Lo que yo quiero decir es América Latina...

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jueves, 4 de febrero de 2010

Buenos Aires o del beso judío.


Fue en la esquina de Bartolomé Mitre y Rodríguez Peña. Otro más que se le vino la vida encima y decidió lanzarse al pavimento desde las alturas en esta ciudad que aniquila sueños y esperanzas. Al lado de su cuerpo inerte cubierto por un plástico negro corre un hilito de sangre que se convierte en un pequeño charco.


Yo llegaba en primavera ingenuo de todo lo que aquí acontecía, todavía no intuía esa sonrisita sospechosa en los labios de las mujeres que transitan por las calles porteñas, una sonrisita que encierra mil intenciones, la primera, la de la seducción.

Han sabido vender bien esta ciudad, el marketing les ha funcionado y como muchos fui presa del espejismo que se disfraza de ciudad y que dentro esconde una poderosa fiera que resopla de odio e indiferencia.

Buenos Aires es esa puerta falsa de una Europa que muchos quieren alcanzar y no pueden, es el sueño del sur, el otro norte donde no se permite la entrada. Pero no es Europa y me temo que Latinoamérica tampoco. La identidad aquí se diluyo entre tanta migración, negro e indios desaparecieron y con ellos un ser se fue yendo. Vengo de una ciudad enclavada entre montañas, nos sumimos en un valle pero nos reconocemos un tanto más en una unidad de continente, con unas costumbres más nuestras y aunque este a nueve horas del mar sigue siendo el trópico, la condición de Caribe es la que impera en nuestra región. El Caribe es un concepto que va más allá de la palmera y el coco. Es una actitud de vida ante la vida así suene redundante.

En este extraño sur de variadas estaciones el Caribe se pierde, no existe. Como diría el Gabo, el Caribe comienza en Nueva York y termina en Brasil. Y digo que no existe en eso exótico que escasea, la ausencia de frutas, sabores y colores. Por supuesto hay otros aires aquí pero no sé si son buenos. Aires de extremo miedo y paranoia, aires de individualidad y egoísmo, aires de urbe arrogante que se viste con ropajes antiguos y que ahora son hilachas. Se me antoja que es como la imagen de ese mendigo con ropas raídas que ves sentado en la banca de un parque en el que intuyes que en antaño fue prospero. Todavía lleva un sombrero de copa aplastado y agujereado, viste un sobretodo largo y sucio así haga calor, puede sacar de sus bolsillos una boquilla partida para fumar las colillas de cigarrillo que recoge del piso y sueña que se come un bife de chorizo, unas milanesas, un sándwich de roquefort, una picada con todo tipo de fiambres, un pollo al verdeo con purecito de zapallo, cuando solo cuenta con las migajas de pan que saca de su otro bolsillo. Este mendigo solo sabe del baile pasional y profundamente triste que invento en estos Aires, el Tango, el bendito y el maldito, melancólico y arrabalero. Por eso este mendigo se queja cuando habla, su canto y su hablar es una eterna queja. Antes se quejaba de todas esas minas que no fueron suyas, ahora el quejido es un canto colectivo, un coro de mendigos pro esos manjares que le son negados y por las zapatillas que le robaron, por las nuevas gripes que lo aquejan y que su gobierno pinta como pandemia queriéndolo alejar de los otros.

También buscaba ese baile, ese canto que es la única y más profunda expresión de un pueblo, aquel que no se canta y se baila muere en su silencio. Venía a perseguir la milonguita de los cafetines y me encontré con otro producto de mostrador empaquetado con precios altísimos para extranjeros. Copa, cena, show, show prefabricado en lugares de lujo que el tango mismo no conoció. Excursión para escuchar la comparsita y mi buenos aires querido en algún suntuoso local de la Boca, Puerto Madero o la Rural donde sumisos turistas con cámara en mano disparan los flashes al espectáculo que más tarde verán en casa. Esos cuatro pasos y la coreografía fría de todas las noches encanta y les encanta, esa es la magia del Buenos Aires turístico, de la puerta del hotel al local, de noche y con vidrios oscuros para que la miseria de la ciudad no se vea mucho. Al ritmo del 2 x 4, con bife y botella de vino sale el turista convencido vivió una autentica experiencia local.

Todos caemos, yo anotaba esto en mis blancas libretas de apuntes a la llegada a Buenos Aires en aquella primavera:

Vengo a coquetearle a esta Buenos Aires, de parques varios, de mujeres al sol, de edificios plantados cientos de años atrás a los que todavía se les caen algunas flores. A esta ciudad tan desesperadamente cantada por tantos apenas la camino haciéndole guiños desde las aceras. Me asaltan avenidas que conocía en poemas. Aquí está la sombre de monstruos que se hicieron de letras. Palpita de esta forma tan extraña, con un tiempo tan desigual, las formas del pasado en viejos apartamentos. Este presente transfigurado con un sentimiento del pasado es el que habla aquí. Tengo miles de nombres y plazas en la cabeza, tantos cafés por descubrir, me espera el canto de la uva y el grito melancólico del tango que todavía no escucho, a pesar de haber visto algunos en la cara de los viejos, porque ese ritmo tan argentino no solo es una nota tras otra y una musiquita venida del bandoneón, aquí eso existe en todas partes y es un aire que se respira, así como en Brasil me atacaban las notas de la Bossa nova por las calles de Rio. Toca el viento de la primavera en Buenos Aires y se pone más tarde el sol. Tenemos días por vivir y noches por parir antes de que germine mucha más nostalgia.

Vi en las calles, en esos tempranos días bonaerenses una experiencia más verdadera que tenía que acontecer solo allí. En esa gran avenida de Mayo cerraban un gran pedazo y la regaban con música y orquestas típicas, a la gente no le quedaba más opción que volcarse al pavimento y dejarse ser, sentirse piel a piel en el arrebatado ritmo pasional y sensual del bendito tango. No había edad ni condición social, aquí el tango se daba como es, o más bien como debería ser, de todos y para todos. Pensaba en Nietzsche parodiándolo un poco con aquello que decía: “No creo en un Dios que no dance”, yo no podría creer en un pueblo que no dance y no se encuentre en ese íntimo ritual. Ese espectáculo me había tranquilizado un poco aunque el producto empaquetado se seguía vendiendo.

