Lo que yo quiero decir es América Latina...

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lunes, 12 de abril de 2010

Puerto San Julián – Ushuaia. Etérea crisis a la llegada del fin del mundo.

Me había tenido que quedar en ese perdido camping de Fitz Roy un día más. A la mañana cuando abrí mi carpa el panorama era bastante desalentador para salir al camino, un horizonte absolutamente gris lo congelaba todo.

Al día siguiente partí, con una meta en esos puntos que te plantea el mapa. Una estación de servicio quizá, una posada, un hotel, cualquier cosa y el frio que no me soltaba. Balanceabase mi bicicleta por efecto del viento, como un pequeño barco en medio de la mar. De nuevo la mente en blanco y solo pensar en poder avanzar haciendo jornadas impensadas, no hallaba lugar y el panorama comenzaba a ser desalentador por el cansancio y el infinito horizonte. Sin mayor remedio tuve que volver a recurrir al aventón, era pasar tres días a merced del viento o tratar de avanzar. Tengo que reconocer que me veo un tanto derrotado cuando tengo que montar mi bici sobre un carro, siento que pierdo el paisaje debajo de cuatro ruedas pero no hay más opción, el viento habla y así es, es el soberano de estas tierras. No es difícil que alguien te lleve, los mismos carros saben lo duro que es transitar por esta zona y no te dejaran perdido allí. Las camionetas pasan raudas y cortan el viento. Me veo sobre una de ellas yendo hacia San Julián.

En puerto San Julián me abre las puertas una familia que amasa sueños. La Panadería La Pancha es su negocio hace veinte años, entre panes y repostería exquisita esta familia me da la bienvenida. El día que llegue conté con la suerte de probar una de las delicias de esta tierra, el famoso cordero patagónico. Un asado familiar con amigos y demás era mi bienvenida. Las brasas van cocinando el animal que abierto va soltando la grasa que lo protegía del frio y ahora hace las delicias para nosotros. Es el momento justo para conocer a la familia. El negro, Natalia, su madre y un numeroso grupo de gente se reúnen alrededor de la mesa y no me siento extraño. Por aquí pasan viajeros que acogen de la mejor manera, inclusive meses atrás paso otra ciclista amiga mía de suiza que viene andando el mundo. El Fernet con coca y los aperitivos previos corrían como corría la charla para conocer a esta maravillosa gente. En la noche en medio de la conversación ocurre un hecho maravilloso, se va la luz, entonces aparecen las velas y seguimos conversando mirándonos las caras en la bruma, nada se detiene, todo continua.

Fueron días tranquilos en puerto San Julián, días de descanso donde el sol volvió, una mujer de la panadería dijo que yo lo había traído y tal vez sea así, yo vengo de la tierra del sol y lo llamo para que venga, ahora quería que estuviera con nosotros. Todos los días me levantaba con ese majestuoso olor a pan, siempre me ha parecido bella la labor de quien amasa el pan, esa comida tan legendaria, humilde y que nunca falta en la mesa. En las tardes me paseaba por la panadería para llevarme algunos biscochos y tomar el algo o la leche como la llaman aquí.

En el puerto tuve la oportunidad de conocer algo que me dejo maravillado. En este punto, muchos muchos años atrás anclo un barco especial. Fue la Nao Victoria, comandada por el navegante portugués Fernando de Magallanes. El primer hombre en circunnavegar la tierra. Aquí comenzó el mito patagónico que dio nombre a todas estas tierras. Los patagones, el estrecho, la fauna, todo adquirió el nombre de este hombre. Hay una réplica exacta de la Nao y yo la tenía que conocer. No puedo explicar la emoción que me dio cuando conocí el barco. De alguna manera Magallanes fue un motor para mí, para hacer lo que ahora estoy haciendo. Ese aventurero se lanzo al mundo para buscar un paso entre las Américas y el pacífico pasando todo tipo de penurias. De hecho su barco anclo cinco meses en este punto y por eso el homenaje de hacer una réplica de la Nao. Allí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado, la Nao Victoria, la única que retorno de tamaña aventura. Con sus hombres a bordo, sus toneles de provisiones, su proa, su popa, sus velas que la llevaron a recorrer el mundo entero. Allí estaba el mito que seguí y leí por tanto tiempo para llenarme de valor y a mi manera recorrer el continente. Tenía que transportarme al momento en que la Nao estaba activa y sentir el temor y la alegría que sentían aquellos hombres que la habitaron siglos atrás. Allí no estaba anclado un barco, estaba anclado el sueño de un hombre y yo bien lo entendía. Ese fue el gran regalo que me dejo Puerto San Julián.

Pero la Patagonia no terminaba para mí y había que salir a remontarla, saber si el viento me permitiría continuar mi aventura como se lo había permitido a Magallanes hasta ese punto. Con un camino tremendamente agotador de subidas y bajadas, curvas cobijadas por el viento pude llegar hasta Piedra Buena y anclar en la isla Pavón. Un camping bien equipado fue mi refugio por un par de días. En verdad era una pequeña isla y allí fui soberano. El Río Santa Cruz pasaba por sus riberas y sentado en confortables sillas a su lado pensaba en todo lo que había hecho hasta ahora. Veía caer la tarde y como el cielo se llenaba de colores, nada como un atardecer patagónico de los más variados colores. Un rosa que llena el cielo en diferentes tonos y luego un naranja cuando el sol se apaga. Fumaba mi pipa y pensaba en el futuro, en la gente que iba dejando atrás, en los que se habían robado mi corazón, en este camino que todos los días me planteaba un nuevo desafío, en lo que faltaba por conocer, me sentía con fuerzas pero también con una nostalgia terrible, eso hacen los bellos paisajes, esa es la saudade de la que hablan los portugueses.

Fui al pueblo para conocerlo, acompañado por mi compañera de dos ruedas que también es curiosa como yo y pide que la lleve a todos lados. Piedra Buena está llena de murales hechos por artistas de la región, estos adornan sus avenidas y todo en la ciudad es pulcro, hasta los cestos de basura están adornados con peces de madera, truchas que pululan por sus ríos.
Al día siguiente trate de avanzar lo más que pude, solo logre hacer 40 kilómetros, ya lo he dicho, la palabra la tiene el viento y esta vez como en ocasiones anteriores me frenaba en seco y no me dejaba avanzar. Un aventón más, simple recorrido en automóvil, esta vez en la parte de atrás sintiendo todo el poder del viento que no te dejaba mover avance hasta la ciudad de Rio Gallegos.
Rio Gallegos es la meca del viento, en ninguna otra ciudad sentí su poderío como en esta. Hasta para transitar caminando se torna difícil la situación. Me han contado que en ocasiones las ráfagas alcanzan tal magnitud, que tienen que poner lazos para que la gente se prenda de ellos y pueda caminar sin ser víctima de él. Mientras esperaba a mi anfitriona que me iba a hospedar tuve que resguardarme en una esquina porque ese día como otros rugía ferozmente. Al interior de las casas puedes sentir su poder, sientes como golpea en las ventanas y silba como un desesperado, miras los arboles como resisten los embates y algunos ya tienen la marca de la dirección en que normalmente sopla, se han inclinado a merced de la naturaleza. Mi anfitriona, Mónica es una mujer que gusta de la bicicleta, junto con un numeroso grupo de amigos formaron el equipo de ciclo turismo Koyen Aike, que significa lugar del viento. Ellos lo conocen bien, pero cada vez que pueden y quieren salen a desafiar al viento sobre sus bicicletas recorriendo la región y sus alrededores. Fue interesante compartir con ellos y conocer sus historias sobre ruedas. Me contaban que tranquilamente cuando el viento a estado a su favor, en terreno llano han podido alcanzar velocidades de 70 kilómetros por hora, esto para una bicicleta es una locura, debe ser exactamente como volar, desplazarse sobre el pavimento. Caminando por su costanera sientes el poder del viento cuando te dejas ir hacia atrás y el te sostiene, caminas en su contra y es como estar arrastrando una pared.

De esta ciudad partí con una alegría inmensa pues me debía internar en la isla de Tierra del Fuego, cruzar una frontera, pasar por ese pedacito de Chile que comparten con Argentina, cuestiones de la geografía. Hace mucho rato no cruzaba una frontera y para mí siempre supone una especie de pequeño triunfo remontar una. Agradezco andar en bicicleta cuando paso una frontera, nunca tengo mayores inconvenientes como si los tienen los que viajan en bus y tienen que descender, mostrar su equipaje y demás. A mí solo me sellan el pasaporte y ni se fijan en la bici. Primero sellas la salida de Argentina, luego cambias de sala y ya estás en tierras chilenas. Un cartel te anuncia la llegada y como es habitual te insertas por parajes solitarios en el nuevo país. Tenía que hacer unos cientos de kilómetros, cruzar el estrecho de Magallanes y luego volver a tierras argentinas. El objetivo de este día era otro de esos parajes que moría por conocer. El estrecho de Magallanes, el sueño de aquel Fernando, del navegante. Lo primero que comí en tierras chilenas fue un plato de lentejas en uno de esos restaurantes perdidos en la nada. En chile gustan del picante, así que bienvenido, soy bueno para él. Con ese calor en el cuerpo me fui al estrecho, cada vez me acercaba más y de pronto, luego de algunas horas apareció.

No sé cuantos viajeros desprevenidos pasan por este punto sin saber qué es lo que están cruzando. El punto se llama primera angostura, es como su nombre lo indica la parte más angosta del estrecho. Habría que imaginar a aquellos hombres viendo por primera vez el paso que tanto estaban buscando, debió haber sido como la luz que vez al final cuando estas cruzando el túnel. Ahora un enorme ferri te pasa de lado a lado, son solo veinte minutos atravesándolo. Cuando llegue, el ferri salía inmediatamente, no me dio tiempo de digerirlo, estaba por fin cruzando el estrecho de Magallanes. Me vi sobre aquel enorme aparato cruzándolo, deje mi bici instalada y subí a ver el paso, no lo podía creer, fue uno de los momentos más emotivos de todo mi viaje. Hubiera querido que el ferri demorase más tiempo en cruzar, sentía que iba demasiado rápido. Me vi del otro lado, ahora con tiempo de observar este mítico paso. Me tome el tiempo para observarlo y pensar un tanto en Magallanes. Lo bueno de todo esto es que debía pasar una noche allí así que tenía más tiempo para digerirlo. Solo hay un restaurante del otro lado y conté con suerte para instalarme. Había un puesto de gendarmería abandonado y a su lado un par de casitas que fueron mi refugio. Me instale con la maleva y fui a comer. Otro regalo con buena comida para celebrar el paso. La tarde se fue lenta mientras comía y pensaba en el estrecho. Un letrero gigante te avisaba que entrabas a tierra del fuego.

