Lo que yo quiero decir es América Latina...

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viernes, 15 de enero de 2010

Punta del Este


Sin mucho ánimo, más bien con una morbosa curiosidad me dirigí a esta ciudad. Renombrado en todo el continente como sitio de veraneo de ricos y famosos ya más o menos tienes una idea de lo que te vas a encontrar. Esto no me llamaba mucho la atención pero ya que estaba de paso, porqué no pasar un par de días en el. Es exactamente como me lo imaginaba. Te vas internando por una pila de casa lujosas, shoppings plantados a cada tanto como árboles al lado y lado del camino, restaurantes de lujo y tiendas de todas las marcas famosas.
Tenía una posada y fui en búsqueda de ella. Con dirección en mano me interne en cierto barrio y me empezaban a intimidar las fachadas exuberantes de sus casas. Todas con sus jardines bien cuidados, garajes enormes y moradas de varias plantas para albergar un batallón y que de seguro nunca se llenan. En estas calles con nombres variados y donde las casas no tienen número si no un nombre me despiste para llegar. Luego de lagunas vueltas con la bici encontré mi lugar y así empezaron las buenas sorpresas. No estaba con las típicas personas que pueden habitar un lugar como este. Mi anfitriona tenía una modesta casa en la que vive con su esposo y sus dos hijos, además de su perrito. Magela es una mujer que le ha apostado por el lado alternativo y autónomo de la vida. Nada de horarios ajustados ni jefes, un delicioso anarquismo reina en ella. Diseña collares pulseras, en su taller ubicado en la parte de atrás de su casa, al lado del taller hay un inmenso árbol en cuyas ramas se gesta un proyecto hermoso, “la casita del árbol”. Junto con su esposo juntan tablas y clavos para diseñar una acogedora morada en las alturas y de altura diría yo. Se suponía que iba a vivir en la casita pero a mi llegada todavía no estaba lista, está en proceso, pero debes subir y tener una vista al mar desde allí, seguro que cuando este lista no querrás bajar de ella. Entre alambres, brocas, piedras de todos los colores, verduras variadas y especias vive Magela con su familia. Además del negocio de la bisutería, tienen también una línea de alimentos alternativos, maravillosos, berenjenas, champiñones, mermeladas que ella misma prepara. No todos tienen que jugar el juego de la oficina, el traje y los tacones, la empresa, la fabrica, para poder en este mundo competitivo. Es una hermosa sorpresa encontrarse con gente así y sobretodo en un lugar como este. Un lugar así debe ser mirado desde muchos puntos de vista. Me fui con la dama a recorrerlo, mi compañera habitual, curiosa como yo de conocer también quiere ver. Hablemos de Punta del Este en tanto espacio construido. Como lo dije antes, las tiendas de moda imperan aquí, vitrinas con maniquíes que lucen prendas de diseñadores famosos, los artículos deportivos en los que los deportistas se convierten en otro maniquí mas que adorna vitrinas, que teatral suele ser el mundo. Las avenidas son enormes pasarelas donde autos de lujo descargan pálidos turistas cubiertos con grandes capas de protector solar y sus consabidos anteojos oscuros, el guion y la consigna se sigue al pie de la letra. Cada vitrina, cada local por pequeño que sea acepta dólares y euros, a veces me siento en otro lugar y hasta pienso que los pesos uruguayos no tienen valor aquí. Por suerte he venido en temporada baja (que glorioso termino) y todavía las calles no se ven muy pobladas. Las listas de precios afuera de los restaurantes te ahuyentan, los crustáceos y los peces se diluyen en precios que llegan a las nubes como si estos fueran perlas preciosas que el mar se negara a dar, por supuesto no es así. En el puerto los humildes barcos de los pescadores descargan peces a granel. Es un espectáculo majestuoso, cada uno de esos barquitos llega constantemente cargado en su vientre con frutos del mar y es un festín para todos, las aves que revolotean esperando las sobras o uno que otro pez caiga de los botes y de otro lado los lobos marinos tan comunes allí, gigantes perezosos con la boca abierta y tostándose al sol., dicha de turistas que disparan con sus cámaras fotográficas. Barquitos multicolores con nombre ingeniosos, una pintura en fila con su cargamento y los puestos de pescado que los preparan para luego ser llevados a los restaurantes donde habían adquirido otro valor. La otra Punta del Este, la natural, tiene la belleza que le ha concebido la divina providencia. Este lugar es una punta con sus playas que reciben nombres distintos, playa mansa, playa brava. Es por la interacción del viento en sus arenas, en una golpea fuerte y los tipos de las tablas remontan sus olas, en otra todo es calmo y tranquilo. El faro que en la noche tiene su supremacía se yergue inmenso y callado en el día y en la punta, en toda la punta del este ondea la bandera uruguaya con su vivido sol al costado, aquí golpean los dos vientos y las rocas puntiagudas hacen que solo impere la soledad de las aguas y el infinito a mi espalda, los cientos de edificios que atestaran las playas en temporada alta llenando todo de ruido y absurdo consumismo y en frente de esta solitaria plataforma, el mar, el soberano océano que está por encima de todo y en su rugir de olas deja que lo contemplemos para dicha nuestra.

