Lo que yo quiero decir es América Latina...

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miércoles, 4 de abril de 2012

Cuesta arriba

Me atemorizaban las montañas que veía desde Macará. Observando el mapa, Ecuador es uno de los países más chicos de Sur América, pero no hay que desestimarlo, pues su geografía se plantea como uno de los mayores retos, está bastante hermanado con la recordada Bolivia. Si hubiera comenzado mi recorrido por el, de seguro no habría hecho lo que en el hice en esta parte de la ruta y habría recorrido la mayor parte de él en dos ruedas. De alguna manera fue muy acertado dejarlo para lo último, igual ya había estado en estas tierras que me siguen cautivando. De haber escogido este como mi primera frontera, llevaría la energía que caracterizo el comienzo de este periplo, pero como lo vengo diciendo desde unas páginas atrás ya menguados los ánimos en esta instancia toda cuesta representaba un esfuerzo mayor del que significa normalmente para mi, además para completar, el factor climático no ayudo mucho.

Jugábamos con la ruta, adivinábamos cual sería el camino menos empinado, pero la realidad nos mostraba todo lo contrario. Como en la vida, no vale lo mucho que hayas hecho si esta te plantea nuevos retos. Hacer más de 30 kilómetros en este país representaba toda una proeza. Las primeras pedaleadas nos hicieron saber que estábamos en la línea ecuatorial y lo que ello conlleva, un calor infernal. Había que ver al Juan pedaleando sin camisa; a mí nunca me ha ido aquello de quitarme la camisa, hasta pudoroso resulte después de todo.

Con una infinita paciencia sorteábamos curva tras curva por parajes desolados. Nos deteníamos, mirábamos el mapa y nos preguntábamos por ese punto que aparecía en él, era como avanzar sobre el mismo punto. Llegas a una nueva bifurcación, digamos en este caso “El Empalme” y te preguntas por el norte de la cuestión, pero aquí no hay cuestión, hay un tiendita en el cruce de caminos, hay una lata de sardinas, hay un pan para ponerlas al medio, hay una chica linda como un ángel que sale de la montaña, te atiende y luego desaparece, hay un puesto de ¿policía? Y hay sobre todo incertidumbre. Hemos hecho unos tantos kilómetros y ya estamos agotados, miro al Juan, nos miramos y por la cabeza nos pasa una serie de interrogantes: ¿le damos?, ¿Paramos?, ¿Buscamos una posada?, ¿dónde?, ¿pedimos un aventón?, no somos perezosos, como bien podría creerse, somos realistas, ahora vamos un poco a contra reloj, a contra economía a contra ánimos. Somos sensatos eso sí, pedimos un aventón. Ahora las bicis viajan sobre un montículo de arena viendo cómo pasan las montañas y por angostos caminos el calor adormece y ahí es cuando uno piensa que estos hombres que conducen estas maquinas o son unos héroes o ellos mismos se han convertido en una maquina.

Hasta acá vengo yo muchachos, nos dice el hombre y bueno, ahora todo es cariño, estamos un poco más cerca de…, bien, seguimos en camino. Y de golpe en este trópico rebelde aparece unas nubes que lo cubren todo y zas, un leven chaparrón para crear un sopor en el ambiente. En el esperar vamos replanteando todo y nos damos cuenta que cerca hay un pueblo y que para llegar a él otra pendiente debemos sortear. Todo es tan confuso en esta instancia, por momentos quisieras desaparecer para resultar en un momento con los tuyos, ya aquel ímpetu de curiosidad e indagación solo alcanza hasta la próxima parada. Unos últimos goterones nos lleva hasta el pueblo, Catamayo.

Juan llevaba un rato conmigo y nunca habíamos pernoctado en una estación de bomberos y entonces llegó la ocasión. Mi compañero es bastante tímido y esta lengua mía que se mueve siempre y en las circunstancias difíciles más, ya sea para empeorar o en algunos santos casos mejorar la cosa me ayudo ahora. Con el paso de los días afinas la mirada al llegar a un lugar y sabes donde procurarte una posada solidaria con efectividad. Este es uno de esos lugares chicos donde no hay mucho, me recordó demasiado a los pueblos de Antioquia, pero para sorpresa nuestra tenía estación de Bomberos, vaya usted a saber cuántas casas se queman por aquí. Eso tiene sus ventajas, pues al no haber tanta actividad somos recibidos sin el menor problema. Siguen teniendo la misma buena actitud estos buenos hombres. Como si nada les importara y salvaran otras vidas nos acogen.

Encumbrado entre montañas Catamayo se mueve entre la religiosidad y las vidas de los jóvenes que dan vueltas en sus autos como queriendo escapar de allí. Escucharas dos pregones desde cualquier parte del pueblo donde te ubiques, uno es el de la santa iglesia y su pregón gastado, el otro el de la música que viene de los autos de estos chicos que dan y dan vueltas saludándose en cada esquina. La noche da para afincarse en una banca de alguna calle, ver los chicos que dan vuelta tras vuelta y escuchar como se apaga el pregón de la iglesia, de esta misma manera nos fundimos nosotros en el piso de la estación de bomberos.

La noche anterior habíamos indagado el mapa, este se convertía en nuestra luz estos que serían nuestros últimos días en ruta. Es increíble saberse pronto a la llegada de tamaño viaje. El mapa nos daba un día más de viaje hasta la ciudad más próxima, en este caso la ciudad de Loja. El cielo seguía mostrando unas nubes nada amigables, los ánimos no cambiaban mucho y el dinero iba desapareciendo con cada alimento, cada movimiento, la cuestión definitivamente no daba para heroísmo y así nuevamente nos vemos tomando un bus, que al parecer sería una constante en nuestro último país.

La mañana está tranquila y apenas va despuntando el sol y los parroquianos se mueven aun más lento, igual que nosotros, que apenas vamos arrastrando a nuestras compañeras a la esquina que sirve de paradero. No queremos indagar por la topografía de nuestro trayecto, lo suponemos como siempre, una eterna cuesta arriba y así entonces nos vemos recorriendo callados un camino de asfalto en estos buses tan parecidos a los nuestros donde sigue rodando también la esperanza. Vemos un camino que efectivamente se encumbra y en apenas unos pedazos donde la topografía regala algún trayecto plano nos remuerde la conciencia de estar ahí rodando con nuestras bicicletas, pero ya no hay nada que hacer, el bus corre y si que corre rápido, estos conductores no conocen de leyes en su territorio, van como almas que lleva el diablo quebrando curvas, así de un momento a otro aparece la ciudad de Loja.

Bienvenidos, mal venidos a Ecuador.

Un rayo roto de mi parte, varios pinchazos por parte de Juan, el calor agotador, una última Inca Cola, la cercanía de la frontera, unos soles gastados en una buena cerveza peruana y el puente allá, siempre un puente uniendo países. Así se presentaba Ecuador. Los tramites de siempre, un sello aquí y un sello…, no, un sello allá no. Por más que el inmenso aviso dijera: Bienvenidos y una leyenda dijera: Ecuador “la vida en estado puro”, el hermano país, o más bien las tontas leyes de siempre, no nos daban la bienvenida. Con la alegría de una nueva frontera nos acercamos a ese puesto fronterizo para encontrarnos con una desagradable sorpresa.

Presentamos nuestro pasaporte colombiano a un no muy atento policía el cual al revisarlo solo atina a decir: colombiano, necesita su pasado judicial para ingresar a nuestro país. Este papelito que hace casi ya tres años sacamos para cruzar las fronteras de nuestro país y que por nuestra estadía en argentina debimos dejar tiempo atrás. De todas las maneras posibles intentamos explicarle al policía nuestro viaje, el periplo de venir recorriendo en bicicleta todo un continente, nuestros propósitos, buenas intenciones, carnets que acreditaban la aventura, pero fue imposible, era como hablar contra una pared, una tosca pared. A un paso de nuestro país, con las bicicletas cargadas, cansados, con poco dinero y ante la negligencia de la autoridad veíamos peligrar el futuro de nuestro viaje. Pedíamos posibilidades para cruzar pero eran esquivas. Vayan a lima y pidan ese papel, nos decían. Claro, tan fácil como retroceder miles de kilómetros. En tiempo y dinero era imposible. Pero había una luz en el camino, un contacto en la ciudad contigua, Macará. Uno de esos hombres que abren su corazón y su casa, Byron.

Teníamos el contacto y allá fuimos. Al menos nos permitían cruzar la frontera, el pueblo solo quedaba a dos kilómetros. Fuimos pedaleando por hermosos cultivos de arroz a lado y lado del camino, este país es de verdad hermano de Colombia, sus montañas tienen mucho de las nuestras, altas, inmensas, llenas de verde, era estar un poco en nuestro territorio. Muchos de los productos colombianos se venden en estas tierras y en cuanto vimos la publicidad de algunos nos alegramos mucho, los pueblos hablan por su gastronomía, bebidas de la infancia, algún dulce, nos emocionaba de tal manera que hasta lo de la policía pasaba a otro plano. Preguntando por el pueblo la dirección de nuestro hombre se nos acerca un tipo en auto, precisamente a ofrecernos posada gentilmente y era él, Byron, saliendo a nuestro encuentro volvió entonces la confianza y el sosiego.