Desde este paso ya empezaba a pensar en una de las metas más deseadas de todo el viaje: Ushuaia. El camino de hoy me iba poniendo en ruta. No sabía lo que me esperaba. Era una paradoja pero con más de 16.000 kilómetros andados era poco lo que había hecho por carretera destapada en esta Latinoamérica que muchos piensan rural y el día de hoy tenía ese planteamiento. No quería creer lo que me había dicho lo mujer en el restaurante, tenía que sortear 100 kilómetros de ripio. Este día me proponía hacer solo la mitad pues ya había cumplido con lo del día. Podría decir que desde este punto empezaron para mi ciertas enseñanzas que hasta ahora el camino no me había dado. Cada viajero tiene su estilo propio de moverse. Yo viajo bastante ligero de equipaje, en la mañana como algo y espero para llegar hasta un punto para volver a comer, por suerte siempre encontré algo, para mí el continente no resultaba tan inhóspito como muchos de afuera piensan. El sur y sobretodo esta parte está plagado de viajeros que quieren conquistar Ushuaia, ya sea en moto o en bicicleta. Europeos, Canadienses, Australianos en su mayoría. Yo contaba aquel día de camino de ripio esperar un pueblito donde parar a comer pero esta vez no resulto. Me vi en medio de curvas pedregosas con una casita de lata puesta por quien sabe qué mano sagrada para pasar mi noche, un paquete de galletas y dos botellas de agua, de pronto y no sé de donde detrás de mí apareció otro ciclista, un canadiense, de estos que andan lo suficientemente equipados como para llegar a la luna, con todos sus buenos jugueticos de camping que impresionan a cualquiera. Ese día fui aprendiendo, después de tanto tiempo, que no viene mal llevar un tanto de comida extra. Aquel hombre salvo mi estomago ese día. Compartimos algunas experiencias de viaje y dormimos viendo guanacos saltando afuera de nuestra casa.

El otro día no traería buenas experiencias para mí. Desde el despertar ya se anunciaba lo que sería un día negro. La bici estaba pinchada. El frio calaba los huesos y había que empezar a repararla, ya ese acto se robaba las primeras energías de la jornada. Es bastante desalentador despertar así. Mi compañero de viaje viendo mi lentitud en cambiar la rueda, me dijo sabiamente; yo lo entendí, Jaime tenemos ritmos diferentes de viaje, yo debo seguir. Así fue. Volví a quedar solo en aquella casita reparando una rueda y un par de cosas más que aparecieron en el momento. Solo podía pensar en los 60 kilómetros de ripio que me esperaban. El camino estaba bastante deteriorado y las rocas hacían saltar la bicicleta. De pronto empezó una racha de pinchazos que no podía creer. Tres en total, haciendo mi camino mucho más tortuoso de lo que ya era. Cambiar una rueda puede no suponer mucha complicación, pero hacerlo con viento fuerte alrededor si lo es. A la tercera reparación ya era todo un experto y encontraba el hueco reparándolo al instante. Fueron largas horas para hacer un camino que no suponía mucho tiempo. Ya pronto para llegar y debido al cansancio, al agotamiento y la desesperación me desconcentre y caí de la bici rodando unos metros lejos de ella. No fue mayor cosa, un leve raspón y sentirme como el mayor de los idiotas por caer de tan ingenua manera. Miles de pensamientos se pasan por mi cabeza, por vez primera me cuestione lo que estaba haciendo. Por vez primera me sentía equivocado en algo de lo cual tenía la más absoluta certeza de querer hacer, esto fue lo que más me conmociono. Cuando llegue a la primera frontera, San Sebastián, la salida de Chile, esperaba un buen lugar para pernoctar pero no fue así. Con suerte pude comer un buen sanduche de carne y no obtuve lo que más quería, mi anhelado baño. Ese día llegue a pensar que todo podía terminar y Ushuaia sería el último punto de mi viaje. Era triste, tristísimo que se me pasara esa idea por la cabeza, pero es lo que puede hacer el cansancio y una mala jornada de pedaleo acompañada por días ruines. En ese paso fronterizo que esta vez no supuso alegría me sobrevino la tristeza y sentí la soledad golpeándome la espalda, pero no lo di todo por perdido, me decía que debía llegar Ushuaia y pensar, pensar mi regreso, me daba esos kilómetros para reflexionar y por suerte nuevas experiencia me enseñarían que no todo estaba perdido y al camino le faltaban nuevas enseñanzas.

El camino me regalaba al día siguiente una ciudad, Rio grande, a 200 kilómetros de mi meta. Una ciudad donde posar la cabeza en la almohada y pensar. Busque un hostal, unas sabanas blancas y al lado del mar pensé. Me dije que no podía tirar por la borda todo lo hecho atrás y que todavía faltaba mucho continente por comerme sobre mis dos ruedas.

En aquel hostal paro otro ciclista, otro canadiense que venía desde su país recorriendo nuestro continente, parece que esta vez sí tendría un compañero de viaje. Se llamaba Bryan y con el haría los últimos 200 kilómetros hasta Ushuaia. Salimos en otro de esos días grises patagónicos donde la garua se mantiene todo el trayecto y tendría más para aprender. Bryan también llevaba comida para el camino, yo no. Paraba siempre en la mitad del viaje y comía, comía mucho este hombre. Se sorprendió de que yo no llevara nada y me insto a que de ahora en adelante debía proveerme antes de hacer una jornada, de él aprendí eso. Un hombre de andar tranquilo, sin prisas, como debe ser todo buen viajero. Un tipo que había encontrado su ritmo después de 40.000 kilómetros, había que aprender de aquello.

Paramos en Tolhuin antes de llegar a Ushuaia, en la famosa panadería la Unión comandada por un ángel que abría ese espacio a cualquier viajero que por allí pasara, sobre todo si iba en bicicleta. Por supuesto el lugar estaba plagado de ciclistas y como siempre hubo espacio para un par más.

Solo 100 kilómetros nos separaban de la ansiada meta, sobre todo para Bryan que allí terminaba su periplo de dos años y medio de recorrido, para mí era la mitad del viaje. El día anterior nos habíamos despachado en conversaciones mientras pedaleábamos, hablábamos como dos buenos viajeros sobre nuestras compañeras de viaje, pero esta jornada no fue así. Me gustaba pensar que para este hombre era toda una jornada de reflexión, me pensaba llegando a mi querida Medellín cuando ello sucediera y en lo que podría estar pensando en aquellos momentos.
El camino estaba plagado de verde, de montañas, de cuestas, lagos, rectas, curvas, lo tenía todo. A lo lejos se veían unas montañas ligeramente cubiertas de nieve y para mí era el más bello de los espectáculos. Pensaba en mis montañas antioqueñas cubiertas de verdor y veía estas que sugerían otra belleza con su minúsculo manto de nieve, nieve que no es común para mí. Contábamos los minutos para arribar a nuestra meta. En un tramo Bryan se descolgó en solitario, tal vez quería regalarse solo la llegada a Ushuaia, ser el primero que viera su meta. Un cartel anunciaba que a pocos kilómetros estaríamos entrando a la ciudad más austral del mundo. Aquí no había espacio para el agotamiento cuando entre curvas que iban y venían se abrió paso la ciudad y su cartel que decía: Bienvenidos a la ciudad más austral del mundo, Ushuaia. Nos abrazamos, felicitamos y saltamos de júbilo, yo tome su foto y el la mía, de pronto el cielo se partió en dos y empezó a llover, el cielo celebraba con nosotros, el fin del mundo nos recibía por fin.

Las Grutas – Fitz Roy, y ahora el frio.

Un río, un río es el que marca casi siempre la división de dos provincias, estados, pueblos, naciones. Pero solo es la geografía la que habla, es una demarcación natural de la que el hombre se vale. De un lado Carmen de patagones, del otro Viedma, de un lado, la provincia de Buenos Aires, del otro Rio Grande.

Se levantaba una tormenta de arena en horas de la tarde el día que llegue a Viedma, una tormenta como nunca había visto en este sur donde el viento tiene la palabra. Era de día y la arena volaba en partículas haciéndose casi de noche, nos resguardábamos todos en casa para no ir a volar por los aires. Fantástico espectáculo de la naturaleza para quienes no estamos familiarizados con ráfagas de esta dimensión. Pienso siempre en esa condición de quienes tienen que vivir atentos sobre cuál será la dirección en la que ira a soplar el viento hoy, que aires traerá y con qué fuerza va a despertar nuestro etéreo amigo.

Me recibe otra familia con la que sigo compartiendo vida, más amigos a la cena y esa costumbre de la buena mesa argentina, pequeñas grandes abundancias que entre empanadas, pizzas y tartas van llenando la noche. Tonada cantarina argentina, otra tonada un tanto diferente a la de los buenos aires pero al fin y al cabo una unidad entre el che, el revoleo, guarda con el postre y demás palabrejas.

Paseo por los alrededores de esta ciudad y ya voy sintiendo que entro en otros terrenos. Un cartel, bastantes kilómetros atrás me avisaba que había entrado en la Patagonia, yo todavía no registraba lo que concebía como Patagonia. Aquí hay que pensar en el clima, las estaciones y demás. Estamos en verano y las desnudas y áridas estepas se extienden por kilómetros. Salir de paseo a ver el faro más antiguo de la Patagonia que resiste en su eterna blancura desde 1887 a pesar de las nuevas tecnologías dando luz a los marinos. Más allá, visitar la mayor reserva de lobos marinos del país, esos tranquilos animales reproduciéndose en grandes cantidades, piel dura para resistir el frío patagónico, los vientos que vienen del mar, colonias de las más diferentes edades, acurrucados en manada, los ves dese la altura como si el mundo no los tocara.

Para seguir camino desde ahora hay que estudiar bien la ruta, estoy entrando en verdadero terreno patagónico, lo que supone distancias larguísimas donde existe la nada de la nada, la desolación humana se hace presente. Mas o menos a cada 180 kilómetros aparece algo, una estación de servicio, un paraje y en ocasiones de mucha suerte, un pequeño pueblo y en otras se alza una ciudad. De haber salido a pedal desde Viedma me hubiera tenido que enfrentar con parajes tan desolados que realmente asustan. Esa constante ausencia de kilómetros y kilómetros golpeando a la par con el viento, estepas con poca vegetación y rectas que nunca terminan. Pero tuve la suerte de contar con un ligero aventón de mis anfitriones y así entre matesito y matesito nos fuimos en el carro mientras me maravillaba e intimidaba a la vez con el paisaje.
Tuve una despedida en un kilómetro perdido en mitad de camino, fácil para los carros y todo un reto para quien va en bicicleta. Seguía robándole espacio al viento cuando me dejaba pedalear y como siempre hacia lo desconocido, el mapa dice una cosa y la geografía otra, los consejos de las personas otra y la intuición que se va afianzando otra más, entre ese mar de voces, corazonadas y orientaciones llego a una playa bien turística, de las que no me gustan pero que resulta bien para ir de paso.