San Carlos…! Qué impecable Che!


Hubiera podido seguir derecho hasta Punta del Este pero tenía una invitación que no podía rechazar. Un tiempo atrás y por esas piruetas tecnológicas un buen hombre, Germán, se había enterado de mi travesía y me ofreció un lugar en su casa. Son esas oportunidades que no desaprovecho, no tanto por la posada si no por la oportunidad de parar y conocer un tanto más de cerca cada lugar por el que voy transitando. Este pudo haber sido otro pueblo que estaba de paso y rodado rápidamente. Germán gusta de la bicicleta, de los viajes, quería compartir historias y charlas conmigo así que allí fui. San Carlos sí que es una ciudad pequeña, solo 20 kilómetros la separan de la fastuosa Punta del Este. Germán como muchos de los habitantes de San Carlos viaja todos los días a trabajar a ese lugar. Esos grandes centros de recreo para personas adineradas están llenos de gente humilde ( pero de gigante corazón) como Germán que los trabajan. Esas personas que limpian sus piscinas, barren sus calles, limpian sus ventanas, brillan sus botes, arreglan sus autos, para que esos espacios sigan siendo lo que son, un sueño, un espejismo donde se esconde el sol a cada tanto. Pero volviendo a San Carlos, un lugar que tal vez tenga más magia que la pomposa Punta del Este, el sitio donde hay vecinos, amigos de verdad, donde hay un saludo a cada cuadra y parece que no hubiera extraños. Donde ir a comprar el pan y las facturas para acompañar el mate es un hecho cotidiano y un momento para preguntar por la vida del otro, un lugar donde el campo se siente y en su feria rural hay comidas típicas y bailes que hablan de su historia. Alrededor de su plaza hay cafecitos y vinerías nada suntuosos pero con el calor de la amistad. Como olvidar la vinería artesanal, inmensos botellones donde te venden un litro de vino gustosísimo por un precio irrisible y con todo el espíritu de la hermana uva y como no, con una sonrisa. Ese parque donde los domingos se juntan los muchachos y los viejos. San Carlos y sus pintadas, los esténcils que entre jocosos y contestatarios armonizan con sus casas antiguas de calles empedradas. Veo carnicerías en cada esquina y se lo hago notar a mi anfitrión, para él eso es común y en tono de chiste me dice: Aquí sembramos vacas. Es cierto es una tierra muy ganadera, pocas verduras y mucho ganado. En este pueblo Germán hace un contacto para que me hagan una entrevista en una emisora local, lo importante de esto además de poder difundir mis ideas alrededor de mi viaje, hablar de los puentes que nos deben conectar en nuestra América, es la conversación que sigue después de la entrevista. Vamos a la casa del amable periodista y luego me quedo hablando con su familia, soy invitado a unos exquisitos mates, una bebida social, hecha para conversar, una tarde de mates para hablar de fútbol, de política, de la vida en general. Hay tiempo para regalos, pequeños presentes que se quedan conmigo. Sigo atando lazos a través de mi recorrido con esa gente bella que no te deja de abrazar. La madre, su hijo, su novia, Germán, me saludan como a uno de los suyos. Cebamos y cebamos mates, mates uruguayos y sellamos con una foto para llevármelos a todos en un recuerdo tangible porque desde ahora viajan como muchos en mi corazón.

