavía suenan unas notas de birimbao y unos jovenes juegan a danzar, bella juventud que se agarra a sus tradiciones pasajeras.
Hablar de esta Salvador es hablar de un pedazo que representa a toda latinoamerica. Salvador negra, salvador puta, salvador que danza, salvador que se muestra en las calles y la Salvador que también se esconde. Venia robandome el corazón este continente y aquí hubo un zarpazo de fiera que se quisiera comer de un bocado entero la presa, la presa en este caso fui yo y toda mi pobre humanidad y el zarpazo atravezo el corazón dejando el alma doliente. Todo duele, duele la belleza cuando es pura y sincera, duele el terror cuando viene de las entrañas, toda la vida es un eterno dolor, duele el amor porque es profundo y duele el golpe aun cuando solo toque la superficie. Había una fuerza en esta ciudad que ejerciera un llamado constante en mi y sentia que algo pasaria aquí. Largo fue trayecto para llegar, el próximo y el de antes. Como me gustan los dichos populares, cuanta sabiduria hay en ellos y bien traigo uno ahora: “Desde el desayuno se sabe que va a ser el almuerzo”. Mi desayuno al llegar a Salvador estaba frio, pero al fin y al cabo tenia desayuno, apenas me pusieron un parco plato sobre la mesa y eso me tuve que servir.
Me ubique en la casa de alguien que vive bastante lejos del centro, un negro, homosexual él, esto me importa tres rabanos, si no fuera por la constante de que con estos personajes ha sido con los unicos que no he tenido empatia como anfitriones, no soy homofobico ni mucho menos, de hecho muchos de los grandes que admiro son homosexuales, en ultima instancia no importa que se sea, chino, marciano, lunatico, lo importante es el respeto y el feeling, la disposición para.
Esta Slavador festejaba su 2 de julio y el pueblo, esa masa amorfa que siempre promulgan los politicos para hecharse al bolsillo y tener eslogans incluyentes; solo en el papel, se volcaba a las calles, yo lo vi por televisión en aquella mi primera casa en Salvador, solo que ahora estaba en el ojo del huracan y debia ir a él. Alla fuimos con mi anfitrion que seguia distante y ya en el centro al encuentro con sus amigos con los que se despacho en abrazos y quereres, la distancia conmigo se hizo mayor, a mi no me importaba, como decia un maestro cercano, “Soy testigo”. El desfile para mi fue una burla y todo por el tumulto de una horda de amanerados irrespetuosos y hablo en estos terminos, solo desde la estetica, lo mismo podría decir de un desfile de mujeres donde los machos se pespachan en coros que hechan babas mostrando un fetido insitinto animal. En aquel desfile las bastoneras eran bastoneros con los que el público gay viraba loco o locas más bien. Todo este saperoco recordando entre banda y banda de música alguna figurilla alusiva a la independencia de bahia que dicen, fue la del Brasil mismo, esta fecha todavía se pelea. Yo no aguante mucho tiempo allí y fui a refugiarme en casa. El día siguiente me lo robo la burocracia, la de los pasadizos y papeleo absurdo. Yo latinoamericano, mendigando permisos de frontera en frontera para pasearme y conocer mi continente, mi casa. Las leyes estan hechas para las nubes, por hetereas, por pasajeras, nosotros los humanos tenemos que debatirnos con dictamenes que alguien sugiere con un antojo de niño malcriado que no entiende de razones. Absurdo es decir a la entrada de Brasil, en la frontera con Venezuela, que si por favor pueden romper con la regla de solo dar 90 días de permanencia en un pais, ellos jamas abriran los ojos para ver que me propongo atravezar su país en bicicleta, el quinto más grande del mundo y que necesitare muchos más. Los días se cumplieron aquí en Salvador donde todo habría de cumplirse. Siempre el tramite se efectua en la policía federal y viaje hasta allí para encontrarme con la noticia de que debía ir hasta el aeropuerto para hacer la diligencia, volver a atravezar toda la ciudad en una vuelta de costoso bus, costoso para mi. En ese lugar tengo que desembolsar otra buena cantidad de dinero para un permiso que no tendría porque ser así y bueno, un sello más que me deja legal. Vienen despues los días en este centro de Salvador, los días en esta academia que me supo acoger con esa energia propia de los que libres andan y viven con ritmo y tradición. Aquí empezo la verdadera historia. Salvador se abrió para mí como sexo de mujer, unas veces gustoso de secreciones que saben a miel y en otras acido y amargo donde la hiel se convierte en hiel. Como un explorador me fui adentrando en esta enmarañada ciudad, en ese sexo que se va calentando con el día y hierve en la noche, Salvador de cachaça y cerveza, Salvador de crack y maconhia, Salavador de mil drogas en compensación de una realidad inmunda, drogas salida, pasadizo al encierro perpetuo, un golpe certero a la cabeza. El centro