La playa las grutas, con sus formaciones para acceder a ellas en imitación al nombre que reciben alberga en esta temporada a cientos de turistas que se meten en esos campings familiares que tanto gustan los argentinos. No hay de otra que me terse en uno de esos que mucho no disfruto mucho, por el ruido y la cantidad de gente, pero contando con la suerte esta vez de que me salga gratis por la benevolencia de quienes ven en mi viaje una aventura digna de llevarse a cabo.
Estepa grande y marcada acompañada del viento, desolación por kilómetros y pueblos más adelante, Sierra Grande es uno de ellos. Un ciclista viajero se deja ver en el camino pero mucho no habla, hay de todo tipo en la ruta. Al día siguiente en una de esas paradas que no tenía prevista como muchas de este viaje supe que era alemán y trabajaba para la BBC de Londres, que se comunicaba con sus equipos satelitales desde cualquier parte del mundo. Esto me lo conto doña Elsa, un alma de Dios que me brindo un café con tostadas, dulce de leche y mantequilla, cuando yo solo le había pedido un café, además del sanduche a la noche que no me quiso cobrar. Ahí en medio de esa otra nada hace bastantes años Doña Elsa junto con su esposo montaron un restaurante casi familiar. Habituales camioneros que transitan la ruta toman sus alimentos y beben su cerveza al paso en medio de la Patagonia. Además de la charla con doña Elsa luego vienen estos personajes y toma otro rumbo la conversación. Soy de Colombia y en este país futbolero recuerdan a mis compatriotas que pasaron por sus equipos, por aquellos todavía hay gran veneración. Por ahí se deriva la conversación hacia los consabidos temas de siempre, como política y hasta literatura. De buena manera me sorprende el camionero aquel que me dice: ah sí, sos de la tierra de García Márquez, a mí me gusta, lo he leído, pero mi preferido es Hemingway. Qué bien sientan esas charlas, que tanto se aprende de ellas. Un camionero hablándote de Hemingway con total propiedad, magnifico.

El camino recto y el viento me van llevando a mi próxima ciudad, Puerto Madryn. Por un momento pensé que no podría hacer eso 90 kilómetros que me separaban de ella, el viento arremete con toda y la estepa se calla lo suyo, pero luego hay un regalo y desde lo alto se deja ver la ciudad allá en el fondo. A unas se llega subiendo y otras te descuelgas riéndotele en la cara al viento.

En la mitad de esta gigante Patagonia sobrevive y con una belleza particular Puerto Madryn, tanto como para que algunos cruceros se acerquen en temporada y descarguen su tonelada y media de turistas para que desfilen por la bella costanera que ofrece esta ciudad. De un mar calmo y un hermoso azul se tiñen sus aguas. No sé porque pero la forma que tomaba para mí la ciudad era la de un lobo marino que se acostara sobre sus costas dejando descargar su cabeza en la punta donde se divisa toda su extensión. Cada día despertaba y tenía la posibilidad desde donde estaba de ver el mar. Inclinaba mi cabeza y lo primero que veía era un sol posado sobre la mar encandilando mi vista que en segundos se acostumbraba al regalo del despunte del astro rey.

Aquí hubo espacio para encontrarse con viejos amigos de caminos atrás en esas citas que cumplimos con la vida y que otros llaman coincidencias. Viajeros que van, viajeros que vienen, viajeros que comienzan su jornada. De bici, de moto, de carro, todos tienen sus sueños en mochilas y hay momento para hablar con ellos y sentirse afortunado de tenerlos.

Me lleva el camino a una ciudad de la que todos me dicen lo mismo: es fea, Trelew es fea. Pero bien sabemos de la relatividad de la belleza, de que ella depende de los ojos con los que se la mire y en estos desolados caminos llenos de estepa una ciudad con amigos resulta un oasis. El día que llegue a Trelew era Domingo, parecía aquello un pueblo fantasma, me preguntaba donde andarían todos. Solo como de costumbre el viento como un niño bastante loco se paseaba por la ciudad corriendo de aquí para allá y si bien es cierto que Trelew no resulta una ciudad muy llamativa son las historias que descubres tras de ella lo que le dan su esplendor. Los gigantes que habitaron estas tierras, dinosaurios y demás especies hacen de esta tierra un lugar particular. Con su museo que reúne piezas únicas se levanta como una importante ciudad patagónica. Antes la mar lo cubrió todo y a su paso dejo la vida de estos enormes habitantes que habría que imaginar paseándose tranquilos por estos lugares, en el museo se da cuenta de ello. Te paras al lado de sus huesos y eres un microbio, es una visita al pasado del pasado, a la otra vida, caracolas y gigantes por los aires, la idea de otra vida.

Otra familia me recibe, otra familia del buen comer argentino, esa costumbre tan suya. Un Fernet para abrir el apetito y esperar que la carne chorree su grasa sobre la parrilla, luego a la mesa a contarse historias. Y el viento, el viento que parece que aumentara al paso de los kilómetros. Vamos a la playa cercana, playa unión, mates y reposeras, tortas fritas y bailes juveniles, es verano y hoy el viento nos permite un día hermoso, así dejamos caer la tarde para volver a casa. No hay mucha actividad en esta pequeña ciudad, todos se conocen y se saludan al paso del viento que peina los árboles. Un pequeño canal local me hace una entrevista y hay tiempo para hablar de mi viaje, para contar historias y contagiar a otros de este maravilloso virus del viaje. Hablar del viaje es siempre re pensar el trayecto y mirar a lo que viene, tomar fuerzas y seguir camino.

Debía seguir por la ruta tres que me llevara al sur y creo que fue la primera vez en todo el trayecto que erre mi ruta pues saliendo de Trelew fui a dar de nuevo a playa unión, eran solo 20 kilómetros pero no quería devolverme cuando supe de mi error ya que me esperaba un camino incierto de 130 kilómetros hacia un paraje perdido en medio de la estepa. Decidí quedarme y hacer camping por un día, ver que me deparaba ese “error”. Pongo entre comillas la palabra error puesto que errores no hay en el camino, son oportunidades nuevas para conocer historias y la de playa unión esa vez fue diferente. Una aldea de artesanos me abre los brazos y sigo aprendiendo de la gente que es el mayor atractivo de cada paraje. Ellos con sus historias de múltiples caminos se anclan por unos días allí. Unos venden ropa, otros fabrican collares y todos se enseñan su arte. Cocinamos y nos contamos las propias. Lo que más recuerdo es a un joven que al saber que me gusta la literatura me hablaba con gran pasión de su escritor de cabecera: Almafuerte. Recitaba pasajes enteros de su obra con una pasión única, me hablaba de su labor de literato ermitaño y me contagio a que lo leyera, he ahí un gran regalo. El otro era un brasilero errante que con su júbilo era ya bastante conocido por todos en el lugar. Sin querer constituyeron una comunidad que como es normal tenía sus problemas, por eso había que seguir camino en solitario.

Al día siguiente me vi en camino con el viento a mi favor y es que cuando este etéreo amigo está con nosotros parece que volaras en la ruta. Esto fue solo por unos cuantos kilómetros, luego, lo de siempre…gigante y desolada estepa que se interrumpió por un momento cuando un despistado guanaco, esos parientes de las llamas corría como loco buscando la salida por un alambrado que luego atléticamente salto. Corrió el día y llegue a una estación de servicio donde planeaba mi estadía, pero no, no resulto así, un tanto por la mala disposición de sus dueños y otra por las escasas condiciones para hacer camping. Decidí entonces que tenía que pedir una ayuda para llegar mi próximo destino y cuál sería mi sorpresa cuando un auto se detiene y me saluda amistosamente. Parientes de mis anfitriones en Trelew. Dos camionetas repletas de gente y equipos de pesca. Se dirigían hacia Comodoro Rivadavia para un concurso de pesca. Los hay que disfrutan largas horas con sus varas frente al mar, un concurso que duraba 12 horas seguidas, divididos en equipos esperan recolectando peces. Una de estas camionetas decide llevarme, sin importar cuánto equipaje tuvieran y sin explicarme como, mi bici y mis pocas cosas entran en su equipaje y así me veo llevado por un grupo de locos a 120 kilómetros por hora hacia mi próximo destino. La cerveza y la conversación acompañaron el camino que en la noche estuvo acompañado por asado al lado del mar haciendo unas pruebas de caña de pesca, preparándose para su magno evento del que esperaban salir victoriosos. Cada uno tiene su locura. Yo me voy por los caminos en un par de ruedas y poco equipaje y estos locos se pueden pasar 24 horas con sus cañas esperando que piquen los peces y desafiar el frio y el viento para alzarse con el título.
A Comodoro la recuerdo como una ciudad árida, cuyas montañas de tierra se alzan a sus lados. Ciudad petrolera y un tanto olvidada en términos de diseño por lo que había que buscarse un lugar y salir de ella. Solo dos día pase allí, uno con los pescadores y otro en un caro hotel, pues todo en esa ciudad era costoso, cuestiones que determina el auge del petróleo. Por suerte una playa cercana, Rada Tilly a 15 kilómetros abría su mar para mí. El camping municipal barato, bien equipado y tranquilo sería mi refugio. Una playa con gran extensión de tierra y no muy apta para tomar baño por el viento y el frio. Un lugar para estar y seguir pensando en el atrás y el futuro en el horizonte.

De aquí en adelante aparecerá una compañía no muy buena para el viaje, empieza la Patagonia que me imaginaba, la fría Patagonia. Además del viento y las cuestas del camino este helado compañero hará presencia. El frío complica un poco más las cosas, debes invertir más energía por lo que el desgaste físico es más notorio, pero hay algo que lo compensa todo y es pedalear al lado del mar. La brisa, el sol sobre el agua, la estrecha carretera se extienden hasta mi próxima parada Caleta Olivia. Otro paraje de paso, otro lugar que me desafía a buscar un refugio que se me hacia esquivo. Por una información errónea fui a buscar un camping a la salida de la ciudad que no resulto cierto, había que devolverse con el cansancio de una jornada de pedaleo y luego seguir buscando hasta encontrar el lugar. Un pequeño camping del sindicato de trabajadores del mar me abre espacio, soy el único allí. Solitaria carpita amarilla y enfrente el bravo mar que mece el viento formando poderosas olas que arremeten contra las rocas, veo unos barquitos amarillos que resisten en medio de la tempestad, los mismos que un momento más tarde tienen que fugarse de allí. Es la flota amarilla. Una pintada en la ciudad decía: ¡Aguante la flota amarilla! Me entero que es la comunidad de barcos pesqueros que hace 5 meses resiste haciendo una protesta todos los días ahí en frente. Una empresa norteamericana que vino a explotar el mar hizo daños ecológicos y ha matado a todos los peces con sus prácticas sucias, es por eso que la flota amarilla se ha quedado sin trabajo, nadie responde por ello, cinco meses sin suelo, sin peces, pero estos hombres siguen allí, ahora yo también digo: ¡Aguante la flota amarilla!. El día siguiente resulta fatal para mí pues una lluvia que había comenzado el día anterior se convirtió en una gran tormenta. Había ubicado mi carpa en un lugar donde se formaba un charco, todas mis cosas absolutamente mojadas flotaban sobre el agua. Nueve de la mañana y sacar todo con total presteza para que aquello no siguiera. Voy al baño del camping y me resguardo. Por suerte tengo el auxilio de los hombres del camping que permiten que seque mis cosas al lado del calentador y hasta un plato de comida me ofrecen y como no, unos exquisitos mates para calentar la fría tarde. Allí supe lo de la flota amarilla y de cómo es la vida al lado del mar.

