Lo que yo quiero decir es América Latina...

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miércoles, 30 de junio de 2010

Santiago y Valparaíso

Otra gran ciudad, otra capital. Todavía me rezumbaba en el alma el rugido furioso de Buenos Aires, mi última capital. Todavía tenía en la piel los arañazos de fiera que me había dado y ahora retornaba a otra gran urbe sin saber que me esperaba.

Santiago es una mujer de piernas larguísimas. Fui entrando a ella por sus piernas, que son unas grandes avenidas que ni siquiera te dan la bienvenida. Piernas largas de mujer engalanada, piernas que nunca se acaban. Plantas, pantorrillas, unos muslos fuertes donde ya se sentía el agite de ciudad y luego, luego unos túneles luminosos de ciudad cosmopolita. Si las avenidas son piernas, los túneles son como un sexo oscuro al que retornas, un hueco cálido lleno de ruido, de autos que te quieren comer, una luz esperada al final. Así salía y entraba definitivamente en Santiago.

Todas estas capitales son como monstruos que no se muestran a la primera. Van dejando ver sus caras, sus múltiples caras, las de terror, de pánico de la periferia casi siempre con sus cordones de miseria. Estas grandes ciudades no comienzan en ningún lugar, se van dando así de repente. No son como esos acogedores pueblos perdidos de los caminos que con un humilde letrero te avisan donde estas, no. Aquí tienes que dar por hecho que ya has llegado, que estas adentro, que ya no puedes salir, caíste.

Me vi en uno de esos barrios de la periferia de Santiago pensando que ya estaba adentro y todavía me faltaban kilómetros y avenidas. Un leve temor me invadió pues como ya dije, nunca entras por la mejor cara de la ciudad. Entre por la parte sin maquillaje de Santiago, una mujer despintada y trajinada por la vida. Tuve que saber que me faltaba algo para ir a su centro y los buces me fueron zumbando casi llevándome con su ritmo frenético a donde quería ir.

Centro, caos, ventas, avenidas salvajes, gente corriendo maratones, miradas perdidas, iglesias, edificios mirando al cielo, parques con vagos, parejas furtivas, publicidad por doquier, había llegado a Santiago. Esa ciudad que como dice Neruda es una ciudad prisionera, cercada por sus muros de nieve. Y claro están los cerros que cuando el smog lo permite y se va, los deja ver, a veces en esos días de frio donde los cubre todos.

Instalado en la banca de un parque, al lado del instituto de bellas artes, bajo el asombro de que allí sobreviviera una escultura de uno de los artistas de mi tierra, Fernando Botero, ese que llena con sus voluminosas formulas el mundo entero, esperaba mientras mi anfitriona llegara a su casa. Yo que soy experto en ir dejando pasar el tiempo amasaba minutos en aquella banca, comiendo las paltas donadas por mi tan generosa familia, huevos duros, pan, atún, todo un gran picnic sobre ruedas y en aquella espera una chica que pasaba con su bici, saco de su mochilita una preciosa flauta traversa y me regalo unas notas.

Llegada la noche estaba de nuevo en un hogar. Cálido como todos los que abren sus puertas. Una mujer diminuta, bella, tranquila, una paz brotando de aquella morada, de la fantástica música que salía del estéreo, un caldillo de salmón con la mejor charla y todo mojado por el mejor vino del mundo, el chileno por supuesto.

Y bien, un día nuevo para sentir la ciudad. Meterse de lleno con dos patas y dejar las ruedas para convertirse en transeúnte anónimo. Nada más que una libreta y una escueta cámara fotográfica para pescar algunos peces de letras e imágenes. Siempre al centro del centro. Ahora las llamamos “Plaza de Armas” en este lado del continente. Plazas enormes donde se fundaban las ciudades. La gigante catedral que da sombra a mendigos, putas, vagos, desempleados, oficinistas que pasan raudos al medio día en busca de su almuerzo, vendedores ambulantes, comediantes locales que no paran de disparar chascarrillos todo el santo día y por supuesto, nosotros, los anónimos sin máscara. Volvía a ser la hormiga de la manada, la abeja obrera del panal, me parapetaba tomando fotos de lo que me parecía particular, como los jugadores de ajedrez del centro de la plaza, con su espacio dispuesto para ello o las esquinas ya sea con inscripciones históricas o pintadas contestarías. Así me iba de calle en calle mirando fachadas coloniales, entradas de museos que no habitaba, porque para mí la verdadera historia es la que se está dando ahora, es decir, en el momento que yo paso y mi viaje es por gentes y sucesos cotidianos.

Me gustaba ese frio de otoño en Santiago, sus ventas de completos italianos engalanados con palta calmando el hambre de tantos, barato alimento para el pueblo y claro esta yo como loco consumiendo de aquello.

En el centro político de la ciudad todavía estaba el palacio de la moneda y a quienes nos gusta la dignidad no podemos pasar por alto los hechos del grande Allende que desde allí soporto los embates del imperialismo bruto y salvaje hasta que le sobrevino la parca en oscuros hechos.
Por invitación de mi anfitriona volvía a montarme en dos ruedas para ir a mirar la ciudad, ahora de noche. Cuento con la mejor de las suertes al tener como amigos a gente que quiere mirar el mundo de otra forma, y en dos ruedas sí que se le puede mirar bien.

Empieza la mejor de las guías, la mejor de las noches, la mejor de las compañías. Bares, calles, barrios, pedazos de historia se me van abriendo con mi compañía. Un local típico, “La piojera”, para comer unas empanadas de pino, acompañarlas con un huevo duro, aquel coctel llamado terremoto con esa bola de helado flotante, como flota el humo de los cigarros en todo el local que entre jóvenes y viejos rasgan guitarras y entonan canciones hasta al delirio alcohólico.

La noche discurre entre el barrio Brasil, el concha y toro con su plaza de la libertad de prensa, plaza adoquinada con pequeña fuente en el centro para mojar la noche. Después, la “peluquería francesa”, que entre cabellos en el piso y figuras en las paredes nos ofrece un delicioso “Pisco Sour”, trago que se sigue debatiendo la autoría entre Chile y Perú, pero eso aquí no importa, América latina es una sola. Siguen los barrios, ahora el más antiguo, el Yungay de la época de la Colonia, luego de todo esto hay que llamar a más amigos y como el espíritu está arriba hay que moverlo con el baile. Hace aparición la cueca, baile tradicional, alzamos los pañuelos y zapateamos el piso, mientras truenan las guitarras, el piano, la caja, el acordeón y canta todo chile, así termina una bonita noche.

Con la Maleva, que sigue de curiosa como yo, vamos al día siguiente al Cerro San Cristóbal para mirar a la ciudad desde arriba y atraparla en su extensión hasta donde alcance la mirada. Todos esos hombres y mujeres deportistas, junto con familias enteras suben el cerro para apreciar la ciudad, yo lento muy lento corono los 4 kilómetros hasta la cima. Santiago se abre desde allí y es imposible abarcarla toda, tremendo animal. Una virgen abre los brazos en el cerro saludando la ciudad, tomo un mote con huesillos para refrescar la jornada, pienso, miro la ciudad y vuelvo a bajar raudo esos 4 kilómetros.

Tengo una visita pendiente, “La Chascona”, una de las casas del poeta Pablo Neruda, una de esas casas que construyo la palabra, la poesía. Esas casas no son más que un homenaje al juego, a la amistad, al mar. El marinero en tierra, como se hacía llamar el poeta juega con el diseño para construir una morada en la cual seguir jugando y descansado su amor con Matilde. Pasadizos, bares, escaleras que van de un lugar a otro, nada estructurado como la vida del poeta. Hermoso lugar en el cual perderse. Objetos de todas partes del mundo con el mejor gusto adornan la casa, esa que la dictadura en los últimos días violo y violento, esa en la que su gran amor Matilde vivió hasta los últimos días sobreviviendo con estoicismo la ausencia del poeta. Neruda visionario la construyo en el que ahora se dice, es el barrio “Bohemio” de Santiago. Barrio lleno de bares, talleres que emulan lo artístico y calles llenas de grafitis y pintadas con frases del poeta, el barrio Bellavista.

Así paso Santiago por mi piel dejando una marca imborrable y un amor duradero.

Hablemos de Valparaíso…

Yo no llevo guías ni me lleno de información sobre los lugares que voy a visitar, son las voces del camino que me van contando con lo que podría encontrarme y mucho se me dijo sobre esta ciudad, pero no sabría que esta era otra de las que se quedaría con un pedazo de mi corazón del que ya va quedando poco o casi nada pues América Latina con sus espacios y gentes se lo ha quedado todo.

Tengo que citar de nuevo a Neruda para introducir a Valparaíso cuando dice de esta que, “abre sus puertas al infinito mar, a los gritos de las calles, a los ojos de los niños”. Mar y cerros, así escuetamente se podría definir a Valparaíso. Y digo escuetamente porque pos supuesto es mucho más que eso, pero esos dos factores son lo que primero te cautivan y de allí parte todo para definirla.

Nace en el mar, en el infinito océano pacifico y se dirige hacia el cielo por sus escaleras todas y los ascensores que van hasta las casitas de sus cerros. Decenas de ascensores empinadísimos, viejos y todavía supremamente útiles y bellos nos llevan a otro punto de la ciudad.

Contaba con la inmensa suerte de tener todavía a mi compañera santiagueña como la mejor de las guías para recorrer ahora a Valparaíso y juntos nos fuimos a perder por la ciudad para escudriñarla todo lo que fuera posible en un día. De un cerro a otro, del centro a un ascensor, a un bar, a otro más, al puerto, a la cercanía de la noche, así se nos fue pasando el día.

Del cerro Barón al túnel del cerro Polanco; como aquel personaje de Cortázar en su “62 modelo para armar”, túnel oscuro y húmedo que te lleva a una puerta de un ascensor rayado por el tiempo. Un buen hombre que oficia la ceremonia de ascensión todos los días con una sonrisa nos lleva a lo más alto y entonces una de las miles de ventanas de la ciudad se abre. Casas de colores, humilde ciudad que mira al mar, callejones pequeños que suben y bajan son el preámbulo del día.

En el cerro Bellavista esta el museo a cielo abierto, que no deja de ser otra cosa que las mismas bellas calles adornadas con pinturas y murales, pasadizos de arte tajados por el tiempo. Los cerros se extienden tanto que hay que parar en mitad de alguna calle para descansar por lo empinado y sin embargo aquí vive gente que convive entre ascensos y descensos diarios.

Hay que volver al centro, el hambre apremia y otro pasadizo descubierto por mi compañera me lleva a uno de esos sitios únicos para comer en el sitio que se dice invento las “Chorrillanas”, plato de papas fritas miles, con cebolla, huevo y trozos de carne, una montaña de comida que junto con ese buen vino hace las delicias de los comensales. El sitio esta tapizado por las firmas de quien por allí pasa, cada uno imprime su nombre para pasar a la posteridad, el tiempo los va borrando y otros quedan más en la memoria.

Esta ciudad es mar y el mar es puerto y el puerto es el mundo entero que se abre, es la boca más grande de todas, es el vientre que trae al mundo todo el alimento, mercancías, víveres, enseres. El puerto es la casa de altos marines y humildes porteadores, de vividores, de pescadores con barquitos coloridos que alimentan el hambre de mar que tenemos los que habitamos en tierra, es hogar de aves que no paran de revolotear esperando algún pez que caiga vivo o muerto. El puerto es tiempo detenido, el puerto es llegada y partida, de sueños y encuentros, el puerto siempre es luz, en el día fuerte de sol radiante y en la noche faroles de enamorados que buscan refugio, el puerto siempre está vivo y palpitando, es el lugar más cosmopolita del mundo porque aunque los aviones sigan surcando el aire y algunas vías del tren lleven y traigan mercancías, el infinito mar nunca cerrara sus aguas y un puerto siempre será la mejor puerta abierta a todos.

