Lo que yo quiero decir es América Latina...

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viernes, 20 de agosto de 2010

Uyuni, un hombre en la luna.



La pequeña población de Uyuni descansa a la sombra de su mayor atractivo turístico, el Salar, el salar más grande del mundo, una extensa blancura que lo cubre todo. El pueblo solo es un punto de paso desde donde te diriges al tan mentado salar.

Desde aquí es donde empiezo a vivir Bolivia, la del profundo rostro indígena, la de esas mujeres con sus faldones, uno puesto sobre el otro, esos colores vivos, llamativos, festivos, cortando en estas tierras la aridez del paisaje y en otras confundiéndose con él, esos sombreros que se elevan sobre sus cabezas sin entrar en ellas.

Uyuni es un pueblo chico y la vida discurre entre su calle peatonal y las cientos de ofertas para recorrer el salar. En las vitrinas y como gancho comercial los viajantes han dejado sus mensajes recomendando tal y cual agencia, diciendo lo bien que la pasaron…lo poco que vieron, en árabe, francés, inglés y quien sabe que lenguas mas, cartelitos de colores como esquelas en un álbum. Pero esto por supuesto no es lo más interesante de Uyuni. Pocas calles cortan el pueblo que se deja recorrer fácilmente. Con un par de mercados donde matronas se apoltronan como reinas de sus mercaderías y locales donde tímidos pedazos de carne cuelgan, luego se puede pasar a una serie de mesas que hacen las veces de restaurante y mujeres que te ofrecen variados menús, que entre carnes de Llama, chancho y cordero hacen las delicias de propios y viajeros de paso, aunque particularmente parece que a la guía lonely planet se le olvido mentar este lugar porque ningún extranjero se aparece por allí, como lo dije, la sombra del salar se lo roba todo. Estas cosas siempre me hacen pensar sobre los viajes, los de la gente, el mío, sobre lo que hay que ver, sobre lo que se encuentra para ver, me gusta repetirme hasta el cansancio que mis viajes son por la gente y no por los lugares, la gente da espacio a lugares y sucesos que son los que abren la verdadera brecha de la realidad.

En cierta ocasión quería comprar una cerveza, la tarde estaba apta pare ello después de un buen plato de comida y bien podría haber ido a la calle peatonal aquella y sentarme en uno de esos lugares bien adornaditos, pero la cerveza además de costosa era chica y buscando buscando di con el distribuidor de la buena cerveza potosina, la cerveza local. Un garaje en el que había que golpear una puerta siempre cerrada, se abría y una mujer mayor con presteza sacaba la inmensa cerveza y hasta un vaso te ofrecía. No era un bar, no era una tienda, era una distribuidora que olía a cebada y tenía cajones y cajones apilados, la mujer callaba pero sabía sonreír como lo hace el pueblo boliviano, con una sonrisa tímida pero sincera, no es un pueblo curioso pero sí bastante atento.

Se había formado un grupito para ir a pedalear el salar, junto con mi amigo Juan estaban Clementine de Francia y Ariel de Argentina. No había sido nada fácil conseguir las bicicletas para nuestros amigos. Pasar de lobo estepario a coordinar la manada. Igual venía bien un tanto de compañía para remontar tan difícil tramo como lo es el del salar. Con provisiones para tres días nos lanzaríamos a la blanca planicie.

Bolivia representaba paisajes de esta envergadura, un país pequeño, un tanto olvidado, que el mundo miraba ahora por tener un presidente indígena que los representase se lazaba desde siempre con estas maravillas. De haber estado solo hubiera tenido que conocer el salar bajo las caparazones de las 4 por 4 que son los animales naturales del salar, por suerte los amigos del camino dan esa entereza para afrontar nuevos retos.

Así nos mandábamos una mañana con dos bicicletas viajeras y otro par que apenas podían llamarse bicicletas. Las agencias estas, que ofrecen el oro y el moro, no tenían por supuesto un buen par de bicicletas para remontar el salar, no muchos lo hacen, solo aquellos que llegan en las propias. De todas maneras estaba el espíritu por trasegar esos blancos e inmaculados caminos.

Si uno no supiera de la existencia del salar, diría, saliendo de Uyuni, por esos paisajes extremadamente áridos, que jamás podría encontrarse con la extensa blancura de la sal. Unas casas de barro y arena, polvo, suciedad, marcan la salida de Uyuni. Un cementerio de bolsas plásticas que se queda atascado en los espinosos arbusticos que se dibujan a lado y lado del camino. El camino es de tierra y piedras sueltas que dificultan el pedaleo, pero así y todo no bajan los ánimos y vamos en pos de nuestro objetivo.

La primera jornada es corta, no hay que abusar. Nos regala el camino un pueblo más que diminuto llamado Colchani. Todo está quieto, algunas pintadas de propaganda política han manchado las paredes y otro tanto de publicidad añeja sobre el salar se ve des dibujado de las mismas, pero un renovado y verde cartel avisa que a 5 kilómetros esta el salar. Con un par de puntos marcados en el Salar, sabemos que hay que hacer noche allí si se quiere alcanzar dichos puntos.

Esto es la evocación de un pueblo que se supo con movimiento años atrás. Las vías del tren que todavía se ven agarradas a la tierra nos hablan de esas historias. Las casas derruidas al lado de estas vías nos cuentan que fue hace mucho lo del movimiento. Solo las 4 por 4 pasan raudas por allí y alguno que otro carro que abastece de alimentos al pueblo. La mujer que te vende el chicharrón con mote me habla que ni siquiera conocer el salar, su vida ha transcurrido allí sin mayor curiosidad por las fronteras.

Veo las casas construidas con bloques de sal, firme sal, imbatible, sirviendo además de sazón, de cimiento para construir un hogar. Hay algunos montículos de sal alrededor del pueblito, montículos que pasaran a ser procesados artesanalmente, como artesanalmente serán sellados por una vela en la oscuridad de la noche, eso pude ver, unas manitos laboriosas introduciendo la sal en pequeñas bolsas, que luego serían selladas ahí mismo con el calor de la luz de la parafina. El frio golpea fuerte en las inmediaciones del salar, no hay que olvidar que al fin y al cabo esto es un desierto. El día pasa viendo caer la luz en este pueblo olvidado donde luego la noche lo envuelve todo.

Es de día, hay que ir a perderse en la blancura, como un blanco océano para tener como destino una isla, una isla de cactus y rocas en medio de la nada. Nos vemos entonces a las puertas del salar donde una inscripción recuerda que algunos murieron allí, no es este motivo para amedrentarse y dar marcha atrás, en el camino no se conoce la palabra miedo, el miedo quedo muchos kilómetros atrás cuando me vi de frente con esta aventura.

Pequeñas montañas de sal, sal en estado puro, charcos de sal, caminos de sal. Todo se empieza a cubrir de blanco. Con fuerza se dan esos primeros pedalazos y uno se pregunta si todo será así. No hay más ruta que las que han marcado los carros que una y otra vez pasan por allí cargados de turistas. Es una sombra negra que dejan las ruedas y que sirven como guía, hacía la isla, hacia la isla. La isla pescado que es así como se llama dibujada en nuestras mentes. Pero luego la inmensidad del salar lo borra todo, es un papel en blanco, una extensa pizarra.

Me pierdo de la manada, no puedo andar con ellos, mi egoísmo me lleva kilómetros adelante y mi mente se pone como el salar, en blanco, no hay nada en que pensar más que en el horizonte blanco. No hay otro paisaje como este, tal vez la Antártida como espejo de este paraje se le asemeje, yo no he ido todavía allá. Por ahora ruedo sobre este suelo firme de cristales finos y el piso se seca formando hexágonos por doquier. Los lentes oscuros aminoran el brillo que viene de la superficie. Miro hacia atrás y veo unos puntos que se van perdiendo con la blancura, son mis compañeros, van quedando a lo lejos, me sumo en un transe del que nadie me puede sacar, esta es mi luna, mi superficie de cráteres planos.

Hay un monstruo en algún lugar del salar, es un hotel, con paredes e inmobiliario salado, a algunos le interesa quedarse allí, aquel exotismo turístico. Unas bandeas ondean a la salida del hotel y derrapan algunas avionetas, otros autos llegan cargados de turistas, caen desde el cielo o los traen algunas ruedas, nosotros seguimos rodando en dos y vemos como otros más lo hacen también.

Siguiendo con el camino me vuelvo a perder, por minutos, por horas, vuelvo a mi luna salada. Solo se ve manchado el camino cuando pasan las 4 por 4 zumbando a lo lejos, de resto la inmensidad y la blancura lo domina todo. Hay que detenerse por unos minutos para experimentar algo impensado en las ciudades, el silencio. Me parece que nunca había experimentado un silencio más puro, más virginal. Un silencio pintado de blanco. Si el cielo existiera debería ser algo así, no sé si exista.

Me he detenido en la única piedra que encuentro en el desierto. Por supuesto es una piedra de sal. Al lado hay un pequeño pozo, veo el agua al interior, lanzo algunas rocas que encuentro, pequeños trozos salados, juego en medio de la nada. Hay hexágonos por doquier, hexágonos de sal, resequedades simétricas. No escucho más que mis pisadas y el viento se ha ido, me ha dejado oír el silencio.

Mis cansados amigos se han quedado atrás y yo continuo llevando la bandera del egoísmo, huyo, huyo con un ritmo continuo y vuelvo a perderme, perderme en mi soledad, dejo que el desierto me trague, me envuelva y soy solo un punto que se mueve lentamente bajo dos ruedas.