En esta etapa del viaje cada encuentro tiene un sabor más a Colombia. Byron es una pequeña parte de Colombia anclada aquí en Ecuador. Ahora él tiene un restaurante junto a su esposa y pequeños hijos, Guatita punto Com se llama el restaurante, con un alma grande se propone fundar otra casa de ciclistas y ya somos varios los que hemos pasado por aquí. El es ecuatoriano pero aventuro un tiempo de su juventud en Colombia, su acento, sus dichos tienen mucho de nuestro país. Sentarse en el corredor de la casa de Byron tiene un particular encanto, tomarse un tinto (como le decimos al café en Colombia), o una aguapanela, esa bebida hecha de la caña, jugar unas partidas de dominó es sentir esas singularidades de la “patria”. Y aquí estaba, tirando unas fichas de dominó, tomando tinto, putiando en acento colombiano, putiando con Byron y el Juan, volviendo a escuchar ese “Hijueputa” que tan bien nos sale a nosotros, conversando, recapitulando historias del pasado, hablando con el continente sosegadamente, haciendo lo que salí a buscar, viviendo en las andanzas de los otros, reconociendo almas gemelas, búsquedas similares. Oír los cuentos de Byron que gustaba de hacer largos trayectos con sus amigos a pie me recordó al maestro González, la vida es una serpiente que se muerde la cola y se encuentra en cada minuto hablándose a ella misma y el único momento interesante es cuando en verdad se escucha, de lo contrario todo es vacio. Este hombre era la Bienvenida al Ecuador, así se podía entonces seguir. El mismo Byron me llevo donde un hombre para que reparase mi bicicleta que le hacía falta unos pequeños ajustes para poder remontar las alturas de este país, los cambios no funcionaban muy bien y con total presteza este hombre volvió todo a su curso.

Ecuador era otro país donde desandaba caminos, aunque no en esta región que era nueva para mí. Me encontraba en un país con nueva moneda, el dólar sepulto al sucre hace mucho tiempo y me parece que descoloco todo. Los precios eran excesivos, las cosas pequeñas costaban desde un dólar o más, nosotros ya con pocos pesos en los bolsillos sufríamos los embates de esta economía. Macará resultaba la morada para irse adecuando al país y además todavía teníamos que resolver lo de nuestro “pasado judicial” para entrar a Ecuador y estampar nuestro sello. En varias averiguaciones, intentando por todos los medios, volviendo a hablar con los policías de frontera, yendo a la municipalidad donde un compatriota trabajaba (tramite que no dio ningún fruto), agotando todos los recursos, nos era imposible resolver este impase y fue así que todo sucedió de la forma más fácil. Un sencillo tramite por internet (gracias a mi amiga Karen Jaramillo) y el papelito este, con una simple consignación en nuestro país estaba en nuestro poder. Con papel en mano nos dirigimos a la frontera por tercera vez. El mismo policía de siempre, toma el papel, le da una somera hojeada, lo arroja a un rincón de su escritorio y estampa el sello, por fin entonces, estamos en Ecuador.


viernes, 29 de abril de 2011

Incauta salida del Perú

Se plantea uno cosas, le pasan por la cabeza. En diferentes momentos, situaciones, puntos de la vida, pero ella que no atiende de normas, cambia, muda y entonces los planteamientos mutan también. En algún punto del vasto Brasil, cuando recorría esas desoladas distancias y apenas si empezaba la cuestión o inclusive antes de la primera partida, concebí un viaje sin retorno.

Pensé que tomaba la bicicleta y los caminos no me traerían de vuelta, creo que mi viejo amigo sabía de ello y tal vez era al único que no podía sorprender de haber tomado tal decisión. El día que encontré a mi compañero de viaje, Juan, empecé a sentirme más cerca de Colombia. Tal vez porque fuésemos del mismo país y nuestras conversaciones giraran en torno a él. Por ese recuerdo de fronteras, amigos, dichos, productos que se colaba en nuestros remembranzas. Por esto y por otros factores que se iban sumando en el recorrido, la presencia de Colombia era cada vez más fuerte, definitivamente había que volver.

Desde Bolivia ya sentía la inminencia de lo colombiano en el camino, una fruta, un sabor, ciertos modismos nos la recordaban y ya en Perú, todavía muy lejos del hogar la presencia se hacía mucho más fuerte. La economía, las fuerzas, la ansiedad jugaban papeles importantísimos en cualquier decisión y no era el mismo ímpetu de cuando salí de allí. Cada uno de nuestros escasos pesos valía mucho más. Lima por ejemplo estaba bastante lejos todavía de Bogotá o la misma Medellín, pero existía un bus que por 120 dólares y en solo tres días nos dejaba en casa. Hay que reconocer que esto a veces resultaba tentador, sin embargo mirábamos el mapa, pensábamos en lo recorrido y en lo porvenir y el camino todavía nos llamaba con fuerza.

Desde la salida de Lima empezamos a dar saltos en bus y sin ninguna pena lo reconozco, ya lo he dicho bien que los heroísmos no me van y que lo importante es ser sincero y que maneras de abordar el viaje hay muchas. Por cuestiones del destino y del corazón mi amigo Juan se había adelantado un poco y nos habíamos puesto como punto de encuentro la ciudad de Trujillo, él hacía sus kilómetros a su manera y yo llegaría en muchas más ruedas. Estuvimos unos días separados y fue en esa pequeña ausencia que sentí al amigo más cercano y necesario.

Pero hay que decir que nuestro encuentro se vio empañado por un suceso nada agradable. Seguía ratificando lo molesto que es viajar en bus y más cuando llevas como equipaje una bicicleta de 15 kilos y otro tanto de equipaje poco convencional.

Mis bus llegaba a la ciudad de Trujillo a las 6 de la mañana, mi fiel compañero se había levantado temprano para ir a recogerme. La alegría fue inmensa al verlo por la ventanilla del bus, al bajar en esa fría mañana nos abrazamos para seguir como buenos compañeros de viaje, pero en este trámite mañanero, justo cuando descargábamos las cosas del bus, teníamos una parte del equipaje en el suelo y la bicicleta se atasco, en los menos de dos minutos en que hacíamos esto, un pequeño bolso en el que guardaba cosas de valor me fue robado. Fue cuestión de un instante. Recordemos la sabía frase de Woody Allen: “Disfruta del día hasta que un imbécil te lo arruine”, y el idiota apareció haciendo lo suyo.

Pero bueno, gajes del viaje, de la vida, del devenir. Estaba con el Juancho y había especiales motivos ese día para estar bien, el encuentro con el amigo y además conocer uno de los hitos en este viaje, la famosa y bien mencionada “Casa de ciclistas de Lucho”, que podría merecer un capítulo aparte.

Varias hay en el mundo, yo solo conocía la escuálida casa que nos albergo en La Paz, pero si vas a emprender un viaje en bicicleta por Sur América es casi imposible que en tu paso por Perú no tengas en cuenta la casa de este personaje. Todos nos hemos documentado antes y de oídas sabemos de la casa que ha albergado más de mil ciclistas alrededor de 20 años. Yo era el numero 1390, lo sé porque apenas entras firmas el libro de registro y te enteras de que número eres.

Lucho es un hombre sencillo y sobra decir que amante de la bicicleta. No tienes que avisar tu llegada ni llenar formularios, Lucho siempre te abrirá las puertas de su casa, que es la casa de todo ciclista que venga viajando. Ruedas, alforjas, radios, pedales, historias regadas por toda la casa, un par de cuartos, con camas, colchones, no importa. Un baño limpio y la calidez de encontrarte con semejantes, un lugar donde conversan los sueños de muchos.

Es raro que no haya nadie en la casa, muchos llegan para resguardarse un par de días y terminan quedándose semanas enteras, ya sea porque su bici necesita una mano o porque el ambiente es propicio para descansar. No hay ninguna cuota, lo que puedas y quieras dar a la partida será bienvenido, no hay lucro, solo es para mantener el aseo y la casa, que siempre estará en pie mientras hayan soñadores, primero como el Lucho que la puso en pie con toda la bondad posible y luego locos que con su buen sueño la alimenten.

La casa es un bello caos. La puerta abre a trancazos y nunca sabes quién tiene la llave. Apenas abres te encuentras con un salón enorme, que me imagino también sirve de morada cuando hay casa llena, ya que solo hay dos cuartos, uno abajo con un baño contiguo y arriba otro con una pequeña terraza. Fotos, imágenes, postales, saludos y agradecimientos al Lucho que tiene ubicado su taller en la misma casa.

Un taller igual de caótico y maravilloso del que se puede decir a salvado muchas vidas, entre tuercas tornillos, radios, llaves y piezas difíciles de conseguir que solo el lucho sabe cómo obtenerlas. Desde que comenzó el sueño Lucho va llenando unos inmensos libros donde cada viajero deja una nota de agradecimiento. Algunos artistas del pedal y de los colores dejan sus cuadros en cada página, otros anuncian y cuentan su recorrido, los hay que hacen casi un dosier con fotos, pagina web y demás, hay poemas, frases, cantos en cada uno de esos libros. Voces de todo el mundo, lenguas de cada lugar que te puedas imaginar, es un placer dar un vistazo a aquello.