Esos puertos siempre me dejan sin aliento y cada vez que llego a uno me veo arrebatado por el silencio de la contemplación de horas enteras mirando sus barcos y sus aguas. Quedo sediento, pero el puerto que sabe de aguas siempre regala algún bar cercano y una fría cerveza que calme la sed de viaje.

Una cerveza morena, una artesanal en esos bares que parecen haber nacido con el mar, por ese que tantos pasaron y muchos todavía pasan y entonces sin pensarlo nos cobija la noche, hay que subir a otro cerro para verla desde arriba. Cerro alegre, ascensor el Peral, paseo yugoslavo, se confunden nombres, calles, gentes como sombras que todavía transitan a esa hora.

La noche se cierra en otro típico bar, el Cinzano, donde tantos han cantado y las paredes dibujan a Gardel y otros grandes del tango, hoy no hay tanta música, pero si la buena comida como un sándwich de mechada, papas fritas y una jarra de borgoña, así hemos mojado, bebido y caminado Valparaíso, viviéndola intensamente.

Bastaron otro par de días para terminar de sentir la ciudad. Tenía que visitar “La Sebastiana”, la otra morada de Neruda, dejarme seducir por la incomparable vista que el poeta poseía desde su casa – barco donde decía él le habían dejado el pacifico tirado porque no cabía en ninguna parte.
Me despedía de Valparaíso en algún restaurantico perdido por ahí en una plaza comiendo un chupe de mariscos y bebiendo una cerveza de litro para salir embriagado no por el alcohol si no por su magia.

Despidámonos con las palabras del poeta que supo vivir esta ciudad, el eterno Neruda que nos dijo:

“Pequeños mundos de Valparaíso, abandonados, sin razón y sin tiempo, como cajones que alguna vez quedaron en el fondo de una bodega y que nadie más reclamó, y no se sabe de dónde vinieron, ni se saldrán jamás de sus límites. Tal vez en estos dominios secretos, en estas almas de Valparaíso, quedaron guardadas para siempre la perdida soberanía de una ola, la tormenta, la sal, el mar que zumba y parpadea. El mar de cada uno, amenazante y encerrado: un sonido incomunicable, un movimiento solitario que pasó a ser harina y espuma de los sueños.”






viernes, 18 de junio de 2010

Dos ruedas para Chilito.

Por no cruzar la desolada ruta 40 en Argentina, un bus me trasportaba desandando los pasos que había hecho en bicicleta por la Argentina hasta mi nuevo país, Chile. 32 agotadoras horas saltando de país en país, para sentirme entonces de verdad en Chile.

Llegaba a la ciudad de Osorno, en el sur y entonces las cosas cambiaban. Los rostros, las calles, la economía, todo me indicaba que estaba por fin en Chile. Si bien es cierto que habite la Patagonia chilena, esos lugares apartados de nuestra América en cada país, parecen que nos hablaran de distintos países al interior de cada uno y por supuesto Chile con su forma de columna vertebral no era la excepción. Ahora me sentía en el sur, al interior de este país que se presentaba como una incógnita para mí. Los versos de Neruda, la lucha de los indios Mapuches, la danza de la cueca, era someramente lo que sabía de este hermano país.

América latina tiene infinitas caras, pero en este recorrido en bicicleta por ella puedo establecer dos bien marcadas. El atlántico nos habla del Caribe en la parte sur, hasta las costas brasileras, y luego ese sur un tanto europeizado, después y es donde me encontraba ahora el rostro mestizo de América, de aquí hacía el norte vería la cara indígena que nos habla de otra condición, otras costumbres.

Aturdido por el largo viaje en bus; cuestión anómala en este viaje, me di unos días a descansar en Osorno para remontar Chile. Quería empezar a oler la ciudad, degustarla, parparla en la forma que me gusta hacerlo, ir a su centro, ver rostros y escudriñar calles. Una pensión fue mi refugio, mi trinchera. Albergue para estudiantes y viajeros de paso, casa extraña entre familiar y de nadie. Me permitía cocinar para sobreponer el duro golpe que fue el cambio de economía, ya que Chile se me presentaba como el país más costoso del continente. Abrumado en un primer momento por los altos precios de la comida cocinaba mis sencillos platos, pero luego fui encontrando esa cara amable de cómo se juega en Latino América. Mercados populares, plazas llenas de puestos de comidas donde los precios son favorables y la oferta amplia. Los mariscos bañan a Chile y engalanan los platos. La palta; aguacate como lo llamamos en mí tierra, y el ají picantísimo acompañan todos los platos de Chile, así que me sentía en casa, llenándome de Paltas y poniendo ají a todas mis comidas. Percibía ese sabor supremamente popular en las calles de Osorno, los estudiantes, los cientos de estudiantes en la plaza principal, la vida lenta y tranquila de una ciudad que sabe andar despacio aunque a veces se vea invadida por eso que llaman progreso y los centros comerciales empiecen a invadirlo todo, pero entonces su mercado principal en el que encuentras la vida en toda su expresión se mantiene tan vivo y no se puede dejar de beber de él. En ese mercado me alimente un par de veces para comer exquisitos pescados y sopas, en ese mercado encontré sastrerías que remendaran mi roída ropa, en ese mercado corte mis cabellos, por eso digo que en ese mercado estaba la vida entera. Cada pasillo, cada sector era un mundo nuevo, comidas, víveres, artículos para el hogar, todo en esas puertas que se abren en la mañana y dan de comer al pueblo.

Aprovechaba esos tranquilos días en Osorno para escribir lo que me había dejado el sur argentino, ese frío recorrido de la estepa. Volvía a la plaza a ver la vida lenta, a escuchar el canto chileno de estas nuevas voces para mí y su particular acento que no se parece a ningún otro y que al principio cuesta entender. Pienso en la sentencia de Vallejo o del mismo Pessoa que la dijo antes, el colombiano por su parte diciendo que su patria es el español y Pessoa que no se cansaba de repetirnos que su patria era la lengua portuguesa. Pero estas patrias nuestras son rebeldes, juguetonas, bastardas, cambiantes. Esa lengua no se deja aprehender y te extravía, te despista, pero luego la tomas entre las manos y las haces tuya y de nuevo estás en tu patria, en mi lengua.

Llegaba el día de partir al norte, hacia arriba, a comerse Chile de muchos bocados. Qué bien se dejaban recorrer estas hermosas carreteras. Nunca me desvíe de la autopista y aunque el paisaje no cambiaba mucho, no dejaba de sorprender. Cada país de nuestro continente se ufana de tenerlo todo bajo su territorio y es cierto. Chile se debate entre la montaña y el mar. Desde cualquier punto todo está cerca.

Ese día que salía de la ciudad un frio amagaba con opacarlo todo y la mañana se cubría con un manto gris que luego el sol fue corriendo. Me dejo ver entonces esas hermosas cordilleras Chilenas, esas impresionantes montañas y algunas veces volcanes que se cubren en la punta con la bella nieve.

Con buen espacio al lado de la carretera que me cubriera de los voraces autos y una pista llana, la Maleva y yo rodábamos sin mayor preocupación ni prisa, como nos gusta. Cumplía con mis kilómetros diarios y jugaba a meterme en algún pueblito. Ahora era Máfil. Un pequeño lugar dividido en dos por los rieles del tren, ese tren que también aquí aniquilo el estado. Rodaba buscando un espacio y nada aparecía, a pesar de que en los lugares chicos siempre es más fácil buscar un espacio solidario. La estación de trenes se presento como la mejor opción. Las viejas maquinas que según me decían llevaban reparando hace años ocupaban el mismo lugar, ya no atravesaban Chile como solían hacerlo, ya no viajaban hasta el sur con precios favorables para el pueblo, llenando de vida cada pedacito de Chile, a nuestros dirigentes eso no les importa, un medio amable, económico y favorable al ambiente parece no importar mucho. Igual en aquella estación los vigilantes hacían los turnos y cuidaban aquellas maquinas y la vieja estación todavía tenía pintura fresca en sus paredes. Había pedido un espacio para mi carpa y me terminaron ofreciendo un colchón y un cuarto, era más de lo que podía pedir. Amables hombres me trataron con cordialidad y en la noche me regalaban su conversación, historias y palabras, se sentían felices de que pisara su país y querían regalarme todo, nuestra lengua fue nuestro mayor vínculo. Hasta me proponían que me quedara más tiempo en aquel lugar, así me empezaba a abrazar Chile.

Seguí rodando para parar en una ciudad grande donde me esperaban amigos. Temuco sería mi destino. Entraba tímido en el juego de las avenidas y los autos, pero al fin y al cabo no era una enorme ciudad. Una nueva casa, sus costumbres su tradición. Casas viejas donde la chimenea se mantiene encendida para espantar el frío, olor a leña y madera, olor a campo al interior de la ciudad. Con mi anfitriona salimos a caminar la ciudad, pasear a los perros y nos encontramos con un evento que mueve mis más viejas fibras musicales. Un concierto de hardcore punk para ayudar a poblar de libros una biblioteca de barrio. La música es una de las más bellas artes; tal vez la más diría yo, y un instrumento directo de expresión. En cada ritmo hay algo de rebeldía y de denuncia y es bien sabido que el Punk ha tenido esa consigna desde su nacimiento. Estos tipos rasgando sus guitarras desafinadas, el mal sonido de los amplificadores, la pésima acústica, el sonido primario de este fantástico ritmo que acompaño mis más tempranos años en la Medellín punkera, me trajo frescos recuerdos de cuando yo también hacía lo propio con mi banda de hardcore “Mancha Roja”. Cantando, denunciando, gritando todo con rabia e ira. Veía en estos chicos que las cosas no han cambiado y que por suerte se sigue gritando en cada rincón donde haya algo de conciencia. Ellos hablaban de su realidad que en nuestro continente no dista mucho la una de la otra en nuestras desgracias de dirigentes corruptos y ladrones nos reconocemos, en el aniquilamiento de nuestra memoria más fuerte, los indígenas, tristemente también. Ellos hablan de la lucha del pueblo Mapuche y mezclan instrumentos tradicionales entre los básicos acordes del punk, dos chicos rapean bajo la estridencia de los tarros que cada vez aumentan la velocidad.
En Temuco hay espacio para ir al campo, probar la chicha, que a diferencia de la nuestra no está hecha de maíz si no de las frutas propias de la región, en este caso de la manzana. En Temuco no fui a su centro, no sé porque, se me paso. Luego de que supe que allí paso sus primeros años, uno de los más grandes poetas de nuestra América, el chileno y universal Pablo Neruda, me dio un poco de tristeza no haber recorrido esas calles que fueron creando el carácter del poeta.

Paso por pequeños pueblos de nombres que me llaman la atención por su profundo carácter indígena, como Collipulli, hago noche en una estación de servicio cobijado por grandes volquetas, una estación de servicio de origen colombiano y me doy cuenta como se extienden los tentáculos de la patria.

En mi próxima ciudad comienzo a ver los estragos del terremoto que removió el país meses atrás. La tierra habló, movió sus entrañas para avisar que está viva y que ella tiene la última palabra y no el hombre que la cree dominar.