Rocha – Un hostal bajo perfil


Esos caminos del Uruguay, tan planos plantados de verdes y ganado aquí y allá, tímidas cuestas con un ínfimo nivel de inclinación me permiten rodar con tranquilidad. La meta de esta día ya estaba definida y me proponía llegar a la ciudad de Rocha, tenía la posibilidad de que alguien me recibiera allá, debía hacer una llamada para concretar esto y me detuve en una población cercana, un pueblito llamado 19 de Abril, por un día más y me hizo recordar la bella canción de los celtas cortos llamada 20 de Abril, canción llena de recuerdos de juventud, de amigos, de amores. A la vera del camino uno de esos locutorios con una sola cabina de teléfonos. Una casa, cualquier casa en cuya sala a la entrada se ubica la cabina. Me detengo y llamo para ser atendido, un hombre sale de su interior, cualquier hombre que hacia sus tareas diarias. La cabina es su negocio y lo atiende cada vez que alguien llega, ya sean los locales que la utilizan como medio de comunicación o como yo un viajero que va de paso. Los uruguayos tienen un hablar tranquilo, te van introduciendo a la conversación, una charla con escucha de ida y vuelta. Al terminar mi llamada en la que soy enterado de que no poseo albergue en mi próxima parada el buen hombre de la cabina me provee de una charla que comienza con las concebidas preguntas de rigor, preguntas que siempre abren paso a una amistad, a la sorpresa del recorrido, a la hermandad de pueblos, al recuerdo y las conexiones entre países hermanos. El hombre alaba mi aventura y por unos minutos el camino queda de lado para plantar un nuevo amigo y hasta me deja sus datos por si algún día pasara de nuevo por allí pero estos caminos con un retorno lejano dejan un alto grado de incertidumbre, solo me voy con un apretón de manos y una sonrisa que me manda de nuevo al pedaleo. Es un día de sol aunque no caluroso y el habitual sudor junto con la arena se pegan sin que prime mucho el cansancio, pero como siempre hay que ir en búsqueda de un lugar para quedarse y limpiar el sudor. Me encuentro entonces con la sorpresiva secuencia de negativas para obtener una posada solidaria en la ciudad de Rocha, que más que una ciudad parece uno de eso pueblos chicos sin mayor atractivo. Ante el fortín militar mi voz se pierde y la negativa es contundente. Me interno en la ciudad y me entero del cuerpo de bomberos, me digo entonces que nada puede fallar y encamino mis esperanzas hacia allí. Ubicada en una cuadra cualquiera el inmenso garaje donde habitan esos carros color rojo, gigantes apaga fuegos me indican que allí es. Después de contar mi historia recibo la noticia de que no es posible pernoctar aquí, me cuentan que antes era posible pero que otro viajero anterior al que se le brindo la posibilidad de pasar la noche en ese lugar no tuvo un buen comportamiento, desde entonces las puertas quedaron cerradas para nosotros los peregrinos. Sin embargo me cuentan sobre otro albergue destinado para estos casos. Tercamente toco otras puertas y la negativa persiste, ahora el cansancio del camino y la entrada de las horas de la tarde hacen presencia, la dama pesa más y mis movimientos se hacen lentos. La única opción entonces es el albergue aquel, ese lugar del que no se mucho y entonces por las empedradas calles de esta ciudad sin atractivo voy hacia él. Una casa blanca con una parca fachada parece ser el lugar y con la última esperanza golpeo la pesada puerta de madera. Una amable mujer me recibe y me escucha atenta, un si una bienvenida, ya tengo un lugar, ese en el que el estado a veces hace las veces de paternalista y da lugar a personas de la calle para que pasen el día. Así es, personas que deambulan en el día por la ciudad, tienen esa vieja casa de patio en el centro, habitaciones múltiples, baño rustico y un solar enmarañado, un lugar para hacerle un quite al frio de la noche. Pero hay unas reglas. La hora de entrada es a las 7 pm y ahora acaban de pasar unos minutos después de la 1 pm. No se me permite guardar mis cosas ahí. Con mucho gusto esa será mi casa después de las 7 pm se me recuerda. 6 horas en el limbo entonces, sucio, cansado y con hambre. De nuevo al puesto de bomberos con la intención de que almenos se me permita guardar mis pertenencias y sobre todo se cuide a la dama, esto sí es aceptado. No tengo ese ansiado baño repositor después del pedaleo pero almenos puedo cambiar mis ropas de ciclista, me digo entonces que esas horas han de irse rápido. Me proveo de un buen libro para despistar al tiempo y me voy de caminada. Lo primero es comer, buscar con que llenar la panza, para almenos tener fuerzas para mantenerse en pie. Siempre hay algún puesto de sanduches o hamburguesas barato dispuesto a calmar el hambre, pero la comida pasa rápido y luego de esto me veo con toda una tarde por delante. Comienza mi deambular por calles poco atrayentes donde el tiempo parece detenido y es que en verdad en estos lugares del interior lo es. La siesta de la tarde es imperdonable y el pueblo muere hasta las tres de la tarde. Entre diagonales y avenidas se agota el recorrido rápidamente. El parque central que nos acoge a todos siempre tiene una banca de mas y allí me postro para decirme que en la lectura podría aniquilar el tiempo por un buen rato, pero el cansancio de la jornada me aniquila a mi primero y no logro pasar de un par de páginas, s eme cierran los parpados y solo alcanzo a distinguir un revoltijo de letras. Tiempo quieto, muerto, adormilado, mudo, hasta las palomas vuelan en cámara lenta. Una calle otra, calle y otra más, vista y vuelta a ver, me siento como un sospechoso que pasa y vuelve a pasar por los mismos lugares, pero después de mucho el tiempo se mueve y ha caído el sol.
El albergue. Hablando en términos contemporáneos era nada más y nada menos que un Hostel. Pero no de estos de ahora donde apilan a 5 o 6 turistas europeos en un cuarto y les ponen una salita con TV de plasma y DVD, una terraza para que hagan sus fiestas de madrugada y bed and breakfast, todo por precios altísimos, no. Este era una casa que destinaba el estado para personas de la calle sin ningún recurso. Aquí no había TV de plasma y revistas de farándula en el living. Aquí encontraba de nuevo a esos vagabundos que como yo esperamos todo el día en la banca del parque sin un lugar a donde ir. Esos padres con sus tres muchachitos, sus rústicos juguetes y una bolsa de pan, sus muchas risas, sus cigarros y sus charlas. Estos éramos los habitantes de nuestro “Hostel”. Un cuarto con camarote para los hombres, otro para las mujeres con sus niños, un poco de shampoo y una barrita de jabón para esperar el turno al baño. Mientras tanto uno que otro se pregunta por la vida y ya bajo un techo hay cierta tranquilidad. Es un hogar para todos. Hay un pan con café. Después del baño el cansancio me vence y tengo que dormir un poco, me hubiera querido quedar un tanto a escuchar algunas historias pero así son estas jornadas. Más tarde me levantan para sentarnos todos a la mesa y disfrutar un arroz con pollo, benditos alimentos. Comparto esta vez con la gente, les comparto mi vida, ellos la suya, conozco aquella mujer que estudiaba derecho y fue estafada en no sé qué negocio y ahora duerme aquí con nosotros. Así nos junta la vida en estos y a la noche vuelve el tranquilo sueño en nuestro hostal.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Un ángel en la Punta del Diablo