comercial y el historico conversan a distancia, en los dos mora la miseria y la belleza del paso de la historia. El historico es la puerta, el sexo de mujer que atrae y todos como animales en celo caemos a degustar sus maravillas, solo que el calor hace estragos y hasta en estos días de lluvia la temperatura se reniega a bajar. Me fue chupando ese sexo fuerte desde la praça da piedade donde habito, pasando por la praça Castro Alves y me embeleso con la vista al mar desde allí, ya me empezaba a cegar, subiendo por la rua chile me llevo hasta el palacio de rio Branco donde los locales juegan a atrapar con sus baratijas a los incautos turistas. Otra praça, la de Sé, para seguir viendo el mar o dejarse llevar por el elevador “la Cerda” a ver la parte baja de la ciudad para beber del puerto y su historia de mil barcos. Yo baje pero enseguida subi, ese centro me llamaba y despúes de la Praça da sé ya no hay nada que hacer, atraviezas otra praça y te ves bajando por callecitas empedradas que te llevan al centro del centro, el famoso largo de Pelourinho, el de las postales con el museo da cidade y la casa del escritor Jorge Amado, famoso escritor que retrato en sus libros al Salvador del que estoy tratando de hablar. Ya en el centro del centro solo queda tratar de hilvanar rua con rua y lamer el encanto de sus paredes, hacer siempre el ejercicio de borrar las chucherias para turistas, los que llevan recuerdos pues ya no recuerdan, e imaginarse la vida natural rodando por allí, los tiempos de esclavitud negrera, el transito a la libertad, las tiendas con productos de la época, los pueblos de afuera disputandose ese lugar, holandeses, portugueses, ingleses, franceses. Ese mar caribe y el de la Bahia de todos los santos fue testigo de las constantes abatidas desde afuera, los fuertes, el de São Pedro, São Marcelo, Monte Serrat, hablan de ello. En una casa viejisima con más de 200 años, un antiguo edifício de muchos pisos, el Mestre Cabeludo, maestro de la academia “Porto da Barra” me lleva para ver como se fabrican algunos de esos instrumentos que utilizan en su danza, en ese espacio hay tradición, el hombre, el hijo que sigue la enseñanza de su padre, de lo que contiuara el abuelo también, una bodega llena de objetos dispuestos a ser instrumentos musicales puestos al combate de la armonía para la danza. Pero ese ritmo frenetico de Salvador, ahora a cinco meses de mi viaje me recordaría la cara de lo que es, de la realidad que no se esconde, que no se muestra pero que esta ahí. Ya la intuia en mi segundo día pasando por el centro cuando los que viera en la plaza con sus ropas en varandas durmieran todos apiñados en la acera en cajas de cartón, familias enteras, es la miseria de muchos por la incompetencia de unos pocos, mala dirigencia y desviación de dineros. Me dispuse a que no quedara calle sin recorrer en el cenro historico de Salvador y la cachaça fue mi compañera para combatir la soledad y la lluvia, ella venida de la caña y su destilado me cobijo y empezo a mal seguir mis pasos, yo me fui perdiendo cada vez más agusto y entre lluvia y lluviecita me escampaba y me mojaba con placer. Entrada la noche y al calor del efecto del licor el matiz era otro, el matiz de las cosas bajo el cristal destilado. Baje a puerto a uno de esos viejos bares de mujeres gordas, a beber una cerveza con olor a mar y la música de las rockolas llenaba el espacio, reggae en este caso, también se dan las paradojas musicales. Volvi a la ciudad y el centro que no me soltaba y la noche con su negrura extendio su velo. Aparecio entonces aquel hombresito festivo de piel negra, negrisima y entre charlas me fui llendo con él, me mostro algún recoveco el centro que no tenia el glamour para extranjeros con dinero, me mostro más que eso, los ranchos que quedan detras de alguno que otro almacensito medio lujoso donde se instala la miseria de los que se debaten con la vida, seguian quedando en lo alto y esa favela me recodaba nuestras comunas. La negrura de este hombre junto con la de la noche le dio ese tono perfecto a Salvador, negro animal. El efecto de todo hizo que nuestro hombresito, el negro aquel, quisiera cosas más fuertes, la cerveza no le basto, yo lo acompañaba como su sombra con ese llamado mio siempre hacia lo oscuro. La casa – pension era un pasadizo de junkies y familias en decadencia, allí se hicieron los tramites, yo fui testigo, cargado de todo esto senti la hora de salir, salir solo, no queria más aquella sombra y solo en esa profuna calle fui asaltado, latinoamerica me lo recordo, cinco hombres encima de mi como gallinazos tirando de la presa, tratando de llevarse cada uno la mejor parte, es otra forma de violación, fui la bola que golpearon hasta dejar desinflada, sin cartera y sin reloj corri hacia lugar seguro, ya no había nada que hacer, el hecho estaba consumado.