Antes de llegar a Los Ángeles la carretera ya me mostraba las fisuras del estremecimiento terrenal. Había un desvío a cada tanto y algunos puentes cedieron al movimiento telúrico. Pero ya en la ciudad la realidad era otra. Las viejas construcciones de tapia cedieron y muchas vinieron abajo. En otras se notaban profundos resquebrajamientos en sus paredes y en otras más solo había que esperar con mucho cuidado a que cayeran. Todavía se sucedían replicas y el miedo acechaba.

Los amigos seguían abriendo puertas para probar a Chile con ese gusto a picante, licor y verduras. Maravillado por sus mercados populares siempre iba en búsqueda de ellos, de este nos llevamos un jugoso queso, fresco y barato. Las jarritas con el ají casero, verdes, rojas, grandes, pequeñas, desafiantes, frutos endiablados para mover el espíritu de una buena comida o que decir de esas verduras que son un enigma agolpadas en bultos.

En los Ángeles volví al campo, a la casa de mi amigo que vive cerca de allí, a pasar un día como se debe, con la paz que da la naturaleza de esa gente que no sabe de correrías, de afanes. En esas veredas vive gente que constantemente va a trabajar a la ciudad, no son más de 20 kilómetros, han decidido no sucumbir ante los supuestos encantos de la urbe y viven en su santa paz.

La casa era pequeña, humilde pero llena de amor y con todo lo suficiente para no salir del lugar. Mi inocente amigo me mostraba los frutos dados por la tierra, para él era natural aquello de las nueces, membrillo, variedades de uvas, manzanas, peras, mandarinas que crecían desaforadamente sin mayor ley que la de la naturaleza. Yo le decía que vivía en un paraíso.
Quienes tenemos que lidiar con la ciudad y yo que las mas de las veces por la forma en que como viajo me proveo de muchas frutas como fuente de energía vemos aquellos espacios como lugares de ensueño. Allí las manzanas caían porque no hay quien las recoja y son un festín para los alados pájaros que tiene en ese lugar un corno de la abundancia. Las nueces que valen una fortuna en cualquier mercado se lanzaban de los árboles para ser abono de la tierra. Nunca había comido tal cantidad de frutas, picaba todo como un pájaro también. Le daba dos mordiscos a una manzana y luego probaba el membrillo que indiscutiblemente tiene mejor sabor en el dulce. Pasaba a las nueces que me daban problemas con su coraza y luego una deliciosa recompensa se encontraba en su interior, como un pequeño tesoro proteico. Probaba todos los tipos de uvas, además que estábamos en cosecha y me volvía loco con los colores, tamaños y dulzura de esos frutos báquicos.

A veces las bicicletas vuelan, no solo ruedan al ritmo de los pedales. Cuando el viento se pone de nuestra parte salen alas de las alforjas y los autos no entienden que pasa. El trayecto de Los Ángeles a la ciudad de Chillán resulto casi automático. Los kilómetros pasaban raudos en el velocímetro y las montañas nevadas a lo lejos a penas si se dibujaban a mi paso. Son esos días que pareces de otra raza y la bicicleta tiene algo de Pegaso, zumba el viento detrás de las orejas y te cuenta que va contigo. Así de un momento a otro se dejo ver la ciudad de Chillán.

Esta vez una hermosa familia me acogía de nuevo como a uno de los suyos. Acostumbrados estaban estos a los locos de la bicicleta. Me entero que meses atrás un par de colombianos bicicleteros hicieron lo propio parando en la misma morada. La familia guardaba un libro que todos los viajeros que por allí pasaban iban firmando con gusto y no podía uno hacer menos de la manera en que éramos tratados por ellos, como siempre la palabra se queda corta cuando la solidaridad y el amor la supera.

En Chile es bastante fuerte la tradición de esa comida que va entre almuerzo y cena, que en los diferentes países tiene muchos nombres. Me asombre de que aquí tuviese el mismo nombre que en la ciudad de Bogotá, las onces la llaman ellos. Y como no recibir a este viajero con unas buenas onces en un sitio típico de la ciudad, lleno de tiempo y recuerdos. Los estudiantes, en su mayoría universitarios acuden a tomar un buen vino chileno que bien saben hacer en estas tierras. De entrada esas empanadas con buen picante, de tomar, una bebida que habla de la realidad del país, un pueblo que se burla de sus desgracias naturales. La bebida se llama “terremoto”, es un vino local con una bola de helado que se la va comiendo la uva. De pronto llega un enorme plato a nuestra mesa, la famosa “Pichanga”, una suculenta mezcla de papas fritas, con carne, salchichas, queso, aceitunas y palta, algo bien propio de aquí.

El mercado central de Chillán tiene renombre y no es para menos. Hay que perderse por sus pasadizos de artesanías, patios de comidas, verduras, frutas, especias, granos, flores, artículos variados, todo, todo se encuentra en ese lugar. No me quedaba de otra que sentarme en alguno de esos puestos a mojar la tarde con una enorme cerveza chilena y luego comer un perro caliente, completo como lo llaman aquí, cubierto de palta y tomate y como no, el ají, ese que cuelga en enormes gajos por todo el mercado. Dos hombres en la mesa de al lado interpelan a la vida con una guitarra en mano, mientras hablan de mitos griegos entonan una canción en el medio y saludan a las damiselas de paso, algunas de ellas se ven seducidas por los acordes de la guitarra.

Las eternas partidas me llevan a otra ciudad mientras que las fuerzas sobre la bicicleta se mantienen y a veces me dejan hacer jornadas olímpicas, esta vez y contra todo pronóstico de 165 kilómetros hasta la ciudad de Talca.
Aquí ha golpeado mas el terremoto acabando con muchas edificaciones del centro. En las aceras todavía se ven y se verán por algún tiempo los escombros de lo que se derrumbo. Chile se levanta con dignidad de esta catástrofe pero cuesta. En algún momento por esta tragedia pensé en no rodar por estas tierras, temía que el ánimo estuviese como sus casas, abajo, pero no, el pueblo chileno es un pueblo cordial, sin mucho jubilo la verdad, pero siempre con la palabra justa para acoger al errante. Aunque a estas alturas todavía la tierra se movía, habían replicas esporádicas y la gente se iba acostumbrando tomando sus precauciones. Aquí viví una de ellas. Fue en la madrugada y de no más de tres segundos, un ligero remesón. Pensé entonces en cómo fue aquello que duro tres minutos, tres minutos apocalípticos para muchos chilenos.

El camino me ponía ahora en una de las regiones vinícolas por excelencia de Chile. Yo miraba atónito desde la bici esos enormes sembrados de uvas que se perdían en la lejanía, jamás había visto algo igual. Organizados racimos colgaban de los parrales de los más diferentes colores, unos rojos, otros verdes y otros por efecto del otoño en unos hermosos ocres.

En la ciudad de Curicó los bomberos volvieron a ser mi refugio. Estos alegres hombres no vieron problema en acoger al viajero y brindarle una posada. En Chile los bomberos son voluntarios, sin mayor apoyo del estado y uno de ellos me decía que era mejor así, cuando las cosas se hacen de corazón. Sonaba esa ensordecedora alarma y entonces dejaban lo que estuvieran haciendo y acudían al imprevisto, siempre dispuestos, atentos a solucionar problemas de cualquier índole.

Ya cerca de Santiago, la flamante capital, en la ciudad de Rancagua tuve uno de los mayores regalos que me fueron dados. Pensé que me iba sin poder conocer un viñedo, pero la suerte que esta siempre de mi lado hizo que parara en casa de un amigo cuyo trabajo consistía en ser guía de uno de estos frondosos viñedos chilenos, uno de los mejores vinos del mundo. Allí en esa inmensa casona con parrales extensos luego de degustar un buen vino me vinieron estas palabras que recogía en mis libretas de viaje:

Colchagua se llama el valle. Aquí me trajo el camino y la amistad, la hermandad de la uva de esos viñedos que veía desde la carretera y que ahora estoy viviendo en carne propia. Apostado en una banca de esta fastuosa hacienda que se hace tan mía como las tierras que he venido conociendo. Se me abrieron las puertas de este viñedo y por sus senderos volcados de pequeñas frutas camine. Temporada de uvas, diminutos círculos morados y verdes que posteriormente el hombre; que cuando quiere y puede ser sabio y bello, transforma en esa bebida majestuosa, el vino. Hectáreas de parras frondosas que dejan colgar sus racimos de uvas, campos que se extienden hasta donde alcanza la vista, laboriosos hombres y mujeres el divino fruto en néctar jugoso y embriagante para el deleite terrenal. Experiencia mágica, divina, embrujada que se esconde en esas hojas que ahora el otoño decolora. Ahí está el vino, en estado puro. Luego viaja hasta la mesa y un sabio gurú nos comparte su conocimiento, entonces la bebida cobra sabor, aroma, cuerpo, vetas, fragancias que nunca antes experimente y aquella sentencia cobra aún más fuerza: “la felicidad solo es verdadera cuando es compartida”. Una mesa redonda, tres nacionalidades, muchas copas, un solo continente, el mismo, el único, América Latina, esta vez brotando de las entrañas de esta tierra chilena. Embriagaba más la buena conversación y la risa que va soltando la uva y sobre esa mesa se ponen sueños, se abren mas caminos y reina la paz que dan los frutos de la tierra. Esos toneles guardaban el fruto de la felicidad, la amistad que se añeja y madura como la vida misma. Aquí en el epicentro mismo donde la tierra unos días atrás se estremeció, el espíritu de la uva sigue intacto para mostrarnos su verdad, humilde fruto que ha perdurado por siglos y aun se mantiene inquieto. Larga vida a la vid de las tierras chilenas, larga, perdurable y jugosa.

sábado, 29 de mayo de 2010

viernes, 28 de mayo de 2010

Patagonia Compartida. Un pedazo de Chile, otro de Argentina.




Estos accidentes geográficos movidos al antojo del hombre y sus intereses, guerras y peleas me llevan a visitar la Patagonia chilena, porque Chile también tiene su pedazo de Patagonia.
Por lo recorrido con la Maleva, no desandar caminos y llegar a la Patagonia chilena, más exactamente a la ciudad de Punta Arenas tome un bus, lo cual confería pasar por los mismos lugares recorridos en dos ruedas, no se justificaba el desgaste mío y de mi compañera. Así volví a pasar por la primera angostura del estrecho de Magallanes, recordar buenos y duros momentos allí.

En Punta Arenas se puede apreciar el punto más ancho del estrecho de Magallanes, la ciudad con sus casas de techos de colores me recibe con su frio típico del sur. Un viento helado y constante. Espero en la plaza de la ciudad al amigo que me recibe, bajo la sombra oscura de la noche que cae y la figura incólume de un monumento a Magallanes. El hombre mira al cielo, a ese cielo que lo fue guiando para encontrar su paso así como yo he ido encontrando el mío. Lo interpelo en la espera, en la noche que se pliega a los pies de la ciudad, en estas bancas de parque que también saben tanto de historias. Los jóvenes se reúnen a montar sus patinetas, saltar muros, hacer figuras con sus tablas y los estudiantes, los eternos y enamorados estudiantes de colegio se prodigan el más puro e inocente amor acompañándome en la espera. Colegialas de falditas ardientes que no conocen de frio, vagos que buscan colillas de cigarros en el piso y apurados hombres que salen de sus oficinas, esa es la vida de una plaza.