Ahí venia el Pablo, por una de esas callecitas cortas que van al centro de Punta del Diablo, aunque no se si haya un centro aquí, el centro siempre será el mar, el punto de partida y de llegada. Venia con su matesito en la mano y paso lento, fumándose uno de sus cigarritos. Hacia un calor terrible y las montañas de arena encandilaban los ojos. Pablo era leve como el viento que venia del mar.

¿Venís de lejos?, me pregunto. Reconocí otro ángel entonces. Los identificas por su levedad, ya lo dije. Menudito el Pablo, un silbido que se suma a los aires que soplan en ese resguardo llamado Punta del Diablo, del que me cuenta ya no quiere salir. Le estaba cuidando unas cabañas al Tano, su amigo. Se quedaba en una de ellas y allí tenia su palacio. Rodeado de plantitas que el mismo sembraba. Pablo no tenia la edad que decía tener, Pablo tenia mucho menos, Pablo es un hermoso adolescente de 50 años. Me brindo una de esas cabañas sin mas ni mas. Yo solo le había preguntado por un lugar para poner mi carpa.

Y es que el Pablo es un hombre de muchas historias. Me hablaba de su periplo por el Canadá y su enamoramiento por la lengua inglesa, gustaba de hablar ingles, loro viejo si aprende a hablar, parodiando el refrán. Seguía inquieto con las palabras, un niño, jugaba con ellas y se sentía feliz al aprender tantas mas.