La casa es punto de encuentro para muchos y para nosotros no fue la excepción, en ella nos volvíamos a encontrar con nuestros amigos Sonia y Carlos, los españoles que cada vez se enamoraban más de nuestro continente. Con ellos compartimos comidas y paseos por la ciudad del poeta de la cara triste, el gran Cesar Vallejo, “Hay golpes en la vida, tan fuertes … ¡Yo no sé!” .

Impresionante pasearse por esta ciudad y saber que en esa plaza que ahora es colorida el poeta paseo sus primerísimos años. Todavía habían calles de adoquines en la vieja Trujillo, la pequeña y convulsionada Trujillo de mercados de baratillos y donde me decía Lucho que buscara mis cosas robadas que de seguro las encontraría.
Me pasee un par de días entre malandrines y humildes que vendían de todo y nada vi, más que un mar de gente, productos inservibles, basura, malos olores y pobres, cientos de pobres. Se que estaba tocado por la situación de mi robo, pero me parece que solo fue esto lo que vi en esta ciudad.

Mejor desprenderse una tarde, pedalear quince kilómetros y dejarse estar en las calmas playas de Huanchaco donde también me habitaban los recuerdos de cuando fui rey en alguna de esas terracitas de un inexistente hotel, por allá en el lejano 2001, cuando se respiraba otro aire menos intenso que el de ahora y tomando una cerveza, tirado en una hamaca la tarde se dejaba caer y yo exclamaba que podía morir feliz.

Los barquitos de totora seguían adornando esa calma playa perteneciente al pacifico. Luego volvimos a Trujillo sabiendo entonces que el ritmo de viaje de ahora en adelante sería otro.

Para salir de Trujillo si vas en bicicleta, ya es ley que lo hagas en bus si no quieres ser asaltado en el pueblo de Paiján, ubicado unos kilómetros después de Trujillo. Esto cuenta el Lucho entre sus muchas historias, entonces así hay que hacerlo. Llegados a Pacasmayo, lugar donde nos llevo el bus, decidimos hacer noche y no aventurarnos con los kilómetros, seguimos contándonos historias del tiempo que estuvimos separados con mi amigo.

Al día siguiente empezaríamos a marcar la cuenta regresiva para la salida del Perú. Avanzamos hasta la ciudad de Chiclayo, ciudad sin mayor atractivo en la cual existía una particular casa de ciclistas. Allí estuvimos un par de días, pernoctando en un patio de cemento y siendo despertados todos los días por el canto de gallos, gallinas, perros, pavos y demás animalitos que circundaban nuestras carpas. Era un espacio extraño para ser una casa de ciclistas, no lo era como tal, solo que su dueño algunas veces permitía la posada de algunos viajeros que por allí pasaran.
Seguían los caminos, ahora con la meta de la frontera, pero todavía faltaban algunos kilómetros, aunque cercana, había que remontar algunos pueblos para alcanzarla.

Nuestro último hogar sería en una ciudad cercana a Piura. Después de un intenso día de pedaleo, con un sol que castigaba llegamos a la ciudad de Piura confiados en que aquí teníamos una posada, veníamos agotados y con pocas fuerzas. Al llegar a Piura hice las llamadas del caso y cuál sería mi sorpresa al saber que para llegar a nuestra posada tendríamos que hacer doce kilómetros más.

Con buena voluntad nuestro amigo Yosimar disponía su casa en la ciudad cercana de Catacaos, allí tuvimos por unos días otra de esas familia que te roba el corazón, una de esas a las que llegas tímido y luego te vas como uno más entre besos y abrazos. El padre, la madre, el hermano menor, la cotidianidad del pan y la mesa, todo eso te recuerdas que no estás solo.

Veníamos solo por un fin de semana y terminamos quedándonos una semana, por las circunstancias y otro tanto por el afecto de esta familia. Los días allí pasaron supremamente tranquilos, ya que es un pueblo chico. Mi anfitrión me enseño bastante de una danza típica de la región, “La marinera”, el era campeón nacional en este tipo de danza. No tuve oportunidad de verlo bailar en vivo, pero si a su pequeño hermano, el cual ya llevaba el don del baile.

En un concurso, en otra ciudad cercana fue amo y señor alzándose con el primer lugar. Los pañuelos al viento, las guitarras y los cantos, entre los vítores del público hacían las delicias del espectáculo. Luego de nuevo en la ciudad de Catacaos, seguiría aprendiendo un tanto de historia. En algunas de las casas del pueblo se alzaba una banderita blanca, entonces sabias que en aquel lugar vendían chicha, esa bebida tan nuestra, tan típica, hija del maíz, como lo somos nosotros.

Me contaba mi amigo que aquello de la bandera venia desde la colonia, que este pueblo resistió por aquellas banderas que anunciaban el expendio de chicha, esto despistaba a nuestros enemigos españoles que pensaban encontrar paz allí para venir a imponer su ley y se encontraban con un pueblo en resistencia, de esta manera sucedían las cosas.

Ese era el sabor que iba dejando Perú en esta ocasión. La despedida de este hogar fue durísima. La madre te acoge en brazos y el padre en su parquedad te anuncia que siempre tendrás una familia allí que te espera y así sale uno lleno entonces. Yosimar quiso hacer algunos kilómetros con nosotros para despedirnos, en una improvisada bicicleta iba escoltándonos hasta el último abrazo.

Salir de un país siempre te trae algunas nostalgias, empiezas a pasar por tu cabeza toda la película de lo que fue el recorrido por el, sin embargo se dibuja uno nuevo que trae otras expectativas, siempre inciertas, siempre nuevas, algunas veces buenas y otras…




Vaho de Lima


Si Arequipa había sido un hilo del recuerdo, en esta Lima, todo se convertía en un enorme ovillo de recuerdos, necesario volver a pasar por el corazón con otra mirada. Este era otro lugar para desandar los pasos. Aquellos pasos andados 10 años atrás, aquellos pasos de una tempranísima juventud. Aquella Lima pasajera y desconocida, aquel centro de la ciudad entre histórico y con olor apestoso a orines. Hoy venia yo al encuentro de los amigos, hoy venia rodando en pos de ellos.

Antes de comenzar este viaje llegaban a mi casa en Medellín un par de tipos que pretendían darse la vuelta al continente con mochila en hombro. Y como vuelvo a pensar en la frase de Vinicius de Moraes, aquella de: “Los amigos no se hacen, se reconocen”. Jóvenes y con la ganas de vagabundear de la mejor manera venían el Franco y el Camilo. Yo les abría mis brazos y la puerta de mi casa y ellos lo agradecían con una sonrisa, honestidad y alegría. Fue un fugaz fin de semana que nos marcaria a todos. Tiempo después en este encuentro recordábamos el anterior y Medellín entonces era una fantástica resaca de luces, fritos, locura y desenfreno. Hoy en la capital peruana me era dado volver a los amigos y teníamos cuentas por saldar, calles por descubrir, recovecos por andar y palabras por compartir.

A Lima entraba en bus. Ya lo he dicho que estas capitales, la mayoría te aplastan y hay que tomárselo con calma para llegar. En esta ocasión me sentía menos perdido y las imágenes iban regresando a mi mente, por la ventanilla del bus volvían los retratos de tiempos atrás, descifrando calles, avenidas, reconociendo espacios. Menos perdidos nos bajamos en algún lugar cerca del centro y la ciudad gris como siempre, gris como es Lima dejaba caer la tarde sobre sus avenidas.

Franco y Camilo se habían buscado una casa, al regreso de su viaje por Sur América solo para recibir a cuanto viajero pasara por Lima, un hogar para retribuir la ayuda que el continente les había dado en cada una de las casas que habitaron, yo sí que sabía de aquello. Con dirección en mano nos fuimos sumergiendo en la ciudad, en esa hora caótica a la salida del trabajo, en que todos se vuelcan a la calle como desesperados para buscar el cobijo del hogar. A los buses se le sale la gente por puertas y ventanillas y los que van en sus propios autos no quieren reconocer semáforos ni autoridades, entonces en ese mar de gente nos íbamos abriendo paso para encontrar la mejor salida e ir al encuentro de los amigos.

Descendíamos por la avenida Venezuela y parece que fuéramos al fin del mundo porque la avenida nunca terminaba y no dábamos con la dirección, pero de pronto aparecía la indicación, el solcito de la fábrica D’Onofrio, por ahí era, estábamos cerca. Como olvidar ese solcito, si todos los colombianos de mi generación crecimos con la televisión peruana que llegaba mágicamente a través del cable y nos tragábamos cuanta serie viniese del hermano país, su publicidad era la nuestra, sus helados, detergentes, cómicos eran nuestros, así que nada de extraño tienen muchas cosas en este país para un colombiano como yo.

Una unidad de antiguos bloques. Allí, en cualquier apartamento quedaba la guarida. Y es que eso era la casa, una guarida, un hermoso antro. Para el viajero desprevenido que solo buscara un lugar donde tirar su bolsa, este era el lugar perfecto. Para quien buscara una limpia, amplia e iluminada habitación; como ocurrió en algunas ocasiones, me contaron mis amigos, debían dar un paso atrás y buscarse un hostal en Miraflores o barranco.