El día anterior trajo la calma y me despedi de Salvador en una forma literaria, pase toda la mãnana hasta que me sacaron de allí en el gabinete de lectura portuguesa, casa Fernando Pessoa, leyendo a mi maestro en portugues, indagando en su vida, recordando a ese hombre que fue muchos para ser nadie, ese diminuto hombre perdido entre las ruas de Lisboa que viajo por todos los puertos sin moverse de su oficina, pero yo mundano tenia que seguir camino, ahora dejando a esta Salvador.

sábado, 12 de julio de 2008

Recife – Salvador. Perto do Mar, Lluvia fría y gente caliente

Siempre será una osadía comprimir en unas pocas líneas kilómetro y ciudades vividas intensamente, el trecho Recife – Salvador contiene tantas vivencias que hay que cogerlas despacio para llevarlas al papel.
Saliendo de Recife y por cierto embeleco paisajístico quería que mi próximo destino fuera la famosa playa “Porto de Galinhas” renombrada playa que ganara por siete años seguidos el titulo de la mejor playa de Brasil, tamaño titulo para un país que en su mayoría es litoral. Me deje cautivar por la oferta turística de sus piscinas naturales que encontraría allí, pero la vida que es sabia me recuerda que mi viaje es otro, de otro tipo, con una búsqueda diferente, no busco lugares simplemente los encuentro. Para llegar allá tuve que hacer un desvió de 18 kilómetros que me suponen casi una hora de pedaleo. Al llegar me fui topando con todos esos resorts y hoteles de lujo que ya me hablan de a donde llegaría. Por supuesto es otro de esos lugares hechos para turistas con dinero, dispuestos a que los hambrientos colmillos del sistema de vampiros chupe sus ahorros. Tan pronto como llegue ya estaba saliendo a una playa cercana llamada Macaraipé y en esas piruetas de la vida Javier y Carolina, un par de bicicletos uruguayos me recomiendan un lugar tranquilo y gratis para acampar. Es un encuentro para compartir experiencias de quienes entienden que es viajar un continente en dos ruedas, con equipaje y movido por la fuerza del corazón, como diría una buena amiga. La lluvia me retuvo por dos días en aquella playa, la fría lluvia que todo lo daña nos amarraba a mí y a la dama en esa playa que se hacía fría, de arena pesada por el agua, mi carpa era mi casa y cuando paso el temporal pude salir de allí, no sin antes despedirme de mis buenos amigos bicicletos. Sigo por esa ruta cerca de la mar, perto do mar, con ese cansancio que trae la lluvia haciéndolo todo más pesado, paso por Maragogi, me quedo de nuevo en una estación de policía, amables hombres, cambio de estado, en esta parte del litoral donde los estados son recogiditos y furtivo paso por ellos. En otra de esas maratónicas jornadas haciendo 130 kilómetros sobre mi bicicleta llego a una nueva ciudad, Maceio, en el estado de Alagoas. Así como la lluvia trae oscuridad, Maceio no me trae mucha alegría, hay ciudades que abrazan y cautivan y otras si apenas te hacen un guiño. Maceio me huele mal y hay un aire de desorganización en ella, como siempre tiene su lado de mostrar, el lado postal de las ciudades, pero yo que soy gusano de tierra, topo y animal que gusta de quitar los velos desenterrándolo todo, habito sus esquinas y no encuentro mucho que me atrape. Recuerdo con gracia aquella foto que no tome, que son las mejores que podamos tener, que en la ciudad de Maceio, y esto es de no creer, hay una réplica a menor escala de la misma estatua de la libertad de los americanos, según me cuentan regalo de los franceses también, esos franceses. En Maceio empecé a intuir con más fuerza las fiestas juninas de São João, con sus bailes de cuadrillas multicolores. En Maceio también me quede por la gente, la gente caliente de la vecindad que no deja que se agote la cerveza ni la camaradería, la que me hace quedar un día más con la promesa de hacer pan de ajo para mí, así fue como doña Adriana, una mujer festiva y dicharachera fabricaría el buen pan. Así van siguiendo estas ciudades, unas pasan sin mucho alboroto y otras te roban cada pedazo de corazón.