Al seguir camino siento que estoy en el corazón de la Patagonia con un frio que me congela los huesos, que chuza por encima de la piel y hace difícil el pedaleo, es la desolación total y ligeras lloviznas me acompañan a lo largo de toda la jornada. La mente está en blanco solo concentrado en el próximo pedaleo, en mover los pedales y avanzar, en pensar que la lluvia es pasajera y que no pasara a mayores. Y es que así sucede en la Patagonia donde en un día tienes todas las estaciones. Llueve y luego el viento deja pasar un tímido solo que solo se mantiene por unos minutos después vuelve el frío acompañado con el viento, los autos tocan sus bocinas en señal de aliento pues en ese lugar donde no hay nada y pasa uno a cada tanto estoy yo dando la batalla con mis pedales. Me imagino los comentarios dentro de sus autos.

Llego a Fitz Roy, uno de esos pueblos que se ubican a la vera del camino. Un día frio y gris. Nada más que unas pocas casas, una estación de servicio, una oficina de turismo que ya en este punto te empieza informar de todos los puntos que hay que conocer del exótico sur. Hay un camping, no lo puedo creer, La ilusión, se llama, apropiado nombre para el momento y el lugar. Por supuesto vuelvo a ser el único campista. Me instalo y puedo tomar un baño, agua caliente para volver a la vida. Estoy tan agotado que no quiero cocinar, solo deseo una buena comida y como en el único restaurante que hay, lo tomo como un regalo que me debo dar por lo duro de la jornada. Luego de comer me paseo por el pueblo que parece deshabitado, vuelvo a la carretera y puedo pararme en mitad de ella, no pasan autos, disparo mi cámara de fotos queriendo llevarme un instante de infinito de esta fría y desolada Patagonia que me presenta otro reto, ahora le sumo un amigo mas, el frío.


domingo, 21 de febrero de 2010

Necochea – Viedma. Gira sol Gira viento Gira Lluvia.


Sigo ruta, salgo de Mar del Plata y una tímida bici senda me va marcando el camino. Ayuda un poco a que no se lo coman a uno estos feroces carros que poco quieren saber de pedales. La bici senda es algo que alguien hizo y luego se olvido. Va en la mitad de las dos carreteras, la que viene y la que va y ya se la está comiendo el pasto, es lo que hay. Luego se acaba y comienzan unas subidas retadoras, habla la soledad del camino y me queda un largo trecho por delante.

Sube y baja y se extiende el camino en cuestas que te retan, pero sigo con la pintura de los girasoles que miran al cielo. Salí con esos 135 kilómetros en la cabeza; distancia que hay hasta la ciudad costera de Necochea, los hice con solo una parada, ayudado por el clima y el viento a mi favor. Ya en la ciudad lo de siempre. Aquí no tenía un hospedaje seguro así que a jugársela para proveerse de algo. Los consabidos bomberos parecían ser una opción segura. Un par de mujeres bombero; destacamento que está inscrito a la policía, me reciben y me dicen que su jefe no está, es él quien da el visto bueno, pero no creen que haya problema. Me invitan a tomar unos mates, siempre vienen bien unos buenos mates, aunque haga calor se toman siempre caliente. El jefe llega y un contundente ¡Imposible! quiebra mi esperanza de dormir con los bomberos, desde hace un tiempo viene fallando mi estadía con ellos. Estoy cerca de la playa, es un balneario la ciudad, así que sé que hay camping y es uno de estos bien familiares, grande, con piscina, restaurante y demás, a mi esto no me importa mucho, solo un lugar donde bañarme y poner mi carpa basta. Es bien particular que para acceder a un lugar de estos te toman todos tus datos personales. Me fascina saberme sin domicilio, sin teléfono y hasta para formular mi profesión tengo problemas. Formado en Teatro, sin ejercer, con cuasi título de Licenciado en Filosofía y Letras, una somera experiencia en docencia, algunos pinos en la escritura, no sé qué decir, pero sé, eso sí de corazón y es lo que me gustaría poder decir siempre y que se tomara en cuenta, profesión: Viajero.

Una bandera colombiana se alza en el camping, conforme va llegando gente de otra nación se alza su bandera. Con la bandera en alto y el cuerpo limpio me doy a conocer el balneario. Siguen lindas estas playas, la belleza se da por sí sola si esta el mar, la vasta mar que acoge a los hijos que disfrutan de sus orillas y sus aguas llenándolo todo. Aquí me vuelvo mucho más contemplativo y los veo de lejos, colándome como un anónimo más.

En el camino y con un promedio de pedaleo de 100 kilómetros por jornada un trayecto de 60 kilómetros podría ser desdeñable, a veces hay que hacer un poco menos, un tanto más, no dicto las distancias, es el camino quien pone sus parámetros. Y esta distancia que parecía ser pequeña fue tan retadora como una larga.

El Viento del sur del que tanto me hablaron empezó a hacer presencia. Es todo un reto y queda corto todo lo que se hable de este etéreo amigo que en ocasiones se convierte en el peor enemigo cuando está en tu contra. Un trayecto que se puede hacer en tan poco tiempo me llevo mucho más, me canso el doble e hizo que se agotaran varias veces mi reserva de agua, partió mis labios y acabo con mi paciencia.

No avanzaba prácticamente nada, me paraba para pedalear y el viento me sentaba ya que era casi nulo el esfuerzo. Aquello fue un ejercicio de total paciencia, desde ahora sabia que nada tenía que ver tiempo con kilómetros, estoy a merced del viento y las condiciones climatológicas, esto es una muestra de lo que vendrá.

Todo tiene su recompensa. Esos pequeños lugares que son solo un punto en el mapa me dan más satisfacciones que los pomposos parajes siempre tan mentados. ¿Cómo puede haber un pueblo que se llame: Energía? Es increíble. Me gusta esa palabra, es una expresión bien utilizada por mí. Denota empuje, ganas, buenos augurios y así resulta esta pequeña población. El olfato me lleva a un restaurante que parecía cerrado. Sus comensales comen y yo pido lo mío, hay espacio para un plato más. Además me ofrecen un patio para acampar y un baño, no puedo estar mejor. En la tarde hay de nuevo conversación entre mates, la bebida que riega estas tierras para que nos juntemos todos. Don Carlos está acompañado por Lilian su amiga con la que conversa en las tardes. Ella me cuenta que está bastante afligido, días atrás su madre ha muerto, ella que lo acompaño otras tantas en su negocio, a él, el hijo único. A veces me sorprendo de lo plagado que esta mi viaje por la muerte, siempre la parca toca a las puertas, así como la amistad, la solidaridad, todas se pasean poniendo su toque. Los sueños, siempre los sueños también están ahí y yo que voy llevando el mío despierto los de los otros. Lilian quiere recorrer su país en una casa rodante, yo espero que lo haga, lo sueños se ven truncos y la vida nos lo plantea así por momentos yo le digo que depende de cada uno que estos se hagan realidad.

Me deslizo fácil sobre el pavimento para llegar a Tres Arroyos. Aquí me suceden cualquier cantidad de peripecias para hacerme a un lugar. Negativa de bomberos, policía, municipalidad. Preguntar por el uno, por el otro, buscar al intendente, al secretario, corre el sol, aprieta el hambre y nadie dice nada. ¿Por qué no hablas en la emisora? Allá te pueden ayudar, me dice alguien. ¿Una emisora? Digo yo. Está bien, ya en estas instancias del viaje no me cierro a nada. El tipo de la emisora termina haciéndome una entrevista antes de que me vaya y como ultima sugerencia me dice que hable con el secretario de deportes. Ya he pasado tantas veces por las calles de esta pequeña ciudad buscando albergue que me sé de memoria sus calles. Un buen hombre, el secretario habla con otro y termino durmiendo en un lugar que no lo había hecho antes, el campo de argentino junior, el equipo local me acoge de buena manera. Son los camerinos de los jugadores mis duchas y lugar de estar, al lado de la cancha armo mi carpa. La tarde estará plagada de nuevo de mates, esta vez por parte del hombre que cuida la cancha, José Luis. De familia chilena y sin conocer ese país. Hincha apasionado de boca, aunque odia profundamente a Maradona, tanto como para no cantar los goles de su equipo que él anota. Me cuenta de su periplo bonaerense cuando llegaba joven, como muchos a buscar fortuna, de tener que dormir en bancas de parques y demás, cuanto lo entiendo. Terminamos reflexionando sobre esa hostilidad que imprime la ciudad para los hijos parias. En la noche José me invita a una cerveza, sin mucho glamur, a pico de botella, con salamín y palitos, un fernet cola de esos de botella de plástico, en su humilde casa hay espacio para este viajero, juego con sus hijos y hablamos de geografía, les muestro donde queda mi país. En la mañana José me despide con unos mates, unas galletas y unas cartas de sus pequeños, he aquí más ángeles.

Tomo la famosa ruta tres, la misma que directo me llevara hasta Ushuaia. Sigue soplando el viento pero a veces me le cuelo por esos espacios que me permite y me voy abriendo paso. A unos pasos de mi próxima parada aparece mi otro enemigo natural, la lluvia. Comenzó muy tímida y entre pedalazo y pedalazo miraba al horizonte pues solo 8 kilómetros me separaban de mi destino y de un momento a otro me vi envuelto por una tormenta. Fui presa de la desesperación puesto que en esta etapa no estaba preparado para la lluvia y temía que ciertas cosas se mojaran. Un supuesto cobertor que había comprado no me fue útil ya que no abarcaba todo, me desesperaba mucho más, no sabía qué hacer, los camiones que pasaban a mi lado me mojaban aun más, me tiraban al lado cortando el viento, todo se tornaba bastante confuso. Solo tenía que pedalear para llegar como fuera a esta ciudad y de pronto aparece una pequeña casita, un cuartico al lado del camino, fue una luz y me dirigí a ella. Vení, pasá, calentamos unos mates, seguí. Me dice una chica desde adentro. Estoy bastante mojado. Cuento con demasiada suerte al encontrar este espacio. Daniela se llama ella. Vende conservas, aceite de oliva, quesos, cositas exquisitas. Se pasa la tarde entre lecturas y conversaciones con quien pasa por allí, no es suyo el negocio, es un trabajo que por ahora le permite vivir bien con sus pequeños y su pareja, además de poder estar haciendo su sueño que es tatuar, hace sus primeros pinitos y ya tiene una maquina. Me cuenta de sus viajes cuando era más pequeña, los espíritus errantes se encuentran. Tanto como para ofrecerme hospedaje en la que por años fuera su casa. Una casilla rodante, viejísima, al lado de la casa de sus padres. Su padre la arreglo y ella la pinto de rosa y verde, pintoresca combinación. En la noche me encuentro comiendo cordero con la familia. El mismo que su padre mato y preparo, de esto entre otras cosas vive la familia. Don Aníbal cría sus animales y vende su carne. No puede ser más amable y tranquila esta comida, además de gustosa.