Franco no se encontraba, andaba en alguna correría latinoamericana y Camilo me recibió. Un poco más de años y experiencia habían afinado su tacto y su gusto, que a este hombre junto con su amigo, les sobra. Primero hubo que ubicarse y hacer espacio entre las otras bolsas de dormir que se encontraban tiradas por el piso, ninguno de los anfitriones se encontraba, pero eso aquí no era problema, la casa siempre se encontraba habitada, alguna llave quedaba por ahí. Fue en la noche que nos encontramos y el abrazo no pudo ser más apretado. Es fantástica esta situación de no venir a una gran ciudad como un turista desprevenido. Mejor llegar a tocar la puerta de un amigo y volver a otras caras de la ciudad como ocurriría en esta ocasión.

Empezaría una sucesión de frenéticos días en la ciudad de Lima. No sé si llamarle a aquello descanso. Ahora no importaba nada o casi nada, ir a conocer lo que se “debe” conocer de una ciudad no estaba en la programación. Yo ya había tenido mi momento en Lima y con calma lo hice en esos días. La casa aquella se encontraba siempre llena de gente, pero parece que se desvanecieran ante la presencia de la amistad fuerte que nos unía a nosotros.

En el día, digamos había un respiro, ya que mi amigo Camilo trabajaba, así que tenía espacio para ir al centro de la ciudad a saludar la plaza de armas, una de las más bellas de toda Sur América. Todavía con sus fachadas pintadas de amarillo y ocre, sus carruajes tirados por caballos para que se paseen los turistas, emulando el pasado. El pasto siempre bien cortado, exageradamente bien cortado, casi cada día por medio lo cortaban, un molesto hombre que solo cumplía su trabajo venía son su máquina a hacerte parar de un banco de la plaza mientras todo era contemplación. La guardia presidencial seguía haciendo su numerito y el cambio de guardia deslumbraba a los turistas. Soldaditos como maquinas, maquinitas de cuerda caminaban de aquí para allá para el deleite de la tradición y la estupidez.

Y la plaza, la plaza incólume, con sus poderes mirándose de frente, callando sus muertes e hipocresías. Colonial iglesia, pulcra alcaldía de balcones tallados en madera. Cerca de allí el tribunal de la santa inquisición, una de sus más poderosas sedes en antaño, se ubicó aquí, ahora convertido en museo, un museo de horror que no quise volver a visitar, ya me había bastado con la ira de la primera vez.

El centro de la ciudad seguía tan variopinto como siempre y entre esa inmensa colonia china instalada aquí hace tanto me abría paso por el barrio chino donde la cultura peruana había conjugado un ser. Seguía serpenteando por las calles esta vez buscando algo de comida y es en esto donde Perú no decepciona en lo más mínimo. Orgullosos de su gastronomía este pueblo se yergue con algunos de los mejores platos del continente, entonces a este vagabundo viajero le he es dado comer muy bien por muy poco. Sin mucha pompa en algún recoveco del centro, por algún pasadizo, se instalan puestos de comida, de comida de mar, para ser más específicos y hay una lista de pescados de diferente preparación, con un ceviche o chupe de mariscos de entrada, por precios irrisibles. Como era de esperarse el lugar se encuentra abarrotado de comensales que diariamente llenan las mesas. La comida se abre paso entre las cabezas y el olor a mar llega a la punta de nuestras narices y luego los frutos del mar colman nuestro apetito.

Luego las noches, las noches de Lima. Noches bañadas enteramente en pisco, conservadas en la fuerte calidez de esa bebida milenaria, conversaciones en sucias tabernas de cualquier callejuela del centro o en la tienda de nuestro barrio que no nos defrauda y después de cerrada la puerta escuchamos los cantos de la ebriedad al interior y sabemos que podemos conseguir otro tanto de lúpulo para cerrar otra noche. Noches de Lima sin rumbo, de platos baratos, de caldos de cabeza, de porotos, noches de gente que va por ahí y que ha perdido el juicio. Sube sube sube, baja baja baja, pregonan los hombres que cuelgan de los buses.

Aquí el transporte urbano tiene su propia ley, arman su recorrido como les viene en gana dependiendo de la demanda, el precio es conversable dependiendo de todo, de tu ánimo, de la extensión del recorrido y la buena voluntad del que te cobra el boleto. Sube sube sube, ahí está el hombre del bus convenciéndote para que hagas un recorrido que no es el tuyo o para ofrecerte uno mejor o para recordarte que ese es el bus que debes tomar, baja baja baja, siguiente parada, señor déjeme aquí, señorita córrase al fondo. Buses viejos, colectivos pequeños, bancas desvencijadas, carteles multicolores, me siento como en casa. No hay gala en ningún autobús, hay artistas, hay dulces, hay chucherías, hay vida. Sube sube sube, baja baja baja, avenida Brasil, centro, plaza de armas, Venezuela, barranco directo, Miraflores, rotonda, caballero a donde va, suba que este le sirve. No paran, no descansan estos buses y en lo alto de la noche cuando el cansancio nos vence y los alcoholes también y estamos demasiado lejos de nuestro hogar vamos a alguna avenida y aparece el pregón, sube sube sube, baja, baja, baja, y nos vemos de nuevo viajando en otro bus capitalino.

Hay ciudades que son más o menos amables al ciclista. Lima es una ciudad en la cual montar en bici constituye un deporte extremo en sí. Sus calles llenas de huecos y la rapidez de los autos hacen que no sea nada confortable andar en bicicleta. Tienes que andar con mas sentidos de los que tienes para salir vivo de la situación, debe ser por esta razón que no vi muchos ciclistas en las calles. Sin embargo me di a la tarea de andar algunas calles, en última instancia la bici sigue siendo el mejor medio para conocerla, sobre todo cuando se trata de capitales, de lugares enormes, puedes discurrir y abarcar más espacio en tus dos ruedas.

Para mi sorpresa en un lugar cualquiera encontré una ciclo ruta y resguardado en la confianza de no ser atropellado converse con la ciudad mientras la pedaleaba, vi la pasividad de algunos seres que andan por una que otra calle y los inagotables estudiantes que andan en grupos comiendo chicle y dando gritos por ahí. Como toda buena capital Lima tiene sus caras, caras que sorprenden. En el centro, saliendo un poco de él, observas esos apabullantes cordones de miseria que delimitan la ciudad, casitas de colores sobre una montaña gris cubierta de smog. Pero te mueves al centro turístico y ves a un Miraflores y un Barranco perfectamente maquillados para encantar. Y claro que encantan, más cuando vas por los corredores de Miraflores bordeando el mar desde lo alto. El pacifico saludando las ventanas de los apartamentos que han tenido la suerte de plantarse ahí.

Parece increíble esa presencia de la mar en una ciudad tan gris, una ciudad que no suele ser acompañada por la lluvia y en la que las olas apenas la tocan. Barranco se planta con un tanto de bohemia y algunos balcones al mar, eso la hacen un lugar atractivo, más cuando en la noche las luces iluminan esos balcones.

Sumado el tercer mosquetero al grupo de amigos se iba despidiendo la ciudad como era debido. Franco llegaba con su euforia y su chispa a iluminarlo todo. Fue de uno de esos paseos en bici por la ciudad cuando lo vi. Él mismo me abrió la puerta y no lo podía creer, casi fantasmagórico, con unos pedazos de barba y un cabello ensortijado, me apretó en un abrazo que todavía recuerdo. No paraba de hablar de tanta cosa. Del pasado, de nuestros viajes. De su roída gaveta que había en la cocina saco los mejores manjares para celebrar aquel día y nos dimos pasos entre exquisitas bebidas.

Las palabras entre los tres fluían entra la risa y el éxtasis y entiendes aquello de que la felicidad solo es real cuando es compartida. Otros viajes nos llevarían por la colonial Lima hablando de lo divino y lo terreno, juntando como heroicos caballeros mientras los otros no entendían nada. Los comentarios punzantes de mis amigos hacia la humanidad en general, las mujeres y los hippies levantaban querellas que me encantaban. Los anfitriones se iban lanza en ristre contra todo y sus invitados no atinaban a decir palabra, a mi me salían enormes risotadas y las más de las veces estaba con ellos y cuando no, los retaba haciéndoles o bien callar o que se desgañotaran en improperios, pero todo aquello era un teatro hermoso, el más grande de los performances.

Esta vez Lima no fue tours gastronómicos, históricos, de cámara fotográfica en mano por plazas, avenidas principales, parques importantes, lugares cercanos, bares de moda, no. Esta vez Lima fue el encuentro de la amistad. Fue la sublevación de la palabra en lugares no mentados, fue la anti guía turística, fue el desparpajo viajero. Fue el reconocimiento de que los lugares, las ciudades, los espacios los construye la gente, que esos espacios nacen en el encuentro y en la multiplicación de las experiencias que nazcan de él. Gracias a mis amigos por no mostrarme la Lima de siempre y dejarme oler su vaho que tanto me gusto.


Líneas…de mar.