Otro amigo, otra casa. Yo voy con mis historias instalándome donde el amor me deje. Estoy en Chile pero todavía no me siento en él, en ese país que es una incógnita para mí. Escucho sus voces y su acento particular, ya voy presintiendo otro país. Me dejo caminar por los vericuetos de la ciudad con sus botillerías, sus nigth club típicos de puerto donde los marineros buscan el amor y oscuras damiselas lo prodigan. Sus comidas nuevas para mí, la palta y el ají pululan en las calles, aquí me siento bien.

Vuelvo a saltar sobre la bicicleta para dirigirme a la ciudad de Punta Arenas, si es que el viento me lo permite. Otros vientos aún más agrestes que los argentinos soplan en estas tierras. El primer día no avanzo mucho y una olvidada estación de gasolina es mi refugio, hasta el viento impide que pueda cocinar, poner mi carpa y otras actividades básicas. Ya hasta había olvidado cuando el viento se pronunciaba y rugió, rugió con fuerza retándome, no dejándome pedalear, sentía que no llegaba, que no podía avanzar, eran solo 250 kilómetros para llegar a mi destino, pero volvía a transitar tierras inhóspitas, cuesta arriba, bordeando paisajes que ya cambiaban de color, entraba el otoño y las hojas caían, los campos se vestían de amarillo. Salí con fuerza en ese segundo tirón intentando avanzar pero el viento hacia lo suyo. Kilómetros más adelante, perdido en el camino y el velocímetro marcando un escuálido 6 kilómetros por hora, un enorme camión se planta a mi lado y desde adentro una voz me dice: ¿te llevo?, si, respondo yo con voz cansada, no hay de otra, ya sabemos que no me van los heroísmos. Un minúsculo hombre con la fuerza de diez más, levanta a la Maleva con casi todo su equipaje y la planta en la parte de atrás. Aquí empiezo a conversar con Chile a conocer sobre su gente que es la que hace los lugares. Como siempre el tema político se pone sobre la mesa, yo que quiero empezar a conocer este país pregunto. Si bien es cierto que Chile es uno de los países que mejor esta a nivel suramericano no deja de tener sus vacios y la gente lo siente. Este hombre me decía algo que me sorprendió y es que me decía, que aquí no hay clase media, o se es rico o pobre. Tal vez sea una aseveración algo dura pero desde su punto de vista tendrá su verdad. Lo que empiezo a palpar es la normatividad que rige a un país como Chile. El golpe de la dictadura dejo mella en su piel poniendo a marchar a sus ciudadanos sobre la norma, todo se cumple, todo se hace, no hay espacio para salirse de la raya. Me hablaba por ejemplo del poco, casi nulo nivel de corrupción de los policías; carabineros como los llaman acá, cuestión para poner en duda.

Así llegaba a Puerto Natales, ciudad chica y movida básicamente por el turismo, el de aventura, muy promulgado. Solo se veían llegar chicos europeos con sus mochilas creyéndose exploradores para ir a hacer las caminatas marcadas, los senderitos agrestes al parque nacional Torres del Payne, parque de singular belleza claro está. Ellos, audaces aventureros, se irían a internar 5 o 6 días para hacer todos los senderos, con sus equipitos de alta montaña, sus mochilas con todo lo necesario, sus viandas y víveres, sus cocineticas que no les permitirían morirse del hambre, todo por un módico precio, para ellos.

Por mi parte yo estaba en el gran dilema pues debía enfrentarme con la ruta 40 que atravesaba argentina en su parte más inhóspita, esto era lo que el camino me demarcaba, volver a entrar en tierras argentinas y trasegar por el camino más solitario de toda América del Sur, camino que hasta los buses esquivan, camino que pocos habitan.

Mientras esto sucedía en mi cabeza, salía por las calles de Puerto Natales a encontrar una respuesta de si cruzar o no en bicicleta esta ruta. Había que entender que ya llevaba dos años de viaje, que mi economía y mis equipos no se encontraban en las mejores condiciones y que esto me llevaría un tiempo y un esfuerzo largo. Salía a caminar con mi libreta y mi pipa para encontrar respuestas y juntar palabras. En esas largas caminatas me encontré con un espectáculo, para mí digno de admiración y de singular belleza. Me iba caminando al lado del estrecho y a su vera iban apareciendo pequeños barquitos olvidados, desvencijados, roídos por el tiempo. Un barquito aquí, un barquito allá, todos diminutos, pesqueros en su mayoría. Luego un pequeño puerto pesquero. Bello puerto, personal puerto, digno puerto. Solo los pescadores podían entrar en sus sagradas plataformas donde todas las barquitas se apretujaban, pegadas al mar, al agua, como bebiendo de ella. Humildes barcazas, como la humilde y sabia gente que las tripula, que las navega. Yo me moría de ir a su lado y escucharles sus historias, al menos escuchar sus rumores, como quien pone atención y trata de escuchar una conversación ajena. Pero no me fue posible entrar. Solo personal autorizado, me dijo el tipo desde su garita. Yo me quede como desde la barda, viendo los tranquilos animales retozar. No podía creer tanta belleza. Lo único que pude hacer fue disparar fotos con mi cámara de bolsillo para aminorar la melancolía y así tratar de llevármelos conmigo, sentía que había descubierto un tesoro que muchos de aquellos exploradores de paso no verían y mucho menos les interesaría.

Pero al lado de aquel mini puerto tendría mi recompensa, un cementerio de barcos, restos de pequeñas embarcaciones que en otrora navegaron y cuyos viejos mascarones reposaban ahora en tierra.

Nada más poético que los nombres de estos barquitos. San Pedro, Vuelvo por ti, Unión I, Maria Jose, Como pudiera. Nombres que golpeaban en mi cabeza como grandes campanas de catedral, resonando en mi alma. Pasee largo rato por entre esos cadáveres tan vivos como nunca, yo los sentía vibrar con toda esa sal de mar en sus viejas pieles. Algunos parecía que todavía se hacían a la mar, como si todavía tuvieran el coraje para remontar el océano y solo estuvieran descansando de una larga jornada.

Me fui de allí un tanto más feliz y en la banca de un parque escribí hasta que la lluvia me lo permitió, una de esas lluvias del sur que van y vienen. La escritura me trajo la lucidez para decidir lo que vendría en mi viaje. Pensé que me debía atrincherar por unos días en la ciudad e intentar conocer lo que hubiese a los al rededores de esta de una manera más sosegada, jugando un poco al papel de turista; que a veces hay que hacerlo, y luego por otros medios que no fueran las dos ruedas de mi compañera de viajes, dar un salto olímpico de saltamontes y pisar tierras chilenas, el sur y desde allí seguir como venía.

Vendrían entonces el parque nacional torres del paine en suelo chileno y el glaciar perito moreno en tierra argentina. Desde Natales me movería para conocerlos y luego partiría.

Una camioneta llena de gente nos conduce al parque. El frio nos cobija en esa mañana sureña, el guía va avisando por donde vamos transitando, contando sus historias mientras se dibujan las montañas a través de las ventanillas. Entramos primero a la cueva del Milodon, prehistórico animal que habito esas tierras, especie de oso gigante que se paseara a sus anchas milenios atrás. Cavernas donde cabe el mundo entero y ahora solo habitan el eco de las pisadas de cientos de turistas que las visitan.

Luego, el parque. Las Torres del Paine. Extenso parque, orgullo nacional. Todavía uno que otro Cóndor engalana los aires mientras nos adentramos por sus carreteras destapadas y a cada tanto nos saluda un rio, una laguna de verde esmeralda y de aguas salinas. Las torres no se dejan ver, esos tres picos que apuntan al cielo los cubre una bruma misteriosa, no todos los días ellos se muestran, se guardan algunos días celosamente, hay una complicidad entre ellos y la espesura. Seguimos avanzando y como corderitos tomamos las fotos que el guía nos sugiere, todos apuntan, todos disparan, ríen y perduran para la posteridad. Varias cosas me sorprenden en el parque, las naturales, la belleza de una cascada donde las aguas verdes pulen las piedras en un trabajo ornamental y laborioso. En este lugar como nunca antes; y eso que lo viví en carne propia y he hablado hasta el cansancio de él, el viento tiene la voz mayor, es el ojo del huracán, el centro. Arrasa, golpea, aniquila, te tira contra el piso, no te permite estar de pie, como si fuerzas demoniacas lo trajeran consigo. Habla, grita, aúlla, arremete contra estas pobres almitas que solo queremos ver la cascada. En ráfagas apocalípticas se presenta y nos inclina a los pies de la tierra como diciendo: besen a su madre, no se alcen en sus dos patas, sepan de donde vinieron. No hay árboles para asirse a ellos, solo unos diminutos arbustos con espinas que engañan cuando los tocas, es una perfecta trampa de la madre naturaleza, una enseñanza para quien sepa quién manda este juego y hacernos sentir lo pequeños que somos. Salimos de allí entre asombrados por el agua y aterrorizados por el viento. Lo otro que me había sorprendido fue que dentro del parque y en medio de la nada aparece un lujoso hotel. Que flamante se pasea el capitalismo robando espacio. Que pequeñas grandes victorias tiene en ocasiones.

Los caminos del parque siguen y entre mas ríos caudalosos vamos a dar a uno que nos muestra en una playa un par de troncos de hielo azulado. Yo que nunca había visto un glaciar, por ponerle un nombre a nuestro par de amigos, me maravillo y contemplo. Parecen espectros que brotaran del agua y que nada los tocara, ni el viento ni el tiempo, son como mármoles en bruto. Con esa imagen me voy del parque, como un calentamiento a lo que verían mis ojos posteriormente en tierras argentinas.

Viaje hasta el Calafate en suelo Argentino en otra excursión fugaz antes de partir del todo de Puerto Natales. Un fin de semana para conocer el imponente glaciar Perito Moreno. Otra de esas maravillas naturales que se deben conocer.

Ante las fuerzas de la naturaleza toda palabra queda pequeña y claro está que nosotros mismos quedamos pequeños, como des dibujados ante las pinturas de la creación. Como pensar una masa gigante de ¿Agua? Que ha quedado detenida por efecto de la congelación. Eso es el Perito Moreno. Hay que acercarse a él con timidez, es un animal inmenso que duerme, que se mueve desde adentro en un movimiento invisible a los ojos humanos. El hombre ha construido una plataforma para irlo tanteando desde la distancia, una plataforma que descaradamente se ha ido acercando cada vez más. El ya se ha cobrado unas cuantas vidas, recordando que hay que tomar distancia. Gruesos pedazos se han desprendido y una daga de hielo ha acabado con ciertas vidas, así es la naturaleza.

Al perito hay que irlo viendo por partes, no se nos muestra por completo. Va uno maravillándose con cada pedacito que nos da desde la lejanía. Esa organizada plataforma nos va acercando a lo que él se deja y luego de caminar un rato desde lo más alto que podemos llegar, pobres mortales, aparece en su extensión, la que nos dan este par de ojos. No cabe, no cabe en nuestra cabecita para verlo todo, hay que quedarse en silencio para verlo en su extensión que parece infinita, el va a esconder en las heladas montañas que cubre un poncho blanco y lo que se nos muestra son unos picos quietos que a cada tanto se van desprendiendo, se lanzan al agua, en un armonioso suicidio que los convierta en agua para cumplir el ciclo y volver de nuevo a sus entrañas.

Ushuaia, Babel 3079.