Aparece la isla. Se ve a kilómetros y parece el más bello de los espejismos. Las distancias en el desierto no son lo que parece o más bien, aparece. La isla se ve, cerca o lejos. No se sabe. Se ve y el ritmo del pedal parece que te acercara a ella, pero no. Va apareciendo, el contorno, su lomo, como un animal que duerme en la lejanía. Como la boa que se trago al elefante en el principito y crece su panza. Por muchos kilómetros y minutos la ves pero no la tocas, no se hace presente, hace falta mucho tiempo para tocarla, para derrapar en ella, es un ejercicio de paciencia llegar hasta ella pero por fin lo logro.

Soy el Robinson de mi isla. Los cactus me saludan en su espinosa soledad y un animalejo que raudo se esconde a mi llegada, vaya usted a saber que es. Corono mi isla desde la punta y veo el blanco mar de sal mientras llega la noche, cae el sol y los naranjas y amarillos hacen presencia en el cielo. Sigo solo y mis compañeros no llegan, pienso que se los trago la inmensidad y tengo que hacer campamento pues ya hay un manto negro en el cielo. Salgo a la mitad de la nada haciendo luces gritando al cielo porque aparezcan y más allá unas luces me responden también. Los ha pillado el cansancio y el espectro de la isla les jugo todo el camino. En el desierto lo mental juega mucho más que lo físico. Veían la isla pero no la podían tocar y eso fue lo que los aniquilo.

Ya es de noche y mis derrotados amigos duermen, la jornada ha sido devastadora para ellos, para mí, la más bella de las jornadas, uno de los días más gloriosos del viaje, ser rey en este salar, transitar el silencio y la soledad en un estado total de éxtasis. La noche entonces me regala todas las estrellas que puede, son millones, billones, se desprenden a cada tanto en una veta luminosa, me interno un poco más en la nada del salar para que el velo negro lo cubra todo y se dejen ver más estrellas, así entonces termina la noche, mi primera noche en el salar más grande del mundo. Hay que anotar que la isla encontrada no era la que buscábamos, íbamos en pos de la isla pescado y apareció la Incahuasi, pero no había más que anclar allí.

Al día siguiente la luz lo iluminaba todo y había que remontar la última meta de este recorrido, queriendo ir al pueblo de Tahua a las orillas del salar. No serían los 80 kilómetros del día anterior, hoy solo serían 40. El salar daba las fuerzas para seguir en pie y rodando. Desde la lejanía se escuchaba una música, presagio de lo que vendría. Volvimos a errar, No era Tahua, era el pueblo de Coqueza, pero sería tal vez la más bella equivocación, el buen azar que nos quiso llevar allí.

Llegaba a una fiesta, la fiesta de San Antonio, el pequeño pueblo que miraba al salar, construido con rocas se alzaba en jolgorio y celebración. En la diminuta plaza, se levantaba la polvareda debido a la danza. Hombres con tambores y vientos resonando hacían danzar a todos. En pueblos como estos veo derrotada toda teoría política, todo falso discurso que alza el hombre. Ni comunismo, ni capitalismo, ningún ismo funciona aquí más que la hermandad. Lo digo por el movimiento de la fiesta, había un plato de comida, de abundante comida para cada comensal, incluso el despistado extranjero que llega y nada entiende cuando se le convida a tan bello gesto, hasta la bebida, cerveza por doquier era regalada. Aquí no se enarbolaba ninguna bandera más que la de felicidad y la fiesta. Paraba un grupo, seguía el otro, hombres y mujeres, extranjeros y locales se abrasaban, venia una ronda y otra y todo era jubilo. Un hermoso día de sol para cortar algún frio que quedara en el alma. La noche no lo detenía todo, al contrario se animaba más, un par de hombres traían el sonido y la cerveza y el trago local seguían rodando. No se podía negar uno a entrar en el juego, alguien te agarraba de la mano y te veías en el juego de la ronda y el baile sin poder parar. Un hombre viene con una gran bandeja una y otra vez llevando pequeñas copas, una bebida no muy fuerte para alegrar más el espíritu, otro hombre atrás con otra bandeja para no ir a dejar las copas de plástico por ahí, la acción se repetía sin cesar. Aquí no había extraños todos éramos hermanos. Ya bien caída la noche se calmo la música que no había parado de sonar desde el medio día del día anterior, ya era justo, los pies no daban más. Nos repartíamos en conversaciones en los laterales de la pequeña placita, una conversación aquí, otra allá, hermanos todos.

Al día siguiente no se había detenido la solidaridad y un hombre nos invita a un plato de sopa. Una gigantesca olla de sopa para que cada persona del pueblo venga por su plato, es de no creer tanta solidaridad, tanto espíritu de unión, tanto bello desinterés. La sopa viene de maravilla, cierra con broche de oro esa magnífica equivocación de haber venido a parar a orillas del Salar de Uyuni para obtener este regalo.

Volveríamos en carro a Uyuni, con las bicicletas en las alturas y una película blanca rodando por las ventanillas de ese paisaje inmaculado instalado bien adentro del corazón.


Bolivia, la frontera.

Hierven la mayoría de las fronteras. Esta se asemeja a un hormiguero. Desfilan diminutos hombres y mujeres por un angosto puente que solo ellos usan. Van cargando todo tipo de mercaderías, solo son bultos que corren raudos de un lado a otro. De Argentina a Bolivia, llevando lo que no hay de un lugar a otro. Un par de patitas que ves moverse en el calor de la mañana mientras golpea el viento que trae una ráfaga de frio.

Hay un puente, parece que siempre hubiera un puente que corta la geografía, me parece que esto ya lo dije, me parece que lo vuelvo a decir, yo me repito, el hombre se repite, los países se repiten, con distintas caras nos miramos pero igual nos repetimos. Hace rato no tenía una frontera con tanto movimiento, me viene a la mente Ciudad del este, pero la Quiaca tiene otra cara. Las mujeres con esos eternos faldones y esa piel negra mascando coca miran con ojos apagados. Rojo, amarillo y verde ondea en lo alto del puente y en algunos de los buses que se detienen en el. Por uno de estos buses los trámites fronterizos se hacen más caóticos. Una ventanilla, dos funcionarios, la gente que va y viene en un lentísimo devenir burocrático. Un angosto corredor y afuera los hombres como hormigas no paran de correr, la única ley de la frontera es la ley del dinero. Productos de un lado y del otro, la moneda de un lado y otra moneda del otro y el letrero de “Money Exchange” dibujado en hileras de locales. En cuanto andará el señor dólar por estas tierras. Anda bajo, anda alto dependiendo del punto de vista, dependiendo de la procedencia. Del otro lado del puente en esta nueva Bolivia para mi, tengo una bienvenida un tanto folklórica. No es la diligencia de otros países detrás de la ventanilla donde te estampan el sello. Este señor bien podría estar vendiendo tomates a la salida del puente. Se quiere pasar de listo cobrándome un dinero que no debe ser, pero mis kilómetros y experiencias fronterizas me han dado la perspicacia de torear estos fieros animales. Informo que voy andando en bicicleta y ni mi casco, guantes y ropa de ciclista son suficientes para este individuo y así manda a uno de sus ayudantes, un desprevenido infante a corroborar dicha información. Se me tacha de hippie y malabarista, además de alegar intenciones de que me querré quedar en su país, nada de esto es cierto por supuesto, ni tengo profesión más que la de viajero ni pretendo quedarme en ningún lugar. Ante mi firme convicción obtengo mi sello de entrada, estoy en Bolivia.

Se abre esta primera calle como una piñata en un cumpleaños, hay niños, viejos, hombres, muchos hombres, siguen engalanando las mujeres con sus faldones, hay locales miles, hay mercancía que viene de no sé donde, falta la luz, estamos en Latinoamérica, no sabes a dónde mirar, todo punto se roba tu atención, las calles son de piedra, el comercio informal es el rey, esto es Villazón, la primera ciudad de Bolivia.

Aprieta el hambre y la oferta de comida no se hace esperar. Un hombre y una mujer atienden con su carretilla abarrotada de ollas en una acera. Diez bolivianos o 6 pesos argentinos, en las fronteras se juega con dos monedas. Una comida barata y abundante, aquí soy menos pobre pero igual de paria que todos. Arroz, fideos, ensaladas variadas, chuletas de cerdo, picante, mucho picante, todo en un mismo plato, estoy en otro país, un país más cercano al mío. En esa misma acera como sintiéndome uno más, no tendría porque ser diferente y como mi almuerzo.

No da para quedarse en este caos y los nuevos caminos bolivianos que sabemos difíciles plantean el mayor reto e interrogante a la vez. Vuelve a aparecer la figura mitológica del tren haciendo guiños. Bolivia no ha aniquilado el tren del todo, de hecho resulta uno de los medios más amables para acortar camino, quiero dar un salto hasta la ciudad de Uyuni y cuento con la suerte de estar a tiempo para ir a tomarlo, el tren espera allá dormido para remontar ese primer tramo Boliviano.
Entre los bultos de los locales que viajan en el, las mochilas de los siempre presentes mochileros voy colando mi bicicleta que se parapeta como otro objeto mas y vuelvo a subir a un tren, un tren que me sorprende por su pulcritud y buena atención. No hay que subestimar a los países y su gente, Bolivia tiene lo propio, su magia indígena y árida.

Solo serán nueve horas de viaje, unas con luz y otras en la noche para llegar hasta Uyuni. Vamos desplazándonos lento por tierras áridas y deshabitadas. Un hombre limpia periódicamente los pasillos del tren y quita el polvo que se va acumulando en el televisor que hay en cada vagón, si, hay televisión para el “disfrute” de los viajeros. Afuera poblaciones perdidas en el espacio se suceden con el paso de los kilómetros en esta agreste Bolivia y a cada tanto carreteras de piedra y arena se pueden ver a través de las ventanas que también se llenan de polvo. Me encantaba entrar así, de esta manera a mi nuevo país que era una total incógnita para mí, el último que me faltaba por conocer, más no el último por recorrer, mucho tenía que aprender de Bolivia.