Viviendo una ciudad en su día a día se le quita la máscara que el mercado le ha impuesto y aquí pude ver más allá del glamur que le ponen a Buenos Aires. De aquí para allá trasegué por posadas, pensiones, hoteles y residencias como un paria en tierra de exiliados. Bolivianos, peruanos, paraguayos y en el mayor y más triste de los casos por lo que me toca. Huyendo de lo que les fue negado encuentran en este espejismo un oasis, una ilusión que por contraposición de nuestra realidad resulta medianamente paradisiaco.

En esas posadas y residencias de estudiantes y habitantes pasajeros se empezaba a caer el velo de la ciudad. Los mismos platos, las mismas comidas, la necesidad común, la angustia colectiva, la nostalgia por la tierra. ¿Dónde están las frutas miles, el calor del trópico, de gente, donde la sonrisa que no sea la irónica del porteño? Ese que putea como idioma común. ¡Qué hijo de puta! ¡Andate a cagar! ¡La Puta que te pario! ¡Andate a la concha de tu madre! ¡Sos un tarado!...”No es que estemos enojados, es que hablamos así, somos así”, le escuche decir al antropólogo argentino Néstor García Canclini desde tierras aztecas. Yo me sigo preguntando el porqué de esta actitud que no abraza, que no conoce de su propia tierra, que siempre esta mirando para afuera y desdeña sus producto.

El porteño que es el que me ha tocado vivir, grita para alabar su carne y vino; exquisitos por demás, y canta en los estadios a vivo pulmón, aunque ahora sea época de vacas muertas y cueros rotos. Hay un cadáver no tan exquisito paseándose por las calles de Buenos Aires, es una melancolía por la prosperidad del pasado y ahora esa melancolía se transfigura en la cara de la miseria de esas familias instaladas en las aceras de las calles, de cualquier calle y también en esa rabia de un pueblo que no aguanta la desfachatez de sus dirigentes que desangran las riquezas del estado. Una frase desesperanzadora escucho en los labios de la gente siempre: “Es lo que hay”, como si no pudiera haber más, como si no fuera a haber más. Hay poco, hay nada, hay todo a medias, hubo ferrocarril, hubo progreso, hubo prosperidad. Ahora hay miedo y desesperanza, esos síndromes tan de nuestro tiempo.

En Buenos Aires fui despojado de mi compañera de viajes aquel fatídico 7 de Agosto cuando cortaron la cadena que la ataba al puesto de diarios y se la llevaron no sé a dónde. Pero es el pan de cada día de nuestras grandes ciudades, miles de historias de bicicletas robadas, de vidas robadas por la desesperación y el consumismo. En Buenos Aires conocí la villa 31 donde también tuvo precio mi curiosidad. La ley del gueto no admite forasteros, carne de cañón, perro come perro. Un mundo que la misma Buenos Aires desconoce o no quiere mirar. Tal vez uno que otro programa “periodístico” amarillista que se jacta de tener corazón tocando las puertas de la miseria con sus cámaras solo para alimentar nuestro morbo. Las villas son el mundo entero, son el resumen de una sociedad que niega y entonces la vida tiene que buscar escapatoria en cualquier hueco, pegar sus casas con babas y cartón. Multicolor espacio lleno de vida por doquier, la vida abriéndose paso con voracidad. Una Latinoamérica unida por la necesidad toda junta. Aquí no hay glamur, no hay gaseosa servida en copas ni menús con nombres raros, un pizarrón y una tiza basta para proponer la comida del día, Perú, Paraguay, Bolivia, Colombia todos presentes, la América mestiza y olvidad.

Buenos Aires es un sueño del que quiero despertar y del que ella misma tiene que despertar para mirarse, pensarse y caminar en dirección a sí misma. Para que no la sobrevivan esas nuevas formas de dictadura que tanto le pesaron tiempo atrás.

Que no siga pasando como canta Fito…”La Argentina ensimismada, que contiene enciclopedia de uno mismo…” que la casa no desaparezca…nunca más.

Montevideo, escuelas de Café.


En un libro de viajes las páginas sí que no suelen ser continuas. Aquí, para traer estas letras hubo un largo silencio de más de un año y para el cómodo lector no es más que la sucesión de capítulos, o kilómetros como lo es en este caso.

Escribo desde el otro lado del río de la plata lo que aconteció al otro lado. Todavía tengo en la piel y el corazón los recuerdos del amigo en aquella playa. Me fui abriendo camino a la capital, Montevideo, por una suerte de bellas playas y con la mar siempre de compañera. Me saludaba la blanca casa del pintor Carlos Páez Vilaró donde el color saluda de cara al mar y el blanco y el azul se funden. Visitantes ilustres como el gran Vinicius de Moraes fundieron copas hablando de la vida. Yo seguía mi rumbo buscando la mía. El camino no traía mayores problemas y rodaba con tranquilidad. En Atlántida, un pueblo costero, me detuve a mirar el mar y juro que me daban ganas de dejarlo todo y entregarme a las placidas olas. Mi compañera de dos ruedas me miraba de reojo y también descansaba.

Pocos kilómetros me separaban de la capital, de otra urbe, de otro centro. Previamente había hablado con quien me daría hospedaje, mi amigo Javier. “Venite por la rambla” me dijo. Ves entonces a la entrada de Montevideo una glorieta que te marca el rumbo, si quieres entrar hacia el centro o maravillosamente bordear la ciudad por la rambla, yo decidí lo segundo por un buen consejo. La rambla de variados nombres en todo su largo trayecto es como un gran malecón que bordea a la apacible Montevideo. ¿Porqué habrá ciudades con las que se hace más fácil conversar? O por lo menos escucharles sus profundos silencios y en ese acto establecer el dialogo. Así me paso con Montevideo.