¿Principio o fin? Con ese gran rotulo de “El fin del mundo”, la famosísima ciudad de Ushuaia se enclava allá, bien al sur del continente en las costas del no menos famoso Canal Beagle.
La vos gastada de Goyeneche canta…”Vuelvo al sur, como se vuelve siempre al amor, vuelvo a vos con mi deseo con mi temor, llevo el sur como un destino de corazón…”. Estando allí en ese lugar plagado de turistas europeos y estadounidenses, bajo la voz del cantor y con mis expectativas y vivencias por haber conquistado este sur, me preguntaba por las de ellos, en como asumirían este fantástico lugar. Ahora vuelvo a escuchar a Goyeneche, al Polaco, al de la voz de arena y siento que esa canción recoge mi sentir con este haber coronado al sur, coronado a mi manera, en esa forma humilde que tuve de ir acariciándolo desde Buenos Aires hasta acá, el sur argentino, siempre el sur.

Ya lo dice el Polaquito para traer estos, mis sentimientos con los que vengo al sur, ese sentimiento con el que se llega al amor; vaya usted a saber cómo es, cual es, ¿deseo, temor?...el sur es un destino, es el destino. Los vi desplazarse en sus terribles motos de todos los cilindrajes, vestidos con los más altos y especializados trajes, motos de todos los lugares del mundo con un solo destino: Ushuaia. Los vi en esos últimos kilómetros moviendo los pedales, luchando contra el frio y el viento, todo para llegar a su destino, desde los más lejanos confines: Ushuaia. Todos reclamábamos esa ciudad como destino, pero no sé si todos podrían decir como lo dijo Goyeneche, destino del corazón. Yo si lo sentía así, un destino del corazón que hace parte de esta Latinoamérica que sigo sintiendo tan mía cada vez que la recorro más, aunque en esta ciudad me haya sentido un tanto ajeno en términos de convivencia, no de geografía.

A Ushuaia la circunda un entramado de montañas que a diferencia de las de mi tierra se cubren con una fina capa, un manto blanco, una maraña de ternura que les da un toque angelical. Yo las vi desde lejos, inmensas, arrebatadoras, muchos kilómetros antes de llegar a la ciudad. En estos tiempos donde no son tiempos para llevar todo el ropaje blanco que las caracteriza en invierno apenas si tenían algunos manchones blancos aquí y allá, como si la nieve desordenada y juguetonamente callera donde quisiera, se posara en cualquier lugar de la piel de la montaña y así irse cayendo por el efecto de los parcos soles que a veces se suceden en esta temporada meramente nominal de verano que era lo que pasaba cuando llegue.

Los climas del sur son tan disimiles como aquellos que recuerdo del norte brasilero. Cuando llegue a Ushuaia el cielo se partió en dos y no me permitía ir a la ciudad todavía. Yo ávido por conocerla, palparla, saludarla tenía que esperar, allá en la parte de arriba, donde todavía no se divisa. Porque hay que decir que para llegar a la ciudad literalmente hay que bajar, bajar hasta la bahía donde se posa. Pero el tiempo, el clima después de dejarme penando me regalaba un flamante sol y me abría las puertas de la ciudad. Calles mojadas, charcos del inmenso aguacero. El fin del mundo está hecho de agua, liquida en su mar, su bahía, congelada en sus montañas donde se agrupan los cristales de nieve. Pero ahora había sol, ese sol que se abre paso en el sur y apenas calienta donde reina el imperio del frio.

Me despido del amigo que llega a su destino y quien sabe que vientos soplaran en sus caminos, parece que quiere navegar, llegar más lejos, más lejos aún de lo que en el fin del mundo se puede llegar. Porque aquí, en el fin del mundo se puede ir más lejos, porque el hombre siempre quiere más y más y no se conforma con el rotulo. Aquí se puede ir a la Antártida, cruzar en bote, barco o yate de lujo por altos costes y llegar al medio de la nada, al blanco final. Muchos lo hacen, muchos llegan con ese objetivo entre sus bolsillos.

Mi escasa economía no me permitía degustar de todas las mieles turísticas que les ofrecen a estos turistas que quieren hacerlo todo, comérselo todo, todo lo que les sirvan por supuesto. Pingüinos, canales, faros, botes, yates, caminatas seudo salvajes, excursiones “ecológicas”, todo todo en inmensos paquetes para conocer el fin del mundo. Mi ritmo como siempre va más lento y yo voy comiendo lo que aparezca, viajo para ver realmente lo que hay allí, citando a Kazantakis.
Me iba al centro de la ciudad como me iba por los barrios; los pocos, que también pertenecen a Ushuaia y no salen en las guías.

El centro de Ushuaia es una calle larga que hace las veces de centro comercial y aquí es donde aparece el titulo de este escrito, la Babel, babel congelada, el paraíso congelado como diría cierta canción de un grupo de rock colombiano…”la escarcha en las palmeras…y los pelicanos…, un paraíso congelado”. Hay miles de voces de otros lugares, lenguas, acentos, pieles, rostros que se confunden entre abrigos, suéteres, guantes, solo somos rostros. La oferta de vestimenta para el frio esta a la orden del día junto con los suvenires, si no puedes ir a ver un pingüino, cómprate uno de felpa o llévate la postal, o la camiseta que diga que habitaste el fin del mundo. Conocí quien fue hasta este lugar solo con ese fin, comprarse una camiseta alusiva al lugar y bueno, hay de todo.

Los otros barrios de Ushuaia que no son el centro turístico es donde existe la vida que discurre paralela a esos viajantes de paso. Donde la gente va a el trabajo y convive con el frio de las montañas y la visita en invierno de la nieve. Roberto, mi amigo que vive fotografiando aves, plantas y paisajes del fin del mundo, me contaba que cuando llego aquí hace más de veinte años su casa era una de las únicas de esta ladera, ahora detrás de la suya hay una casa verde que no nos permite ver la bahía, Roberto maldice ese verde hogar que un día apareció sin más ni más. Lo que si no se esconde desde la casa de Roberto son las gigantes montañas y allá donde me señala, el imponente glaciar Martial al que me encamino. Es una de esas maravillas naturales que todavía el capitalismo no puede explotar. Camino por el glaciar, rumbo a…no se la cima está muy lejos y no tengo equipo, solo quiero ir a conversar un poco con la nieve, palpar ese manto blanco. Voy subiendo con el cansancio propio de estos lugares donde falta el oxigeno y cada paso es un reto, no entiendo a los alpinistas, está bien, como alguien no entenderá a los que viajan en bici.
De repente empieza a llover, pero me percato de que no es una lluvia, no lo es. Finísimos copos de nieve se plantan en mi chaqueta, la nieve se me va instalando en todo el cuerpo, asisto a mi primera nevada y me quedo largo rato dejándome vestir con el manto blanco de la montaña, nieve, copos de nieve. El acenso debido a la fina lluvia y los juguetones copos de nieve se dificulta y forma lodo que hace que te resbales y ahora empiezo a entender a los montañistas, hay que llegar a algún lugar, para ellos la cima, para mí donde el cuerpo me lo permita. Llego a un finísimo lago y parece que es el fin de mi ruta he coronado mi cima, me creo Dios y hago mi primer muñeco de nieve, pienso en el Popol Vuh y sus hombres de maíz, así es como comienza la vida, jugando.

Tiene más que ofrecerme esta ciudad, AMIGOS, Leticia y Daniel, me llevan a conocer la mítica Estancia Haberton. Generaciones de ingleses instalados por años allí. Costumbres transmitidas de generación en generación, hasta el mismísimo Chatwin llego hasta aquí para hablar de ella en su libro “In Patagonia”, todo está detenido en este lugar, el té y las tortas, los cultivos y hasta la vestimenta de sus pobladores que se niegan a dejar su lengua y visten como granjeros. En el camino los árboles bandera nos saludan, postal de Ushuaia, esos árboles que el viento a peinado de una manera casi salvaje, inclinados, casi tocando el piso, aquí donde el viento es soberano, amo y señor.

El puerto, siempre el puerto, fascinante puerto donde duermen los gigantes, donde llegan y parten sueños, barcos enormes, botes pequeños, veleros mágicos. Me siento a contemplar el puerto a fumarme el puerto con una pipa llena de los tabacos argentinos y vienen a saludarme las aves que circundan el cielo de Ushuaia, se posan calladas y ruidosas cantándole al cielo. Cae la noche y las luces se dibujan en el agua, las de los barcos y los faroles, el sol se pone en el fin del mundo.

Pero todavía tengo que ir al fin del fin, al parque nacional tierra del fuego al kilómetro 3079. Me acompaña la Maleva y juntos nos vamos de camping. Hace un frio que congela los huesos pero que calienta el alma con esos paisajes majestuosos de lagos y caminos de piedra. Me saludan los zorrillos plateados y las liebres al lado de la carpa. Me ven cocinar y comer sobre una roca al lado de este pequeño lago, laguna esmeralda. Salgo en largas caminatas que me llevan al fin del camino, al fin de la ruta tres. Un cartel me avisa que aquí acaba todo, pero me gusta ver los finales también como principio. Ese cartel me hace pensar en los kilómetros atrás y no dejo de sentir alegría por ello. Bordeo un camino que me lleve más al fin, un sendero empantanado para ir a conversar con los patos que me miran con asombro, un hombre por estas tierras del fin del mundo. Allí vuelvo a instalarme y dejarme maravillar por el agua que discurre tranquila, saco mis zapatos y mis medias mojadas para sentir el frio en mis pies, camino descalzo por las rocas y subo a un minúsculo faro que me imagino se encenderá en la noches para iluminar la vida de estos parajes y marcarle la ruta a algunos barcos. Vuelvo al campamento para partir a la ciudad, no sin antes pasar por un lugar encantado en este parque, una casilla de correos, un hombre que se erige como gobernador de una isla y permite que mandemos postales a todos los confines del mundo. Hago lo propio e invoco a mi familia desde estos parajes, postales viajeras.

Uno de los atractivos de la ciudad paradójicamente es el presidio que se construyo en este remoto lugar. Los presos pusieron piedra por piedra y levantaron su refugio. Las paredes cuentan terroríficas historias de siniestros asesinatos y el frio se instala en las lúgubres celdas que ahora solo guardan voces encastradas en las piedras. Cuando el sistema no sabe qué hacer con los hombres se inventa estos lugares para salir de sus problemas. Como figurines, en uno de los pasillos del presidio y para deleite morboso de nosotros los turistas, se instalan las figuras de presos famosos, su soledad y su miedo se ve reflejado en las caras de esos maniquíes que sufrieron las inclemencias del lugar. No puedo olvidar la figura de ese anarquista al que sus hermanos lograron sacar con todo tipo de piruetas, las fraternas cartas que mandaban sus camaradas y la dignidad con que llevo su encierro. Todo por el precio de la libertad que tanto cuesta.

Así quedaba para mí en el recuerdo esta blanca ciudad donde me abrazo la nieve, el puerto, las montañas, los amigos y donde sigo pensando que el fin del mundo no es nada más que el principio.
Volvamos a cantar al polaquito diciendo ahora: “siempre…volveré al sur como se vuelve siempre…”

lunes, 12 de abril de 2010

Puerto San Julián – Ushuaia. Etérea crisis a la llegada del fin del mundo.

Me había tenido que quedar en ese perdido camping de Fitz Roy un día más. A la mañana cuando abrí mi carpa el panorama era bastante desalentador para salir al camino, un horizonte absolutamente gris lo congelaba todo.