Hace el tren su primera parada, es de noche en la población de Tupiza, muchos bajan, muchos suben, afuera los puestos de comida vuelven a rebosar los platos y el tiempo es justo para ir a llenar la panza. El tren hace su llamado no bien ha descansado y todos de nuevo acudimos a él.
No hay luz afuera por los caminos y se ha sucedido la noche, solo en las curvas la luz potente del tren ilumina las rocosas paredes de las montañas, nos dejamos abrazar por la noche y esperar nuestro destino. En la madrugada arriba el tren a buen puerto, todo está calmo, casi muerto y así es como llegamos a Uyuni.

miércoles, 30 de junio de 2010

Norte Argentino, un amigo para cortar el frio.

Se dibujaba en la mente otro país, había que ir saliendo de Argentina, remontar su norte para cruzar a Bolivia. Pero en el papel todo resulta fácil y en esta Latinoamérica inusitada nunca sabes que hay a la vuelta de la curva.

Una fría mañana tucumana tenía que ser cortada a pedal después de mucho tiempo de no tomar las bielas. Con paciencia y un camino por delante salí. La constante hasta la salida de este país sería una: el intenso frio. Ni siquiera en el sur donde se supone todo lo cubre la nieve y las bajas temperaturas llegue a sentir tanto frio como aquí. Cada jornada suponía un nuevo descubrimiento de temperaturas jamás vividas. Las montañas se aparcaban a lado y lado como testigos del viento helado. En el primer pueblo que pare, Trancas, alguien me advirtió cuando vio que armaba mi carpa que caería una fuerte helada. Yo todavía con las imágenes y sensaciones del sur hice caso omiso. En verdad la noche no fue tan fría, lo que si sucedió en la madrugada cuando punzaba el frio. En la mañana vi lo inesperado, mi carpa estaba toda cubierta por una fina escarcha, pequeños trozos de hielos adheridos como babosas a sus paredes, fue ahí cuando entendí lo de la madrugada. Salí por los caminos y al ver las montañas que iban quedando atrás me di cuenta de la magnitud del frío nocturno pues la cima de ellas estaba cubierta de nieve. El camino se presentaba como una constante y ligera inclinación que exigía al cuerpo y aunque el sol se pusiera en el cielo el frio seguía imperando.

En una estación de servicio, degustando lo que era mi almuerzo de aquel día, galletas integrales, con jugo de durazno y maní, me aconteció un hecho de singular belleza. Nunca he enarbolado mi libertad al hacer lo que hago, solo la nombro en los actos que acontecen, pero hoy mi libertad se vio reflejada y cantada. Al sentarme a comer en aquella estación fui interpelado por una pareja de ancianos. Él, bastante curioso preguntaba sobre mi viaje, yo gustoso de nuevas conversaciones contestaba. Siempre se sirven en la mesa los temas de siempre, lo importante son los puntos de vista de cada uno. La señora por su parte callaba y solo intervenía para corregir a su esposo cuando erraba en los datos. Se despidieron amablemente y fue entonces cuando la señora tuvo voz propia para decirme lo siguiente: “Lo felicito por el sentido de la libertad que tiene”. No dijo más, con decir aquello ya todo estaba dicho. A mí me quedo sonando aquella frase todo el resto del camino, tanto como para terminar haciendo una jornada de 140 kilómetros sin que los sintiera mucho. Muchos hablan de lo que carecen, como aquello de que perro que ladra no muerde. Los he visto a lo largo del viaje hablando de su libertad, de sus alas, pero que tienen cadenas las cuales no pueden ver, en suma de lo que no tienen o lo que esta intervenido. No creo en la libertad, creo si, en como lo dijera el maestro González, los procesos de liberación, por eso creo que con cada pedalazo y la certeza de hacerlo me voy liberando y es tal vez lo que vio aquella señora sabiamente, un “sentido”, no un final, una forma de entenderlo, de vivirlo en última instancia.

Se acercaba otra ciudad bien mentada, Salta. Se acercaba otra fecha que pudiera ser cualquiera, pero no cuando se está sobre una bicicleta y en cualquier lugar del camino. Se acercaba mi cumpleaños, el tercero en este viaje y las cuestas del camino me negaban la llegada y yo que a veces me hayo preso de la ansiedad quise apurar para no verme en medio de la nada soplando las velas del pastel, son uno de esos sucesos que solo importan en este caso al que escribe estas palabras. Si, volví a pedir un ligero aventón y así llegar hasta Salta, la linda como la llaman.

Aunque como me decía el amigo que me llevo hasta la entrada de la ciudad, esta ha sido supremamente vendida como atractivo turístico, Salta sigue teniendo la magia de un tanto de urbe con la fascinación de los pequeños pueblos. Hay que ir a descubrir las calles de Salta en el encuentro de las esquinas. Hay que leer sus carteles con los nombres pomposos de calles y hay que dejarse iluminar con el sol que volvía a salir en Salta. Cumplí años acompañado de quien quise y de la mejor manera descubriendo un espacio lleno de calor. Supimos descubrir la otra Salta para transitarla como se debe, despacio. En su patio de las empanadas, las famosas salteñas, unas pequeñas empanaditas fritas que hacen las delicias de muchos paladares. Un hombre se pasea por el pequeño patio y toca canciones que me hacen recordar a mis padres de esas tonadas que escuchaba en la infancia, esas bellas sambas.

En Salta hay un cable al cielo para subir en teleférico y apreciar su belleza desde lo alto, entonces vemos como las montañas abrazan la ciudad que se ve bella hasta cuando el sol la abandona.
En una esquina perdida se encuentra uno con lo que se tiene que encontrar. Alejado del bullicio de la avenida Balcarce, la de las peñas y discotecas, Don Carlo fundo un pequeño café, Los Tribunales. Sus mesas llevan el paso del tiempo junto con las paredes donde las fotos cuentan historias de poetas y cantores. Hace 53 años Don Carlo sigue sirviendo esos cafés y cervezas con tanto gusto y allí no hay más música que el murmullo de los paisanos que hablan de política, de futbol o se saludan al calor de las copas.

En la plaza nueve de julio, los naranjos en flor adornan su contorno, eso además del ruido por el bicentenario. Me gusta aquello de los naranjos en flor porque no es nada más que otro tango que suena hasta en el norte argentino. Las ferias locales amenizan con bandas propias y comida abundante, el Locro “pulsudo”, reforzado o trancado como diríamos en mi tierra y las empanadas llenan las mesas y esas mismas mesas compartidas en la avenida del poeta hacen nuestra tarde. La conversación es la misma en toda la argentina, un pueblo fantástico para intercambiar la palabra. Así Salta se va yendo entre el júbilo del bicentenario, la buena mesa y mi inigualable compañía que me trajo toda la alegría por un año más de vida.

Saliendo de la ciudad recibo uno de los más lindos regalos en manos de un amigo que se encontraba justo en el otro extremo del país. Mi buen amigo Daniel, de Ushuaia se entera de que ando por estas tierras y se conecta con otro amigo que posee unas cabañas cerca de allí en la localidad de San Lorenzo. La solidaridad abre las puertas a este errante para que su cuerpo descanse en la tranquilidad y el silencio como a él gusta. Agradezco tamaño gesto y me resguardo entre el frio de las montañas y la comodidad de las cabañas del sol que por esos días se esconde haciendo placentera mi estancia.

Me entero de que luego el camino tendrá una dura cuesta y trepo en una mínima jornada de veinte kilómetros para acampar justo en el comienzo de la ladera. Me resguardo por un día para obtener otro regalo al día siguiente, esta vez por obra y gracia de la naturaleza. El camino es angosto, bordea la montaña y se ve una quebrada seca, La Caldera. Es de una belleza inusitada que aminora el esfuerzo físico hasta la cima, luego viene la cereza que cubre el postre, una inmensa, extensa bajada entre montañas y vegetación que cubren las laderas. Paso a la última provincia argentina, Jujuy, entre pequeñas lagunas y pueblos hermosos. Llego a la ciudad del mismo nombre que no reviste mayor atractivo y paso casi de largo. Saliendo de Jujuy sigue apretando el frio y las cuestas se hacen aun mayores, todavía hay verde en las montañas pero luego este norte argentino muestra su última y más bella cara. Es increíble cómo puedes pasar de un paisaje a otro así sin más ni más. Aquí viene la postal norteña y del frio se pasa a un delicioso calor, se pierde el verde y viene una acogedora aridez en las montañas y esos fálicos y espinosos amigos, los cactus adornan el paisaje por doquier.

Empiezan los pintorescos y últimos pueblos del norte bajo la pampa argentina. El primero de ellos Purmamarca con su cerro de los siete colores. El viento hace un poco de presión a la llegada pero remonto los kilómetros que te desvían para arrimarse al pueblo. La aridez lo cubre todo y es como un pueblo perdido en medio de la nada. Tiene renombre y por eso muchos turistas vienen hacia acá. Ya se empieza a presentir la tierra Boliviana, el rostro indígena de Latinoamérica. Los tejidos, gorros, mantas y otras artesanías locales se venden en la minúscula plaza, todo es de tierra y arena, las casas, las calles y en la noche aprieta con fuerza el frio.