Montevideo es una ciudad en la que se puede caminar y con la que se puede caminar. Como ir con un amigo mirando al frente, en silencio, y así decirlo todo. La Rambla, esa especie de malecón me fue llevando y no había forma de perderse. No es el mar con lo que te encuentras, es el inmenso Río de la Plata, una mezcla apacible de aguas formando tímidas playitas donde la gente va a encontrarse.

El Malecón, que mezcla mágica de rocas con miradores y aceras para caminar, montar en bicicleta, trotar o lo que sabe hacer muy bien este pueblo: tomar mate. Se ha regado bien la yerba por estas tierras. Inseparable mate y bombilla para conversar hasta que caiga el sol. Los veo por todas partes con su termito, es parte de ellos, no le puede faltar a un uruguayo, su mate y sus galletas. Lo vi, lo vi al loco aquel cebando mates en su bicicleta, ingenioso malabarista de la tradición. Qué bien sabe el mate en estas tierras. Aquí donde la gente sabe escuchar y es un absoluto ritual tomarse unos matecitos.

En la rambla hay gente por doquier pero hay tanto espacio que puedes encontrar tu sitio para posarte mientras cae el sol o hasta en la noche. La gran acera y la inmensa avenida son como un respiro entre el rio y la ciudad que toman distancia para convivir en armonía.

Recuerdo que ese primer día montevideano además del cálido abrazo de amigos que se reconocen por quien fuera muy bien recibido, una redonda y desbordante luna se alzaba en el cielo para mi deleite. Nos fuimos más allá en automóvil para coronar un pequeño cerro desde el cual se contempla la ciudad, otra cara de ella. Así deja uno la porción de rambla, se adentra por el salvaje centro y va viendo esos rostros de la noche y me cuentan de la realidad del “paco”, esa droga hecha de residuos que consumen ahora los jóvenes de estratos bajos, bajos precios para taladrarse la cabeza. Vamos subiendo por barrios populares y recuerdo el olor a pescado, no se porque pero todavía lo recuerdo. Luego estamos en el cerro, justo en su cima que tampoco es muy alta y da paso a otra porción de Montevideo. Con sus contradicciones de buena capital latinoamericana y un edificio que construyo la estupidez de ser más, otro juego político. Al fondo un pedazo de centro donde se deja ver lo mejor, es decir los muelles, el puerto donde anclan enormes barcos. Siempre trayendo sus historias del mundo. ¡Qué bellos que son los puertos! Son como almohadones donde reposan estos titanes después de la gloria de llevar el mundo a cuestas y atrás, más allá el infinito, el río que mas atrás conversa con el mar.

Tenía que vivir mi primer asado en estas tierras. Una reunión de hombres hambrientos alrededor de los leños y esa carne tan de aquí, las verduras bordeándola y todo tipo de asaduras también. Nos encontrábamos en un lugar desde donde divisábamos Montevideo, le veíamos la cara mientras había sol y luego veíamos como se encendían sus luces. Se derretía el sol en el rio de la plata. Aquí la carne esta mas allá del simple acto de engullir un pedazo de animal. Es la perfecta excusa para la reunión de amigos donde correo el vino y la conversación. Así voy entrando en los ritos de cada pueblo, comer un asado es uno de ellos.

El tiempo pasó y tenía que ir a conocer la otra cara de la ciudad adentrándome en su centro. Montevideo es una ciudad bien particular ya que se puede dividir en ciudad vieja y nueva. Justo hay una puerta que marca esa división. Una inmensa y antigua puerta que da entrada a la ciudad vieja, esa que desemboca al puerto. La puerta que en verdad es una construcción inmensa se encontraba en restauración, tapada por unos velos negros no me dejo verla tal y como es, había una foto de lo que fue y esa imagen me lleve. Me gustaba como iba todo en dirección al puerto y entre construcciones viejas y cafés se iba sucediendo la ciudad. Es imposible estar en esta ciudad y no pensar en tipos grandes como Onetti, Benedetti y para mí el más cercano Eduardo Galeano, ilustres habitantes de esta ciudad que escribieron sus historias en cuartos, en el exilio y sobre todo en cafés. A Galeano le encanta decir que su universidad fueron los cafés de Montevideo y que fue en sus mesas donde se hizo, escuchando historias y aprendiendo de los que las contaban. Lastimosamente eso ya no es tan así, veía los cafés desde afuera, no quería dármelas entrando y reviviendo viejas historias, los observaba como a una vitrina pero me gustaba pensar cómo sucedieron las cosas ahí dentro cuando tenían que ocurrir. Como se formaban folletines y futuros periódicos y revistas y como esos jóvenes hombres se la jugaban por un ideal y escribían desde la necesidad con todas las dificultades que representaba para la época, desde lo político hasta lo práctico. Sin embargo me picaba la curiosidad de saber que todavía el café al que siempre asistió Galeano se encontraba en funcionamiento como años atrás. Fui con mucho ímpetu a conocerlo y me encontré con que estaba cerrado, había ido en la noche y me dije que al otro día lo encontraría abierto, pero cuál sería mi sorpresa al leer el cartel que no había leído la noche anterior que anunciaba cerrado por reparación, próximamente reinauguración. Pase de nuevo como un obstinado al otro día porque no me cansaba de dejarme estar en el centro de Montevideo con sus placitas y sus corredores antiguos. El café seguía cerrado efectivamente, pero en el centro tenía una pequeña puerta abierta, aproveche y me cole pidiendo permiso. Es un café bastante pequeño, muy tradicional. En el centro había un par de hombres haciendo cuentas. Todas las sillas estaban sobre las mesas. Dale seguite, tranquilo, me dijeron. No lo podía creer, por fin conocía el café. Tenía hasta mas merito conocerlo así, cerrado, sin gente. Les conté del porque estaba allí, bueno igual también muchos persiguiéramos lo mismo y cansaríamos al pobre de Galeano perturbándolo mientras tomaba su café. Si, ahí se sienta siempre Eduardo, viene se toma un café y empieza a escribir, me decía el tipo. Cuantas páginas se habrán escrito en esa mesa, cuantas que nos conmovieron y nos siguen conmoviendo. Cuantos versos del libro de los abrazos se habrán gestado allí. Esa para mí era la magia del café.