La ciudad que tiene atractivo desde el aire. Las líneas, las figuras ancestrales, el enigma. Otro de los lugares cuyo fenómeno principal obnubila la ciudad, esta se convierte solo en un gran hotel donde cientos de viajeros y turistas pernoctan y comen algún plato típico para ir a ver aquella maravilla. En la ciudad de Nazca las líneas se extienden mas allá de los predios donde se ubican. En la ciudad todo toma su nombre: Farmacia Líneas de nazca, papelería las líneas de nazca, carnes líneas de nazca, restaurante líneas de nazca.

En el piso de la placita principal se dibujan las líneas, las figuras están copiadas por doquier, en los autos, en las casas, en una que otra empresa. A decir verdad la ciudad es apenas un pequeño pueblo. Por los días que por allí pase, se hacían algunos arreglos en las calles y se aumentaba entonces el caos que tienen nuestras ciudades latinoamericanas, pero aquí hasta este fenómeno hacia armonía. Nosotros simples transeúntes de a pie, pasábamos de acera a acera, de mercado en mercado indagando y olfateando la ciudad.

Este era otro atractivo turístico que se nos escapaba, pues las pomposas líneas de nazca como ya bien lo dije solo se pueden apreciar en su magnitud desde el aire, lo que supone gastar una considerable suma de dinero para que te den un paseíto de media hora dando círculos en el cielo en un pequeño artefacto de metal. Lo que hicimos fue aprovechar lo que la ciudad en si misma ofrece, sus alrededores que eran el verdadero centro de la cultura nazca. La bicicleta permitía el perfecto desplazamiento y no muy lejos de allí todavía el tiempo cuidaba antiquísimas ruinas que el viento despeinaba mostrando nuevas caras.

Ahí, al lado del camino antiguos templos se dejaban ver y si te adentrabas un poco mas ibas en pos de perfectas obras de ingeniería como lo eran hasta el día de hoy el sistema de acueducto creado por los nazca. Profundos pozos concéntricos creados en roca, piedra por piedra sobrepuesta para manejar el nivel del agua. Hasta por ver estos pozos nos quisieron cobrar, pero hay que apelar entonces al buen don de la palabra y con nuestras bicicletas como carnet de identidad se nos abrían las puertas, ellas ponían la mejor cara por nosotros y nos daban paso. Al lado del acueducto bastos cultivos de papa, de esas decenas de variedades de papa que dan estas fértiles tierras circundaban los pozos.

Esta ciudad volvía a ser descanso debido a los agotadores días que habíamos tenido, las largas jornadas que nos exigía el pacifico peruano, sus cuestas y sus soles fulgurantes. Aquí nos resguardábamos y comíamos esos platos tan peruanos, que se dan al paso nada mas, en cualquier esquina los puedes encontrar, platos humildes que afuera adquieren una gran rimbombancia, un arroz chaufa, el clásico pollo a las brasa y como no, el ceviche, que esta vez defraudo un poco, pues vas afinando tu paladar y con el paso de los kilómetros aprendes un poco de cada mano.

En nazca se encontraron amigos que compartían sueños, un par de amigos que también soñaban con un viaje largo en bicicleta, veían en nosotros la posibilidad de hacerlo. Ellos albergaban viajeros que venían con sus historias y alimentaban su sueño, solo que para ellos, latinoamericanos como nosotros y de una posición económica no muy pudiente dar el primer paso en un viaje es lo más difícil, o en este caso se hace más difícil, pero bueno, el aporte con nuestra presencia es ratificar que los sueños son posibles y los kilómetros no son una utopía, por que como me lo recordaba un grafiti en el norte argentino: “La utopía es eso que todavía no hicimos”

Despidiéndonos de la ciudad salimos para remontar el camino. Es un camino más solitario aun y muchos carteles te avisan que estas pasando por un terreno en el cual no debes ingresar, es patrimonio de la humanidad, paso restringido, las líneas se quedan allá en su soledad dialogando con el tiempo que las ve pasar, como las ven esos turistas asombrados que no dejan de sobrevolar estas tierras. Todavía tengo en mis tímpanos los zumbidos de esos pájaros de metal que pasan y pasan y no dejan de pasar para romper el silencio de la inmensidad en el aire, ellos asombrados las ven. Pero a la vera del camino hay un regalo para quien no pueda remontar los aires. Un mirador se alza unos kilómetros más adelante y por devaluados dos soles puedes subir a la torre y apreciar dos figuras de las nombradas líneas. Cercanas a la carretera las líneas se dejan apreciar, como dos animales tímidos que se acercan a la gente para que los admiren. No se define bien que es cada figura, es parte del enigma, la magia. El tiempo y el viento ha borrado un poco su contorno pero todavía se aprecian y hacen pensar en la mano de estos magnos dibujantes que esculpieron en la arena figuras para la posteridad.

Estábamos en el centro del país donde se produce la bebida peruana por excelencia: El Pisco y nuestros amigos de nazca nos habían dado unos tips para ir a conocer una bodega de pisco, hablar con su dueño y conocer un poco sobre esta bebida. Aquello suponía un desvío en nuestro camino pero la curiosidad lo valía. Salimos de la carretera principal y esos pocos kilómetros que no representan mucho para los que van en auto para nosotros si suman y más con el sol en su máxima expresión y un camino nada regular, pero esta buena curiosidad tuvo su recompensa. Buscábamos las bodegas del señor Roberto García, sin saber con qué nos íbamos a encontrar.

La verdad yo esperaba un engalanado e insípido hombre de negocios, pero tuve la suerte de encontrarme con todo lo contrario. Nos habíamos demorado un poco para encontrar la bodega, pasándonos unos cuantos kilómetros pues la verdad esperábamos encontrarnos con una gran fábrica o algo así por el estilo y nada de eso había. Los famosos “Piscos García”, se producían ahí mismo en una modesta bodega que ahora se encontraba en remodelación para ser una especie de casa de campo donde; como nos lo conto el propio señor García, la familia se entretuviera entre animales de campo, una buena parrillada y pudiera conocer de cerca el fascinante mundo del pisco. Preguntamos a una mujer por el señor García y nos informo que estaba por allá, regando los mangos, ya eso hablaba bastante bien de él. Fuimos a su encuentro entre campos de papas y el modesto señor García se encontraba haciendo su trabajo de campo. Sonriente y conversador como buen hombre de campo nos recibió sin ningún reparo. Con una inmensa disposición nos contaba su sueño con ese lugar que quería convertir en un espacio que fuese acogedor para todos. Nos fue contando el proceso de la uva para convertirse en esa maravillosa bebida y luego, como no, nos dio a probar de sus reservas.

En uno de esos corredores el señor García nos mostraba las variedades de pisco, que ha decir verdad uno se encontraba mejor que el otro, la conversación era cada vez más emotiva y amigable, pero nuestro camino debía seguir, no podíamos dejarnos atrapar del todo por el elixir del pisco así nos encantara. Lo difícil; además de despedirse del amistoso señor García, fue remontar el camino. Algo chispeados por la bebida, buscamos un lugar donde comer algo para hacer esos últimos y difícil kilómetros. La comida nos remato y ahí mismo en aquel restaurante, sobre las mesas hicimos una leve siesta, lo otro luego fue poder llegar.

Haciendo camino llegábamos a otra gran ciudad, Ica. La ciudad del ruido por antonomasia y todo venido de las moto taxis, ese vehículo tan peruano. Es lo primero que notas en esta ciudad. Aquí no hay más transporte público que estos diminutos vehículos que hacen todo el ruido que les es posible. Son hordas de ellos y su ley es la bocina que imperiosos tocan para pasar de calle a calle, para avisar una parada, para denotar que no llevan pasajeros, para gritar que llevan pasajeros, para buscar pasajeros. Para todo, estos vehículos tocan y tocan hasta el cansancio la bocina, que se convierte en un caótico concierto que nunca termina.

Muy cerca de Ica hay un oasis, si, así como se lee, hay un oasis. La ciudad esta circundada por montañas de arena y muy cerca se encuentra Huacachina que es un pequeño poblado en el cual hay un lago entre dunas de arena. Es todo un espectáculo este lugar, como si no existiera, como si fuese un espejismo. Las dulces aguas están allí y en medio ese océano de arena. Se han instalado como no, algunos hoteles, bares y ese movimiento turístico que plaga a un lugar como estos, pero no deja de perder su encanto.

El sitio es famoso por ser la capital del sand boarding. Gente que sobre una tabla de madera juega a deslizarse sobre las dunas de arena, a falta de nieve, arena, dorada arena. Yo lo intente, pero me di cuenta que lo mío es más la contemplación y los deportes extremos no me van. En este caso no encontré divertido que mis pantalones, camisa y zapatos se llenaran de fina arena invadiéndolo todo, eso además de mi nula destreza para maniobrar la tabla y el vaivén de subir y bajar la montaña para deslizarse de nuevo, prefiero subir una vez y contemplar a todo aquellos que lo hacen y lo que es mejor ver el reflejo del sol sobre la laguna o como este se esconde luego tras alguna montaña de arena.