En una agotadora jornada de pocos kilómetros acompañado por el viento que ya creía había desaparecido por estas tierras llego hasta la otra bien mentada Humahuaca. Un tanto más grande que el pueblo anterior sigue con ese mismo sabor de los pueblos del norte, típicos, de calles empedradas y aridez en las laderas. Aquí ocurre uno de los hechos más significativos de todo mi viaje. Yo, viajero solitario que renunciara a muchas compañías me veo de cara a una que no podía rechazar y es que como siempre digo, yo no busco, encuentro. No reniego a lo que viene de buena fe y a lo fortuito. Buscando refugio en este pueblo, buscando el precio económico de una morada para instalar mi carpa llego a un desolado y lejano camping dentro de la ciudad. El tipo está instalando su carpa, me saluda y en el tono común nos reconocemos. Del cansancio de escuchar esas mismas voces en la gran Buenos Aires viene la alegría ahora de escuchar la misma tonada de la tierra. Viene desde el Bolsón y tiene como meta Colombia. Un par de colombianos se encuentran, bajo un par de ruedas con el mismo destino. Cansado de lo foráneo me reconozco en el otro y ya tenemos una invitación al camino para hablar un mismo lenguaje desde la palabra y la acción, ahora tengo un compañero de viaje para mi grata sorpresa. Ahora la historia ha de ser escrita entre dos que comparten un mismo sueño.

Juan se llama el tipo, que tranquilo y nada pretencioso se ha ido comiendo el camino con humildad y ganas que es lo que se necesita para hacer una proeza como esta. Vamos hablando en esa lengua colombiana de dichos y códigos comunes y empezamos a establecer un puente que se va haciendo más firme con el paso de los días. Las noches a pesar del frio intenso se harían menos frías por el efecto de la conversación. Juntos ahora comenzamos a compartir la maravillosa vagabundería a la que nos hemos dado con fervor, cada uno a su manera.

Compartimos un día más de descanso en Humahuaca, momento preciso para ir conociendo y afinando tuercas. Compartimos nuestra hambre y economía que rompemos con finos guisos de lentejas y desayunos a la colombiana, suculentos huevos revueltos con cebolla y tomate, no tenemos nuestro café, pero tenemos la tradición y con el grano local la seguimos.

Seguimos camino que nos permite a su vez seguir la conversación en ruta, cuestión que pocas veces tuve pero que se apreciar de la mejor manera, sobre todo cuando las palabras vienen sinceras y sentidas. El ritmo viene unificado y como siempre he dicho, la vida es una cuestión de ritmo, si compartes este puedes compartir entonces la vida. Ya un par de pueblos nos separan de la frontera y desde un principio supimos establecer reglas claras para rodar, reglas basadas en la confianza y el respeto mutuo, todo mediado siempre por el dialogo.

Teníamos los mismos cánones de juego en la ruta. Proveerse de comida, parar a determinada distancia para comer, llegar a buscarse una posada solidaria y así pudimos avanzar exitosamente. Ese primer día llegamos a un pequeño pueblo llamado “Tres Cruces” a 3800 metros sobre el nivel del mar. Supimos como buscar posada y por gracia de la alcaldía nos dieron un resguardo bajo techo, unas casas en obra negra serían nuestra casa. En la noche, en esa casa sin luz nos vimos bajo la luz de una vela con una conversación extendida y las buenas cajas de vino barato que animaran el espíritu.

Seguíamos camino con esa frontera en la cabeza, esas ganas de cruzar. El paisaje no cambiaba mucho, excepto por esas coquetas llamas que se paseaban de lado a lado, con sus listones coloridos en las orejas y su cadencioso masticar constante. Parábamos para el respetivo descanso de frutas y empanadas en cualquier pueblo, Abra Pampa, digamos. Nos encontrábamos con otro ciclista, esta vez un francés. Intercambiar saludos, consejos de viaje, vivencias. Seguir camino y terminar en cualquier pueblito, esa es la suerte de la bicicleta, la magnífica incertidumbre de cada día. El camino lo va dando todo. Entre un pueblo y otro puedes encontrar uno perdido en el cual te preguntas como puede transcurrir la vida, digamos, Pumahuasi, donde unas llamas posan al lado del cartel de la entrada, que son esos mismos carteles ferroviarios que indicaban el paso del tren hace mucho, como ya sabemos del tren solo queda la sombra de las vías y las ruinas de la pequeña casa que hacía las veces de estación. Es en una de esas roídas casas donde dormimos en nuestra siguiente parada. El piso está sucio, no hay puerta, no se sabe quien pasa por allí, aunque alguien nos dijo que algunos ciclistas habitan ese espacio de pasada, puede ser. Para nosotros es un techo, una guarida, una casa. La tarde pasa entre suculentos inventos de arroz con verduras y el tiempo de luz que regala el sol. La noche vuelve a traer el cortante frio que tiene entrada libre pues nuestro cuarto no tiene puerta y en el techo se dibujan algunos huecos por los que se ven las estrellas, a pesar de eso se duerme bien.
Por fin llega el día glorioso de estrenar frontera, país, de cambiar de aires. Solo 50 kilómetros hay hasta la frontera. El camino se hace amable y ni el frio, ni el intenso viento pueden dañar este momento. A lo lejos se va viendo el pueblito, La Quiaca. Las llamas nos dan el último saludo y arribamos.

No paran de aparecer los carteles, en la entrada, más adelante, en las calles. La Quiaca, La Quiaca, La Quiaca, a tantos kilómetros de Ushuaia, a tantos metros sobre el nivel del mar, primer o último pueblo de Argentina, depende de donde se le mire. Es domingo y todo anda un poco muerto. Los pasos fronterizos estos días presentan otra cara. Un humilde camping nos acoge pues ya nuestros pesos están casi extintos, así se llega a una frontera, jugándosela para lo que viene. Vamos al puente, esos puentes que marcan lo otro y hormiguea el corazón de emoción de saberse en otro lugar, volvemos y hacemos noche en argentina. Mañana empezaremos a comernos Bolivia.



¡Viajeros al tren!

Por amores, azares y jugarretas del destino había derrapado de nuevo en aquella Buenos Aires de encuentros y desencuentros, no hablare de ello, tal vez en otro momento lo haga. Hablare esta vez de la nueva partida, de esta que son muchas partidas, las de siempre.

Volví a salir en un vagón de tren, esta vez un viaje largo, un viaje soñado y dibujado tiempo atrás. 1200 kilómetros para surcarlos en 24 horas, vagón de turista, pasaje barato, sillas incomodas, encuentro con la vida.

Un gusano inmenso, verde, como de 10 cavidades y con vertebras, genial metamorfosis. Viajando en las entrañas de este gigante, en sus vísceras, fuimos saliendo de la estación de retiro. La Maleva despojada de su rueda delantera cojeaba en el furgón del equipaje, medio equipaje en bolsas y las alforjas abrazándose tomaban el sitio que les daba el maletero. El gusano inquieto tragaba gente de todo sexo y condición, voraz animal con capacidad titánica. Perezoso y a un ritmo pianísimo comenzaba a dejar la capital. Adiós, adiós, adiós… a lo que venga.

Jubilo en el interior, bolsas, bolsitas, maletines, termos, juegos. Cada individuo se preparaba como podía y sabía para ser movido por el gusano. Por las ventanas de doble pared discurría una ciudad acompañada por un luminoso sol que calentaba algunas cabezas y el cuerpo de esta serpiente – gusano.

Viajar en tren, es lo mejor… dice la vieja canción infantil, chu chu!, dice la del ritmo caribeño, yo no digo nada, me maravillo y guardo silencio. Bancas de tres, bancas de a dos, clase turista, bancas de 90 grados, bancas duras, bancas viejas, bancas que pueden cambiar de posición. Todavía los hay que vienen a despedir a los viajeros pero no vi ninguna pareja de enamorados que corriera a su lado, al tren le toco salir solo como quien recorre el camino que sabe de memoria. La ciudad en su inmensidad desafía al animal que tímido se va apartando de ella entre villas, avenidas por las que no pide permiso al pasar, parques con deportistas mañaneros y barrios con distintas pinturas. Luego respira nuestro animal en la libertad de la estepa, furioso carruaje con sus diez vagones, turista, coche cama, pulman, restaurante, furgones y centro de operaciones. Con la sabiduría de quien sabe de memoria los caminos vamos a saludar a los pueblos de paso, destino Tucumán, norte argentino.

En los trenes palpita la vida de una forma distinta, te vez, te reconoces y saludas a tu semejante como diciendo: aquí estamos, vamos juntos, seamos. Un saludo, el mismo o diferente destino por el mismo riel. Manos laboriosas trazaron el camino de rocas, madera y fierros, un camino inacabable.

A mi lado una mujer que se dice poeta, que ha bebido del budismo y que se ha dejado seducir por la india, nos encontramos en la palabra, inquietos por el juego poético pensamos que nos queda un camino largo. Al otro lado inquietas adolecentes que juegan a las cartas cuando sus teléfonos celulares no acaparan su atención, todos van conectados a algo. Las madres acomodan a sus hijitos y disponen viandas y maletas, sobre nuestras cabezas hay tecos hechos de valijas. Los perezosos padres y algunos viejos apoltronan sus traseros hacia una larga jornada y entre las paredes de este viejo tren todos soñamos que llegaremos a algún lugar mientras viajan los sueños y las palabras.

Como si fuésemos infantes todos y como en el principio del principio nos vemos mecidos por los rieles, solo faltaría el arrullo de la madre y una canción de cuna para recordar cuando salimos del vientre, en vez de esto tenemos la estrepitosa tonada de una cumbia argentina o la melosa rítmica reggaetonera salida del parlante del teléfono celular de la adolecente de la banca de adelante, eso entre los despistados jóvenes viajeros que llegaron últimos buscando su asiento, preguntando por su vagón.