En el Pablo también estaba resumido el pueblo uruguayo, su amor por el país y el reconocimiento de vivir en un lugar tranquilo. Eso es la patria sin patrioterismos, el más puro amor. Me decía que no había pisado la Argentina y que tampoco le interesaba, que ya no quería salir de Punta del Diablo. Ese lugar embruja con su calma, aunque esta sea rota en los tiempos de temporada alta donde hasta los ratones tienen que alquilar una madriguera, allí todo se alquila, terreno, cabaña, cualquier cosa es apta para vivir por esos días donde los humanos aquí se multiplican como arroz y de 800 habitantes netos que son pasan a ser 22.000 mil, una cosa para no creer y sobretodo para no estar por esas épocas, yo se lo decía al Pablo. Igual los tiempos de temporada baja eran majestuosos y ese mar frío, friísimo seguía allí refrescando la arena que calienta el sol en ese pueblo de pescadores artesanales, todavía con sus barquitos viejos, esos barquitos que son poesía pura, esos barquitos que son un canto, esos barquitos que pueden ser un tango, un fado. Están atados en la playa esperando ir a la búsqueda de peces y en la punta de la punta esta el faro que indica el camino y todo parece tan quieto, tan en silencio. En esos pequeñísimos barquitos se juegan la vida los hombres que toda la vida no han hecho mas que pescar. Y esos nombres sonoros de los barcos, Lina Valeria, Victoria, Yogane, son los titulos de las poesias que son. Por eso el Pablo no quiere salir de allí, lo entiendo. Yo mismo me vi atrapado un par de días cuando solo estaría uno. Junto con el mar y la arena clara, las caminadas por la playa donde te conviertes en fantasma, el pueblo donde todos se saludan, porque todos son familia, me quedaba conversando con el Pablo, nos quedábamos cebando matesitos y no había de otra que oír sus fascinantes historias y dejar que me pintara sus narraciones de cuando trabajaba en el hipódromo allá en Canadá, porque hay que decir de su afición por los caballos que cuidaba , un hombre cercano a la tierra, un Zorba de este tiempo. Hasta tiempo para una caña y un buen asado hubo. Esa carne a la brasa chorreando finos hilos de grasa y luego sentarse a la mesa para comer como buenos hombres primitivos, pasar la carne con unas buenas migas de pan, unas galletas como la llaman aquí.

Hablo de los hombres porque son los que construyen los lugares, los que hacen una geografía, sigo encontrándome con gentes locales porque me dicen mucho mas que las guías o los encuentros buscados de gente sin eco, de turistas perdidos tratando de encontrar soledades, reuniéndose para aburrirse juntos y así ser felices. Con personas como Pablo siento que aprendo de un país, con personas como él hay silencios mas constructivos que el mundanal ruido de las hordas que se reúnen para hacer rebuznos colectivos y pasarla ¨bomba¨ .

Viento grande del sur.

Había que volver a Brasil, siempre habrá que volver a Brasil. Pedalee 150 kilómetros para regresar a ese país, al estado de Río grande del sur. El pedacito de carretera Argentina me trajo satisfacciones, las satisfacciones aquí son kilómetros bien andados, son pájaros que te saludan, son árboles incólumes que a metros te miran extendiendo sus ramas al cielo y a vos.

El camino de Argentina también traería sus particularidades, de pinchazos y estrellones. La buena suerte me ha acompañado, mis verdugos y a la ves amigos, que son los camioneros me siguen coqueteando al costado de la Dama, siguen rozándome azarosamente con sus maquinas infernales que de tocarme me llevarían a otro viaje. En Argentina ocurrió el primer incidente directo con ellos. Kilómetros atrás escucho la bocina, no hay acostamiento, bajo la velocidad, no quiero meterme a ese truculento lado del camino lleno de baches que puede afectar a la Dama, ellos tienen espacio para rodar sobre su carretera de asfalto, sigo escuchando las bocinas insistentes, me da rabia, no se que hacer, respira el camión encima de mi…se escucha el crujir de espejos, dos monstruos chocan y ya no podrán mas mirar hacia atrás con sus retrovisores, existen en pedazos, desperdigados por la carretera. ¡Pelotudo! Me grita el primer conductor, el segundo me hace parar y me injuria hasta el delirio por el incidente del que me culpa. Yo pongo mis argumentos sobre el asfalto y sigo camino.

Es un paso rápido por la Argentina del norte, voy a conectar con Brasil y busco afanosamente la frontera, otra de esas desoladas fronteras donde nada acontece, el paso por Sao Borja, vuelvo a mi Brasil, pero las segundas versiones no son lo mismo, aunque Brasil nunca defraude. Igual me palpita el corazón cuando me vuelven a decir: “Ben Vindo ao Brasil”.

El viento sopla con fuerza en ese inhóspito pasaje, un puesto fronterizo en medio de la nada, sin el agite de las fronteras comerciales. Ocho kilómetros para llegar a la próxima ciudad y como casi siempre un puente que conecta.

Sao Borja vuelve a ser Brasil, el de la sonrisa en el rostro cuando trato de ubicarme preguntando una dirección, una palmadita en el lomo para seguir mi camino, un camino que se me complica para conseguir posada en esta pequeña ciudad que se me escurre de las manos. Termino en el albergue de no creer y la policía militar vuelve a ser mi cobijo. Un cuarto en caliente y con humedad en la trastienda de un batallón, de nuevo la batalla con los zancudos y su sinfonía en los oídos. Camino por Sao Borja para volver a sentir a Brasil y esa música que es el portugués y en este horario de verano el sol se pone más tarde y caliente como nunca. El nuevo día traerá lluvia y yo que pensaba quedarme en mi cuarto húmedo soy arrancado por golpes en la puerta y la noticia de que debo dejar aquel resguardo, estos policías no entienden de razones y me hacen salir al camino. Las calles están mojadas y todavía una leve brizna ocupa el ambiente, las horas tardías no me favorecen pero debo tomar camino e internarme en este estado que traerá duras pedaleadas.

