Lo que yo quiero decir es América Latina...

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martes, 28 de septiembre de 2010

Bebiendo del Titicaca


Vuelvo a comenzar por el Alto. El Alto ahora es salida de La Paz. Un pequeño carro remonta la subida y arriba comienza el camino. Arriba todo es confuso. Ventas y mas ventas, la mañana que hierve, los carros que atropellan, la gente que grita, la ciudad que late cerca, el camino que hace guiños en el fondo. Es la ciudad del alto de donde vienen artesanías y productos que bajan a la Paz.

Hay que salir entre una interminable y arrolladora jauría de carros que te quieren comer. Un quite, otro más, ahora entre dos buses, te zafas, pedaleas, uno por el lado, cuidado con la moto, esquivas el hueco, viene otro, otra vez, más buses, uno por detrás, cuidado con el de adelante, sigues pedaleando cuando puedes, lo más rápido que puedas, le das duro por una hora y así, estas fuera de la ciudad.

Ahora viene la soberana soledad del camino, la inmensa y alegre soledad del camino, que te cobija con sus montañas, esta vez cubiertas de nieve en la lejanía que sientes próxima. Amarillo del pasto, blanco de la nieve.
Si atrás, en la ciudad tenia la sed en el alma por la falta de verde, ahora el paisaje me regalaba algo para calmar toda la sed posible. Me regalaba el precioso y apabullante lago Titicaca. Ya al término de una placida jornada de pedaleo va apareciendo de a poco, porque es imposible abarcarlo todo de una mirada, no cabe tanta agua en el cuerpo. Bolivia volvía a sorprenderme, primero lo del salar y ahora este gigantesco lago, este majestuoso lago. Juro que grite de emoción sobre la bicicleta, me fui cantando no se qué canción al lado del lago y cada vez que veía una parte de él gritaba mas y corría más, era imposible contenerse sobre aquella visión. El lago más grande de América Latina se aparecía ante mis ojos, con su azul profundo y esas montañas formando islas en su interior como acompañándolo para que no se sienta solo. El pasto amarillo y con algunos tonos de verde, los fardos de paja, el ganado pastando, la gente tranquila recorriendo sus orillas, saliendo de sus humildes casas como si nada les importase. Rodar y rodar en esa abrumadora belleza. Este lago bendecido por los dioses, lago sagrado de los incas, lago ritual, lago infinito, lago océano, entendible del porque es tan querido y cuidado por los pueblos que lo precedieron.

Terminando la jornada en la población de Huarina, había que buscarse un lugarcito para descansar el cuerpo. Una escuela, una escuela que siempre es un hogar con su cancha de futbol, unos hombres y mujeres que pisan unas papas, unos hombres y mujeres que siguen trabajando lo que les da la tierra, esos mismos que ni se dan por enterados cuando llegan estos extranjeros, cargados con sus bicicletas. Un saludo a la distancia, un permiso correcto para no perturbar su tierra y listo, ya se tiene un hogar con la mejor vista, vista al lago sagrado, al Titicaca.
Instalado el campamento, me gustaba ir casi a su orilla y quedarme mirando el lago, su quietud, su inmensa paz, ese azul que simulaba galones y galones de pintura fresca, eso era el lago, una pintura fresca, fresquísima. Todavía desde allí se podía ver la cordillera blanca que a lo lejos lo circundaba. Un buen hombre en aquella quietud se acerco para conversar. Curioso pueblo este y eso está bien. Al contarle de dónde veníamos inmediatamente, o sea de la Paz, nos increpa diciéndonos que allí no aceptan gente de la capital. Alegamos entonces que no somos de allí y todo se arregla, cambia el tono de su voz y el sentido de la conversación, igual no deja de inquietarme de que las cosas sean así en todo lugar, que siempre al capitalino se le tenga bronca, que sea mal visto. Caída la noche un fuego calienta el frío que amenaza, una fogata en la cercanía del lago para dormir a su abrigo.

El día siguiente vamos en pos de Copacabana, la ciudad limítrofe con Perú, ya voy buscando el nuevo país. La ruta sigue plagada de belleza. El lago jugueteando con las montañas, las cuestas que lo esconden y luego lo dejan ver. No hay cansancio ante tanta belleza, no es posible, aunque las pendientes sean duras, volver a pasar los 4000 msnm, ir en picada viendo ese lago que se confunde con un océano. A Bolivia no le fue dada una salida al mar pero fue bendecido con la gloria de este lago que dibuja playas en sus bordes y cuando hay viento pinta algunas olas.
El lago corta el trayecto en alguna parte y hay que recurrir a un pequeño bote que cruza carros, animales, mercadería, gentes de un lado a otro. Siguen las subidas que ya van agotando para luego regalarte el pueblo, brindarte a Copacabana que descansa directamente al lado del lago.