Muy cerca de aquella ciudad se encontraba el mar y seducidos por cierto lugar que nos sugirieron, una reserva natural, nos aventuramos a pasar unos días en la compañía del océano. La salida de la ciudad como todas, el caos, el ruido, el afán de los autos y luego, el silencio del camino, la más bella constante. La idea era llegar hasta un pueblito llamado Paracas, parar un par de horas, proveerse de víveres para los días en la playa y seguir, pues de allí solo 12 kilómetros nos separarían de nuestro paraíso, pero uno no sabe cuando el infierno toca a sus puertas, siempre ardiente, acechante.

Tomando la panamericana hay que hacer un desvío para llegar a Paracas, justo en ese desvío nos detuvimos para comer algo. Íbamos felices y tranquilos, la cercanía con el mar lo propiciaba. El camino a Paracas era una apacible recta y como hace un buen tiempo no lo hacíamos, dada la soledad y tranquilidad del camino, me puse al lado de mi compañero para ir conversando mientras pedaleábamos, esta es una de las cosas más placenteras del recorrido. En la panamericana es impensable hacer eso, es por esto que veníamos tranquilos disfrutando los pedales y la conversación. Ya no recuerdo lo que veníamos hablando, solo que lo disfrutábamos y entre risas y recuerdos todo cambio en un segundo.

La carretera era angosta y absolutamente desolada, a cada tanto pasaba un auto que te veía a kilómetros y podíamos hacernos a un costado o el tranquilamente pasar a nuestro lado, pero ahora no fue así. Como esas cosas, que pasan en un segundo, como un mal sueño, un mal rato, una camioneta rompió el encanto del momento y por muy poco alguna de nuestras vidas. Recuerdo varias cosas, como flashes. Hay un ruido y una imagen. El ruido, el tremendo rechinar de ruedas producto de un frenazo justo detrás de mis oídos. La imagen, el cuerpo de Juan volando por los aires junto con sus alforjas y otras pertenencias. Luego el silencio y de nuevo el ruido, el aturdimiento. Increíblemente no me había pasado nada.

Me encontraba unos metros más adelante y solo un par de objetos se habían desprendido de mi bicicleta, pero Juan estaba levantándose del piso, con algunos raspones, un poco de sangre y todas sus cosas tiradas al lado de la carretera junto con la bicicleta. Mi compañero rompió en improperios contra el agresor que se encontraba más asustado que nosotros sin saber qué hacer. No sé de qué manera en estas situaciones apelo a una calma que no tengo. Al verme sin heridas y ver que mi compañero se encontraba vociferando y hasta brincando de la rabia supe que todo estaba bien, por lo menos no habían huesos rotos y estábamos con vida, más allá de que nuestras compañeras hubieran sufrido.

Tenía que ponerlo todo en calma, tanto a mi compañero que hervía de la rabia; y no era para menos, como ponerme al tanto del sujeto que nos había hecho el daño. Como se sabe, esta clase de sujetos tienden a huir y era precisamente eso lo que quería evitar. Por suerte el hombre quería colaborar. Iba acompañado por una chica que parecía ser su pareja, no se sabe si la oficial, a pasar un fin de semana en la playa, en el carro de la empresa, era esto lo que argumentaba. Nosotros nos encontrábamos alterados porque vimos truncado nuestro sueño, sin bicicletas no habría nada que hacer, era eso en lo único que pensábamos. Hacíamos cuentas de los posibles daños y asustábamos al agresor con números de lo que debía pagar.

Por mi parte como la cabeza fría de la situación resolví que debíamos ir al pueblo, sentarnos, evaluar conscientemente los daños y arreglarlo con una suma de dinero que el hombre aquel accedió a pagar. Así nos encontramos entonces en Paracas con averías en las parrillas de nuestras bicicletas; nada considerable, y una alforja de Juan bastante averiada. Con unos soles de más en el bolsillo tuvimos que quedarnos esa noche en el pueblo para poner a tono a nuestras compañeras, calmarnos por tremendo impase y tomar aire para continuar al día siguiente.

Salir al camino al otro día tenía otro tinte y desde allí las cosas no volverían a ser iguales. Cada proximidad con un auto nos alteraba, el rugir de los motores de esos autos inmensos era como el rugir de un gran dinosaurio que nos sacaba del camino. Por suerte íbamos a la playa a olvidarnos de todo y el mar hizo lo suyo. Lagunillas se llamaba la playa y era uno de esos lugares donde llevan a los turistas para que paguen altos precios por un plato de pescado. Por supuesto nuestras dos carpas eran las únicas que pernoctaban allí. Solo estaba la extensión del océano y la tierra. El día pasaba supremamente lento, con esa lentitud que da la tranquilidad. Los pelicanos y gaviotas se disputaban los peces que traían los pescadores, esos que abastecían los 3 o 4 restaurantes que daban de comer a los turistas, nosotros teníamos nuestros fideos y sopas. Aunque uno de esos días que pasamos allí, mi buen amigo Juan se aventuro a pedir algunas conchas a los pescadores y como si nada una gran bolsa de ellas nos fue entregada, comeríamos unos fantásticos fideos marinos ese día. Volvía a encontrarme con la belleza de las barquitas de pescadores y me siguen fascinando como siempre. A la tarde se juntaban todas y quedaban estáticas mecidas solo por tímidas olas, algunas se alineaban como cuidándose, otras se juntaban de a dos, había las solitarias mirando al horizonte y otras acompañadas por pájaros en su proa, todo enmarcado por la caída del sol.

De cara al pacifico.



El olor de la sal en la distancia. El profundo llamado de una ola. El arrebatador embrujo del océano. Fuera de Arequipa existía para mí eso y cada nuevo pedalazo proponía llevarme a él. Dibujaba el mapa una fina línea roja que desembocaba al pacifico. Un solo objetivo. Más que avanzar, volver al mar.

La salida de la ciudad no pudo ser mejor, cuando el camino te regala viento a favor y un descenso largo largo que se prolonga entre kilómetros y minutos. Entre verde y café se pintan las montañas que luego con el correr del camino darán paso a la dinámica de la aridez y lo rocoso que ponderara por un buen periodo de tiempo. Pero poco importa, estoy en movimiento perpetuo bajo los cielos peruanos y la santa soledad del camino me acompaña. El enfrentamiento con la nada. La cuesta que rompe la placidez de la bajada, una cuesta empinada que fustiga con el sol que impera en lo alto. Justo arriba como premio de montaña, una de las ruedas de mi compañero pincha, yo lo noto desde atrás, como disminuye el aire y nos detenemos en la cima. Mientras mi paciente amigo hace lo suyo, yo soy una libre de las montañas, brincando entre las rocas. Hay arriba una vista inmejorable, un valle con una tenue bruma y un horizonte donde se dibuja la cordillera que caracteriza a este país. Picos blancos abrazando los cerros.

La aridez se ve cortada por un pequeño pueblo que como una esponja traza una fracción de verde sobre las montañas de arena. Es la vid, la uva que arma su trinchera en estas rutas para dar paso al nacimiento del pisco peruano, bebida milenaria. Y en este pueblo donde los gestos de bondad se alzan como el astro rey. Ni bien hemos puesto las bicicletas a la entrada del humilde restaurante que anuncia almuerzo casero, un hombre levanta su voz para decir: Yo invito. Es así como nos vemos con un grupo de comensales, al amparo de los alimentos compartiendo la vida. Tenía que ser un fanático de las ruedas el hombre que nos invitara al almuerzo, tenía que ser una persona que sabe de pedales y los disfruto en su momento tanto como nosotros el que nos dejara sentar a su mesa. Cultivador del campo, de estos campos que se creyera no dan más que fragmentos de polvo, nos cuenta que no, que la cosa no es así, que pisamos una tierra fértil si se la sabe tratar, él cultiva Palta, aguacate como le llamamos en mi tierra y se asombra que este alimento brote por aquí en compañía de la uva. Sabios los que saben hablar con la tierra. Conocedor este hombre de caminos, nos ilustra un poco con lo que nos encontraremos, sin embargo toda descripción es poca cuando se corre el telón y pasa uno disfrutando la función del paisaje.

Y el camino es así, casi tan impredecible como el hombre, pero con menos conflictos. Una recta lo bastante extensa como para preguntarse si habrá algo al final de ella es cortada con una inesperada bajada, como caer a un foso sin fondo para luego tener que remontarlo y encontrar su salida. Se ha ido la tarde que presagia la noche y con presteza buscamos refugio en el campo, una especie de potrero es la casa. Entre el mugir de las vacas y el canto de los grillos cae el día.

Ha vuelto el verde y con él su frescor. Hoy es un día para pedalear dejándose llevar por el viento que sopla en dirección al mar, al vasto océano pacifico. Ni esa enorme cuesta que apareció kilómetros antes diezmo las fuerzas para ir en búsqueda de él, no es tan plano este camino de la costa como lo pensaba. Pero por supuesto, todo lo que sube, tiene que bajar y luego bajamos o más bien nos desprendimos, nos descolgamos desde lo alto sintiendo más cerca el rugir de ese monstruo hecho de agua. Hace rato que no lo veía, como a un viejo amigo que no lo ves en mucho tiempo y que entonces das la vuelta a la esquina y está ahí, recibiéndote con un abrazo como si el tiempo no hubiera pasado. Este, el del mar, es el más inmenso de los abrazos, un abrazo de sal que hueles en la distancia y unas juguetonas olas que son el saludo en movimiento. Ahora se suma este compañero de viaje y yo solo atino a decir como siempre, robándome las palabras de Lautreamont: “Te saludo viejo océano”.