Entre tanto nuestro rítmico gusano hace rato viaja volando entre lustrosos rieles que el tiempo ha brillado. Algunos como yo preguntamos por las vidas de los otros o respondemos preguntas como si abriéramos puertas. Parece que todos conocieran la larga jornada y de infinitas bolsas como cornos de la abundancia brota comida para alimentar todas las bocas, yo me guarde la economía para ir a conocer el vagón restaurante cuando el hambre lo ameritara.

La gran estepa argentina hace presencia y este solitario animal con sus entrañas llenas de almitas se abre paso en un ritmo que no asusta al viento, no se podría decir que voláramos, apenas si atinamos a querer planear. Estos viejos trenes no conocen todavía de altas velocidades, no son balas, son flechas. Flechas de madera y viejos fierros visitando pueblos fantasmas cuyos espectros saludan al paso. Al lado de la vía quedo la vida y viejas y caídas casas de lo que en otrora fue prospero apenas si resuenan al paso de nuestro viejo vapor.

Que fue primero, ¿El huevo o la gallina?, que fue primero, ¿El tren o los pueblos de paso. Hoy supe en conversaciones posteriores que en cuanto al tren este fue primero. Los pueblos fueron como hijos que iban naciendo a su paso, los pueblos fueron los amores del tren con el espacio. Pero el padre estado, el mayor, el tirano, fue aniquilando al tren, mutilando sus amores. Entonces los hijos se fueron quedando solos y muriendo allí donde habían nacido, a la vera del camino y ahora como en una película de ficción solo vemos fantasmas, espectros de vidas pasadas. Pero como en todo, hay amores más fuertes, amores que resisten a eso del tiempo y allí siguen meciéndose al lado del camino esperando a su viejo amante a las mismas horas de siempre, cumpliendo él la cita. Tanto amado y amante están viejos, los pueblos, en estos casos la estación con un movimiento lento y el maquillaje caído, el tren como viejo lobo que todavía cumple su cita en el mismo cascarón aunque maquillado deja las arrugas en su piel, el embate del tiempo y los golpes de sus hijos bastardos. Estos golpes son algo literal, todavía se suceden. Sentí los primeros llegando a la estación de Rosario Norte y comprendí el por qué de la doble ventana. El tren es humilde y siempre entra por la puerta de atrás de cada ciudad que visita, no se da las ínfulas de gente importante y accede por el portón de los desposeídos, pero apenas llegando un par de rocas quieren aniquilar al gusano tratando de atravesar su dura piel, se escucha el estruendo pero nuestro sabio animal no pierde el rumbo, se resiente lo sé, le duele, pero no se detiene.

El viaje sigue al interior del tren mirando las caras de quien lo habita. Algunos altruistas pudieron conversar con Morfeo y se les ve estableciendo el dialogo del sueño mientras el trayecto los mece, caras de viejos con la boca abierta, gente ya viajada. Hay interminables filas al vagón comedor para buscar el caliente y puro líquido, el agua para cebar mas mates, hay yerba para todo el camino. El piso se llena de migajas de galletitas y migas de pan de los sanguches de milanesa, es un completo tapete de migajas, navegamos sobre harina procesada.

En la madrugada el viejo visita a algunas de sus amantes y se detiene en algún pueblucho, siempre las bocinas anuncian la llegada del gigante, él es un caballero que no pide permiso para cruzar avenidas pero luego derrapa tranquilamente en sus parajes. Descargamos como tullidos bultos queriendo correr y estirar las piernas, hombres y mujeres fuman sus cigarros desesperadamente, en el interior del animal no es posible. Afuera se escucha el pregón de ¡Café, café!, ¡Alfajores por diez pesos!, ¡garrapiñada!, y golosos todos comemos mientras nuestro gigante descansa y como Caronte lleva nuevas almas a cruzar su destino. Fuera de las ventanas el día se ha cerrado y la luna hoy no ha asistido a la jornada, debe andar perdida en otra galaxia, nos acompaña a cada tanto unos tímidos faroles de la vida que palpita en el exterior, una calle, una casita, mientras nuestro vidente que conoce el camino apenas palpándolo sigue abriéndose paso.

A la hora de la comida vuelvo al vagón comedor, tranquilísimo lugar con mesas para leer, pensar y ver la noche. Dentro del vagón no existe la noche ni el sueño aunque algunos lo consigan, algunas luces se apagan como invitando a dormir, pero no son todas, ni todos aceptan la invitación. A estas horas las relaciones están establecidas y la conversación avanza como los kilómetros. Es de mañana y nos han sorprendido las horas. En la estación de la banda desciende un número considerable de pasajeros, no todos llegan al final, igual que en el juego de la vida. Me despido de mi amiga la poeta que de seguro seguirá escribiendo versos para seguir resistiendo. Las bancas se hacen más amplias y de nuevo la luz al exterior. La estepa, la inmensidad, los sembrados, el ganado, algunas casas. De nuevo un bocinazo fuerte y profundo, el más largo, se acerca el destino, aparece, o más bien lentamente se deja ver la ciudad de Tucumán. Juntamos 24 horas y el ritmo disminuye para entrar en la urbe. Como en otras ocasiones por la puerta de atrás, la parte vulnerable, los desposeídos en sus ranchos nos muestran el rostro, un rostro que dibuja una sonrisa saludándonos al paso. Entre basurales, fuegos y uno que otro árbol frutal todavía hay espacio para la risa. En la inocencia de los niños uno de ellos levanta sus bracitos dándonos la bienvenida. Cloacas y ríos de agua sucia son el preámbulo y luego la vieja estación, guarida de nuestro gusano que pugna por un descanso, agradeciéndole que nos haya traído a buen puerto lento pero con buen paso. El techo de valijas desaparece y todos cargan con sus pertenencias, yo voy ligero buscando a mi compañera para preguntarle cómo le fue. Cubierta por una capa del polvo de los caminos sigue bella e intacta. Incorporo su rueda, la revisto de su equipaje y me avisa que esta lista.

Ahora el viaje a de seguir en dos ruedas, el sueño del tren quedo atrás con sus kilómetros y lejanía. Preciso partir en búsqueda de nuevos caminos. Salgo de la estación.

Santiago y Valparaíso

Otra gran ciudad, otra capital. Todavía me rezumbaba en el alma el rugido furioso de Buenos Aires, mi última capital. Todavía tenía en la piel los arañazos de fiera que me había dado y ahora retornaba a otra gran urbe sin saber que me esperaba.

Santiago es una mujer de piernas larguísimas. Fui entrando a ella por sus piernas, que son unas grandes avenidas que ni siquiera te dan la bienvenida. Piernas largas de mujer engalanada, piernas que nunca se acaban. Plantas, pantorrillas, unos muslos fuertes donde ya se sentía el agite de ciudad y luego, luego unos túneles luminosos de ciudad cosmopolita. Si las avenidas son piernas, los túneles son como un sexo oscuro al que retornas, un hueco cálido lleno de ruido, de autos que te quieren comer, una luz esperada al final. Así salía y entraba definitivamente en Santiago.

Todas estas capitales son como monstruos que no se muestran a la primera. Van dejando ver sus caras, sus múltiples caras, las de terror, de pánico de la periferia casi siempre con sus cordones de miseria. Estas grandes ciudades no comienzan en ningún lugar, se van dando así de repente. No son como esos acogedores pueblos perdidos de los caminos que con un humilde letrero te avisan donde estas, no. Aquí tienes que dar por hecho que ya has llegado, que estas adentro, que ya no puedes salir, caíste.

Me vi en uno de esos barrios de la periferia de Santiago pensando que ya estaba adentro y todavía me faltaban kilómetros y avenidas. Un leve temor me invadió pues como ya dije, nunca entras por la mejor cara de la ciudad. Entre por la parte sin maquillaje de Santiago, una mujer despintada y trajinada por la vida. Tuve que saber que me faltaba algo para ir a su centro y los buces me fueron zumbando casi llevándome con su ritmo frenético a donde quería ir.

Centro, caos, ventas, avenidas salvajes, gente corriendo maratones, miradas perdidas, iglesias, edificios mirando al cielo, parques con vagos, parejas furtivas, publicidad por doquier, había llegado a Santiago. Esa ciudad que como dice Neruda es una ciudad prisionera, cercada por sus muros de nieve. Y claro están los cerros que cuando el smog lo permite y se va, los deja ver, a veces en esos días de frio donde los cubre todos.

Instalado en la banca de un parque, al lado del instituto de bellas artes, bajo el asombro de que allí sobreviviera una escultura de uno de los artistas de mi tierra, Fernando Botero, ese que llena con sus voluminosas formulas el mundo entero, esperaba mientras mi anfitriona llegara a su casa. Yo que soy experto en ir dejando pasar el tiempo amasaba minutos en aquella banca, comiendo las paltas donadas por mi tan generosa familia, huevos duros, pan, atún, todo un gran picnic sobre ruedas y en aquella espera una chica que pasaba con su bici, saco de su mochilita una preciosa flauta traversa y me regalo unas notas.

Llegada la noche estaba de nuevo en un hogar. Cálido como todos los que abren sus puertas. Una mujer diminuta, bella, tranquila, una paz brotando de aquella morada, de la fantástica música que salía del estéreo, un caldillo de salmón con la mejor charla y todo mojado por el mejor vino del mundo, el chileno por supuesto.