Copacabana es otra de esas ciudades contradictorias que se juega su belleza al amparo de ciudad comercial y netamente turística. Bajas al puerto y ves los barquitos para pasear en domingo, con formas de gansos y patitos, están los puestos, más de 15 que te venden las mismas variedades de truchas, esta la calle de siempre que te ofrece artesanías y fiesta gringa, all in english, ¿nobody here speak spanish?, ni idea. Se agota Copacabana en dos o tres calles que juegan a lo mismo y eso aburre bastante. De otro lado está la oferta turística. No hay que irse sin haber estado en la isla del sol. Decenas de empresas te llevan, todas por el mismo precio, todas en el mismo barco, no lo entiendo, no entiendo el marketing, ni la economía, en fin.

Te embarcas hacia la isla del sol. Lento va el barquito atravesando el lago. El azul es cada vez más intenso a medida que te adentras en él. La ciudad se pierde y avanzamos, ya nos hemos perdido y en verdad sientes que estas en el océano. Muy a lo lejos se dibuja una montaña, un contorno de casitas donde vive quien sabe quién. El barquito va tan tan lento que se adormece uno con el ritmo más la quietud del agua, pero cuando llegas a la parte sur de la isla te despierta una avalancha de gente, un alud de nativos que te cobran por todo, según ellos para el mantenimiento de la isla, vaya usted a saber si es cierto. Te cobran por pisarla, por verla y por recorrer sus diferentes puntos.

Habíamos dispuesto que la recorreríamos y empezamos nuestra tarea, luego del primer golpe, de que te cobren, de ver el desfile de gente que poco a poco se va dispersando, ya sea porque los atrapo algún hotelito de esos que parece increíble que existan en un lugar como ese o porque solo llegaban hasta allí, sigues el recorrido y la compañía de la soledad vuelve a dar lo suyo. Pagamos por que nos vayan marcando el camino, eso no está mal, el camino te va llevando al otro lado. Un camino de piedras dispuestas uniformemente cuestión que no dificulta mucho la caminada. El sol está en el cenit calentando la jornada. Hay momentos en que desde la cúspide se puede apreciar la verdadera magnitud de este lago y pienso que Latinoamérica toda, tendría que venir a beber de esta agua. Uno que otro caminante se cruza en el camino, algún nativo va pasando de punta a punta, callado, silencioso pero con respeto saluda. Va cayendo el sol conforme avanzan los pasos, las montañas dejan pasar el viento que refresca los pasos, alguien ha jugado con las piedras del camino formando montículos, no es ningún hallazgo arqueológico pero resulta interesante el juego de paciencia que hizo ese alguien. Con la caída del sol viene otra luz y la sombra de las montañas se dibuja sobre el lago, los matices del cielo cambian combinando colores y así llegamos a la cara norte de la isla, una cara totalmente diferente a la del sur. Un hombre te saluda al paso dándote la bienvenida, un atardecer con colores increíbles tiñen el cielo y una playa de agua dulce y calma te recibe. Se posa la carpa para ver la caída del sol mientras todo se apaga en este tranquilo pueblito, este es el Titicaca en pleno. Cobijamos la noche con vino barato y conversaciones que van hasta la madrugada, el agua del lago y el vino mojan la palabra que cada vez se ve mas exaltada.

El mismo barquito nos va llevando de regreso a la ciudad, parando en todas partes, volviendo tedioso un viaje que ya de por si es lento. Es una larga despedida de tan glorioso lago. Una vez en la ciudad el camino nos trae más alegres encuentros con amigos. Nuestro argentinísimo Ariel por un lado que nos cuenta de sus periplos en la selva y de otro nuestros queridos amigos españoles con los que nos seguimos pisando los talones. Hay espacio para una comida, la rica trucha que son los frutos del lago, entre otros, así vamos dándole la despedida a Bolivia que tanto trajo, que sorprendió de tan bella manera.

Me llevo los colores de los faldones de estas mujeres, su raza indígena, su dignidad para pelear por lo que es suyo, me llevo su hermosa humildad, su manera de festejar la vida, me queda el alma un poco más en blanco como su salar y refresca todos mis cansancios el agua de su magno lago. Me deja cansado sus cuestas pero me relajan sus aguas cálidas y su comida que me acerca a mi país, voy sintiendo profundamente los lazos que hay entre nosotros.

1 comentario:

Sonia dijo...

Ese Jaime!!
Leyéndote me parece que estoy de nuevo en Bolivia!!
Esperamos encontraros de nuevo. Como tú bien dices, son las cosas del camino...
Carlos y Sonia