Con la felicidad que proporciona este tipo de encuentros vamos buscando una morada y las playas desiertas de este pueblo fantasma resultan el mejor refugio. Después de un desabrido almuerzo, el más incipiente que se pueda ingerir ya que es inadmisible comer unos malos fideos al lado del mar por precios ridículos, recorremos unas calles donde la vida se ha detenido.

Pienso en el término del cual gustaba el viajero y escritor Paul Theroux, “temporada baja”, y entonces me parece que la vida se vive en temporadas y que hay algunas mejores que otras. Rimbaud planteo una terriblemente bella, en el infierno, que da título a uno de sus magníficos libros. En estos sitios que viven de la gente que los visita en sus lapsos de sol o nieve según sea el caso las temporadas bajas son tiempos muertos. Por aquí se pasea el fantasma de la algarabía que traen los forasteros, en las fachadas de restaurantes con puertas clausuradas se leen borrosos los exquisitos menús que ofrecieron, las campanillas de los hoteles solo las mece el viento que circula en la playa, en el aire hay una tonada de las discotecas que llenaban con su estruendo las calmas noches, pero un empecinado hombre vende productos de panadería paseándose por la fantasmagórica playa.

En esa temporada baja, la vida tiene un respiro y se deja escuchar el mar en toda su extensión, se come uno la ilusión de los menús que no probará y hay que deleitarse con el vacio en la arena. Como si todos durmieran un larguísimo sueño las casas cerradas no se abrirán hasta que suelten la jauría que volverá a llenarlo todo en la temporada alta, gracias al cielo esta no lo es. Con el permiso que nos da la soledad de estas playas armamos cómodamente campamento en ellas y un cansancio que va de la mano con la alegría de la mar nos duerme.

Luego vendrían una sucesión de pequeños pueblos al lado del mar. La constante de este camino la marcarían dos factores, de un lado la admiración por pedalear observando las vastas aguas del pacífico, ese gran pacífico que no cabía en ningún lugar y que dejaron frente a la ventana del poeta Neruda como a él le gustaba decir y que ahora se desparramaba por todas partes y de otro en lo concerniente al camino mismo. Veíamos una línea dibujada al lado del mar y pensamos en una llanura, pero no fue así. Por momentos, aparecía una cuesta que se empinaba hacia una montaña de arena y roca alejándonos de la mar, luego el sol hacia lo suyo cuando se encumbraba en lo alto y hacia difícil la jornada. Fueron días de pocos kilómetros, de mucho esfuerzo y de una gratitud infinita. De pronto te perdías por un par de horas llegando a la cima de una montaña y luego el azul de las aguas saludaba desde arriba para luego dejarse acariciar por el viento, el viento que en este caso corría a nuestro favor. Por momentos cuando nos deteníamos a descansar y una fruta calmaba el hambre y la sed nos alegrábamos de estar a su favor, pensábamos en los viajeros que podrían venir en su contra y entonces el camino no les sería tan favorable.

Algunas poblaciones se alejaban de la orilla y había que ir hacia dentro a buscarlas, de repente un campo de cebollas y un pueblo, otro fragmento de verde que concuerda con el azul del mar. Noches en coliseos deportivos en Ocoña con el eco de nuestras voces y el hervor de unas verduras, días en estaciones de policía en Atico en los que vuelves a estar de cara al mar y en las noches el viento golpea las carpas mientras en la playa reposan las algas al sol.

Hacemos otros tantos kilómetros peinando las montañas de arena que parecen helados que el viento saborea creando un reflejo de las olas que ve en el mar, se miran, se observan, el mar y la arena. Hay que mirar de soslayo esas inmensas dunas ya que el reflejo del sol golpea fuerte en los ojos. Por otros instantes todo desparece y hay un fino hilo de asfalto que se pierde en la nada, por allí van nuestras ruedas como único testigo, son muchísimas horas de viento. En un descenso parece que llegáramos al paraíso. Primero un pueblo pesquero deja sus barcazas descansando a las orillas para que nos saluden junto con un refulgente sol en esa paz de las primeras horas de la tarde y luego unos pasos más adelante un par de hombres, esos que comandan las barcazas nos estiran la mano a nuestra llegada con unas cervezas frías. No nos conocemos pero eso aquí no importa. Sin más remedio que detenerse y disfrutar se nos pasan unos buenos minutos allí, justo a la entrada del pueblo. Ese recibimiento basta para que la tarde se vaya tranquila en Chala, que volvamos a encontrar resguardo en la ley y descansemos para seguir avanzando al día siguiente.

El pacífico sigue inabarcable a nuestra vista y los hilos de asfalto se pierden cada vez más, poca vida hay por estos parajes, algún parador a la vera del camino, poblaciones más pequeñas calman nuestra hambre para poder seguir con la jornada. Insospechado pueblo de Yauca con sus olivares. Luego y como para seguir fieles a lo planeado en el comienzo del día vamos buscando el siguiente pueblo, Lomas, pero este se nos va escurriendo en una potencial tangente que parece nos alejara del camino correcto, pero así es la geografía. Más bien es el camino buscando a la mar. En este escondido pueblo tan diminuto ya apartado no hallábamos morada, hasta que la municipalidad volvió a abrir sus puertas. Una vieja casa, venida a menos fue refugio y la amabilidad de una señora que vendía “Picarones”, ciertas frituras bañadas en miel, nos permitieron un postre antes de ir a la cama. La casa estaba vacía, olvidada, antes servía para las vacaciones de los pequeños del pueblo, talleres, actividades se desarrollaban allí, ahora el polvo era el dueño y señor, un tanto lúgubre nuestra morada, pero al fin y al cabo una casa, un techo.

Veníamos de unos días nutridos por el mar, de pedalear casi sin descanso, pernoctar, seguir, pernoctar, seguir, por olvidados pueblos y el cansancio se hizo presente al día siguiente, el cuerpo habló. No podríamos llegar a nuestro próximo destino por nuestra cuenta, lo intuimos cuando nos levantamos, sin embargo tratamos de hacerlo yendo al camino y una vez en él, entre el aletargamiento de nuestros músculos y la cara gris de ese día, levantamos nuestro dedo para que un camión se detuviera, para nuestra sorpresa esto se dio de inmediato, dimos un salto a su interior y de esta manera llegábamos a la ciudad de las líneas, las de Nazca.




jueves, 2 de diciembre de 2010

Arequipa o el hilo del recuerdo.

Dentro del bus unas mujeres con sus trajes típicos; aunque esta vez predomine el negro, tejen y sin despegar sus ojos de las agujas hacen bromas y conversan animadamente. Afuera voy adivinando el panorama que se presenta de una aridez y soledad abrumadoras. Es un pequeño punto que se mueve en medio de la nada este transporte. Voy jugando sobre cómo pudo haber sido este trayecto en la bicicleta, eso siempre pasa cuando debo tomar un transporte que no sea el de mis dos ruedas. Pensaba en la posibilidad de haberlo hecho en ella o no, entonces cada cuesta es un descanso y la desolación una batalla que se ha ganado sobre esta decena de ruedas.

No pasa mayor tiempo sobre este desvencijado bus que quien sabe cuántas veces habrá hecho este mismo monótono trayecto y ya voy entrando a la blanca ciudad de Arequipa. Aquí me asalta el recuerdo de la juventud, no vengo a conocer, vuelvo a reconocer. Hace diez años con todo el candor de mi juventud, una mochila al hombro y la compañía de un gran amigo veníamos dando desprevenidos saltos hasta esta parte del continente, este en aquellos tiempos fue nuestro punto más lejano, nuestro desparpajo no nos permitió llegar más lejos, en esta ciudad hicimos cuentas que nuestro dinero no daría para recorrer un país más. Llegada esta pues a esta, ciudad de gran significación para mí, con ella cerraba un ciclo, completaba Suramérica, ya podía decir que le había dado la vuelta, pero el viaje no termina, el viaje nunca termina. Aquella vez con mochila y menos años, ahora con bicicleta y más kilómetros.

No atinaría a decir si todo estaba igual o se encontraba diferente. La ciudad era un vago recuerdo, yo tenía que ir identificándola de nuevo. Después de la aridez del camino a la entrada de la ciudad una porción de verde, unos sembrados desconocidos refrescaban el paisaje, luego adentro la ciudad antigua y la nueva se confundían. Sin vacilar había que ir en búsqueda del centro, no contaba esta vez con una posada solidaria y tendría que vivir de nuevo la urbe desde los hoteles de paso con su encanto especial. Siempre he dicho que me gustaría vivir algún fragmento de mi vida, periodo corto de tiempo en algún cuarto de hotel, no sé que tipo de hotel, cualquiera, desde una humilde pieza, esos hoteles tan chicos donde el portero termina sabiendo tu vida, hasta los grandilocuentes donde eres solo un numero de cuarto. Me gustaría tener que ir en esos chicos siempre al restaurante de la esquina a buscar la comida, donde llegue y me conozcan, ubicarme siempre en la misma mesa con horarios casi fijos, hasta estar en esos donde el servicio al cuarto de la posibilidad de no salir si se quiere uno quedar y ver el mundo solo desde la ventana o el balcón si así lo permite. Me parece que por los pasillos del cuarto de cualquier hotel pasa toda la vida, vienen todos con su mundo de trabajos, de viajes, de penurias, de amores al vuelo y las habitaciones son guaridas para escapar, no son refugio como lo puede ser un hogar, la esencia de un viaje de un viaje se completa en un cuarto de hotel cuando se abre la maleta adentro de él y te das cuenta que ahí está la vida entera y además de que esta vida es prestada, alquilada en este caso, que poder ejercen esos cuartitos para mí.