En Montevideo dejaba un gran amigo de esos que reconoces apenas los ves, una de esas personas que en adelante cargaría en la mochila y de los que se siguen quedando con gran parte del corazón. Hombre de conversaciones mil, volcado a la literatura como un escape a la vida y músico para seguirle el ritmo a la misma.

Había decidió salir de Montevideo tomando el buque bus que cruza el río de la plata. Por cuestiones económicas debía aligerar el paso y saltar el charquito que divide estas ciudades. Salía en la madrugada, nunca había cargado a mi compañera de noche, ni siquiera dormí, seguimos derecho en esas conversaciones que tanto me gustan. Anómala hora de salida cuando todos duermen y un tipo mete su vida en dos mochilitas para seguir con su sueño. Javier me acompañaba a esa hora mientras atento y ayudándome cargábamos la bicicleta. Un abrazo y al buque por esas dormidas calles de Montevideo. Tranquila Montevideo, recordada Montevideo.

viernes, 15 de enero de 2010

Punta del Este


Sin mucho ánimo, más bien con una morbosa curiosidad me dirigí a esta ciudad. Renombrado en todo el continente como sitio de veraneo de ricos y famosos ya más o menos tienes una idea de lo que te vas a encontrar. Esto no me llamaba mucho la atención pero ya que estaba de paso, porqué no pasar un par de días en el. Es exactamente como me lo imaginaba. Te vas internando por una pila de casa lujosas, shoppings plantados a cada tanto como árboles al lado y lado del camino, restaurantes de lujo y tiendas de todas las marcas famosas.
Tenía una posada y fui en búsqueda de ella. Con dirección en mano me interne en cierto barrio y me empezaban a intimidar las fachadas exuberantes de sus casas. Todas con sus jardines bien cuidados, garajes enormes y moradas de varias plantas para albergar un batallón y que de seguro nunca se llenan. En estas calles con nombres variados y donde las casas no tienen número si no un nombre me despiste para llegar. Luego de lagunas vueltas con la bici encontré mi lugar y así empezaron las buenas sorpresas. No estaba con las típicas personas que pueden habitar un lugar como este. Mi anfitriona tenía una modesta casa en la que vive con su esposo y sus dos hijos, además de su perrito. Magela es una mujer que le ha apostado por el lado alternativo y autónomo de la vida. Nada de horarios ajustados ni jefes, un delicioso anarquismo reina en ella. Diseña collares pulseras, en su taller ubicado en la parte de atrás de su casa, al lado del taller hay un inmenso árbol en cuyas ramas se gesta un proyecto hermoso, “la casita del árbol”. Junto con su esposo juntan tablas y clavos para diseñar una acogedora morada en las alturas y de altura diría yo. Se suponía que iba a vivir en la casita pero a mi llegada todavía no estaba lista, está en proceso, pero debes subir y tener una vista al mar desde allí, seguro que cuando este lista no querrás bajar de ella. Entre alambres, brocas, piedras de todos los colores, verduras variadas y especias vive Magela con su familia. Además del negocio de la bisutería, tienen también una línea de alimentos alternativos, maravillosos, berenjenas, champiñones, mermeladas que ella misma prepara. No todos tienen que jugar el juego de la oficina, el traje y los tacones, la empresa, la fabrica, para poder en este mundo competitivo. Es una hermosa sorpresa encontrarse con gente así y sobretodo en un lugar como este. Un lugar así debe ser mirado desde muchos puntos de vista. Me fui con la dama a recorrerlo, mi compañera habitual, curiosa como yo de conocer también quiere ver. Hablemos de Punta del Este en tanto espacio construido. Como lo dije antes, las tiendas de moda imperan aquí, vitrinas con maniquíes que lucen prendas de diseñadores famosos, los artículos deportivos en los que los deportistas se convierten en otro maniquí mas que adorna vitrinas, que teatral suele ser el mundo. Las avenidas son enormes pasarelas donde autos de lujo descargan pálidos turistas cubiertos con grandes capas de protector solar y sus consabidos anteojos oscuros, el guion y la consigna se sigue al pie de la letra. Cada vitrina, cada local por pequeño que sea acepta dólares y euros, a veces me siento en otro lugar y hasta pienso que los pesos uruguayos no tienen valor aquí. Por suerte he venido en temporada baja (que glorioso termino) y todavía las calles no se ven muy pobladas. Las listas de precios afuera de los restaurantes te ahuyentan, los crustáceos y los peces se diluyen en precios que llegan a las nubes como si estos fueran perlas preciosas que el mar se negara a dar, por supuesto no es así. En el puerto los humildes barcos de los pescadores descargan peces a granel. Es un espectáculo majestuoso, cada uno de esos barquitos llega constantemente cargado en su vientre con frutos del mar y es un festín para todos, las aves que revolotean esperando las sobras o uno que otro pez caiga de los botes y de otro lado los lobos marinos tan comunes allí, gigantes perezosos con la boca abierta y tostándose al sol., dicha de turistas que disparan con sus cámaras fotográficas. Barquitos multicolores con nombre ingeniosos, una pintura en fila con su cargamento y los puestos de pescado que los preparan para luego ser llevados a los restaurantes donde habían adquirido otro valor. La otra Punta del Este, la natural, tiene la belleza que le ha concebido la divina providencia. Este lugar es una punta con sus playas que reciben nombres distintos, playa mansa, playa brava. Es por la interacción del viento en sus arenas, en una golpea fuerte y los tipos de las tablas remontan sus olas, en otra todo es calmo y tranquilo. El faro que en la noche tiene su supremacía se yergue inmenso y callado en el día y en la punta, en toda la punta del este ondea la bandera uruguaya con su vivido sol al costado, aquí golpean los dos vientos y las rocas puntiagudas hacen que solo impere la soledad de las aguas y el infinito a mi espalda, los cientos de edificios que atestaran las playas en temporada alta llenando todo de ruido y absurdo consumismo y en frente de esta solitaria plataforma, el mar, el soberano océano que está por encima de todo y en su rugir de olas deja que lo contemplemos para dicha nuestra.