Don Aníbal me despide y me empaca el cordero que sobro de ayer, me manda al camino a sabiendas de que el viento ruge, ruge como nunca. Salgo por esa extensa ruta tres y habla el viento, él tiene el mando, no me deja avanzar, por más empeño que le ponga no puedo, el velocímetro marca 7 kms por hora y sin muchos los que tengo por delante, ruge con total voracidad como si quisiera tirarme al piso. Batallo toda una mañana para tan solo hacer 30 kms que no son nada teniendo en cuenta todo lo que me falta, hay que pedir una ayuda y decido pedir un aventón, no lo consigo en mi primer intento y vuelvo al camino, es imposible, consigo avanzar. Me detengo con la firme intención de que alguien me ayude. La ayuda llega y un buen hombre me recoge, son solo 60 kms para él, para mí lo es todo. Sentimos como ruge el viento desde el interior del auto y en un momento estamos en Bahía Blanca. Dicen que esta como entre un pozo, por eso el extremo calor en esta ciudad, calor y viento hasta ahora. Me recibe una pareja de seres maravillosos, Luisina y Manuel. Tengo el norte para encontrarme con la mejor gente que pueda en este camino. Ella hace cine, él hace música. Se respira el arte en esta casa. Amantes también de las bicicletas, junto con un grupo de amigos salimos a recorrer las afueras de la ciudad, a meternos por campos y bosques y terminar con una vista hermosa de la ciudad que pinta el cielo de un violeta impresionante. Tomamos unos mates desde las alturas y vemos como unos rayos nos retan, es el agua que se viene, descendemos por una colina y bajamos a la ciudad. Que bien recuerdo esas conversaciones con Luisina, esta mujer que se empeña en hacer cine y me encuentro con lo de siempre, la imposibilidad y las trabas que le ponen al arte para ser realizado. Con las uñas y haciendo esfuerzos titánicos Luisina se la juega para hacer sus películas, yo le cuento como en mi ciudad, los teatreros tenían que mendigar unos pesos del presupuesto local para llevar a escena sus sueños, pero esta es la pelea que hay que dar y hacerles saber a quienes tiene el dinero que solo eso tiene, dinero, que nosotros tenemos el poder d ela creación y que eso vale más que todo. Que es en cada batalla por escribirse, ponerse en escena pintarse, que estamos nosotros, que la batalla es con nosotros mismos y que esas barreras que son solo burocráticas no van a impedir que se siga haciendo historia.

La solidaridad funciona como nunca y esta bella pareja, a la que me duele dejar; como otra de esas despedidas a las que todavía no me acostumbro, me hace una serie de contactos en el camino para que otras puertas mas se me abran. Rumbo a Buratovich, mi siguiente parada, donde esta vez el viento me ha permitido rodar, pero ahora es el calor extremo quien me agota hasta que mi reserva de agua llega a su fin, me veo en medio del camino sin una gota y tengo que parar en uno de esos pueblos que parecen fantasmas. Estamos a mas de 35 grados y todavía me falta otro tanto para llegar. Veo una casa que parece deshabitada y me tiro en su acera, estoy agotado y caigo dormido. De pronto un hombre sale de su interior. Me levanto con susto y algo de pena, estoy en propiedad privada. Pero la buena voluntad de este hombre me hace saber que no es así, me ofrece agua, empezamos a charlar y luego su mujer me invita a pasar para comer algo. Terminamos hablando de política y literatura, de historia también. Es genial como sin esperar nada la vida te da estas sorpresas. Debo seguir camino y llegar a mi destino de hoy.

Aquí otra sorpresa de la vida. Me recibe Alfonsina, una amiga de Luisina. Vas a dormir en un vagón de tren, ¿sabías? Esperaría uno un desvencijado vagón de tren, pero no es el caso de este. Es el proyecto de unos jóvenes que decidieron recuperar un par de vagones olvidados para darles vida y albergar cultura. Uno está totalmente recuperado, tiene luz, aire acondicionado, mesas, sillas, te puedes hacer un café o unos ricos mates dentro de él. Un espacio para la vida, la pintura, la escritura, un lugar de encuentro para la comunidad. El proyecto se llama “Un vagón hermoso” y es bien acertado el nombre. Dormí en un vagón hermoso, conocí un molino en la noche estrellada y de luna llena en Buratovich y me lleva a otros amigos en mi recorrido.

El viento que también es condescendiente conmigo me llevo por paisajes verdes y calurosos mientras soplaba detrás de mis orejas dándome un empujón hasta la ciudad de villa longa, a lo de la abuela de Lu. Una hermosa mujer, una abuela con ese cariño y bondad de todas las abuelas del mundo. Interrumpí su siesta que aquí en estos pueblos del interior es sagrada, pero igual me recibió de brazos abiertos, poniendo la mesa para mí y disponiendo todo para el descanso del viajero. En la noche me dice: te voy hacer una comida para que recuerdes a tu casa. En efecto, es una comida que tiene todo el olor y calor de hogar, unas papas con carne bien condimentadas que me traen recuerdos de hogar. La abuela de Lu pinta y enseña a otras personas a pintar, desde pequeños a mayores y me cuenta que mas que pintar lo que se forma en su hogar son deliciosas tertulias al calor de oleos y telas, que lastimosamente los más chicos no quieren saber mucho de esto y lo hacen un tanto por imposición de sus padres, pero que en otros encuentra el eco que el arte sabe buscar.

Para llegar a mi último destino de la provincia de Buenos Aires volví a tener inconvenientes con el viento. Estaba cruzando un desierto de arena por la carretera debido al viento que lo levantaba y el vendaval era de enormes proporciones, se me metía el viento en ojos y boca, me puse los lentes y trate de sortearlo pero no fue posible. Tuve que recurrir a los carros del camino y esta vez conté con más suerte pues un buen hombre acudió en mi ayuda rápidamente. Acostumbrado como me contaba él a levantar algunos viajeros en el camino no se le hizo extraño levantar a uno más. Aquel hombre trabajaba en el correo y me contaba que cada vez que levantaba a un viajero le entraban unas ganas irrefrenables de salir por los caminos o por lo menos de hacer un pequeño viaje. Yo que iba en bicicleta le contaba de mi experiencia y le compartía lo bien que se sentía viajar en ella, él por su parte me contaba que no era ajeno a la bicicleta, pero que por aquello de los años y no sé que más y que bueno, tenía pensado hacer una travesía que tenía entre manos hace algún tiempo, ir hasta el estado de Corrientes en una especie de peregrinación a visitar a esta especie de santo que ayuda a los viajeros del camino, quería hacerlo en bicicleta me contaba. Este hombre me hacía pensar en ese espíritu viajero que lleva consigo cada hombre y que ya sea por las circunstancias personales, de familia o economía o el miedo que nos imprimen los tiempos, no se llevan a cabo. La historia de este hombre es otra más de las que conozco de otro que quiere viajar, que sueña con viajar. Yo sigo esperando que la semilla de la inquietud por el viaje haya sido bien creada y que sorteen el obstáculo más difícil de todos: tomar la decisión de partir.



La nada de los otros, mi nada, la nada.


Hay dos puntos en el mapa, hay varios puntos en el mapa, no hay ningún punto en el mapa. En el mapa no hay nada, en el mapa hay todo. En el mapa hay dos puntos y entre ellos no hay nada. Hay dos puntos en el mapa y entre ellos hay todo. Hay gente que ve un vaso medio vacío y gente que ve el mismo vaso medio lleno. Hay gente que ve la vida desde la pantalla de la televisión y hay gente que hace televisión. Hay gente que cree en lo que sale en televisión y otros que ni siquiera ven televisión. Hay gente que mira la vida correr desde la ventana de un auto y quien toma el volante de un auto. Hay gente que no tiene auto y camina, hay gente que resuelve ver las cosas con las suelas de sus zapatos y encuentra que entre punto y punto del mapa puede existir todo y que no es lo que sale en la televisión ni lo que veía desde la ventana del auto ni tampoco lo que le habían contado y mucho menos lo que él creía creer, porque vaya usted a saber en qué hay que creer.

Ahora bien, hay gente que ha decidido ver la vida en dos ruedas movidas a motor de corazón y musculo. Hay gente que rueda para existir o que podría existir para rodar. Ruedan y ruedan y empiezan a ver otras cosas. Los puntos de los mapas son aun más ricos y dejan de ser solo puntos para convertirse en oasis o infiernos en otros casos. Infiernos y oasis en medio de la nada, la de los otros por supuesto.

Viajar en bicicleta supone ver la vida de otra manera. La vida, ese crisol de luces. De ases iluminados para unos, de hoyos negros para otros. Yo no le doy más apelativo que el de “vida”. Yo que viajo en bicicleta he visto la vida. Digo “he visto la vida” y es porque viajando en bicicleta he podido sentir otro modo de ver la vida.

Lo primero de rodar es una cuestión de ritmo. Piano, piano. A un ritmo de máximo 20 kilómetros por hora la vida se siente diferente y se encuentra diferente. Por eso no es lo mismo lo que ves en la televisión, a lo que ves desde un avión, o desde un auto a lo que sientes viajando en bicicleta.
La nada de los otros nada tiene que ver con mi idea de la nada. Cuantas veces he sido tildado de loco por recorrer lo que los otros consideran la nada y cuantas de esas veces ellos han estado tan pero tan equivocados menospreciando la idea de vida que hay entre esa nada que mencionaron.
Medio lleno o medio vacío, usted elije. Yo he encontrado espacios llenos. De vida, historias, cariño, sorpresa, angustias también. Entre dos puntos cuyo camino más fácil no siempre es la línea recta he encontrado vericuetos que me han llevado a hombres que jamás encontrare en los puntos equilibrados que nos muestran las rutas ya trazadas. Por eso prefiero mi nada que esta tan llena de todo. Entre esos dos puntos que creía casi deshabitados se alza una casa que para mí ya es un palacio, sale un hombre que gobierna su reinado y siempre me ha permitido entrar en sus terrenos, me ha ofrecido de sus mieles, su comida y casi siempre, cuando la hay, me presenta a su sequito, que suele ser una bella familia. Al ir tan rápido los otros verán derruidos ranchos donde yo he encontrado palacios, por eso nunca pueden ver nada. Los pueblos que creen deshabitados o con poquísimas casas, unas dos o tres dicen ellos, resultan ser para mi inmensas poblaciones llenas de amigos porque las dos ruedas de mi bicicleta resultan más diplomáticas y con mejores discursos que los de los políticos a quien nadie quiere escuchar o los de la apurada gente por mencionar a otros. Me abren más puertas porque están tan cercanas a su corazón y entonces resulta natural tender una mano, en ese punto, yo encuentro ya todo.

En esa nada mía he tocado puertas a la vera del camino para ser atendido como uno más y estar sentado con la familia compartiendo su comida. En esa nada mía he roto concepciones que traía y un policía de esa estación en medio de la nada a preparado una cama para mi, llevado galletas con café y salame para luego dejarme a cargo de la estación porque él se va, así que más que un abrigo y una casa encontré confianza, valor a punto de extinguirse. En esa nada mía he encontrado otros puntos que hasta los mapas niegan y que los lugareños bien conocen. He encontrado familias tan disimiles pero tan unidas cuyo punto de referencia es esa nada que yo acabo de encontrar. En esa nada mía he leído los mejores textos tumbado al sol con un concierto de aves y algunos canes que vienen a saludarme mientras se pone el sol ya sea frente al mar, al lado de un rio, entre montañas o bien al lado del camino, donde sería más evidente ver lo que muchos no ven.