El viento soplo como nunca en Río Grande do Sul. Enemigo invisible, ligeramente ruidoso, constante, insistente, arrasante. Una pared de aire a ser atravesada. A eso había que sumarle los kilómetros inhóspitos de laderas inhabitadas y cuestas por sortear. El frío, la amenaza de lluvia que muchas veces fue presente, las horas al lado de la carretera esperando que el cielo y sus gotas mil me dieran paso, donde cualquier techo fue refugio. El sur y su frío, su ganado que me mira, sus ovejas que balan a mi paso, las asustadizas ovejas que se cubren con finas pieles y no paran de masticar con sus bocas pequeñas. Las carreteras de este sur tan desolado como para que los pájaros hagan las veces de caminantes y se posen sobre el asfalto, caminen de lado a lado, hagan sus reuniones en la mitad del camino, vivan la experiencia de caminar.

En mi primera parada en la mitad de la nada, en esas villas que aparecen cuando el cuerpo no da mas, toco a la puerta de un paisano que me dicen, sabe acoger a los viajeros y así es. Su extenso terreno me sirve de cama y la carpa vuelve a ser mi cobijo, ya en la noche me veo sentado a la humilde pero gustosa mesa compartiendo unas costillas de oveja, típicas de la región. No pude haber mejor comida que esta, al calor de la mesa con gente local, tan verdadera y tan pura, tan ellos.

Junto pueblos y pequeñas ciudades hasta donde el viento me lo permite, ese viento que aquí ruge como en ningún otro lugar, ese que me pone sus hilos en la cara y me lleva hasta el delirio con su ruido constante en su devenir. Ese que en la estación de servicio donde pernocte, quería llevarme con todo y carpa y no se canso de rugir hasta el día siguiente. Traspasaba por las paredes de mi morada y se colaba por mi saco de dormir, me fustigaba. Quien sabe que furia antigua traía ese viento, con que rabias estaba cargando. Era como si se quisiera llevar a toda la humanidad con el. Sería la furia de algún diosecito.

En el camino hacia la ciudad de Pelotas, mi ultima ciudad grande en el gran Brasil, un hecho bien particular me asalto en el camino. Es un hecho que me sigue cargando de preguntas y como no, de absurdas admiraciones ante tales acontecimientos. Un hombre va en su auto, parece un trasteo. Va lleno hasta el tope su auto, lo acompaña una mujer. Yo ruedo al lado de la desolada carretera y me pregunta hacia donde queda Pelotas. Miro hacia el frente y veo una intercesión, se que allí hay un cartel indicando la ruta, le digo que tal cartel le indicara así donde debe seguir. Él es un hombre mayor de unos 40 años aproximadamente y me dice: no se leer. No me queda mas que decirle que me siga, yo le indicare cual camino debe seguir. El hombre no sabe leer, me lo dijo así no mas. Me siento consternado por el hecho y me pregunto sobre que significa la ignorancia, que es la ignorancia, hasta hoy todavía me pregunto, me seguiré preguntando como puede acontecer. No estoy hablando de que aquel hombre fuese ignorante por no saber leer, de seguro tendrá mucha sabiduría en su haber, solo que la ignorancia como todas las otras cosas del mundo, la muerte, el amor, el odio, tiene sus múltiples formas.

La ciudad de Pelotas y mis anfitrionas me reciben con sonrisas y abrazos, Brasil me sigue recordando lo que es. Esa pequeña ciudad fue casa por unos días. Ciudad de estudiantes y arquitectura conservada con un río que la saluda donde ver un amanecer es un bonito regalo que te puedes dar. La ciudad de las librerías de sebo que tanto visite. Me explicaría mi buena amiga Juliana que son llamadas así por vender libros ya leídos, lo de sebo es un decir, es por esa partícula de grasa que se ha quedado en el extremo de sus paginas al ser pasadas por sus lectores, bonita forma de nombrar las cosas. En alguna de esas librerías tuve que comprar un par de textos para seguir recordando las tonadas escritas de Brasil, seguiría mi viaje con Vinicius y Jorge Amado.