Y bien, un día nuevo para sentir la ciudad. Meterse de lleno con dos patas y dejar las ruedas para convertirse en transeúnte anónimo. Nada más que una libreta y una escueta cámara fotográfica para pescar algunos peces de letras e imágenes. Siempre al centro del centro. Ahora las llamamos “Plaza de Armas” en este lado del continente. Plazas enormes donde se fundaban las ciudades. La gigante catedral que da sombra a mendigos, putas, vagos, desempleados, oficinistas que pasan raudos al medio día en busca de su almuerzo, vendedores ambulantes, comediantes locales que no paran de disparar chascarrillos todo el santo día y por supuesto, nosotros, los anónimos sin máscara. Volvía a ser la hormiga de la manada, la abeja obrera del panal, me parapetaba tomando fotos de lo que me parecía particular, como los jugadores de ajedrez del centro de la plaza, con su espacio dispuesto para ello o las esquinas ya sea con inscripciones históricas o pintadas contestarías. Así me iba de calle en calle mirando fachadas coloniales, entradas de museos que no habitaba, porque para mí la verdadera historia es la que se está dando ahora, es decir, en el momento que yo paso y mi viaje es por gentes y sucesos cotidianos.

Me gustaba ese frio de otoño en Santiago, sus ventas de completos italianos engalanados con palta calmando el hambre de tantos, barato alimento para el pueblo y claro esta yo como loco consumiendo de aquello.

En el centro político de la ciudad todavía estaba el palacio de la moneda y a quienes nos gusta la dignidad no podemos pasar por alto los hechos del grande Allende que desde allí soporto los embates del imperialismo bruto y salvaje hasta que le sobrevino la parca en oscuros hechos.
Por invitación de mi anfitriona volvía a montarme en dos ruedas para ir a mirar la ciudad, ahora de noche. Cuento con la mejor de las suertes al tener como amigos a gente que quiere mirar el mundo de otra forma, y en dos ruedas sí que se le puede mirar bien.

Empieza la mejor de las guías, la mejor de las noches, la mejor de las compañías. Bares, calles, barrios, pedazos de historia se me van abriendo con mi compañía. Un local típico, “La piojera”, para comer unas empanadas de pino, acompañarlas con un huevo duro, aquel coctel llamado terremoto con esa bola de helado flotante, como flota el humo de los cigarros en todo el local que entre jóvenes y viejos rasgan guitarras y entonan canciones hasta al delirio alcohólico.

La noche discurre entre el barrio Brasil, el concha y toro con su plaza de la libertad de prensa, plaza adoquinada con pequeña fuente en el centro para mojar la noche. Después, la “peluquería francesa”, que entre cabellos en el piso y figuras en las paredes nos ofrece un delicioso “Pisco Sour”, trago que se sigue debatiendo la autoría entre Chile y Perú, pero eso aquí no importa, América latina es una sola. Siguen los barrios, ahora el más antiguo, el Yungay de la época de la Colonia, luego de todo esto hay que llamar a más amigos y como el espíritu está arriba hay que moverlo con el baile. Hace aparición la cueca, baile tradicional, alzamos los pañuelos y zapateamos el piso, mientras truenan las guitarras, el piano, la caja, el acordeón y canta todo chile, así termina una bonita noche.

Con la Maleva, que sigue de curiosa como yo, vamos al día siguiente al Cerro San Cristóbal para mirar a la ciudad desde arriba y atraparla en su extensión hasta donde alcance la mirada. Todos esos hombres y mujeres deportistas, junto con familias enteras suben el cerro para apreciar la ciudad, yo lento muy lento corono los 4 kilómetros hasta la cima. Santiago se abre desde allí y es imposible abarcarla toda, tremendo animal. Una virgen abre los brazos en el cerro saludando la ciudad, tomo un mote con huesillos para refrescar la jornada, pienso, miro la ciudad y vuelvo a bajar raudo esos 4 kilómetros.

Tengo una visita pendiente, “La Chascona”, una de las casas del poeta Pablo Neruda, una de esas casas que construyo la palabra, la poesía. Esas casas no son más que un homenaje al juego, a la amistad, al mar. El marinero en tierra, como se hacía llamar el poeta juega con el diseño para construir una morada en la cual seguir jugando y descansado su amor con Matilde. Pasadizos, bares, escaleras que van de un lugar a otro, nada estructurado como la vida del poeta. Hermoso lugar en el cual perderse. Objetos de todas partes del mundo con el mejor gusto adornan la casa, esa que la dictadura en los últimos días violo y violento, esa en la que su gran amor Matilde vivió hasta los últimos días sobreviviendo con estoicismo la ausencia del poeta. Neruda visionario la construyo en el que ahora se dice, es el barrio “Bohemio” de Santiago. Barrio lleno de bares, talleres que emulan lo artístico y calles llenas de grafitis y pintadas con frases del poeta, el barrio Bellavista.

Así paso Santiago por mi piel dejando una marca imborrable y un amor duradero.

Hablemos de Valparaíso…

Yo no llevo guías ni me lleno de información sobre los lugares que voy a visitar, son las voces del camino que me van contando con lo que podría encontrarme y mucho se me dijo sobre esta ciudad, pero no sabría que esta era otra de las que se quedaría con un pedazo de mi corazón del que ya va quedando poco o casi nada pues América Latina con sus espacios y gentes se lo ha quedado todo.

Tengo que citar de nuevo a Neruda para introducir a Valparaíso cuando dice de esta que, “abre sus puertas al infinito mar, a los gritos de las calles, a los ojos de los niños”. Mar y cerros, así escuetamente se podría definir a Valparaíso. Y digo escuetamente porque pos supuesto es mucho más que eso, pero esos dos factores son lo que primero te cautivan y de allí parte todo para definirla.

Nace en el mar, en el infinito océano pacifico y se dirige hacia el cielo por sus escaleras todas y los ascensores que van hasta las casitas de sus cerros. Decenas de ascensores empinadísimos, viejos y todavía supremamente útiles y bellos nos llevan a otro punto de la ciudad.

Contaba con la inmensa suerte de tener todavía a mi compañera santiagueña como la mejor de las guías para recorrer ahora a Valparaíso y juntos nos fuimos a perder por la ciudad para escudriñarla todo lo que fuera posible en un día. De un cerro a otro, del centro a un ascensor, a un bar, a otro más, al puerto, a la cercanía de la noche, así se nos fue pasando el día.

Del cerro Barón al túnel del cerro Polanco; como aquel personaje de Cortázar en su “62 modelo para armar”, túnel oscuro y húmedo que te lleva a una puerta de un ascensor rayado por el tiempo. Un buen hombre que oficia la ceremonia de ascensión todos los días con una sonrisa nos lleva a lo más alto y entonces una de las miles de ventanas de la ciudad se abre. Casas de colores, humilde ciudad que mira al mar, callejones pequeños que suben y bajan son el preámbulo del día.

En el cerro Bellavista esta el museo a cielo abierto, que no deja de ser otra cosa que las mismas bellas calles adornadas con pinturas y murales, pasadizos de arte tajados por el tiempo. Los cerros se extienden tanto que hay que parar en mitad de alguna calle para descansar por lo empinado y sin embargo aquí vive gente que convive entre ascensos y descensos diarios.

Hay que volver al centro, el hambre apremia y otro pasadizo descubierto por mi compañera me lleva a uno de esos sitios únicos para comer en el sitio que se dice invento las “Chorrillanas”, plato de papas fritas miles, con cebolla, huevo y trozos de carne, una montaña de comida que junto con ese buen vino hace las delicias de los comensales. El sitio esta tapizado por las firmas de quien por allí pasa, cada uno imprime su nombre para pasar a la posteridad, el tiempo los va borrando y otros quedan más en la memoria.

Esta ciudad es mar y el mar es puerto y el puerto es el mundo entero que se abre, es la boca más grande de todas, es el vientre que trae al mundo todo el alimento, mercancías, víveres, enseres. El puerto es la casa de altos marines y humildes porteadores, de vividores, de pescadores con barquitos coloridos que alimentan el hambre de mar que tenemos los que habitamos en tierra, es hogar de aves que no paran de revolotear esperando algún pez que caiga vivo o muerto. El puerto es tiempo detenido, el puerto es llegada y partida, de sueños y encuentros, el puerto siempre es luz, en el día fuerte de sol radiante y en la noche faroles de enamorados que buscan refugio, el puerto siempre está vivo y palpitando, es el lugar más cosmopolita del mundo porque aunque los aviones sigan surcando el aire y algunas vías del tren lleven y traigan mercancías, el infinito mar nunca cerrara sus aguas y un puerto siempre será la mejor puerta abierta a todos.

Esos puertos siempre me dejan sin aliento y cada vez que llego a uno me veo arrebatado por el silencio de la contemplación de horas enteras mirando sus barcos y sus aguas. Quedo sediento, pero el puerto que sabe de aguas siempre regala algún bar cercano y una fría cerveza que calme la sed de viaje.

Una cerveza morena, una artesanal en esos bares que parecen haber nacido con el mar, por ese que tantos pasaron y muchos todavía pasan y entonces sin pensarlo nos cobija la noche, hay que subir a otro cerro para verla desde arriba. Cerro alegre, ascensor el Peral, paseo yugoslavo, se confunden nombres, calles, gentes como sombras que todavía transitan a esa hora.

La noche se cierra en otro típico bar, el Cinzano, donde tantos han cantado y las paredes dibujan a Gardel y otros grandes del tango, hoy no hay tanta música, pero si la buena comida como un sándwich de mechada, papas fritas y una jarra de borgoña, así hemos mojado, bebido y caminado Valparaíso, viviéndola intensamente.

Bastaron otro par de días para terminar de sentir la ciudad. Tenía que visitar “La Sebastiana”, la otra morada de Neruda, dejarme seducir por la incomparable vista que el poeta poseía desde su casa – barco donde decía él le habían dejado el pacifico tirado porque no cabía en ninguna parte.
Me despedía de Valparaíso en algún restaurantico perdido por ahí en una plaza comiendo un chupe de mariscos y bebiendo una cerveza de litro para salir embriagado no por el alcohol si no por su magia.