Al día siguiente partí, con una meta en esos puntos que te plantea el mapa. Una estación de servicio quizá, una posada, un hotel, cualquier cosa y el frio que no me soltaba. Balanceabase mi bicicleta por efecto del viento, como un pequeño barco en medio de la mar. De nuevo la mente en blanco y solo pensar en poder avanzar haciendo jornadas impensadas, no hallaba lugar y el panorama comenzaba a ser desalentador por el cansancio y el infinito horizonte. Sin mayor remedio tuve que volver a recurrir al aventón, era pasar tres días a merced del viento o tratar de avanzar. Tengo que reconocer que me veo un tanto derrotado cuando tengo que montar mi bici sobre un carro, siento que pierdo el paisaje debajo de cuatro ruedas pero no hay más opción, el viento habla y así es, es el soberano de estas tierras. No es difícil que alguien te lleve, los mismos carros saben lo duro que es transitar por esta zona y no te dejaran perdido allí. Las camionetas pasan raudas y cortan el viento. Me veo sobre una de ellas yendo hacia San Julián.

En puerto San Julián me abre las puertas una familia que amasa sueños. La Panadería La Pancha es su negocio hace veinte años, entre panes y repostería exquisita esta familia me da la bienvenida. El día que llegue conté con la suerte de probar una de las delicias de esta tierra, el famoso cordero patagónico. Un asado familiar con amigos y demás era mi bienvenida. Las brasas van cocinando el animal que abierto va soltando la grasa que lo protegía del frio y ahora hace las delicias para nosotros. Es el momento justo para conocer a la familia. El negro, Natalia, su madre y un numeroso grupo de gente se reúnen alrededor de la mesa y no me siento extraño. Por aquí pasan viajeros que acogen de la mejor manera, inclusive meses atrás paso otra ciclista amiga mía de suiza que viene andando el mundo. El Fernet con coca y los aperitivos previos corrían como corría la charla para conocer a esta maravillosa gente. En la noche en medio de la conversación ocurre un hecho maravilloso, se va la luz, entonces aparecen las velas y seguimos conversando mirándonos las caras en la bruma, nada se detiene, todo continua.

Fueron días tranquilos en puerto San Julián, días de descanso donde el sol volvió, una mujer de la panadería dijo que yo lo había traído y tal vez sea así, yo vengo de la tierra del sol y lo llamo para que venga, ahora quería que estuviera con nosotros. Todos los días me levantaba con ese majestuoso olor a pan, siempre me ha parecido bella la labor de quien amasa el pan, esa comida tan legendaria, humilde y que nunca falta en la mesa. En las tardes me paseaba por la panadería para llevarme algunos biscochos y tomar el algo o la leche como la llaman aquí.

En el puerto tuve la oportunidad de conocer algo que me dejo maravillado. En este punto, muchos muchos años atrás anclo un barco especial. Fue la Nao Victoria, comandada por el navegante portugués Fernando de Magallanes. El primer hombre en circunnavegar la tierra. Aquí comenzó el mito patagónico que dio nombre a todas estas tierras. Los patagones, el estrecho, la fauna, todo adquirió el nombre de este hombre. Hay una réplica exacta de la Nao y yo la tenía que conocer. No puedo explicar la emoción que me dio cuando conocí el barco. De alguna manera Magallanes fue un motor para mí, para hacer lo que ahora estoy haciendo. Ese aventurero se lanzo al mundo para buscar un paso entre las Américas y el pacífico pasando todo tipo de penurias. De hecho su barco anclo cinco meses en este punto y por eso el homenaje de hacer una réplica de la Nao. Allí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado, la Nao Victoria, la única que retorno de tamaña aventura. Con sus hombres a bordo, sus toneles de provisiones, su proa, su popa, sus velas que la llevaron a recorrer el mundo entero. Allí estaba el mito que seguí y leí por tanto tiempo para llenarme de valor y a mi manera recorrer el continente. Tenía que transportarme al momento en que la Nao estaba activa y sentir el temor y la alegría que sentían aquellos hombres que la habitaron siglos atrás. Allí no estaba anclado un barco, estaba anclado el sueño de un hombre y yo bien lo entendía. Ese fue el gran regalo que me dejo Puerto San Julián.

Pero la Patagonia no terminaba para mí y había que salir a remontarla, saber si el viento me permitiría continuar mi aventura como se lo había permitido a Magallanes hasta ese punto. Con un camino tremendamente agotador de subidas y bajadas, curvas cobijadas por el viento pude llegar hasta Piedra Buena y anclar en la isla Pavón. Un camping bien equipado fue mi refugio por un par de días. En verdad era una pequeña isla y allí fui soberano. El Río Santa Cruz pasaba por sus riberas y sentado en confortables sillas a su lado pensaba en todo lo que había hecho hasta ahora. Veía caer la tarde y como el cielo se llenaba de colores, nada como un atardecer patagónico de los más variados colores. Un rosa que llena el cielo en diferentes tonos y luego un naranja cuando el sol se apaga. Fumaba mi pipa y pensaba en el futuro, en la gente que iba dejando atrás, en los que se habían robado mi corazón, en este camino que todos los días me planteaba un nuevo desafío, en lo que faltaba por conocer, me sentía con fuerzas pero también con una nostalgia terrible, eso hacen los bellos paisajes, esa es la saudade de la que hablan los portugueses.

Fui al pueblo para conocerlo, acompañado por mi compañera de dos ruedas que también es curiosa como yo y pide que la lleve a todos lados. Piedra Buena está llena de murales hechos por artistas de la región, estos adornan sus avenidas y todo en la ciudad es pulcro, hasta los cestos de basura están adornados con peces de madera, truchas que pululan por sus ríos.
Al día siguiente trate de avanzar lo más que pude, solo logre hacer 40 kilómetros, ya lo he dicho, la palabra la tiene el viento y esta vez como en ocasiones anteriores me frenaba en seco y no me dejaba avanzar. Un aventón más, simple recorrido en automóvil, esta vez en la parte de atrás sintiendo todo el poder del viento que no te dejaba mover avance hasta la ciudad de Rio Gallegos.
Rio Gallegos es la meca del viento, en ninguna otra ciudad sentí su poderío como en esta. Hasta para transitar caminando se torna difícil la situación. Me han contado que en ocasiones las ráfagas alcanzan tal magnitud, que tienen que poner lazos para que la gente se prenda de ellos y pueda caminar sin ser víctima de él. Mientras esperaba a mi anfitriona que me iba a hospedar tuve que resguardarme en una esquina porque ese día como otros rugía ferozmente. Al interior de las casas puedes sentir su poder, sientes como golpea en las ventanas y silba como un desesperado, miras los arboles como resisten los embates y algunos ya tienen la marca de la dirección en que normalmente sopla, se han inclinado a merced de la naturaleza. Mi anfitriona, Mónica es una mujer que gusta de la bicicleta, junto con un numeroso grupo de amigos formaron el equipo de ciclo turismo Koyen Aike, que significa lugar del viento. Ellos lo conocen bien, pero cada vez que pueden y quieren salen a desafiar al viento sobre sus bicicletas recorriendo la región y sus alrededores. Fue interesante compartir con ellos y conocer sus historias sobre ruedas. Me contaban que tranquilamente cuando el viento a estado a su favor, en terreno llano han podido alcanzar velocidades de 70 kilómetros por hora, esto para una bicicleta es una locura, debe ser exactamente como volar, desplazarse sobre el pavimento. Caminando por su costanera sientes el poder del viento cuando te dejas ir hacia atrás y el te sostiene, caminas en su contra y es como estar arrastrando una pared.

De esta ciudad partí con una alegría inmensa pues me debía internar en la isla de Tierra del Fuego, cruzar una frontera, pasar por ese pedacito de Chile que comparten con Argentina, cuestiones de la geografía. Hace mucho rato no cruzaba una frontera y para mí siempre supone una especie de pequeño triunfo remontar una. Agradezco andar en bicicleta cuando paso una frontera, nunca tengo mayores inconvenientes como si los tienen los que viajan en bus y tienen que descender, mostrar su equipaje y demás. A mí solo me sellan el pasaporte y ni se fijan en la bici. Primero sellas la salida de Argentina, luego cambias de sala y ya estás en tierras chilenas. Un cartel te anuncia la llegada y como es habitual te insertas por parajes solitarios en el nuevo país. Tenía que hacer unos cientos de kilómetros, cruzar el estrecho de Magallanes y luego volver a tierras argentinas. El objetivo de este día era otro de esos parajes que moría por conocer. El estrecho de Magallanes, el sueño de aquel Fernando, del navegante. Lo primero que comí en tierras chilenas fue un plato de lentejas en uno de esos restaurantes perdidos en la nada. En chile gustan del picante, así que bienvenido, soy bueno para él. Con ese calor en el cuerpo me fui al estrecho, cada vez me acercaba más y de pronto, luego de algunas horas apareció.

No sé cuantos viajeros desprevenidos pasan por este punto sin saber qué es lo que están cruzando. El punto se llama primera angostura, es como su nombre lo indica la parte más angosta del estrecho. Habría que imaginar a aquellos hombres viendo por primera vez el paso que tanto estaban buscando, debió haber sido como la luz que vez al final cuando estas cruzando el túnel. Ahora un enorme ferri te pasa de lado a lado, son solo veinte minutos atravesándolo. Cuando llegue, el ferri salía inmediatamente, no me dio tiempo de digerirlo, estaba por fin cruzando el estrecho de Magallanes. Me vi sobre aquel enorme aparato cruzándolo, deje mi bici instalada y subí a ver el paso, no lo podía creer, fue uno de los momentos más emotivos de todo mi viaje. Hubiera querido que el ferri demorase más tiempo en cruzar, sentía que iba demasiado rápido. Me vi del otro lado, ahora con tiempo de observar este mítico paso. Me tome el tiempo para observarlo y pensar un tanto en Magallanes. Lo bueno de todo esto es que debía pasar una noche allí así que tenía más tiempo para digerirlo. Solo hay un restaurante del otro lado y conté con suerte para instalarme. Había un puesto de gendarmería abandonado y a su lado un par de casitas que fueron mi refugio. Me instale con la maleva y fui a comer. Otro regalo con buena comida para celebrar el paso. La tarde se fue lenta mientras comía y pensaba en el estrecho. Un letrero gigante te avisaba que entrabas a tierra del fuego.

Desde este paso ya empezaba a pensar en una de las metas más deseadas de todo el viaje: Ushuaia. El camino de hoy me iba poniendo en ruta. No sabía lo que me esperaba. Era una paradoja pero con más de 16.000 kilómetros andados era poco lo que había hecho por carretera destapada en esta Latinoamérica que muchos piensan rural y el día de hoy tenía ese planteamiento. No quería creer lo que me había dicho lo mujer en el restaurante, tenía que sortear 100 kilómetros de ripio. Este día me proponía hacer solo la mitad pues ya había cumplido con lo del día. Podría decir que desde este punto empezaron para mi ciertas enseñanzas que hasta ahora el camino no me había dado. Cada viajero tiene su estilo propio de moverse. Yo viajo bastante ligero de equipaje, en la mañana como algo y espero para llegar hasta un punto para volver a comer, por suerte siempre encontré algo, para mí el continente no resultaba tan inhóspito como muchos de afuera piensan. El sur y sobretodo esta parte está plagado de viajeros que quieren conquistar Ushuaia, ya sea en moto o en bicicleta. Europeos, Canadienses, Australianos en su mayoría. Yo contaba aquel día de camino de ripio esperar un pueblito donde parar a comer pero esta vez no resulto. Me vi en medio de curvas pedregosas con una casita de lata puesta por quien sabe qué mano sagrada para pasar mi noche, un paquete de galletas y dos botellas de agua, de pronto y no sé de donde detrás de mí apareció otro ciclista, un canadiense, de estos que andan lo suficientemente equipados como para llegar a la luna, con todos sus buenos jugueticos de camping que impresionan a cualquiera. Ese día fui aprendiendo, después de tanto tiempo, que no viene mal llevar un tanto de comida extra. Aquel hombre salvo mi estomago ese día. Compartimos algunas experiencias de viaje y dormimos viendo guanacos saltando afuera de nuestra casa.