San Carlos…! Qué impecable Che!


Hubiera podido seguir derecho hasta Punta del Este pero tenía una invitación que no podía rechazar. Un tiempo atrás y por esas piruetas tecnológicas un buen hombre, Germán, se había enterado de mi travesía y me ofreció un lugar en su casa. Son esas oportunidades que no desaprovecho, no tanto por la posada si no por la oportunidad de parar y conocer un tanto más de cerca cada lugar por el que voy transitando. Este pudo haber sido otro pueblo que estaba de paso y rodado rápidamente. Germán gusta de la bicicleta, de los viajes, quería compartir historias y charlas conmigo así que allí fui. San Carlos sí que es una ciudad pequeña, solo 20 kilómetros la separan de la fastuosa Punta del Este. Germán como muchos de los habitantes de San Carlos viaja todos los días a trabajar a ese lugar. Esos grandes centros de recreo para personas adineradas están llenos de gente humilde ( pero de gigante corazón) como Germán que los trabajan. Esas personas que limpian sus piscinas, barren sus calles, limpian sus ventanas, brillan sus botes, arreglan sus autos, para que esos espacios sigan siendo lo que son, un sueño, un espejismo donde se esconde el sol a cada tanto. Pero volviendo a San Carlos, un lugar que tal vez tenga más magia que la pomposa Punta del Este, el sitio donde hay vecinos, amigos de verdad, donde hay un saludo a cada cuadra y parece que no hubiera extraños. Donde ir a comprar el pan y las facturas para acompañar el mate es un hecho cotidiano y un momento para preguntar por la vida del otro, un lugar donde el campo se siente y en su feria rural hay comidas típicas y bailes que hablan de su historia. Alrededor de su plaza hay cafecitos y vinerías nada suntuosos pero con el calor de la amistad. Como olvidar la vinería artesanal, inmensos botellones donde te venden un litro de vino gustosísimo por un precio irrisible y con todo el espíritu de la hermana uva y como no, con una sonrisa. Ese parque donde los domingos se juntan los muchachos y los viejos. San Carlos y sus pintadas, los esténcils que entre jocosos y contestatarios armonizan con sus casas antiguas de calles empedradas. Veo carnicerías en cada esquina y se lo hago notar a mi anfitrión, para él eso es común y en tono de chiste me dice: Aquí sembramos vacas. Es cierto es una tierra muy ganadera, pocas verduras y mucho ganado. En este pueblo Germán hace un contacto para que me hagan una entrevista en una emisora local, lo importante de esto además de poder difundir mis ideas alrededor de mi viaje, hablar de los puentes que nos deben conectar en nuestra América, es la conversación que sigue después de la entrevista. Vamos a la casa del amable periodista y luego me quedo hablando con su familia, soy invitado a unos exquisitos mates, una bebida social, hecha para conversar, una tarde de mates para hablar de fútbol, de política, de la vida en general. Hay tiempo para regalos, pequeños presentes que se quedan conmigo. Sigo atando lazos a través de mi recorrido con esa gente bella que no te deja de abrazar. La madre, su hijo, su novia, Germán, me saludan como a uno de los suyos. Cebamos y cebamos mates, mates uruguayos y sellamos con una foto para llevármelos a todos en un recuerdo tangible porque desde ahora viajan como muchos en mi corazón.