Ahora bien, hablando de instalarse, buscar ese refugio, albergue, posada, hotel, motel, hostal, tantos nombres y solo uno. Qué momento placentero esa incertidumbre de cual será nuestro espacio. Es como un anaquel de pequeñas casas, un desperdigado anaquel de fachadas que hay que ir descifrando y cuando tus pesos son pocos descartar y descartar. Si hay una calcomanía de máster card o visa en la puerta, olvídalo, no es para ti, de seguro vendrá con desayuno incluido, pero eso será en otra ocasión, es como si tuvieras que escoger la mujer con la que vas a pasar la noche, para aquellos que las buscan, entre un ramillete de doncellas de saldo y esquina como dice Sabina. Te vas por la más recatada, la de maquillaje caído y desdibujado, la que no sobre sale sobre las demás, la que se junta con sus compañeras y no destaca. Entre callecita y callejuela vamos encontrándola y como dije antes su fachada sin pretensión nos abre las puertas.

Paredes rayadas por los amantes que las habitaron, pasillos oscuros y estrechos, una mosca que se quedo atrapada y no puede salir de allí pues no hay ventanas y torpe se golpea contra las paredes del desespero, tenemos compañía y un televisor en lo alto iluminando de imágenes vacías las cuatro paredes, ese es nuestro palacio. El baño queda afuera y es amplio, como olvidado, aparte, bien aparte, una escueta cortina que no abarca la inmensidad de la bañera, la vieja bañera y un chorrito que cae como desde el cielo en un hilito de agua, todo lo necesario para volver a la vida.

La ciudad blanca la llaman, Arequipa, un cielo azul donde es posible ver cóndores que esta vez no se dejaron ver. Blanco el cielo también, blancas las paredes de bloques macizos, antiquísimos, bloques con inscripciones, filigrana de cemento, en cualquier pared, en cualquier fachada, el hombre escribiendo sobre su morada, un territorio marcado. Mucho más significativa la de las iglesias, las innumerables iglesias desperdigadas por toda la ciudad. Su frente cubierto por escudos, rostros, frases en latín recordándonos el yugo español, el poderío esclavista de su palabra, sus imágenes queriendo tocar el cielo.

Pero la ciudad es mucho más que esas iglesias de belleza ancestral, son sus calles de piedra también, blanca piedra curtida por el paso del tiempo, las letras de quienes la toman por papel, pasillos que en la noche son iluminados por faroles. Vagamente me llegaba la imagen de aquella noche de una década atrás, nunca pude identificar con exactitud donde fue que estuve, problemas de alcohol y me memoria claro está. Se encoge la ciudad al darle vueltas y más vueltas, el centro está en cualquier parte y adivina uno si ya paso por aquí o no. Los arcos de la plaza en el parque son altísimos, uno detrás de otro dibujan un circular túnel a su alrededor por el que discurre un número considerable de turistas indagando como siempre por lo que hay que ver. Por curiosidad morbosa preguntamos por cierta excursión turística, el valle del colca esta vez y entonces claro, el discurso de siempre, de vendedora paisajística: el bus los recoge a, hace una primera parada en, estaríamos visitando tal, a eso del medio día tiene usted la posibilidad de, ya en horas de la tarde nos estaríamos acercando a, tiene usted la posibilidad entonces de, allí podrá apreciar a o b, con la posibilidad también pagando una cuota extra de ir a c y conectar con d en una viaje de aventura, para luego de varios días u horas dependiendo de su tiempo y posibilidad económica, llegar a casa y conocer el lugar por medio de las fotos o videos que logro usted captar. Gracias señorita ha sido usted muy amable, veremos las fotos por google imágenes o buscaremos la información por wikipedia o lo que es mejor, empezaremos a ahorrar para un próximo viaje.

Vámonos a tomar un pisco le digo al Juan. Ya ha caído la noche y hay que iluminarla con algunos tragos, saludar a este nuevo país con su bebida, que mejor homenaje, ancestral bebida hecha de la uva, diáfano trago que es disputa entre chilenos y peruanos. En las calles se escuchan voces, muchas, diferentes voces, discordantes voces de todas partes. Por esta temporada parece que hubieran soltado a todos los franceses posibles y hubieran escogido como destino común Suramérica, uh la la, cest la france. También y como una plaga nuestro acento colombiano no es ajeno y esa tonadita revolotea en el aire. No sabíamos porque, pero veníamos huyéndole a ella, corriendo de la compañía de la patria. ¿Por qué?, le pregunte al Juan, porque hacemos esto. Bien, decidimos abrirnos, no al mundo, al mundo hace rato nos habíamos abierto, abrirle la puerta a los nuestros, volver a ellos. Nos dijimos que de encontrarlos departiríamos con ellos y así nos lanzamos a la calle para conversar con la ciudad, ver su mejor cara de noche en la compañía del pisco.

Entrada la noche, disminuido el pisco y con las luces mas centellantes divagábamos en busca de un no sé qué. Comíamos un buen plato de chaufa, ese arroz que da cuenta de la mixtura de orientales en el país de los incas. Plato de arroz abundante y generoso que se ve en toda la extensión de esta nación. Entraba el espíritu burlón de la música, invitaba con unas notas que cantábamos y empezamos a buscarla y no la encontramos, ella nos encontró a nosotros. Venida de una guitarra, de cuatro sujetos y una chica, venida de un rincón de la calle, venida desde Colombia. Si, habíamos invocado la patria y ella tan buena en su infinita misericordia nos trajo algunos de sus hijos. Con esa ebria tonada inconfundible le hicimos un guiño e inmediatamente respondió y de la mejor manera que sabe hacerlo, con una copa en la mano, que patria ebria tenemos. Rasgando la guitarra con clamor nos fuimos instalando en una cera de cualquier calle en construcción y se junto la bulla y la algarabía de un país. Discurría de mano en mano las copas de trago barato sin identificar la calidad de él. Tonadas de la tierra que solo serían cantadas en esas circunstancias se entonaban con un impresionante júbilo.

La noche se diluyo sin saber cómo en otra posada que no fue la nuestra, la patria seguía cantando exacerbada, se estrechaban los abrazos, se levantaban las voces, tanto como para que fuéramos arrojados de allí, y tener que volver al cuarto de hotel, dulce hotel.

Arequipa volvió a ser lo de antes, casi lo de hace diez años atrás, lo cual quiere decir que no he cambiado mucho. Pero todavía nos faltaba una ciudad por conocer, con la lentitud y el paso tranquilo que debe hacerse. La excusa para caminarla fue buscar un mapa de Perú que hasta el momento no tenía. Me había estado moviendo con pedazos del que traíamos del país anterior.

De una librería a otra iba preguntando por el mapa que no aparecía, así dibujaba el mapa de Arequipa. En ese andar tope con el mercado central, ese lugar donde siempre se puede uno perder horas entre sus particularidades, de puesto en puesto. Entre hortalizas miles, carnes, trozos de pollo sobre la blanca loza, mariscos y la rareza de los anfibios colgados sobre un hilo, así como se lee, pequeñas ranas secas pendiendo en el aire como un exótico manjar, del que hasta jugo sacan, el letrero reza: Jugo de Rana, allá ellos. La fila de mujeres que venden jugos naturales, bendito trópico que calmas nuestra sed con papayas, fresas, maracuyá, carambolos, moras, mangos, piñas y cuanto fruto brota de estas sagradas tierras. Mas allá el sector de las comidas donde hay que ceder ante un ceviche, es imposible no detenerse y dejar que una de esas mujeres ponga un plato ante ti. Ese pescado marinado con jugosos limones, pedazos de algas, morada cebolla, picante por doquier, batata dulce, frijol, todo, todo en un solo plato y además, una refrescante chica morada para calmar la sed.

Pudimos encontrar el mapa que mostraba en toda su extensión al Perú, volví a recordar a Graham Green con aquello de que “no hay mejor materia para un sueño que un mapa”. El ultimo y dada la laboriosidad de mi compañero de viajes nos dimos a la tarea de acicalar un poco a nuestras compañeras de viaje, en una pequeña terraza de nuestra posada y con el amparo de un radiante sol, hacíamos esas tareas propias de la errancia, lavar algunos ropajes, limpiar, poner todo en orden, hacer algunas compras como combustible y víveres para enfrentar lo que faltaba de camino, que no era poco. Así volvíamos al camino alejándonos de Arequipa y su estela de recuerdos.