Despidámonos con las palabras del poeta que supo vivir esta ciudad, el eterno Neruda que nos dijo:

“Pequeños mundos de Valparaíso, abandonados, sin razón y sin tiempo, como cajones que alguna vez quedaron en el fondo de una bodega y que nadie más reclamó, y no se sabe de dónde vinieron, ni se saldrán jamás de sus límites. Tal vez en estos dominios secretos, en estas almas de Valparaíso, quedaron guardadas para siempre la perdida soberanía de una ola, la tormenta, la sal, el mar que zumba y parpadea. El mar de cada uno, amenazante y encerrado: un sonido incomunicable, un movimiento solitario que pasó a ser harina y espuma de los sueños.”






viernes, 18 de junio de 2010

Dos ruedas para Chilito.

Por no cruzar la desolada ruta 40 en Argentina, un bus me trasportaba desandando los pasos que había hecho en bicicleta por la Argentina hasta mi nuevo país, Chile. 32 agotadoras horas saltando de país en país, para sentirme entonces de verdad en Chile.

Llegaba a la ciudad de Osorno, en el sur y entonces las cosas cambiaban. Los rostros, las calles, la economía, todo me indicaba que estaba por fin en Chile. Si bien es cierto que habite la Patagonia chilena, esos lugares apartados de nuestra América en cada país, parecen que nos hablaran de distintos países al interior de cada uno y por supuesto Chile con su forma de columna vertebral no era la excepción. Ahora me sentía en el sur, al interior de este país que se presentaba como una incógnita para mí. Los versos de Neruda, la lucha de los indios Mapuches, la danza de la cueca, era someramente lo que sabía de este hermano país.

América latina tiene infinitas caras, pero en este recorrido en bicicleta por ella puedo establecer dos bien marcadas. El atlántico nos habla del Caribe en la parte sur, hasta las costas brasileras, y luego ese sur un tanto europeizado, después y es donde me encontraba ahora el rostro mestizo de América, de aquí hacía el norte vería la cara indígena que nos habla de otra condición, otras costumbres.

Aturdido por el largo viaje en bus; cuestión anómala en este viaje, me di unos días a descansar en Osorno para remontar Chile. Quería empezar a oler la ciudad, degustarla, parparla en la forma que me gusta hacerlo, ir a su centro, ver rostros y escudriñar calles. Una pensión fue mi refugio, mi trinchera. Albergue para estudiantes y viajeros de paso, casa extraña entre familiar y de nadie. Me permitía cocinar para sobreponer el duro golpe que fue el cambio de economía, ya que Chile se me presentaba como el país más costoso del continente. Abrumado en un primer momento por los altos precios de la comida cocinaba mis sencillos platos, pero luego fui encontrando esa cara amable de cómo se juega en Latino América. Mercados populares, plazas llenas de puestos de comidas donde los precios son favorables y la oferta amplia. Los mariscos bañan a Chile y engalanan los platos. La palta; aguacate como lo llamamos en mí tierra, y el ají picantísimo acompañan todos los platos de Chile, así que me sentía en casa, llenándome de Paltas y poniendo ají a todas mis comidas. Percibía ese sabor supremamente popular en las calles de Osorno, los estudiantes, los cientos de estudiantes en la plaza principal, la vida lenta y tranquila de una ciudad que sabe andar despacio aunque a veces se vea invadida por eso que llaman progreso y los centros comerciales empiecen a invadirlo todo, pero entonces su mercado principal en el que encuentras la vida en toda su expresión se mantiene tan vivo y no se puede dejar de beber de él. En ese mercado me alimente un par de veces para comer exquisitos pescados y sopas, en ese mercado encontré sastrerías que remendaran mi roída ropa, en ese mercado corte mis cabellos, por eso digo que en ese mercado estaba la vida entera. Cada pasillo, cada sector era un mundo nuevo, comidas, víveres, artículos para el hogar, todo en esas puertas que se abren en la mañana y dan de comer al pueblo.

Aprovechaba esos tranquilos días en Osorno para escribir lo que me había dejado el sur argentino, ese frío recorrido de la estepa. Volvía a la plaza a ver la vida lenta, a escuchar el canto chileno de estas nuevas voces para mí y su particular acento que no se parece a ningún otro y que al principio cuesta entender. Pienso en la sentencia de Vallejo o del mismo Pessoa que la dijo antes, el colombiano por su parte diciendo que su patria es el español y Pessoa que no se cansaba de repetirnos que su patria era la lengua portuguesa. Pero estas patrias nuestras son rebeldes, juguetonas, bastardas, cambiantes. Esa lengua no se deja aprehender y te extravía, te despista, pero luego la tomas entre las manos y las haces tuya y de nuevo estás en tu patria, en mi lengua.

Llegaba el día de partir al norte, hacia arriba, a comerse Chile de muchos bocados. Qué bien se dejaban recorrer estas hermosas carreteras. Nunca me desvíe de la autopista y aunque el paisaje no cambiaba mucho, no dejaba de sorprender. Cada país de nuestro continente se ufana de tenerlo todo bajo su territorio y es cierto. Chile se debate entre la montaña y el mar. Desde cualquier punto todo está cerca.

Ese día que salía de la ciudad un frio amagaba con opacarlo todo y la mañana se cubría con un manto gris que luego el sol fue corriendo. Me dejo ver entonces esas hermosas cordilleras Chilenas, esas impresionantes montañas y algunas veces volcanes que se cubren en la punta con la bella nieve.

Con buen espacio al lado de la carretera que me cubriera de los voraces autos y una pista llana, la Maleva y yo rodábamos sin mayor preocupación ni prisa, como nos gusta. Cumplía con mis kilómetros diarios y jugaba a meterme en algún pueblito. Ahora era Máfil. Un pequeño lugar dividido en dos por los rieles del tren, ese tren que también aquí aniquilo el estado. Rodaba buscando un espacio y nada aparecía, a pesar de que en los lugares chicos siempre es más fácil buscar un espacio solidario. La estación de trenes se presento como la mejor opción. Las viejas maquinas que según me decían llevaban reparando hace años ocupaban el mismo lugar, ya no atravesaban Chile como solían hacerlo, ya no viajaban hasta el sur con precios favorables para el pueblo, llenando de vida cada pedacito de Chile, a nuestros dirigentes eso no les importa, un medio amable, económico y favorable al ambiente parece no importar mucho. Igual en aquella estación los vigilantes hacían los turnos y cuidaban aquellas maquinas y la vieja estación todavía tenía pintura fresca en sus paredes. Había pedido un espacio para mi carpa y me terminaron ofreciendo un colchón y un cuarto, era más de lo que podía pedir. Amables hombres me trataron con cordialidad y en la noche me regalaban su conversación, historias y palabras, se sentían felices de que pisara su país y querían regalarme todo, nuestra lengua fue nuestro mayor vínculo. Hasta me proponían que me quedara más tiempo en aquel lugar, así me empezaba a abrazar Chile.

Seguí rodando para parar en una ciudad grande donde me esperaban amigos. Temuco sería mi destino. Entraba tímido en el juego de las avenidas y los autos, pero al fin y al cabo no era una enorme ciudad. Una nueva casa, sus costumbres su tradición. Casas viejas donde la chimenea se mantiene encendida para espantar el frío, olor a leña y madera, olor a campo al interior de la ciudad. Con mi anfitriona salimos a caminar la ciudad, pasear a los perros y nos encontramos con un evento que mueve mis más viejas fibras musicales. Un concierto de hardcore punk para ayudar a poblar de libros una biblioteca de barrio. La música es una de las más bellas artes; tal vez la más diría yo, y un instrumento directo de expresión. En cada ritmo hay algo de rebeldía y de denuncia y es bien sabido que el Punk ha tenido esa consigna desde su nacimiento. Estos tipos rasgando sus guitarras desafinadas, el mal sonido de los amplificadores, la pésima acústica, el sonido primario de este fantástico ritmo que acompaño mis más tempranos años en la Medellín punkera, me trajo frescos recuerdos de cuando yo también hacía lo propio con mi banda de hardcore “Mancha Roja”. Cantando, denunciando, gritando todo con rabia e ira. Veía en estos chicos que las cosas no han cambiado y que por suerte se sigue gritando en cada rincón donde haya algo de conciencia. Ellos hablaban de su realidad que en nuestro continente no dista mucho la una de la otra en nuestras desgracias de dirigentes corruptos y ladrones nos reconocemos, en el aniquilamiento de nuestra memoria más fuerte, los indígenas, tristemente también. Ellos hablan de la lucha del pueblo Mapuche y mezclan instrumentos tradicionales entre los básicos acordes del punk, dos chicos rapean bajo la estridencia de los tarros que cada vez aumentan la velocidad.
En Temuco hay espacio para ir al campo, probar la chicha, que a diferencia de la nuestra no está hecha de maíz si no de las frutas propias de la región, en este caso de la manzana. En Temuco no fui a su centro, no sé porque, se me paso. Luego de que supe que allí paso sus primeros años, uno de los más grandes poetas de nuestra América, el chileno y universal Pablo Neruda, me dio un poco de tristeza no haber recorrido esas calles que fueron creando el carácter del poeta.

Paso por pequeños pueblos de nombres que me llaman la atención por su profundo carácter indígena, como Collipulli, hago noche en una estación de servicio cobijado por grandes volquetas, una estación de servicio de origen colombiano y me doy cuenta como se extienden los tentáculos de la patria.

En mi próxima ciudad comienzo a ver los estragos del terremoto que removió el país meses atrás. La tierra habló, movió sus entrañas para avisar que está viva y que ella tiene la última palabra y no el hombre que la cree dominar.