Mi nada no está guiada por la razón que a muchos desconcierta, más bien se presenta como una eterna corazonada que late en cada nuevo encuentro. Por eso yo no solo veo los puntos marcados en los mapas si no que más bien quiero dejar de ver esos puntos para así ver la infinidad de puntos que componen el paisaje. Si me hubiera detenido cada vez que me dijeron no había nada o hubiese saltado esos puntos por otro medio me hubiera quedado en verdad si ver…nada.

Buenos Aires…el otro..


Quedó un tanto de la hiel con el otro Buenos Aires, quedó el mal sabor con la otra ciudad, pero no todas las cosas son una sola, son muchas y así pasa con esta. Me parecía justo venir a cantar otro aire para los buenos aires, los que también soplan en este centro al lado del río de la plata. Me parecía justo alzar la voz para entonar aires que reivindiquen la cara que pude descubrir de este fantástico monstruo.

No puedo dejar de recordar mi llegada al rio de la plata. Cruzar desde Montevideo en ese enorme Buque. Tranquilo rio de la plata que a tantos llevo de un lado a otro. Recuerdo haber leído en un temprano periódico bonaerense, una reseña sobre la llegada del mítico poeta español Federico García Lorca, de cómo se refería al rio, al tranquilo rio. Yo iba dentro de un enorme buque y apenas presentía la nueva ciudad cuando de pronto desembarcábamos.

Ruedo por la avenida Córdoba y claro que me deslumbran esas antiguas construcciones, esos son los guiños que hace Buenos Aires. Las esquinas a las que tanto les canto Borges en su Atlas. Encuentros de viejas calles que se saludan. Luego ese hervor de gente a todas horas que entre el bullicio y la joda, el caos y la desesperación se encuentran para llenar vacios.

Carne, carne de mi carne y no la carne de cañón. Cultivo de reses que crecen como crecerían las frutas en otras tierras. El aviso de ¡Parrilla!, brasas, carbón, chorizos, entrañas. Una elegante mesa vestida con los mejores trajes y las más finas copas es tan similar como una de plástico puesta en la acera y el hombre que te trae en una servilleta un invento argentino fabuloso: El Choripan. Nada más que un pedazo de pan abierto a la mitad y un jugoso y tierno chorizo, gordo y relleno como el mundo para calmar el hambre y unir gentes. ¡Dame un chori y una birra!...!Sale Chori con birra!...en la costanera, en la boca, en el barrio, en cualquier barrio, en la parilla, en el asado. Viene el Chori, la bondiolita al limón que levanta el humo de las brasas de su jugo que cae sobre las cenizas. No es solo hablar de un pedazo de carne, no es la superficialidad de hablar de un alimento. Es la carne la que define al pueblo Argentino que vive y convive alrededor de un asado, que se junta y se mira al tiempo de la cocción de un pedazo de carne que deja de ser solo un pedazo de carne para convertirse en un lazo. ¡Vamos a comernos un asadito!...! Dale!

La costanera al lado del rio de la plata, de la reserva ecológica alberga variados carritos que dejan salir sus olores variados de esa carne que se dora al carbón, todos con nombres de ensueño, con la misma variedad y un gustoso sabor, aquí es donde sabe muy bien la ciudad, puede uno decir que en verdad se come Buenos Aires.

Dejamos atrás la carne y la sangre se convierte en letras y las letras en páginas y las páginas en libros y los libros buscan guaridas y aparecen cientos y cientos de librerías. Tantas y tantas para perderse en ellas. Buenos Aires es una ciudad para leerla y no morir en el intento de conocerla. Dicen los que saben de libros, de literatura y demás que el primer cuento latinoamericano; haciendo relación a carne y literatura, fue precisamente de un argentino, Estaban Echavarría, con su cuento “El Matadero”, esto por poner algún dato que de seguro resultara impreciso.

Por Corrientes discurre un sin número de librerías. En cada cuadra hay tantas como puedas contar. Nuevas, de viejo, usados, leídos, temáticas, saldos, de todo puedes encontrar. Lo otro son los horarios. Como para salir a la una de la mañana e ir por ese texto que te esta desvelando y te tienes que leer, esto es posible en Buenos Aires, por ese lado estamos salvados. Las grandes editoriales se alzan al lado de las de libros usados que se venden y se compran por pocos pesos, es posible alcanzar los libros en esta ciudad. Cuantas veces me vi perdido por las mismas librerías buscando y re buscando estantes para encontrar alguna joyita, a veces tienes éxito y en otras solo se exhibe lo vendible y lo de moda, entonces los Sábato, Borges, Cortázar y Bioy casares están a la orden del día y te puedes hacer la completa biblioteca de ellos por unos cuantos pesos.

Pero no solo es Corrientes, es el parque Rivadavia, Plaza Italia, Plaza Francia, San Telmo donde encuentras libros por doquier. Pequeños puestos que atesoran toda cantidad de textos extraños, escolares, revistas deportivas, musicales, que no sabes a dónde mirar. Hablan los libreros cuando no pasan los clientes, empacan sus textos para que no se los coma el polvo de la ciudad.
El parque Rivadavia me regalo un encuentro con un viejo amigo del colegio. Mientras husmeo en sus estantes, me saluda y nos reconocemos. Libros entre la amistad, la amistad entre libros. Escucho mi tonada, siento a un semejante.

Y de los parques los parques, inmensos pedazos de verde para ser más anónimo en Buenos Aires y sumergirse en el lago de los bosques de Palermo tirado bajo la sombra de un árbol en los tiempos de verano y cobijarse en los brazos de una mujer en invierno y de nuevo en primavera, puede ser de la soledad, mi hermosa soledad. Reposeras al viento, al sol, termos metálicos y coloridos para regar el mate, la yerba, galletas y galletitas, sábanas y mantas, enamorados y amigos, jugadores de la pelota, lectores solitarios y de nuevo los enamorados. Patricios, Centenario, Lezama, de Nuevo la costanera, tanto verde para poder escapar y de nuevo no morir en el intento de conocer la ciudad, para que no te coma.

Y lo viejo…lo antiguo, lo de ayer, fachadas donde crecen plantas, edificios que se niegan a morir, esa vieja Buenos Aires. Montserrat, San Telmo, La Boca, Palermo Viejo por nombrar alguna cosa. Y en lo viejo calles con nombres que resuenan, avenidas para pasar con saltos olímpicos.
Desembarco de inmigrantes en la boca, pintoresco ayer que hoy se tiñe de fútbol y rueda la pelota y de color, bajo flashes de turistas y canticos deportivos. Muerte entre bosteros y gallinas, entre Fernet y birra. De nuevo atravesados por asados y carne.

Terminemos en San Telmo para seguir con lo antiguo. Mares de gente por la calle Defensa, paños de artesanos tapizando las aceras. Ropas, discos, accesorios, recuerdos, suvenires de todos los tipos y otro amigo vendiendo libretas para anotar pensamientos con el objetivo de que no se los lleve el viento. Siempre me llevaba el camino a él y terminábamos cantando bajo el influjo de la cebada. Mientras pasaban las murgas cantando con otro batallón detrás de ellos y la gente casi sacada por el ritmo de los tambores, toda una fiesta. El viejo San Telmo.

Y de los cafés en Buenos Aires. Algo más que una bebida, la perfecta excusa para perder o invertir el tiempo en cafetines con amigos y pasarse hablando como bien saben hacer los porteños cuando quieren escuchar, porque para hablar primero hay que escuchar. Aprendí de los cafés que su precio no va en la taza que bebes si no en el tiempo que ganas conversando y en la galleta que endulza la palabra. Están los re nombrados cafés y el cualquier café de anónimas calles que tienen la misma función e igual magia.

La otra ciudad es la de sus artistas, grandes por talento e ingenio. Gracias LES LUTHIERS por existir y seguir resistiendo a punta de risas. Cuanto genio hay en estos cinco hombres que se renuevan con el pasar de los días. Abre el telón del Gran Rex y por espacio de dos horas no puedes parar de reírte y te duele la barriga, se saltan las lágrimas y sales mucho más liviano. Luego entras al ateneo y ves a Melingo haciendo una perfecta milonga, haciendo piruetas sobre el intimo escenario que esta tan cerca de nosotros, piruetas con los instrumentos y el cuerpo, su maldito tango lo transforma hasta la locura golpeando todo tipo de instrumentos para volverse y volvernos loco, esa es la Buenos Aires que perseguía y a ratos pude encontrar.

Y luego de este mar de gente, en Buenos Aires puede aparecer alguna sirena que te robe el corazón, una mujer del Caribe para saldar las cuentas de las heridas que deja la ciudad y resarcirse con afecto, ternura… Amor, y poder ver el otro color del monstruo gris bajo los brazos de ella.

También estuvo el amigo que me llevo a navegar entre bicicletas y a quien debo muchísimo, el que fue mi hermano en Buenos Aires, el que ama los pedales y a su bella familia, el que me abrió sus puertas cuando más lo necesitaba y luego me dio un abrazo para poder partir tranquilo.

Me despide una mujer que es todo un personaje, que merecería más páginas e historias. Betty, mi casera, una porteña diferente, pero porteña al fin y al cabo. Que ama por sobre todo a su Buenos Aires querido, que canta sus tangos como canta la música francesa de Edith Piaf y te habla de Europa como de la pampa, la que fuma sus cigarros desde la ventana de un piso 11 en el ombligo de Buenos Aires, en corrientes y callao. ¡Mirá que vista Che!, me dice, estas en el ombligo de Buenos Aires, recalca. Ella y sus viajes, sus hijos, sus amores, las muertes, la gente de sus cuartos, su tranquilidad y estilo peculiar. Me despide con un buen churrasco, un vino, unas deliciosas empanadas porteñas cortadas a cuchillo. Quiero que el último churrasco te lo comas conmigo, me dice. Así es. Esos vinos, la conversación sentida, un vínculo bello que deja un buen sabor de gente, de esa gente que todavía hay en Buenos Aires.

Esos fueron…mis otros Aires.

jueves, 4 de febrero de 2010

Buenos Aires – Mar del Plata, o el paso a la libertad.


Este viaje ya no será el mismo desde la estancia en Buenos Aires. Fue como un tajo al espíritu parar en un monstruo de ciudad como esta. No me equivocaría en decir que fue mucho más emotiva la salida de aquí que cuando partía de mi querida Medellín. Años planeando la salida, el tan anhelado viaje y aquel momento llego. Pero ahora todo era diferente. Antes de la partida no sabía con lo que me iba a encontrar y de alguna manera vivía en mi ciudad, trabajaba, tenía una cierta vida regular y la partida llego con la emoción que debía llegar, obnubilado por cada experiencia nueva pero con una previa continuidad de vida. Aquí todo paro de golpe por las circunstancias monetarias que me trajeron a esta ciudad sin saber lo que me iba a encontrar, ya anteriores escritos han dado cuenta de las caras de esa ciudad, por eso fue tan especial este nuevo comienzo, la otra etapa.


Todo es un continuo aprender en esta vida, cuando crees que lo tienes todo bajo control viene un suceso y otro a demostrarte que nada has aprendido o que lo vivido son solo recuerdos.