Del día que salí de Maceio, Junio 23, tengo el recuerdo vivido y húmedo todavía hoy que escribo esto, una jornada entera pasada por agua, una jornada de desesperación, kilómetros y kilómetros bajo la lluvia, una lluvia fuerte y aquello sin un lugar donde meterse, gajes del viaje. Pero al otro día de camino hay compensación y para anotar, una de las particularidades de esta ruta es que en ciertos trechos hay que tomar una balsa para pasar un rio, una laguna, un riachuelo, eso lo hace interesante, bello. Subir a esos pequeños ferry que llevan un par de autos y algunas personas, dejarse transportar. Sería pasando del estado de Alagoas a Sergipe donde tendría otro de esos encuentros que marcan y claro, dan una mano. Sergio, que va en su camioneta me hace detener y me cuenta que es profesor de educación física, que se ha andado más de medio continente en bicicleta y que solo le faltan unos pequeños tramos para completarlo, él me ve y entiende perfectamente en que ando, viene él de la próxima ciudad a la que voy y como presente me da una estadía en la posada que acaba de pernoctar. El camino para llegar a ella es difícil, no es de asfalto, es de tierra, pero todo lo vale, la tranquilidad y la comida y un amigo que queda pendiente en la ruta. Al día siguiente termine la ruta de tierra con la suerte de esta vez no ser alcanzado por la lluvia y brindarme mi decima ciudad brasilera, Aracaju. Ciudad con nombre de pájaro y fruta, que magnifica combinación, el Arara o papagayo y el cajú, fruta gustosa y común por estas tierras. Una ciudad así solo tenía que traer cosas buenas, desde que cruzara ese enorme puente sobre el río Sergipe, el nuevo puente con solo un año de vida, el puente que aun no desplaza a las pequeñas embarcaciones que siguen cruzando a la gente de lado a lado, difícil luchar contra la costumbre, esos barquitos llamados tototó, entrar por su mercado central, el viejo mercado de Aracaju vestido de São João, recubierto por la fiesta con multicolores banderines, casetas de comida y bebida, dos tarimas gigantes y el ambiente de fiesta, de fiesta junina sintiéndose en el aire. Un grupo de amigos me recibiría allí en Aracaju, donde todo fue baile, fiesta, conversaciones, disertaciones y aprendizaje de la historia de su ciudad, una ciudad en la que de verdad billa el sol aunque por estas temporadas sigamos peleando con la lluvia. Aquí sentí con total intensidad eso de las fiestas juninas, con su ritmo de forró, el que viniera desde la tradición con Luis Gonzaga y ahora tuviera tantas vertientes para seguir mostrando que Brasil es ritmo, ritmo por doquier.
Mis mapas me mostraban que la ruta entre Aracaju y Salvador era llamada la línea verde, una carretera de 190 kilómetros que comenzaba unos kilómetros después de Aracaju donde tuve que volver a tomar un par de balsas para cruzar sendos ríos. La línea verde fue uno de los trayectos más difíciles en Brasil, constante sube y bajas por terrenos desolados hacían la dificultad del terreno, la lluvia seguía haciéndose presente. Dure dos días en cruzarlo, volviendo a parar en una estación de policía en la que apenas me abrieron las puertas y la otra en una de esas playas para turistas de afuera, en otra pasarela construida para el confort de los que todo lo tienen y no quieren que en su lugar de veraneo esto se les olvide. Como siempre en estos lugares me es difícil buscar albergue, pero la suerte sigue conmigo, no solo pude dormir bien, en un estacionamiento pose mi carpa y pude dormir tranquilo y seguro, si no que hice un par de amigos que me ofrecieron futuras posadas. Felipe me invitaría a comer y pondría su casa de Río de Janeiro a disposición y el Mestre Cabeludo, maestro en Capoeira me acogería en su academia en la ciudad de Salvador. La estancia en salvador traería tantas sorpresas y sensaciones como le es posible dar a una ciudad, ciudad de ritmos, caras y sabores mil, ciudad de choque y revuelque, ciudad de todas las razas y ley propia.