Rocha – Un hostal bajo perfil


Esos caminos del Uruguay, tan planos plantados de verdes y ganado aquí y allá, tímidas cuestas con un ínfimo nivel de inclinación me permiten rodar con tranquilidad. La meta de esta día ya estaba definida y me proponía llegar a la ciudad de Rocha, tenía la posibilidad de que alguien me recibiera allá, debía hacer una llamada para concretar esto y me detuve en una población cercana, un pueblito llamado 19 de Abril, por un día más y me hizo recordar la bella canción de los celtas cortos llamada 20 de Abril, canción llena de recuerdos de juventud, de amigos, de amores. A la vera del camino uno de esos locutorios con una sola cabina de teléfonos. Una casa, cualquier casa en cuya sala a la entrada se ubica la cabina. Me detengo y llamo para ser atendido, un hombre sale de su interior, cualquier hombre que hacia sus tareas diarias. La cabina es su negocio y lo atiende cada vez que alguien llega, ya sean los locales que la utilizan como medio de comunicación o como yo un viajero que va de paso. Los uruguayos tienen un hablar tranquilo, te van introduciendo a la conversación, una charla con escucha de ida y vuelta. Al terminar mi llamada en la que soy enterado de que no poseo albergue en mi próxima parada el buen hombre de la cabina me provee de una charla que comienza con las concebidas preguntas de rigor, preguntas que siempre abren paso a una amistad, a la sorpresa del recorrido, a la hermandad de pueblos, al recuerdo y las conexiones entre países hermanos. El hombre alaba mi aventura y por unos minutos el camino queda de lado para plantar un nuevo amigo y hasta me deja sus datos por si algún día pasara de nuevo por allí pero estos caminos con un retorno lejano dejan un alto grado de incertidumbre, solo me voy con un apretón de manos y una sonrisa que me manda de nuevo al pedaleo. Es un día de sol aunque no caluroso y el habitual sudor junto con la arena se pegan sin que prime mucho el cansancio, pero como siempre hay que ir en búsqueda de un lugar para quedarse y limpiar el sudor. Me encuentro entonces con la sorpresiva secuencia de negativas para obtener una posada solidaria en la ciudad de Rocha, que más que una ciudad parece uno de eso pueblos chicos sin mayor atractivo. Ante el fortín militar mi voz se pierde y la negativa es contundente. Me interno en la ciudad y me entero del cuerpo de bomberos, me digo entonces que nada puede fallar y encamino mis esperanzas hacia allí. Ubicada en una cuadra cualquiera el inmenso garaje donde habitan esos carros color rojo, gigantes apaga fuegos me indican que allí es. Después de contar mi historia recibo la noticia de que no es posible pernoctar aquí, me cuentan que antes era posible pero que otro viajero anterior al que se le brindo la posibilidad de pasar la noche en ese lugar no tuvo un buen comportamiento, desde entonces las puertas quedaron cerradas para nosotros los peregrinos. Sin embargo me cuentan sobre otro albergue destinado para estos casos. Tercamente toco otras puertas y la negativa persiste, ahora el cansancio del camino y la entrada de las horas de la tarde hacen presencia, la dama pesa más y mis movimientos se hacen lentos. La única opción entonces es el albergue aquel, ese lugar del que no se mucho y entonces por las empedradas calles de esta ciudad sin atractivo voy hacia él. Una casa blanca con una parca fachada parece ser el lugar y con la última esperanza golpeo la pesada puerta de madera. Una amable mujer me recibe y me escucha atenta, un si una bienvenida, ya tengo un lugar, ese en el que el estado a veces hace las veces de paternalista y da lugar a personas de la calle para que pasen el día. Así es, personas que deambulan en el día por la ciudad, tienen esa vieja casa de patio en el centro, habitaciones múltiples, baño rustico y un solar enmarañado, un lugar para hacerle un quite al frio de la noche. Pero hay unas reglas. La hora de entrada es a las 7 pm y ahora acaban de pasar unos minutos después de la 1 pm. No se me permite guardar mis cosas ahí. Con mucho gusto esa será mi casa después de las 7 pm se me recuerda. 6 horas en el limbo entonces, sucio, cansado y con hambre. De nuevo al puesto de bomberos con la intención de que almenos se me permita guardar mis pertenencias y sobre todo se cuide a la dama, esto sí es aceptado. No tengo ese ansiado baño repositor después del pedaleo pero almenos puedo cambiar mis ropas de ciclista, me digo entonces que esas horas han de irse rápido. Me proveo de un buen libro para despistar al tiempo y me voy de caminada. Lo primero es comer, buscar con que llenar la panza, para almenos tener fuerzas para mantenerse en pie. Siempre hay algún puesto de sanduches o hamburguesas barato dispuesto a calmar el hambre, pero la comida pasa rápido y luego de esto me veo con toda una tarde por delante. Comienza mi deambular por calles poco atrayentes donde el tiempo parece detenido y es que en verdad en estos lugares del interior lo es. La siesta de la tarde es imperdonable y el pueblo muere hasta las tres de la tarde. Entre diagonales y avenidas se agota el recorrido rápidamente. El parque central que nos acoge a todos siempre tiene una banca de mas y allí me postro para decirme que en la lectura podría aniquilar el tiempo por un buen rato, pero el cansancio de la jornada me aniquila a mi primero y no logro pasar de un par de páginas, s eme cierran los parpados y solo alcanzo a distinguir un revoltijo de letras. Tiempo quieto, muerto, adormilado, mudo, hasta las palomas vuelan en cámara lenta. Una calle otra, calle y otra más, vista y vuelta a ver, me siento como un sospechoso que pasa y vuelve a pasar por los mismos lugares, pero después de mucho el tiempo se mueve y ha caído el sol.
El albergue. Hablando en términos contemporáneos era nada más y nada menos que un Hostel. Pero no de estos de ahora donde apilan a 5 o 6 turistas europeos en un cuarto y les ponen una salita con TV de plasma y DVD, una terraza para que hagan sus fiestas de madrugada y bed and breakfast, todo por precios altísimos, no. Este era una casa que destinaba el estado para personas de la calle sin ningún recurso. Aquí no había TV de plasma y revistas de farándula en el living. Aquí encontraba de nuevo a esos vagabundos que como yo esperamos todo el día en la banca del parque sin un lugar a donde ir. Esos padres con sus tres muchachitos, sus rústicos juguetes y una bolsa de pan, sus muchas risas, sus cigarros y sus charlas. Estos éramos los habitantes de nuestro “Hostel”. Un cuarto con camarote para los hombres, otro para las mujeres con sus niños, un poco de shampoo y una barrita de jabón para esperar el turno al baño. Mientras tanto uno que otro se pregunta por la vida y ya bajo un techo hay cierta tranquilidad. Es un hogar para todos. Hay un pan con café. Después del baño el cansancio me vence y tengo que dormir un poco, me hubiera querido quedar un tanto a escuchar algunas historias pero así son estas jornadas. Más tarde me levantan para sentarnos todos a la mesa y disfrutar un arroz con pollo, benditos alimentos. Comparto esta vez con la gente, les comparto mi vida, ellos la suya, conozco aquella mujer que estudiaba derecho y fue estafada en no sé qué negocio y ahora duerme aquí con nosotros. Así nos junta la vida en estos y a la noche vuelve el tranquilo sueño en nuestro hostal.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Un ángel en la Punta del Diablo


Ahí venia el Pablo, por una de esas callecitas cortas que van al centro de Punta del Diablo, aunque no se si haya un centro aquí, el centro siempre será el mar, el punto de partida y de llegada. Venia con su matesito en la mano y paso lento, fumándose uno de sus cigarritos. Hacia un calor terrible y las montañas de arena encandilaban los ojos. Pablo era leve como el viento que venia del mar.

¿Venís de lejos?, me pregunto. Reconocí otro ángel entonces. Los identificas por su levedad, ya lo dije. Menudito el Pablo, un silbido que se suma a los aires que soplan en ese resguardo llamado Punta del Diablo, del que me cuenta ya no quiere salir. Le estaba cuidando unas cabañas al Tano, su amigo. Se quedaba en una de ellas y allí tenia su palacio. Rodeado de plantitas que el mismo sembraba. Pablo no tenia la edad que decía tener, Pablo tenia mucho menos, Pablo es un hermoso adolescente de 50 años. Me brindo una de esas cabañas sin mas ni mas. Yo solo le había preguntado por un lugar para poner mi carpa.