El otro día no traería buenas experiencias para mí. Desde el despertar ya se anunciaba lo que sería un día negro. La bici estaba pinchada. El frio calaba los huesos y había que empezar a repararla, ya ese acto se robaba las primeras energías de la jornada. Es bastante desalentador despertar así. Mi compañero de viaje viendo mi lentitud en cambiar la rueda, me dijo sabiamente; yo lo entendí, Jaime tenemos ritmos diferentes de viaje, yo debo seguir. Así fue. Volví a quedar solo en aquella casita reparando una rueda y un par de cosas más que aparecieron en el momento. Solo podía pensar en los 60 kilómetros de ripio que me esperaban. El camino estaba bastante deteriorado y las rocas hacían saltar la bicicleta. De pronto empezó una racha de pinchazos que no podía creer. Tres en total, haciendo mi camino mucho más tortuoso de lo que ya era. Cambiar una rueda puede no suponer mucha complicación, pero hacerlo con viento fuerte alrededor si lo es. A la tercera reparación ya era todo un experto y encontraba el hueco reparándolo al instante. Fueron largas horas para hacer un camino que no suponía mucho tiempo. Ya pronto para llegar y debido al cansancio, al agotamiento y la desesperación me desconcentre y caí de la bici rodando unos metros lejos de ella. No fue mayor cosa, un leve raspón y sentirme como el mayor de los idiotas por caer de tan ingenua manera. Miles de pensamientos se pasan por mi cabeza, por vez primera me cuestione lo que estaba haciendo. Por vez primera me sentía equivocado en algo de lo cual tenía la más absoluta certeza de querer hacer, esto fue lo que más me conmociono. Cuando llegue a la primera frontera, San Sebastián, la salida de Chile, esperaba un buen lugar para pernoctar pero no fue así. Con suerte pude comer un buen sanduche de carne y no obtuve lo que más quería, mi anhelado baño. Ese día llegue a pensar que todo podía terminar y Ushuaia sería el último punto de mi viaje. Era triste, tristísimo que se me pasara esa idea por la cabeza, pero es lo que puede hacer el cansancio y una mala jornada de pedaleo acompañada por días ruines. En ese paso fronterizo que esta vez no supuso alegría me sobrevino la tristeza y sentí la soledad golpeándome la espalda, pero no lo di todo por perdido, me decía que debía llegar Ushuaia y pensar, pensar mi regreso, me daba esos kilómetros para reflexionar y por suerte nuevas experiencia me enseñarían que no todo estaba perdido y al camino le faltaban nuevas enseñanzas.

El camino me regalaba al día siguiente una ciudad, Rio grande, a 200 kilómetros de mi meta. Una ciudad donde posar la cabeza en la almohada y pensar. Busque un hostal, unas sabanas blancas y al lado del mar pensé. Me dije que no podía tirar por la borda todo lo hecho atrás y que todavía faltaba mucho continente por comerme sobre mis dos ruedas.

En aquel hostal paro otro ciclista, otro canadiense que venía desde su país recorriendo nuestro continente, parece que esta vez sí tendría un compañero de viaje. Se llamaba Bryan y con el haría los últimos 200 kilómetros hasta Ushuaia. Salimos en otro de esos días grises patagónicos donde la garua se mantiene todo el trayecto y tendría más para aprender. Bryan también llevaba comida para el camino, yo no. Paraba siempre en la mitad del viaje y comía, comía mucho este hombre. Se sorprendió de que yo no llevara nada y me insto a que de ahora en adelante debía proveerme antes de hacer una jornada, de él aprendí eso. Un hombre de andar tranquilo, sin prisas, como debe ser todo buen viajero. Un tipo que había encontrado su ritmo después de 40.000 kilómetros, había que aprender de aquello.

Paramos en Tolhuin antes de llegar a Ushuaia, en la famosa panadería la Unión comandada por un ángel que abría ese espacio a cualquier viajero que por allí pasara, sobre todo si iba en bicicleta. Por supuesto el lugar estaba plagado de ciclistas y como siempre hubo espacio para un par más.

Solo 100 kilómetros nos separaban de la ansiada meta, sobre todo para Bryan que allí terminaba su periplo de dos años y medio de recorrido, para mí era la mitad del viaje. El día anterior nos habíamos despachado en conversaciones mientras pedaleábamos, hablábamos como dos buenos viajeros sobre nuestras compañeras de viaje, pero esta jornada no fue así. Me gustaba pensar que para este hombre era toda una jornada de reflexión, me pensaba llegando a mi querida Medellín cuando ello sucediera y en lo que podría estar pensando en aquellos momentos.
El camino estaba plagado de verde, de montañas, de cuestas, lagos, rectas, curvas, lo tenía todo. A lo lejos se veían unas montañas ligeramente cubiertas de nieve y para mí era el más bello de los espectáculos. Pensaba en mis montañas antioqueñas cubiertas de verdor y veía estas que sugerían otra belleza con su minúsculo manto de nieve, nieve que no es común para mí. Contábamos los minutos para arribar a nuestra meta. En un tramo Bryan se descolgó en solitario, tal vez quería regalarse solo la llegada a Ushuaia, ser el primero que viera su meta. Un cartel anunciaba que a pocos kilómetros estaríamos entrando a la ciudad más austral del mundo. Aquí no había espacio para el agotamiento cuando entre curvas que iban y venían se abrió paso la ciudad y su cartel que decía: Bienvenidos a la ciudad más austral del mundo, Ushuaia. Nos abrazamos, felicitamos y saltamos de júbilo, yo tome su foto y el la mía, de pronto el cielo se partió en dos y empezó a llover, el cielo celebraba con nosotros, el fin del mundo nos recibía por fin.

Las Grutas – Fitz Roy, y ahora el frio.

Un río, un río es el que marca casi siempre la división de dos provincias, estados, pueblos, naciones. Pero solo es la geografía la que habla, es una demarcación natural de la que el hombre se vale. De un lado Carmen de patagones, del otro Viedma, de un lado, la provincia de Buenos Aires, del otro Rio Grande.

Se levantaba una tormenta de arena en horas de la tarde el día que llegue a Viedma, una tormenta como nunca había visto en este sur donde el viento tiene la palabra. Era de día y la arena volaba en partículas haciéndose casi de noche, nos resguardábamos todos en casa para no ir a volar por los aires. Fantástico espectáculo de la naturaleza para quienes no estamos familiarizados con ráfagas de esta dimensión. Pienso siempre en esa condición de quienes tienen que vivir atentos sobre cuál será la dirección en la que ira a soplar el viento hoy, que aires traerá y con qué fuerza va a despertar nuestro etéreo amigo.

Me recibe otra familia con la que sigo compartiendo vida, más amigos a la cena y esa costumbre de la buena mesa argentina, pequeñas grandes abundancias que entre empanadas, pizzas y tartas van llenando la noche. Tonada cantarina argentina, otra tonada un tanto diferente a la de los buenos aires pero al fin y al cabo una unidad entre el che, el revoleo, guarda con el postre y demás palabrejas.

Paseo por los alrededores de esta ciudad y ya voy sintiendo que entro en otros terrenos. Un cartel, bastantes kilómetros atrás me avisaba que había entrado en la Patagonia, yo todavía no registraba lo que concebía como Patagonia. Aquí hay que pensar en el clima, las estaciones y demás. Estamos en verano y las desnudas y áridas estepas se extienden por kilómetros. Salir de paseo a ver el faro más antiguo de la Patagonia que resiste en su eterna blancura desde 1887 a pesar de las nuevas tecnologías dando luz a los marinos. Más allá, visitar la mayor reserva de lobos marinos del país, esos tranquilos animales reproduciéndose en grandes cantidades, piel dura para resistir el frío patagónico, los vientos que vienen del mar, colonias de las más diferentes edades, acurrucados en manada, los ves dese la altura como si el mundo no los tocara.

Para seguir camino desde ahora hay que estudiar bien la ruta, estoy entrando en verdadero terreno patagónico, lo que supone distancias larguísimas donde existe la nada de la nada, la desolación humana se hace presente. Mas o menos a cada 180 kilómetros aparece algo, una estación de servicio, un paraje y en ocasiones de mucha suerte, un pequeño pueblo y en otras se alza una ciudad. De haber salido a pedal desde Viedma me hubiera tenido que enfrentar con parajes tan desolados que realmente asustan. Esa constante ausencia de kilómetros y kilómetros golpeando a la par con el viento, estepas con poca vegetación y rectas que nunca terminan. Pero tuve la suerte de contar con un ligero aventón de mis anfitriones y así entre matesito y matesito nos fuimos en el carro mientras me maravillaba e intimidaba a la vez con el paisaje.
Tuve una despedida en un kilómetro perdido en mitad de camino, fácil para los carros y todo un reto para quien va en bicicleta. Seguía robándole espacio al viento cuando me dejaba pedalear y como siempre hacia lo desconocido, el mapa dice una cosa y la geografía otra, los consejos de las personas otra y la intuición que se va afianzando otra más, entre ese mar de voces, corazonadas y orientaciones llego a una playa bien turística, de las que no me gustan pero que resulta bien para ir de paso.

La playa las grutas, con sus formaciones para acceder a ellas en imitación al nombre que reciben alberga en esta temporada a cientos de turistas que se meten en esos campings familiares que tanto gustan los argentinos. No hay de otra que me terse en uno de esos que mucho no disfruto mucho, por el ruido y la cantidad de gente, pero contando con la suerte esta vez de que me salga gratis por la benevolencia de quienes ven en mi viaje una aventura digna de llevarse a cabo.
Estepa grande y marcada acompañada del viento, desolación por kilómetros y pueblos más adelante, Sierra Grande es uno de ellos. Un ciclista viajero se deja ver en el camino pero mucho no habla, hay de todo tipo en la ruta. Al día siguiente en una de esas paradas que no tenía prevista como muchas de este viaje supe que era alemán y trabajaba para la BBC de Londres, que se comunicaba con sus equipos satelitales desde cualquier parte del mundo. Esto me lo conto doña Elsa, un alma de Dios que me brindo un café con tostadas, dulce de leche y mantequilla, cuando yo solo le había pedido un café, además del sanduche a la noche que no me quiso cobrar. Ahí en medio de esa otra nada hace bastantes años Doña Elsa junto con su esposo montaron un restaurante casi familiar. Habituales camioneros que transitan la ruta toman sus alimentos y beben su cerveza al paso en medio de la Patagonia. Además de la charla con doña Elsa luego vienen estos personajes y toma otro rumbo la conversación. Soy de Colombia y en este país futbolero recuerdan a mis compatriotas que pasaron por sus equipos, por aquellos todavía hay gran veneración. Por ahí se deriva la conversación hacia los consabidos temas de siempre, como política y hasta literatura. De buena manera me sorprende el camionero aquel que me dice: ah sí, sos de la tierra de García Márquez, a mí me gusta, lo he leído, pero mi preferido es Hemingway. Qué bien sientan esas charlas, que tanto se aprende de ellas. Un camionero hablándote de Hemingway con total propiedad, magnifico.