lunes, 7 de julio de 2008

Recife, un puente, dos puentes, tres puentes a la felicidad...

Especial acontecimiento en la ciudad de Recife. De muchos días atrás y de un encuentro que sentimos inconcluso acorde con mi amiga jenny, de Bogotá Colombia que deberíamos vernos de nuevo en este periplo. Fue un encuentro del que aprendí mucho, un encuentro que trajo múltiples sorpresas y por sobre todo que trajo tranquilidad que en estos caminos es la felicidad. Abrí las puertas a este encuentro ya que con esta mujer es con una de las pocas que puedo encontrarme de la manera en que me gusta hacerlo, encontré en ella a una amiga. con ella puedo hacer a plenitud varias cosas en las que me siento pleno cuando encuentro con quien compartirlas; caminar y conversar, lo otro es añadidura, el afecto, la buena comida y la gustosa bebida. ahora bien, no hay que olvidar que esto es viaje y el andar hace parte de todo. la particularidad aquí fue la compañía para hacer todo esto, en este caso tuve una compañía óptima, pero la relfexión que me viene es sobre lo que significa conocer bien una ciudad. Siempre he sido un hombre que se conforma con lo sencillo y he pensado entonces que conocer bien una ciudad es caminarla bien, las ciudades se me pasan cuando no las camine y las pude haber vivido por los pies, si no que se me fueron en las ruedas de la bici viéndolas desde la carretera o encerrado en algún lugar. Recife no defraudo y muy por el contrario cautivo. Su parte antigua sigue latente, la pregunta siempre será por el pasado, por el funcionamiento de esa estructura en antaño. había que ir despacio y mirar las fachadas de esos edificios viejos que se resistieron a morir y bueno, claro esta, una que otra administración que supo mantenerlos en pie, difícil acabar con la memoria de Recife. había que mirar bien arriba, allá donde se encaramaba la historia de esos edificios, también se tenia que sentir el piso viejo en piedra, todo iba lento allí, a la manera en como se debe viajar. En los muchos días que estuve allí no hubo día en que no encontramos una calle nueva y donde el ritmo de este Brasil musical lo contajiara todo hasta encontrar la otra esquina donde se ofrece ropa y calzado y el hombre que tiene el micrófono mientras hace todo esto, canta también. así es este pueblo hecho de ritmo. Lo otro de Recife es su historia, sus numerosos puentes que conectan cada punto de la ciudad, cada uno de ellos como conexión para ir a mirar otra cara, para ver el otro lado del espejo. Cada puente tiene su tiempo y su historia, tiene su placa y sus moradores, os hay solitarios y también concurridos, pero en todos, por debajo, va ese río negro y tristemente mal oliente que va caminando lento hacia el mar. En el marco Zero que es de donde parte todo más allá del otro lado presientes el mar y tienes que ir en busca de él y la otra cara de la ciudad, la de las otras postales con hoteles en venta y playas atestadas de gente, meticulosa mente cuidadas para que más gente venga a ellas, hasta una artificial barrera de contención para las olas puede verse desde la arena. yo que también habite la arena con mi traje de turista, felizmente pase por uno nacional, pude ver la vivencia como hace tiempo no la sentía, picar cuanto alimento local se atraviese por delante y sentirse como uno más dentro de la manada, eso esta bien. También hubo tiempo para visitar la ciudad cercana de Olinda, en la cual parece nació Recife cediéndole luego el puesto, allí sorprende la cantidad de iglesias, eso habla de algo que paso y no deja de suceder, pero hay color en las fachadas y el sol lo intensifica, el sol que también se mete por las calles y callejones y nos persigue, solo podemos esquivarlo al entrar a un local donde en su interior el color no se apaga, son faroles y banderines indicando el carnaval, ese de São João que estamos viviendo, ese que se multiplica con toas esas almitas que se encienden más en la noche al llamado de todas las músicas, no hay lugar que no sea un perfecta tarima, todos bailan y se saben las canciones, yo soy un feliz analfabeto que gozo con la ignorancia de mi propia fiesta. Ni me quiero imaginar esta ciudad en carnaval, el otro, el grande, siento que viví solo las esquirlas y así fui feliz.