Antes de llegar a Los Ángeles la carretera ya me mostraba las fisuras del estremecimiento terrenal. Había un desvío a cada tanto y algunos puentes cedieron al movimiento telúrico. Pero ya en la ciudad la realidad era otra. Las viejas construcciones de tapia cedieron y muchas vinieron abajo. En otras se notaban profundos resquebrajamientos en sus paredes y en otras más solo había que esperar con mucho cuidado a que cayeran. Todavía se sucedían replicas y el miedo acechaba.

Los amigos seguían abriendo puertas para probar a Chile con ese gusto a picante, licor y verduras. Maravillado por sus mercados populares siempre iba en búsqueda de ellos, de este nos llevamos un jugoso queso, fresco y barato. Las jarritas con el ají casero, verdes, rojas, grandes, pequeñas, desafiantes, frutos endiablados para mover el espíritu de una buena comida o que decir de esas verduras que son un enigma agolpadas en bultos.

En los Ángeles volví al campo, a la casa de mi amigo que vive cerca de allí, a pasar un día como se debe, con la paz que da la naturaleza de esa gente que no sabe de correrías, de afanes. En esas veredas vive gente que constantemente va a trabajar a la ciudad, no son más de 20 kilómetros, han decidido no sucumbir ante los supuestos encantos de la urbe y viven en su santa paz.

La casa era pequeña, humilde pero llena de amor y con todo lo suficiente para no salir del lugar. Mi inocente amigo me mostraba los frutos dados por la tierra, para él era natural aquello de las nueces, membrillo, variedades de uvas, manzanas, peras, mandarinas que crecían desaforadamente sin mayor ley que la de la naturaleza. Yo le decía que vivía en un paraíso.
Quienes tenemos que lidiar con la ciudad y yo que las mas de las veces por la forma en que como viajo me proveo de muchas frutas como fuente de energía vemos aquellos espacios como lugares de ensueño. Allí las manzanas caían porque no hay quien las recoja y son un festín para los alados pájaros que tiene en ese lugar un corno de la abundancia. Las nueces que valen una fortuna en cualquier mercado se lanzaban de los árboles para ser abono de la tierra. Nunca había comido tal cantidad de frutas, picaba todo como un pájaro también. Le daba dos mordiscos a una manzana y luego probaba el membrillo que indiscutiblemente tiene mejor sabor en el dulce. Pasaba a las nueces que me daban problemas con su coraza y luego una deliciosa recompensa se encontraba en su interior, como un pequeño tesoro proteico. Probaba todos los tipos de uvas, además que estábamos en cosecha y me volvía loco con los colores, tamaños y dulzura de esos frutos báquicos.

A veces las bicicletas vuelan, no solo ruedan al ritmo de los pedales. Cuando el viento se pone de nuestra parte salen alas de las alforjas y los autos no entienden que pasa. El trayecto de Los Ángeles a la ciudad de Chillán resulto casi automático. Los kilómetros pasaban raudos en el velocímetro y las montañas nevadas a lo lejos a penas si se dibujaban a mi paso. Son esos días que pareces de otra raza y la bicicleta tiene algo de Pegaso, zumba el viento detrás de las orejas y te cuenta que va contigo. Así de un momento a otro se dejo ver la ciudad de Chillán.

Esta vez una hermosa familia me acogía de nuevo como a uno de los suyos. Acostumbrados estaban estos a los locos de la bicicleta. Me entero que meses atrás un par de colombianos bicicleteros hicieron lo propio parando en la misma morada. La familia guardaba un libro que todos los viajeros que por allí pasaban iban firmando con gusto y no podía uno hacer menos de la manera en que éramos tratados por ellos, como siempre la palabra se queda corta cuando la solidaridad y el amor la supera.

En Chile es bastante fuerte la tradición de esa comida que va entre almuerzo y cena, que en los diferentes países tiene muchos nombres. Me asombre de que aquí tuviese el mismo nombre que en la ciudad de Bogotá, las onces la llaman ellos. Y como no recibir a este viajero con unas buenas onces en un sitio típico de la ciudad, lleno de tiempo y recuerdos. Los estudiantes, en su mayoría universitarios acuden a tomar un buen vino chileno que bien saben hacer en estas tierras. De entrada esas empanadas con buen picante, de tomar, una bebida que habla de la realidad del país, un pueblo que se burla de sus desgracias naturales. La bebida se llama “terremoto”, es un vino local con una bola de helado que se la va comiendo la uva. De pronto llega un enorme plato a nuestra mesa, la famosa “Pichanga”, una suculenta mezcla de papas fritas, con carne, salchichas, queso, aceitunas y palta, algo bien propio de aquí.

El mercado central de Chillán tiene renombre y no es para menos. Hay que perderse por sus pasadizos de artesanías, patios de comidas, verduras, frutas, especias, granos, flores, artículos variados, todo, todo se encuentra en ese lugar. No me quedaba de otra que sentarme en alguno de esos puestos a mojar la tarde con una enorme cerveza chilena y luego comer un perro caliente, completo como lo llaman aquí, cubierto de palta y tomate y como no, el ají, ese que cuelga en enormes gajos por todo el mercado. Dos hombres en la mesa de al lado interpelan a la vida con una guitarra en mano, mientras hablan de mitos griegos entonan una canción en el medio y saludan a las damiselas de paso, algunas de ellas se ven seducidas por los acordes de la guitarra.

Las eternas partidas me llevan a otra ciudad mientras que las fuerzas sobre la bicicleta se mantienen y a veces me dejan hacer jornadas olímpicas, esta vez y contra todo pronóstico de 165 kilómetros hasta la ciudad de Talca.
Aquí ha golpeado mas el terremoto acabando con muchas edificaciones del centro. En las aceras todavía se ven y se verán por algún tiempo los escombros de lo que se derrumbo. Chile se levanta con dignidad de esta catástrofe pero cuesta. En algún momento por esta tragedia pensé en no rodar por estas tierras, temía que el ánimo estuviese como sus casas, abajo, pero no, el pueblo chileno es un pueblo cordial, sin mucho jubilo la verdad, pero siempre con la palabra justa para acoger al errante. Aunque a estas alturas todavía la tierra se movía, habían replicas esporádicas y la gente se iba acostumbrando tomando sus precauciones. Aquí viví una de ellas. Fue en la madrugada y de no más de tres segundos, un ligero remesón. Pensé entonces en cómo fue aquello que duro tres minutos, tres minutos apocalípticos para muchos chilenos.

El camino me ponía ahora en una de las regiones vinícolas por excelencia de Chile. Yo miraba atónito desde la bici esos enormes sembrados de uvas que se perdían en la lejanía, jamás había visto algo igual. Organizados racimos colgaban de los parrales de los más diferentes colores, unos rojos, otros verdes y otros por efecto del otoño en unos hermosos ocres.

En la ciudad de Curicó los bomberos volvieron a ser mi refugio. Estos alegres hombres no vieron problema en acoger al viajero y brindarle una posada. En Chile los bomberos son voluntarios, sin mayor apoyo del estado y uno de ellos me decía que era mejor así, cuando las cosas se hacen de corazón. Sonaba esa ensordecedora alarma y entonces dejaban lo que estuvieran haciendo y acudían al imprevisto, siempre dispuestos, atentos a solucionar problemas de cualquier índole.

Ya cerca de Santiago, la flamante capital, en la ciudad de Rancagua tuve uno de los mayores regalos que me fueron dados. Pensé que me iba sin poder conocer un viñedo, pero la suerte que esta siempre de mi lado hizo que parara en casa de un amigo cuyo trabajo consistía en ser guía de uno de estos frondosos viñedos chilenos, uno de los mejores vinos del mundo. Allí en esa inmensa casona con parrales extensos luego de degustar un buen vino me vinieron estas palabras que recogía en mis libretas de viaje:

Colchagua se llama el valle. Aquí me trajo el camino y la amistad, la hermandad de la uva de esos viñedos que veía desde la carretera y que ahora estoy viviendo en carne propia. Apostado en una banca de esta fastuosa hacienda que se hace tan mía como las tierras que he venido conociendo. Se me abrieron las puertas de este viñedo y por sus senderos volcados de pequeñas frutas camine. Temporada de uvas, diminutos círculos morados y verdes que posteriormente el hombre; que cuando quiere y puede ser sabio y bello, transforma en esa bebida majestuosa, el vino. Hectáreas de parras frondosas que dejan colgar sus racimos de uvas, campos que se extienden hasta donde alcanza la vista, laboriosos hombres y mujeres el divino fruto en néctar jugoso y embriagante para el deleite terrenal. Experiencia mágica, divina, embrujada que se esconde en esas hojas que ahora el otoño decolora. Ahí está el vino, en estado puro. Luego viaja hasta la mesa y un sabio gurú nos comparte su conocimiento, entonces la bebida cobra sabor, aroma, cuerpo, vetas, fragancias que nunca antes experimente y aquella sentencia cobra aún más fuerza: “la felicidad solo es verdadera cuando es compartida”. Una mesa redonda, tres nacionalidades, muchas copas, un solo continente, el mismo, el único, América Latina, esta vez brotando de las entrañas de esta tierra chilena. Embriagaba más la buena conversación y la risa que va soltando la uva y sobre esa mesa se ponen sueños, se abren mas caminos y reina la paz que dan los frutos de la tierra. Esos toneles guardaban el fruto de la felicidad, la amistad que se añeja y madura como la vida misma. Aquí en el epicentro mismo donde la tierra unos días atrás se estremeció, el espíritu de la uva sigue intacto para mostrarnos su verdad, humilde fruto que ha perdurado por siglos y aun se mantiene inquieto. Larga vida a la vid de las tierras chilenas, larga, perdurable y jugosa.

sábado, 29 de mayo de 2010