Y es que el Pablo es un hombre de muchas historias. Me hablaba de su periplo por el Canadá y su enamoramiento por la lengua inglesa, gustaba de hablar ingles, loro viejo si aprende a hablar, parodiando el refrán. Seguía inquieto con las palabras, un niño, jugaba con ellas y se sentía feliz al aprender tantas mas.

En el Pablo también estaba resumido el pueblo uruguayo, su amor por el país y el reconocimiento de vivir en un lugar tranquilo. Eso es la patria sin patrioterismos, el más puro amor. Me decía que no había pisado la Argentina y que tampoco le interesaba, que ya no quería salir de Punta del Diablo. Ese lugar embruja con su calma, aunque esta sea rota en los tiempos de temporada alta donde hasta los ratones tienen que alquilar una madriguera, allí todo se alquila, terreno, cabaña, cualquier cosa es apta para vivir por esos días donde los humanos aquí se multiplican como arroz y de 800 habitantes netos que son pasan a ser 22.000 mil, una cosa para no creer y sobretodo para no estar por esas épocas, yo se lo decía al Pablo. Igual los tiempos de temporada baja eran majestuosos y ese mar frío, friísimo seguía allí refrescando la arena que calienta el sol en ese pueblo de pescadores artesanales, todavía con sus barquitos viejos, esos barquitos que son poesía pura, esos barquitos que son un canto, esos barquitos que pueden ser un tango, un fado. Están atados en la playa esperando ir a la búsqueda de peces y en la punta de la punta esta el faro que indica el camino y todo parece tan quieto, tan en silencio. En esos pequeñísimos barquitos se juegan la vida los hombres que toda la vida no han hecho mas que pescar. Y esos nombres sonoros de los barcos, Lina Valeria, Victoria, Yogane, son los titulos de las poesias que son. Por eso el Pablo no quiere salir de allí, lo entiendo. Yo mismo me vi atrapado un par de días cuando solo estaría uno. Junto con el mar y la arena clara, las caminadas por la playa donde te conviertes en fantasma, el pueblo donde todos se saludan, porque todos son familia, me quedaba conversando con el Pablo, nos quedábamos cebando matesitos y no había de otra que oír sus fascinantes historias y dejar que me pintara sus narraciones de cuando trabajaba en el hipódromo allá en Canadá, porque hay que decir de su afición por los caballos que cuidaba , un hombre cercano a la tierra, un Zorba de este tiempo. Hasta tiempo para una caña y un buen asado hubo. Esa carne a la brasa chorreando finos hilos de grasa y luego sentarse a la mesa para comer como buenos hombres primitivos, pasar la carne con unas buenas migas de pan, unas galletas como la llaman aquí.

Hablo de los hombres porque son los que construyen los lugares, los que hacen una geografía, sigo encontrándome con gentes locales porque me dicen mucho mas que las guías o los encuentros buscados de gente sin eco, de turistas perdidos tratando de encontrar soledades, reuniéndose para aburrirse juntos y así ser felices. Con personas como Pablo siento que aprendo de un país, con personas como él hay silencios mas constructivos que el mundanal ruido de las hordas que se reúnen para hacer rebuznos colectivos y pasarla ¨bomba¨ .

Viento grande del sur.

Había que volver a Brasil, siempre habrá que volver a Brasil. Pedalee 150 kilómetros para regresar a ese país, al estado de Río grande del sur. El pedacito de carretera Argentina me trajo satisfacciones, las satisfacciones aquí son kilómetros bien andados, son pájaros que te saludan, son árboles incólumes que a metros te miran extendiendo sus ramas al cielo y a vos.

El camino de Argentina también traería sus particularidades, de pinchazos y estrellones. La buena suerte me ha acompañado, mis verdugos y a la ves amigos, que son los camioneros me siguen coqueteando al costado de la Dama, siguen rozándome azarosamente con sus maquinas infernales que de tocarme me llevarían a otro viaje. En Argentina ocurrió el primer incidente directo con ellos. Kilómetros atrás escucho la bocina, no hay acostamiento, bajo la velocidad, no quiero meterme a ese truculento lado del camino lleno de baches que puede afectar a la Dama, ellos tienen espacio para rodar sobre su carretera de asfalto, sigo escuchando las bocinas insistentes, me da rabia, no se que hacer, respira el camión encima de mi…se escucha el crujir de espejos, dos monstruos chocan y ya no podrán mas mirar hacia atrás con sus retrovisores, existen en pedazos, desperdigados por la carretera. ¡Pelotudo! Me grita el primer conductor, el segundo me hace parar y me injuria hasta el delirio por el incidente del que me culpa. Yo pongo mis argumentos sobre el asfalto y sigo camino.

Es un paso rápido por la Argentina del norte, voy a conectar con Brasil y busco afanosamente la frontera, otra de esas desoladas fronteras donde nada acontece, el paso por Sao Borja, vuelvo a mi Brasil, pero las segundas versiones no son lo mismo, aunque Brasil nunca defraude. Igual me palpita el corazón cuando me vuelven a decir: “Ben Vindo ao Brasil”.

El viento sopla con fuerza en ese inhóspito pasaje, un puesto fronterizo en medio de la nada, sin el agite de las fronteras comerciales. Ocho kilómetros para llegar a la próxima ciudad y como casi siempre un puente que conecta.