Ahora había que emprender la salida de Brasil y 300 kilómetros me separaban de mi próximo país, Uruguay. El camino en este tramo fue mas benévolo conmigo, largas rectas se extendieron hasta la salida del país. En mi primera parada me deje estar tan a gusto en una olvidada estación de policía, que no me lo podía creer. Un solo hombre cuidaba de aquel espacio, el mismo que me recibió con una amabilidad impresionante y me dijo que a las 5 de la tarde partía. Yo me quede allí, toda una tarde disfrutando de frutas, acompañado por Vinicius y Jorge Amado, acompañado por las golondrinas que en esta primavera hacían un concierto fabuloso como si quisieran que las escuchasen hasta en el ultimo rincón del mundo, acompañado por el cielo más azul posible, acompañado de mi mismo.

Unos pasos más adelante presentí a Uruguay pero antes de salir volvería a pernoctar en otra estación más de policía y como recuerdo aquel joven policía escuchando al viejo Bob Marley su ¨Redemption Song´, una de esas cosas raras de la vida, en una estación de policía suenan las notas de ¨ otra canción de libertad...canción de redención ¨

Una calle que divide dos países y otro sello en mi pasaporte y me indica que estoy en Uruguay, donde necesariamente soplaran otros vientos.

jueves, 30 de octubre de 2008

Periódico Argentino.

Noticia que se publicó en el diario "Primera Edición" de la ciudad de Posadas en Argentina.

http://www.primeraedicionweb.com.ar/index.php?idnoticia=8951&dgprincipal=nota&tipo=impreso&idEdicion=465

domingo, 19 de octubre de 2008

De Asunción a un pedacito de Argentina.