El camino recto y el viento me van llevando a mi próxima ciudad, Puerto Madryn. Por un momento pensé que no podría hacer eso 90 kilómetros que me separaban de ella, el viento arremete con toda y la estepa se calla lo suyo, pero luego hay un regalo y desde lo alto se deja ver la ciudad allá en el fondo. A unas se llega subiendo y otras te descuelgas riéndotele en la cara al viento.

En la mitad de esta gigante Patagonia sobrevive y con una belleza particular Puerto Madryn, tanto como para que algunos cruceros se acerquen en temporada y descarguen su tonelada y media de turistas para que desfilen por la bella costanera que ofrece esta ciudad. De un mar calmo y un hermoso azul se tiñen sus aguas. No sé porque pero la forma que tomaba para mí la ciudad era la de un lobo marino que se acostara sobre sus costas dejando descargar su cabeza en la punta donde se divisa toda su extensión. Cada día despertaba y tenía la posibilidad desde donde estaba de ver el mar. Inclinaba mi cabeza y lo primero que veía era un sol posado sobre la mar encandilando mi vista que en segundos se acostumbraba al regalo del despunte del astro rey.

Aquí hubo espacio para encontrarse con viejos amigos de caminos atrás en esas citas que cumplimos con la vida y que otros llaman coincidencias. Viajeros que van, viajeros que vienen, viajeros que comienzan su jornada. De bici, de moto, de carro, todos tienen sus sueños en mochilas y hay momento para hablar con ellos y sentirse afortunado de tenerlos.

Me lleva el camino a una ciudad de la que todos me dicen lo mismo: es fea, Trelew es fea. Pero bien sabemos de la relatividad de la belleza, de que ella depende de los ojos con los que se la mire y en estos desolados caminos llenos de estepa una ciudad con amigos resulta un oasis. El día que llegue a Trelew era Domingo, parecía aquello un pueblo fantasma, me preguntaba donde andarían todos. Solo como de costumbre el viento como un niño bastante loco se paseaba por la ciudad corriendo de aquí para allá y si bien es cierto que Trelew no resulta una ciudad muy llamativa son las historias que descubres tras de ella lo que le dan su esplendor. Los gigantes que habitaron estas tierras, dinosaurios y demás especies hacen de esta tierra un lugar particular. Con su museo que reúne piezas únicas se levanta como una importante ciudad patagónica. Antes la mar lo cubrió todo y a su paso dejo la vida de estos enormes habitantes que habría que imaginar paseándose tranquilos por estos lugares, en el museo se da cuenta de ello. Te paras al lado de sus huesos y eres un microbio, es una visita al pasado del pasado, a la otra vida, caracolas y gigantes por los aires, la idea de otra vida.

Otra familia me recibe, otra familia del buen comer argentino, esa costumbre tan suya. Un Fernet para abrir el apetito y esperar que la carne chorree su grasa sobre la parrilla, luego a la mesa a contarse historias. Y el viento, el viento que parece que aumentara al paso de los kilómetros. Vamos a la playa cercana, playa unión, mates y reposeras, tortas fritas y bailes juveniles, es verano y hoy el viento nos permite un día hermoso, así dejamos caer la tarde para volver a casa. No hay mucha actividad en esta pequeña ciudad, todos se conocen y se saludan al paso del viento que peina los árboles. Un pequeño canal local me hace una entrevista y hay tiempo para hablar de mi viaje, para contar historias y contagiar a otros de este maravilloso virus del viaje. Hablar del viaje es siempre re pensar el trayecto y mirar a lo que viene, tomar fuerzas y seguir camino.

Debía seguir por la ruta tres que me llevara al sur y creo que fue la primera vez en todo el trayecto que erre mi ruta pues saliendo de Trelew fui a dar de nuevo a playa unión, eran solo 20 kilómetros pero no quería devolverme cuando supe de mi error ya que me esperaba un camino incierto de 130 kilómetros hacia un paraje perdido en medio de la estepa. Decidí quedarme y hacer camping por un día, ver que me deparaba ese “error”. Pongo entre comillas la palabra error puesto que errores no hay en el camino, son oportunidades nuevas para conocer historias y la de playa unión esa vez fue diferente. Una aldea de artesanos me abre los brazos y sigo aprendiendo de la gente que es el mayor atractivo de cada paraje. Ellos con sus historias de múltiples caminos se anclan por unos días allí. Unos venden ropa, otros fabrican collares y todos se enseñan su arte. Cocinamos y nos contamos las propias. Lo que más recuerdo es a un joven que al saber que me gusta la literatura me hablaba con gran pasión de su escritor de cabecera: Almafuerte. Recitaba pasajes enteros de su obra con una pasión única, me hablaba de su labor de literato ermitaño y me contagio a que lo leyera, he ahí un gran regalo. El otro era un brasilero errante que con su júbilo era ya bastante conocido por todos en el lugar. Sin querer constituyeron una comunidad que como es normal tenía sus problemas, por eso había que seguir camino en solitario.

Al día siguiente me vi en camino con el viento a mi favor y es que cuando este etéreo amigo está con nosotros parece que volaras en la ruta. Esto fue solo por unos cuantos kilómetros, luego, lo de siempre…gigante y desolada estepa que se interrumpió por un momento cuando un despistado guanaco, esos parientes de las llamas corría como loco buscando la salida por un alambrado que luego atléticamente salto. Corrió el día y llegue a una estación de servicio donde planeaba mi estadía, pero no, no resulto así, un tanto por la mala disposición de sus dueños y otra por las escasas condiciones para hacer camping. Decidí entonces que tenía que pedir una ayuda para llegar mi próximo destino y cuál sería mi sorpresa cuando un auto se detiene y me saluda amistosamente. Parientes de mis anfitriones en Trelew. Dos camionetas repletas de gente y equipos de pesca. Se dirigían hacia Comodoro Rivadavia para un concurso de pesca. Los hay que disfrutan largas horas con sus varas frente al mar, un concurso que duraba 12 horas seguidas, divididos en equipos esperan recolectando peces. Una de estas camionetas decide llevarme, sin importar cuánto equipaje tuvieran y sin explicarme como, mi bici y mis pocas cosas entran en su equipaje y así me veo llevado por un grupo de locos a 120 kilómetros por hora hacia mi próximo destino. La cerveza y la conversación acompañaron el camino que en la noche estuvo acompañado por asado al lado del mar haciendo unas pruebas de caña de pesca, preparándose para su magno evento del que esperaban salir victoriosos. Cada uno tiene su locura. Yo me voy por los caminos en un par de ruedas y poco equipaje y estos locos se pueden pasar 24 horas con sus cañas esperando que piquen los peces y desafiar el frio y el viento para alzarse con el título.
A Comodoro la recuerdo como una ciudad árida, cuyas montañas de tierra se alzan a sus lados. Ciudad petrolera y un tanto olvidada en términos de diseño por lo que había que buscarse un lugar y salir de ella. Solo dos día pase allí, uno con los pescadores y otro en un caro hotel, pues todo en esa ciudad era costoso, cuestiones que determina el auge del petróleo. Por suerte una playa cercana, Rada Tilly a 15 kilómetros abría su mar para mí. El camping municipal barato, bien equipado y tranquilo sería mi refugio. Una playa con gran extensión de tierra y no muy apta para tomar baño por el viento y el frio. Un lugar para estar y seguir pensando en el atrás y el futuro en el horizonte.

De aquí en adelante aparecerá una compañía no muy buena para el viaje, empieza la Patagonia que me imaginaba, la fría Patagonia. Además del viento y las cuestas del camino este helado compañero hará presencia. El frío complica un poco más las cosas, debes invertir más energía por lo que el desgaste físico es más notorio, pero hay algo que lo compensa todo y es pedalear al lado del mar. La brisa, el sol sobre el agua, la estrecha carretera se extienden hasta mi próxima parada Caleta Olivia. Otro paraje de paso, otro lugar que me desafía a buscar un refugio que se me hacia esquivo. Por una información errónea fui a buscar un camping a la salida de la ciudad que no resulto cierto, había que devolverse con el cansancio de una jornada de pedaleo y luego seguir buscando hasta encontrar el lugar. Un pequeño camping del sindicato de trabajadores del mar me abre espacio, soy el único allí. Solitaria carpita amarilla y enfrente el bravo mar que mece el viento formando poderosas olas que arremeten contra las rocas, veo unos barquitos amarillos que resisten en medio de la tempestad, los mismos que un momento más tarde tienen que fugarse de allí. Es la flota amarilla. Una pintada en la ciudad decía: ¡Aguante la flota amarilla! Me entero que es la comunidad de barcos pesqueros que hace 5 meses resiste haciendo una protesta todos los días ahí en frente. Una empresa norteamericana que vino a explotar el mar hizo daños ecológicos y ha matado a todos los peces con sus prácticas sucias, es por eso que la flota amarilla se ha quedado sin trabajo, nadie responde por ello, cinco meses sin suelo, sin peces, pero estos hombres siguen allí, ahora yo también digo: ¡Aguante la flota amarilla!. El día siguiente resulta fatal para mí pues una lluvia que había comenzado el día anterior se convirtió en una gran tormenta. Había ubicado mi carpa en un lugar donde se formaba un charco, todas mis cosas absolutamente mojadas flotaban sobre el agua. Nueve de la mañana y sacar todo con total presteza para que aquello no siguiera. Voy al baño del camping y me resguardo. Por suerte tengo el auxilio de los hombres del camping que permiten que seque mis cosas al lado del calentador y hasta un plato de comida me ofrecen y como no, unos exquisitos mates para calentar la fría tarde. Allí supe lo de la flota amarilla y de cómo es la vida al lado del mar.

Al seguir camino siento que estoy en el corazón de la Patagonia con un frio que me congela los huesos, que chuza por encima de la piel y hace difícil el pedaleo, es la desolación total y ligeras lloviznas me acompañan a lo largo de toda la jornada. La mente está en blanco solo concentrado en el próximo pedaleo, en mover los pedales y avanzar, en pensar que la lluvia es pasajera y que no pasara a mayores. Y es que así sucede en la Patagonia donde en un día tienes todas las estaciones. Llueve y luego el viento deja pasar un tímido solo que solo se mantiene por unos minutos después vuelve el frío acompañado con el viento, los autos tocan sus bocinas en señal de aliento pues en ese lugar donde no hay nada y pasa uno a cada tanto estoy yo dando la batalla con mis pedales. Me imagino los comentarios dentro de sus autos.

Llego a Fitz Roy, uno de esos pueblos que se ubican a la vera del camino. Un día frio y gris. Nada más que unas pocas casas, una estación de servicio, una oficina de turismo que ya en este punto te empieza informar de todos los puntos que hay que conocer del exótico sur. Hay un camping, no lo puedo creer, La ilusión, se llama, apropiado nombre para el momento y el lugar. Por supuesto vuelvo a ser el único campista. Me instalo y puedo tomar un baño, agua caliente para volver a la vida. Estoy tan agotado que no quiero cocinar, solo deseo una buena comida y como en el único restaurante que hay, lo tomo como un regalo que me debo dar por lo duro de la jornada. Luego de comer me paseo por el pueblo que parece deshabitado, vuelvo a la carretera y puedo pararme en mitad de ella, no pasan autos, disparo mi cámara de fotos queriendo llevarme un instante de infinito de esta fría y desolada Patagonia que me presenta otro reto, ahora le sumo un amigo mas, el frío.