Sao Borja vuelve a ser Brasil, el de la sonrisa en el rostro cuando trato de ubicarme preguntando una dirección, una palmadita en el lomo para seguir mi camino, un camino que se me complica para conseguir posada en esta pequeña ciudad que se me escurre de las manos. Termino en el albergue de no creer y la policía militar vuelve a ser mi cobijo. Un cuarto en caliente y con humedad en la trastienda de un batallón, de nuevo la batalla con los zancudos y su sinfonía en los oídos. Camino por Sao Borja para volver a sentir a Brasil y esa música que es el portugués y en este horario de verano el sol se pone más tarde y caliente como nunca. El nuevo día traerá lluvia y yo que pensaba quedarme en mi cuarto húmedo soy arrancado por golpes en la puerta y la noticia de que debo dejar aquel resguardo, estos policías no entienden de razones y me hacen salir al camino. Las calles están mojadas y todavía una leve brizna ocupa el ambiente, las horas tardías no me favorecen pero debo tomar camino e internarme en este estado que traerá duras pedaleadas.

El viento soplo como nunca en Río Grande do Sul. Enemigo invisible, ligeramente ruidoso, constante, insistente, arrasante. Una pared de aire a ser atravesada. A eso había que sumarle los kilómetros inhóspitos de laderas inhabitadas y cuestas por sortear. El frío, la amenaza de lluvia que muchas veces fue presente, las horas al lado de la carretera esperando que el cielo y sus gotas mil me dieran paso, donde cualquier techo fue refugio. El sur y su frío, su ganado que me mira, sus ovejas que balan a mi paso, las asustadizas ovejas que se cubren con finas pieles y no paran de masticar con sus bocas pequeñas. Las carreteras de este sur tan desolado como para que los pájaros hagan las veces de caminantes y se posen sobre el asfalto, caminen de lado a lado, hagan sus reuniones en la mitad del camino, vivan la experiencia de caminar.

En mi primera parada en la mitad de la nada, en esas villas que aparecen cuando el cuerpo no da mas, toco a la puerta de un paisano que me dicen, sabe acoger a los viajeros y así es. Su extenso terreno me sirve de cama y la carpa vuelve a ser mi cobijo, ya en la noche me veo sentado a la humilde pero gustosa mesa compartiendo unas costillas de oveja, típicas de la región. No pude haber mejor comida que esta, al calor de la mesa con gente local, tan verdadera y tan pura, tan ellos.

Junto pueblos y pequeñas ciudades hasta donde el viento me lo permite, ese viento que aquí ruge como en ningún otro lugar, ese que me pone sus hilos en la cara y me lleva hasta el delirio con su ruido constante en su devenir. Ese que en la estación de servicio donde pernocte, quería llevarme con todo y carpa y no se canso de rugir hasta el día siguiente. Traspasaba por las paredes de mi morada y se colaba por mi saco de dormir, me fustigaba. Quien sabe que furia antigua traía ese viento, con que rabias estaba cargando. Era como si se quisiera llevar a toda la humanidad con el. Sería la furia de algún diosecito.

En el camino hacia la ciudad de Pelotas, mi ultima ciudad grande en el gran Brasil, un hecho bien particular me asalto en el camino. Es un hecho que me sigue cargando de preguntas y como no, de absurdas admiraciones ante tales acontecimientos. Un hombre va en su auto, parece un trasteo. Va lleno hasta el tope su auto, lo acompaña una mujer. Yo ruedo al lado de la desolada carretera y me pregunta hacia donde queda Pelotas. Miro hacia el frente y veo una intercesión, se que allí hay un cartel indicando la ruta, le digo que tal cartel le indicara así donde debe seguir. Él es un hombre mayor de unos 40 años aproximadamente y me dice: no se leer. No me queda mas que decirle que me siga, yo le indicare cual camino debe seguir. El hombre no sabe leer, me lo dijo así no mas. Me siento consternado por el hecho y me pregunto sobre que significa la ignorancia, que es la ignorancia, hasta hoy todavía me pregunto, me seguiré preguntando como puede acontecer. No estoy hablando de que aquel hombre fuese ignorante por no saber leer, de seguro tendrá mucha sabiduría en su haber, solo que la ignorancia como todas las otras cosas del mundo, la muerte, el amor, el odio, tiene sus múltiples formas.

La ciudad de Pelotas y mis anfitrionas me reciben con sonrisas y abrazos, Brasil me sigue recordando lo que es. Esa pequeña ciudad fue casa por unos días. Ciudad de estudiantes y arquitectura conservada con un río que la saluda donde ver un amanecer es un bonito regalo que te puedes dar. La ciudad de las librerías de sebo que tanto visite. Me explicaría mi buena amiga Juliana que son llamadas así por vender libros ya leídos, lo de sebo es un decir, es por esa partícula de grasa que se ha quedado en el extremo de sus paginas al ser pasadas por sus lectores, bonita forma de nombrar las cosas. En alguna de esas librerías tuve que comprar un par de textos para seguir recordando las tonadas escritas de Brasil, seguiría mi viaje con Vinicius y Jorge Amado.

Ahora había que emprender la salida de Brasil y 300 kilómetros me separaban de mi próximo país, Uruguay. El camino en este tramo fue mas benévolo conmigo, largas rectas se extendieron hasta la salida del país. En mi primera parada me deje estar tan a gusto en una olvidada estación de policía, que no me lo podía creer. Un solo hombre cuidaba de aquel espacio, el mismo que me recibió con una amabilidad impresionante y me dijo que a las 5 de la tarde partía. Yo me quede allí, toda una tarde disfrutando de frutas, acompañado por Vinicius y Jorge Amado, acompañado por las golondrinas que en esta primavera hacían un concierto fabuloso como si quisieran que las escuchasen hasta en el ultimo rincón del mundo, acompañado por el cielo más azul posible, acompañado de mi mismo.

Unos pasos más adelante presentí a Uruguay pero antes de salir volvería a pernoctar en otra estación más de policía y como recuerdo aquel joven policía escuchando al viejo Bob Marley su ¨Redemption Song´, una de esas cosas raras de la vida, en una estación de policía suenan las notas de ¨ otra canción de libertad...canción de redención ¨

Una calle que divide dos países y otro sello en mi pasaporte y me indica que estoy en Uruguay, donde necesariamente soplaran otros vientos.