Me despedí de la capital de Paraguay como me gusta hacerlo, caminando por su centro, volviendo siempre a él. Ese día el calor de este trópico rebelde azotaba la ciudad, los buses se movían más lentos y todo tenía ese sopor tan típico en días como esos. Centro llano de locales medio abiertos, centro limpio pero olvidado, ese Paraguay del desarrollo a medias, ese pueblo castigado por años de dictadura disfrazada con las máscaras comunes. Fui al puerto en busca de vientos y cebadas para despedir a la ciudad, para decirle un adiós a largo plazo, sé que me demorare para pisar de nuevo estas tierras donde el amor no se afinco mucho, pero claro que queda un sentimiento de gratitud. En esa pequeña tienda del puerto bebiendo una robusta cerveza pensaba en el pedazo de Paraguay que me fue dado conocer y las capitales que son la muestra del país pero que por supuesto no lo son todo, se concentra la gente y la industria pero se escapan tantas cosas. El Paraguay del guaraní no se escucha tanto en la capital, nuestras lenguas autóctonas para algunos son vergüenza y en las capitales que son de todos y de nadie hay muchos fantasmas que hablan. Iba más lento el día con la cerveza en el puerto, pero mucho más llevadero, el calor se apagaba y los recuerdos como siempre, se adherían a la piel que es lo más profundo, como bien decía Paul Eluard. Había que partir de la capital entonces, montar a la dama que se encontraba rozagante por la reparación que le hicieran, cadena nueva, piñones nuevos, nuevas pastas de freno y un baño rejuvenecedor, ella es mujer yo la entiendo, a ellas les gusta ese tipo de cosas por el cuento de la vanidad, mi chica también es vanidosa. El calor del día anterior se extendió al siguiente y bueno, hay que bendecir al rey sol pero los reyes a veces abusan de su poder y este hoy se estaba excediendo, pegaba duro, con fuerza, menos mal la dama sabia como llevarme en su lomo, pero en ocasiones y con gran dificultad remontábamos pequeñas cuestas que cortaban las extensas rectas que iban apareciendo en el camino que dejaba Asunción por aquella, la ruta número uno como es llamada. Me encontraba literalmente bañado en sudor y los kilómetros llegaban lentos, en ocasiones los caminos no son de mantequilla si no de barro y este era uno de esos. Había que parar mucho e hidratarse aun más, al medio día con el sol en la cúspide se hacía imposible pedalear, necesario parar a comer algo y en uno de esos pueblitos en medio del camino me detengo, es notable ya aquí la presencia del guaraní, la otra lengua del país. Con soltura la gente se comunica en ella, yo ignorante escucho como testigo mudo. La gente se sigue interesando por esta, mi historia de recorrer Suramérica en bicicleta, la Dama y yo seguimos sacando expresiones de asombro cuando contamos de dónde venimos y como cada vez nos alejamos más, más es el asombro. Después del almuerzo hay espacio para una charla con los locales, a falta de cafecito, un dulce y una buena conversación y la oportunidad para saber quién es quién. Una profesora de guaraní me cuenta de cuan viva esta esa lengua, me trata de enseñar algo, pero nada, me es difícil. Hay que seguir camino a pesar de que el sol no se calma, las rectas desafían pues es ahí donde quedas a merced de él, tengo que hacer otra parada en una estación de servicio, el sol es implacable hoy, pero es bien, tengo más conversación, mas de esta lengua local, un dulce de maní que me regala una anciana que vende dulces, Latinoamérica no defrauda, descansa y te agarra donde estés. Cuando ya he cumplido con un kilometraje justo y el cuerpo se manifiesta me detengo en mi primer pueblo, San Roque y vuelve una mano amiga. Silvino es un joven del cuerpo de bomberos, su boina negra con una estrella roja en el medio me habla algo de quien es, por supuesto me tiende su ayuda y entre un refrescante tereré dejamos caer la tarde mientras él me habla de este su golpeado país por la eterna dictadura. Me habla del posible cambio que puede venirse con Lugo, el nuevo presidente, conversamos sobre las paradojas de nuestra América. Paraguay tiene la mayor represa del mundo y falta luz, es costosa y más de la mitad de la represa no es de ellos, en el mismo San Roque hasta hace poco llego la luz, me contaba de lo desesperado que se encontraba antes de las elecciones pasadas y me decía que si la hegemonía del partido colorado seguía, él tomaría decisiones extremas, yo lo entiendo, a eso nos llevan estos caudalosos ríos que duermen pero que acaban con todo. Seguí al día siguiente para llegar a San Miguel, entrar en el departamento de misiones y dormir por vez primera con la policía paraguaya, amables como siempre pude poner mi carpa en sus terrenos. Ellos se siguen comunicando en guaraní yo me sigo sintiendo perdido, quién pudiera habitar tantas lenguas. Al otro día el panorama climático cambió y una lluvia me puso en problemas, fina lluvia sin rumbo, fina lluvia indecisa y yo queriendo continuar. En un acto desesperado me lanzo a la ruta pero como era de esperarse la lluvia me toma en sus manos y por espacio de 17 kilómetros nada que hacer, seguir por las rectas hasta el pueblo más cercano. En momentos como ese todo si que va lento, pesado, adverso, soy un caracolito que no puede moverse y no ve más que un lejano horizonte y hay que armarse de kilos de paciencia para mantenerse, pero llego, llego y hago una pirueta que no me molesta, no soy héroe, ya lo dije, no me gustan y entonces tomo un bus que me lleve cercano a mi próximo país. El pronóstico son dos días de lluvia que me tendrían quieto y gastando el dinero que me falta y entonces 170 kilómetros se hacen fácil en uno de esos viejos buses que se mueven en tierras paraguayas, voy a la ciudad frontera, Encarnación, que conecta con tierras Argentinas a la ciudad de Posadas. La frontera es bastante particular, muy tranquila con poco tráfico de personas y automóviles, debo ir esa ciudad y estar poco en Argentina, luego cruzaré de nuevo a Brasil para seguir mi camino hacia el sur del continente. Estoy en un nuevo país, el quinto en esta travesía y la ciudad de Posadas es una pequeña introducción para lo que será la Argentina de más adelante. Vuelve a suceder que hablo de estar en Argentina y para los otros solo existe su capital, yo estoy bien al extremo, en el norte del país. Posadas es un bello rinconcito, tranquilo, con un clima supremamente agradable y donde soy muy bien recibido y claro, esto es Argentina, la del mate, la del vos, la de la tradición europea de pastas y de vinos, pero bella y acogedora como ella misma. Un centro pequeño que se deja recorrer, unas costumbres diferentes para mi, un manejo de horario inquieto, locales que mueren al medio día para volver a las cuatro de la tarde, podríamos decir que los argentinos se toman su tiempo. Todo aquí está bien puesto y también hay puerto, hay barquitos que también descansan en su cascarón, la costanera que bordea el inmenso río Paraná va por toda la orilla y es delicioso pasearse por ella, uno saluda desde allí a la ciudad de Encarnación, se puede sentar a tomarse unos matecitos en sus bancas y ver cómo pasa el día, los hay deportistas que van de aquí para allá, los hay que caminan lentos al ritmo del viento, los hay desprevenidos que solo van. Yo fui de aquí para allá recorriendo cada calle, atento a lo que oía y veía, y lo que más recuerdo es estar tomándome un mate en el tercer piso de la ventana del apartamento de mi amigo Fabricio mirando al horizonte, hacia el sur, pensando en la todavía lejana Ushuaia que algún día rodare con mi Dama, pensando en ese frío y distante sur donde se acaba el mundo.