Tenía que poner todo en mis alforjas de nuevo, bajar peso, reorganizar, buscarle un nuevo sitio a los implementos de viaje. Unos nuevos, otros los mismos, las mismas alforjas, la nueva bicicleta, ropajes que iban y venían, lo de aseo, implementos de cocina, repuestos para la bici, nueva ropa para enfrentar el frio patagónico, cuadernos de viaje, la nueva computadora; por aquello de entrar en la onda tecnológica, cuestión que todavía me cuesta, bajar equipaje y darse cuenta que se sigue cargando con mucho y que en ultimas la vida entera cabe en dos mochilas, lo que queda por fuera no va, sobra, es añadido inútil.

Con gran esfuerzo monte la bicicleta en la puerta de la Avenida Callao 433, esquina Corrientes, en la que fuera mi casa por la mitad del tiempo que estuve en la ciudad. Tanto peso para llevar por medio continente, sientes que no puedes, pero todo empieza a rodar y…empieza a rodar.

Un frío y oscuro Buenos Aires me despedía, quieto Buenos Aires, temprano Buenos Aires. No le puedo pedir mucho a esta trasnochadora ciudad. Tampoco quería guirnaldas a mi paso, su silencio e indiferencia me bastaban, ese era el verdadero homenaje para mi salida. Un punto azul (la bicicleta), cargado de amarillo (las alforjas), con un sujeto de casco extraño prominente (yo), bajando por la calle Corrientes rumbo al obelisco, un último vistazo, quieto, incólume en su blancura mirando al cielo y dejando abajo a todos sus mortales porteños que se mueren por llegar a la cima. Avenida 9 de julio camino a Constitución, la estación de trenes que me sacará de la ciudad, después del susto no hay que arriesgar. Que linda Buenos Aires, me dejaste cargado de un miedo estúpido, así cargas a tus hijos parias, les dejas ese regalito, un sucio y pesado recuerdo. Con él me monte al tren, yo que tanto odio al miedo, que tanto me asquea, que me lo saco de los bolsillos cuando se me cuela alguna migaja. El primer vagón, camino a la ciudad de La Plata. No hay nada de que temer loco, laburadores todos, quedáte tranquilo. Sucio y despintado vagón, pequeño, un vagón a la libertad. Por su pequeña ventana sentía ese olor único, característico de quien quiere emprender vuelo, de quien deja todo atrás y se monta a tomar las riendas de su vida. Una que otra historia en el furgón de las bicis. El del tipo que se le ha muerto su yegua que quedo segunda en la última carrera, tenía que ir por ella al hipódromo…¿Tenes un cigarro?...de segunda llegó, y bueno que se le va hacer, ya fue, me dice. Por breves trayectos el pequeñísimo vagón se llenaba de una cantidad tal de bicis que me veía acorralado en mi rincón, con cara de yo no fui y sin querer hablar mucho. Los banderines en mi bicicleta me delatan, las alforjas, no vengo de cerca y voy para lejos, es evidente, entonces parece que hay un respeto por el que va, ya no temo a nada, he arribado a La Plata.

Como si montara la bici definitivamente, como si partiera al infinito y más allá. Cambia la forma de ver las cosas, la luz es de un tenue maravilloso, el sol no golpea, solo cumple su función de calentarnos el espíritu y la gente bien lo sabe, su sonrisa y tranquilidad me lo comunican. Me doy cuenta al preguntar una dirección y recibir una respuesta con total cordialidad…!Buen viaje Flaco!.

Como cerrar y volver a abrir los ojos en un lapso de tiempo indescifrable. Ahí estaba la ruta, su verde, sus kioscos a lado y lado, el perderse en la nada de la naturaleza, volver a ser saludado por pájaros y vacas que a mi paso perplejas atienden a mover sus orejas. Ahí estoy yo, rodando a 25 kilómetros por hora de nuevo con el corazón en la mano, con un destino próximo que para mí siempre es la cumbre más alta, el premio de montaña de una vuelta al mundo.

Primera parada, Punta Indio. Un camping familiar al lado de una playa que forma el todavía Rio de la Plata. Uno de esos tan comunes camping familiares con los que me voy a encontrar por todo el camino. Hay que reconocer que los argentinos saben de campings y no en el sentido de saber mucho de la materia, me refiero a saber disfrutar de ellos. Sus consabidas reposeras, esas sillitas multicolores, el infaltable mate, unos fiambresitos y no falta nada más. La suerte de todos mis ángeles que me acompañan hacen que el camping me salga gratis. La travesía cumple sus cometidos. ¿De dónde venís?, Colombia digo, dale tranquilo quedate que es gratis no hay problema. Luego me veo rodeado por los infaltables personajes de siempre, los niños que con sus preguntas mil no dejan de maravillarse así no tengan idea de en qué lugar esta Colombia. Ya en el camping todo es tranquilidad, familias que me acogen y puedo conversar, darse al gran gusto de la conversación. ¿Tomas mate?, cuantas veces voy a escuchar esa pregunta. Claro que tomo. Además de gustarme la yerba, para mí es el pretexto perfecto para conocer de los otros, ese es el otro viaje. La familia que siempre viene a este camping, ya son 7 un numero que en nada disminuye las ganas de viajar. Los López que son solo 4 y me invitan a unas hamburguesas a la parrilla, sigo alimentando más el alma que la panza. Hay tiempo para mirar el rio que se fue con la tormenta del día anterior en la mañana y a la tarde vuelve, ¡que sabias que son las aguas!, habrase ido un tanto a conversar con la mar cercana en la mañana mientras las familias duermen y en la tarde regresar para dar un poco de divertimento.


Caminos solitarios estos de la Argentina que me hacen hacer esfuerzos que creía olvidados. 160 kilómetros de pedaleo para una segunda jornada no están nada mal. Tenía que seguir en búsqueda de mi resguardo y los mapas y señales me hablaban de un paraje lejano. Pero una pintura que se ha hecho común en esta etapa del camino lo iluminaba. Extensos, interminables sembrados de Girasoles. Inmensos Girasoles creciendo sin cesar, propagándose por los campos. Molinos a su lado donde el viento, este del sur, sopla con furia, estrechas avenidas que me hacían hacer piruetas entre el viento y los camiones para no ser arroyado. Inevitable ver un molino así estos tan comunes y no pensar en Don Alonso Quijano, batallador de sueños, él en su “Rocinante”, yo en mi “Maleva” seguía su sombra, la de todos los que queremos ser terriblemente locos, locos por la libertad.


Se abre la puerta en otra comisaria de policía, en un pueblo perdido; General Conesa, y no entro como maleante, soy un viajero de kilómetros y países. Soy bien recibido, más mates, más charlas, pero el cansancio me vence, rápido a la carpa después de que el frío cale en los huesos, presagios del sur.


Voy camino de la mar, siempre en búsqueda de ella y me interno en una ciudad llamada “Villa Gesell”, me reciben amigos que no conozco y que basta mirarlos para reconocernos. Un asado, la arena y justo al lado, a unos pasos, el soberano mar. Hay que hacerle la reverencia a su verde y su infinito. Aunque la playa sea de esas destinadas al turismo, aunque se plague de familias y jóvenes, el mar se sostiene en su extensión y su incontenible belleza que aquí no es menos. Esperaba encontrarme con menos por lo dicho en boca de los mismos argentinos, pero he aprendido de las múltiples caras del mar.


Leo a Villa Gesell como un gran parador turístico, que se activa por estas épocas donde somos como hormigas en la calle, pero se apartar esa vida efímera que se da por temporadas para mirarla en su contenido real de casas que armonizan con el paisaje, de calles de arena que no violentan el paso del tiempo para conservar lo propio. En sus alrededores existen otro tipo de parajes con mucha más belleza aun. Aunque un tanto intervenidos por la mano del hombre y hechos para cierta clase social, lugares como Mar de las Pampas, Carilo, se mantienen en su belleza y combinan un perfecto bosquecito de pinos, con casas de madera y luego el mar. Pero para mi sorpresa, el hombre se lleva sus artificiales mundos con él y puede en medio de estos bosques armar un perfecto centro comercial donde exhibe sus autos y sus marcas de ropa, como si esto le imprimiera un glamur, sin saber que la sombra de los árboles y la estela de hojas que caen ya de por si son la perfecta gala que la naturaleza regala para embellecerlo todo. En medio de ese bosque donde mi amigo Alejandro hace su programa de radio “Después del chapuzón” tuve una entrevista. Era más una charla de amigos para comentar mi viaje y esta nueva etapa que ahora comienza. Contar anécdotas, formas de ver a esta gente que está fuera de la capital y que no me canso de repetir es la verdadera Argentina. Tan ajena al acoso de tiempo y su falso devenir, su ritmo de tun tun acelerado, estas ciudades se miran, se reconocen, se dan un tiempo para la conversación, es por eso que puedo estar entre amigos y charlar sin que pareciera que delante mío tengo un micrófono.


Villa Gesell me despidió con música, que mejor despedida. Por aquello de estar en pleno verano las actividades culturales están a la orden del día. Cuento con la suerte de ver en vivo a quien tanto escuche en Buenos Aires, al bueno de Kevin Johansen, que en sus propias palabras se diría un desgenerado de la música por no tener un ritmo que lo encasille, eso lo hace mucho más libre y suenan la flauta traversa, los bongoes, el charango, suena su intima guitarra acústica y su profunda voz. Kevin le canta a todo, puede cantarle a su hija que ha visto dormir en el calor del verano y a esa misma que se mece en un columpio, allí hay una canción, con esa sencillez tan suya y con una gala de virtuosismo y humildad su banda se deja escuchar en el centro de Villa Gesell, para mí es una fanfarria de despedida irme con los oídos y el corazón lleno de música, no puede haber mejor alimento.


Retomo el camino de la costa para ir a otro de esos lugares donde estalla la gente, me refiero a Mar del Plata. Voy pedaleando bajo un sol intenso, voy entre extensiones de tierra y justo a la altura de Santa Clara aparece. Es el mar haciendo una perfecta entrada. Tiñendo al viento de de ese dulce olor salada que se te mete por los poros. Hay que saludarlo, hacerle una reverencia. Te acarician los colores, el verde turquesa y el azul de variadas tonalidades. Veo la ciudad a lo lejos bajo esa bruma de las grandes ciudades, me acerco cada vez más. Me gusta la sensación de ir viendo como la ciudad se acerca al ritmo del pedaleo, así la voy dibujando. De repente me veo circulando una gran avenida de gente que quiere desembocar a la playa, con sus reposeras, su termo para el mate, sus sombrillas de playa. Salen de todas partes y una fila de carros secunda al mar. Son cientos, estamos en temporada y este es uno de los lugares más visitados de toda la Argentina, sobre todo la gente de Buenos Aires que parece que se volcara en una sola a estas playas.


Aquí me esperan otro par de buenos amigos, Brian y Aldana. Viajeros, músicos, literatos. Amigos de corridas por el mundo que conocen de caminos. Se instalan lejos del bullicio en la otra Mar del Plata. Su rincón me acoge como al que más.


De esos lugares grandes y congestionados me quedo con pocas apreciaciones, parece que ya todo estuviera dicho y que el bullicio no dejara llegar las palabras. Camine la rambla que va paralela a la playa y cada vez veía más gente aquí en “la feliz” como apodan a la ciudad. Cada playa traía más gente que la otra, era una colmena de hormigas con sombrillitas de color, hasta tuve la osadía de meterme dentro del tumulto y esquivar una que otra pelota playera. Fui hasta las rocas y entre pescadores veteranos y aficionados, enamorados tostándose al sol y chiquitos dando brincos vi otra cara del mar. Me fui casi hasta el puerto para saludar de lejos a los barcos y regrese a casa cuando ya caía el día llevándome esa imagen de la ciudad.


Prefería volver a casa a conversar con mis amigos, escuchar las recomendaciones musicales de Brian y las literarias de Aldana, hablar de sus recorridos por Europa y Latinoamérica a dedo con bandoneón y guitarra, viviendo otra forma de viajar muy similar a la mía. Se extendía la conversación y se cerraba el telón de Mar del Plata, pero se abría toda la Argentina para mí en un recorrido que apenas comienza.

Buenos Aires o del beso judío.


Fue en la esquina de Bartolomé Mitre y Rodríguez Peña. Otro más que se le vino la vida encima y decidió lanzarse al pavimento desde las alturas en esta ciudad que aniquila sueños y esperanzas. Al lado de su cuerpo inerte cubierto por un plástico negro corre un hilito de sangre que se convierte en un pequeño charco.


Yo llegaba en primavera ingenuo de todo lo que aquí acontecía, todavía no intuía esa sonrisita sospechosa en los labios de las mujeres que transitan por las calles porteñas, una sonrisita que encierra mil intenciones, la primera, la de la seducción.

Han sabido vender bien esta ciudad, el marketing les ha funcionado y como muchos fui presa del espejismo que se disfraza de ciudad y que dentro esconde una poderosa fiera que resopla de odio e indiferencia.

Buenos Aires es esa puerta falsa de una Europa que muchos quieren alcanzar y no pueden, es el sueño del sur, el otro norte donde no se permite la entrada. Pero no es Europa y me temo que Latinoamérica tampoco. La identidad aquí se diluyo entre tanta migración, negro e indios desaparecieron y con ellos un ser se fue yendo. Vengo de una ciudad enclavada entre montañas, nos sumimos en un valle pero nos reconocemos un tanto más en una unidad de continente, con unas costumbres más nuestras y aunque este a nueve horas del mar sigue siendo el trópico, la condición de Caribe es la que impera en nuestra región. El Caribe es un concepto que va más allá de la palmera y el coco. Es una actitud de vida ante la vida así suene redundante.

En este extraño sur de variadas estaciones el Caribe se pierde, no existe. Como diría el Gabo, el Caribe comienza en Nueva York y termina en Brasil. Y digo que no existe en eso exótico que escasea, la ausencia de frutas, sabores y colores. Por supuesto hay otros aires aquí pero no sé si son buenos. Aires de extremo miedo y paranoia, aires de individualidad y egoísmo, aires de urbe arrogante que se viste con ropajes antiguos y que ahora son hilachas. Se me antoja que es como la imagen de ese mendigo con ropas raídas que ves sentado en la banca de un parque en el que intuyes que en antaño fue prospero. Todavía lleva un sombrero de copa aplastado y agujereado, viste un sobretodo largo y sucio así haga calor, puede sacar de sus bolsillos una boquilla partida para fumar las colillas de cigarrillo que recoge del piso y sueña que se come un bife de chorizo, unas milanesas, un sándwich de roquefort, una picada con todo tipo de fiambres, un pollo al verdeo con purecito de zapallo, cuando solo cuenta con las migajas de pan que saca de su otro bolsillo. Este mendigo solo sabe del baile pasional y profundamente triste que invento en estos Aires, el Tango, el bendito y el maldito, melancólico y arrabalero. Por eso este mendigo se queja cuando habla, su canto y su hablar es una eterna queja. Antes se quejaba de todas esas minas que no fueron suyas, ahora el quejido es un canto colectivo, un coro de mendigos pro esos manjares que le son negados y por las zapatillas que le robaron, por las nuevas gripes que lo aquejan y que su gobierno pinta como pandemia queriéndolo alejar de los otros.

También buscaba ese baile, ese canto que es la única y más profunda expresión de un pueblo, aquel que no se canta y se baila muere en su silencio. Venía a perseguir la milonguita de los cafetines y me encontré con otro producto de mostrador empaquetado con precios altísimos para extranjeros. Copa, cena, show, show prefabricado en lugares de lujo que el tango mismo no conoció. Excursión para escuchar la comparsita y mi buenos aires querido en algún suntuoso local de la Boca, Puerto Madero o la Rural donde sumisos turistas con cámara en mano disparan los flashes al espectáculo que más tarde verán en casa. Esos cuatro pasos y la coreografía fría de todas las noches encanta y les encanta, esa es la magia del Buenos Aires turístico, de la puerta del hotel al local, de noche y con vidrios oscuros para que la miseria de la ciudad no se vea mucho. Al ritmo del 2 x 4, con bife y botella de vino sale el turista convencido vivió una autentica experiencia local.

Todos caemos, yo anotaba esto en mis blancas libretas de apuntes a la llegada a Buenos Aires en aquella primavera:

Vengo a coquetearle a esta Buenos Aires, de parques varios, de mujeres al sol, de edificios plantados cientos de años atrás a los que todavía se les caen algunas flores. A esta ciudad tan desesperadamente cantada por tantos apenas la camino haciéndole guiños desde las aceras. Me asaltan avenidas que conocía en poemas. Aquí está la sombre de monstruos que se hicieron de letras. Palpita de esta forma tan extraña, con un tiempo tan desigual, las formas del pasado en viejos apartamentos. Este presente transfigurado con un sentimiento del pasado es el que habla aquí. Tengo miles de nombres y plazas en la cabeza, tantos cafés por descubrir, me espera el canto de la uva y el grito melancólico del tango que todavía no escucho, a pesar de haber visto algunos en la cara de los viejos, porque ese ritmo tan argentino no solo es una nota tras otra y una musiquita venida del bandoneón, aquí eso existe en todas partes y es un aire que se respira, así como en Brasil me atacaban las notas de la Bossa nova por las calles de Rio. Toca el viento de la primavera en Buenos Aires y se pone más tarde el sol. Tenemos días por vivir y noches por parir antes de que germine mucha más nostalgia.

Vi en las calles, en esos tempranos días bonaerenses una experiencia más verdadera que tenía que acontecer solo allí. En esa gran avenida de Mayo cerraban un gran pedazo y la regaban con música y orquestas típicas, a la gente no le quedaba más opción que volcarse al pavimento y dejarse ser, sentirse piel a piel en el arrebatado ritmo pasional y sensual del bendito tango. No había edad ni condición social, aquí el tango se daba como es, o más bien como debería ser, de todos y para todos. Pensaba en Nietzsche parodiándolo un poco con aquello que decía: “No creo en un Dios que no dance”, yo no podría creer en un pueblo que no dance y no se encuentre en ese íntimo ritual. Ese espectáculo me había tranquilizado un poco aunque el producto empaquetado se seguía vendiendo.

Viviendo una ciudad en su día a día se le quita la máscara que el mercado le ha impuesto y aquí pude ver más allá del glamur que le ponen a Buenos Aires. De aquí para allá trasegué por posadas, pensiones, hoteles y residencias como un paria en tierra de exiliados. Bolivianos, peruanos, paraguayos y en el mayor y más triste de los casos por lo que me toca. Huyendo de lo que les fue negado encuentran en este espejismo un oasis, una ilusión que por contraposición de nuestra realidad resulta medianamente paradisiaco.

En esas posadas y residencias de estudiantes y habitantes pasajeros se empezaba a caer el velo de la ciudad. Los mismos platos, las mismas comidas, la necesidad común, la angustia colectiva, la nostalgia por la tierra. ¿Dónde están las frutas miles, el calor del trópico, de gente, donde la sonrisa que no sea la irónica del porteño? Ese que putea como idioma común. ¡Qué hijo de puta! ¡Andate a cagar! ¡La Puta que te pario! ¡Andate a la concha de tu madre! ¡Sos un tarado!...”No es que estemos enojados, es que hablamos así, somos así”, le escuche decir al antropólogo argentino Néstor García Canclini desde tierras aztecas. Yo me sigo preguntando el porqué de esta actitud que no abraza, que no conoce de su propia tierra, que siempre esta mirando para afuera y desdeña sus producto.

El porteño que es el que me ha tocado vivir, grita para alabar su carne y vino; exquisitos por demás, y canta en los estadios a vivo pulmón, aunque ahora sea época de vacas muertas y cueros rotos. Hay un cadáver no tan exquisito paseándose por las calles de Buenos Aires, es una melancolía por la prosperidad del pasado y ahora esa melancolía se transfigura en la cara de la miseria de esas familias instaladas en las aceras de las calles, de cualquier calle y también en esa rabia de un pueblo que no aguanta la desfachatez de sus dirigentes que desangran las riquezas del estado. Una frase desesperanzadora escucho en los labios de la gente siempre: “Es lo que hay”, como si no pudiera haber más, como si no fuera a haber más. Hay poco, hay nada, hay todo a medias, hubo ferrocarril, hubo progreso, hubo prosperidad. Ahora hay miedo y desesperanza, esos síndromes tan de nuestro tiempo.

En Buenos Aires fui despojado de mi compañera de viajes aquel fatídico 7 de Agosto cuando cortaron la cadena que la ataba al puesto de diarios y se la llevaron no sé a dónde. Pero es el pan de cada día de nuestras grandes ciudades, miles de historias de bicicletas robadas, de vidas robadas por la desesperación y el consumismo. En Buenos Aires conocí la villa 31 donde también tuvo precio mi curiosidad. La ley del gueto no admite forasteros, carne de cañón, perro come perro. Un mundo que la misma Buenos Aires desconoce o no quiere mirar. Tal vez uno que otro programa “periodístico” amarillista que se jacta de tener corazón tocando las puertas de la miseria con sus cámaras solo para alimentar nuestro morbo. Las villas son el mundo entero, son el resumen de una sociedad que niega y entonces la vida tiene que buscar escapatoria en cualquier hueco, pegar sus casas con babas y cartón. Multicolor espacio lleno de vida por doquier, la vida abriéndose paso con voracidad. Una Latinoamérica unida por la necesidad toda junta. Aquí no hay glamur, no hay gaseosa servida en copas ni menús con nombres raros, un pizarrón y una tiza basta para proponer la comida del día, Perú, Paraguay, Bolivia, Colombia todos presentes, la América mestiza y olvidad.

Buenos Aires es un sueño del que quiero despertar y del que ella misma tiene que despertar para mirarse, pensarse y caminar en dirección a sí misma. Para que no la sobrevivan esas nuevas formas de dictadura que tanto le pesaron tiempo atrás.

Que no siga pasando como canta Fito…”La Argentina ensimismada, que contiene enciclopedia de uno mismo…” que la casa no desaparezca…nunca más.