Lo que yo quiero decir es América Latina...

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viernes 5 de diciembre de 2008

Un ángel en la Punta del Diablo

Ahí venia el Pablo, por una de esas callecitas cortas que van al centro de Punta del Diablo, aunque no se si haya un centro aquí, el centro siempre será el mar, el punto de partida y de llegada. Venia con su matesito en la mano y paso lento, fumándose uno de sus cigarritos. Hacia un calor terrible y las montañas de arena encandilaban los ojos. Pablo era leve como el viento que venia del mar.

¿Venís de lejos?, me pregunto. Reconocí otro ángel entonces. Los identificas por su levedad, ya lo dije. Menudito el Pablo, un silbido que se suma a los aires que soplan en ese resguardo llamado Punta del Diablo, del que me cuenta ya no quiere salir. Le estaba cuidando unas cabañas al Tano, su amigo. Se quedaba en una de ellas y allí tenia su palacio. Rodeado de plantitas que el mismo sembraba. Pablo no tenia la edad que decía tener, Pablo tenia mucho menos, Pablo es un hermoso adolescente de 50 años. Me brindo una de esas cabañas sin mas ni mas. Yo solo le había preguntado por un lugar para poner mi carpa.

Y es que el Pablo es un hombre de muchas historias. Me hablaba de su periplo por el Canadá y su enamoramiento por la lengua inglesa, gustaba de hablar ingles, loro viejo si aprende a hablar, parodiando el refrán. Seguía inquieto con las palabras, un niño, jugaba con ellas y se sentía feliz al aprender tantas mas.

En el Pablo también estaba resumido el pueblo uruguayo, su amor por el país y el reconocimiento de vivir en un lugar tranquilo. Eso es la patria sin patrioterismos, el más puro amor. Me decía que no había pisado la Argentina y que tampoco le interesaba, que ya no quería salir de Punta del Diablo. Ese lugar embruja con su calma, aunque esta sea rota en los tiempos de temporada alta donde hasta los ratones tienen que alquilar una madriguera, allí todo se alquila, terreno, cabaña, cualquier cosa es apta para vivir por esos días donde los humanos aquí se multiplican como arroz y de 800 habitantes netos que son pasan a ser 22.000 mil, una cosa para no creer y sobretodo para no estar por esas épocas, yo se lo decía al Pablo. Igual los tiempos de temporada baja eran majestuosos y ese mar frío, friísimo seguía allí refrescando la arena que calienta el sol en ese pueblo de pescadores artesanales, todavía con sus barquitos viejos, esos barquitos que son poesía pura, esos barquitos que son un canto, esos barquitos que pueden ser un tango, un fado. Están atados en la playa esperando ir a la búsqueda de peces y en la punta de la punta esta el faro que indica el camino y todo parece tan quieto, tan en silencio. En esos pequeñísimos barquitos se juegan la vida los hombres que toda la vida no han hecho mas que pescar. Y esos nombres sonoros de los barcos, Lina Valeria, Victoria, Yogane, son los titulos de las poesias que son. Por eso el Pablo no quiere salir de allí, lo entiendo. Yo mismo me vi atrapado un par de días cuando solo estaría uno. Junto con el mar y la arena clara, las caminadas por la playa donde te conviertes en fantasma, el pueblo donde todos se saludan, porque todos son familia, me quedaba conversando con el Pablo, nos quedábamos cebando matesitos y no había de otra que oír sus fascinantes historias y dejar que me pintara sus narraciones de cuando trabajaba en el hipódromo allá en Canadá, porque hay que decir de su afición por los caballos que cuidaba , un hombre cercano a la tierra, un Zorba de este tiempo. Hasta tiempo para una caña y un buen asado hubo. Esa carne a la brasa chorreando finos hilos de grasa y luego sentarse a la mesa para comer como buenos hombres primitivos, pasar la carne con unas buenas migas de pan, unas galletas como la llaman aquí.

Hablo de los hombres porque son los que construyen los lugares, los que hacen una geografía, sigo encontrándome con gentes locales porque me dicen mucho mas que las guías o los encuentros buscados de gente sin eco, de turistas perdidos tratando de encontrar soledades, reuniéndose para aburrirse juntos y así ser felices. Con personas como Pablo siento que aprendo de un país, con personas como él hay silencios mas constructivos que el mundanal ruido de las hordas que se reúnen para hacer rebuznos colectivos y pasarla ¨bomba¨ .

Viento grande del sur.

Había que volver a Brasil, siempre habrá que volver a Brasil. Pedalee 150 kilómetros para regresar a ese país, al estado de Río grande del sur. El pedacito de carretera Argentina me trajo satisfacciones, las satisfacciones aquí son kilómetros bien andados, son pájaros que te saludan, son árboles incólumes que a metros te miran extendiendo sus ramas al cielo y a vos.

El camino de Argentina también traería sus particularidades, de pinchazos y estrellones. La buena suerte me ha acompañado, mis verdugos y a la ves amigos, que son los camioneros me siguen coqueteando al costado de la Dama, siguen rozándome azarosamente con sus maquinas infernales que de tocarme me llevarían a otro viaje. En Argentina ocurrió el primer incidente directo con ellos. Kilómetros atrás escucho la bocina, no hay acostamiento, bajo la velocidad, no quiero meterme a ese truculento lado del camino lleno de baches que puede afectar a la Dama, ellos tienen espacio para rodar sobre su carretera de asfalto, sigo escuchando las bocinas insistentes, me da rabia, no se que hacer, respira el camión encima de mi…se escucha el crujir de espejos, dos monstruos chocan y ya no podrán mas mirar hacia atrás con sus retrovisores, existen en pedazos, desperdigados por la carretera. ¡Pelotudo! Me grita el primer conductor, el segundo me hace parar y me injuria hasta el delirio por el incidente del que me culpa. Yo pongo mis argumentos sobre el asfalto y sigo camino.

Es un paso rápido por la Argentina del norte, voy a conectar con Brasil y busco afanosamente la frontera, otra de esas desoladas fronteras donde nada acontece, el paso por Sao Borja, vuelvo a mi Brasil, pero las segundas versiones no son lo mismo, aunque Brasil nunca defraude. Igual me palpita el corazón cuando me vuelven a decir: “Ben Vindo ao Brasil”.

El viento sopla con fuerza en ese inhóspito pasaje, un puesto fronterizo en medio de la nada, sin el agite de las fronteras comerciales. Ocho kilómetros para llegar a la próxima ciudad y como casi siempre un puente que conecta.

Sao Borja vuelve a ser Brasil, el de la sonrisa en el rostro cuando trato de ubicarme preguntando una dirección, una palmadita en el lomo para seguir mi camino, un camino que se me complica para conseguir posada en esta pequeña ciudad que se me escurre de las manos. Termino en el albergue de no creer y la policía militar vuelve a ser mi cobijo. Un cuarto en caliente y con humedad en la trastienda de un batallón, de nuevo la batalla con los zancudos y su sinfonía en los oídos. Camino por Sao Borja para volver a sentir a Brasil y esa música que es el portugués y en este horario de verano el sol se pone más tarde y caliente como nunca. El nuevo día traerá lluvia y yo que pensaba quedarme en mi cuarto húmedo soy arrancado por golpes en la puerta y la noticia de que debo dejar aquel resguardo, estos policías no entienden de razones y me hacen salir al camino. Las calles están mojadas y todavía una leve brizna ocupa el ambiente, las horas tardías no me favorecen pero debo tomar camino e internarme en este estado que traerá duras pedaleadas.

El viento soplo como nunca en Río Grande do Sul. Enemigo invisible, ligeramente ruidoso, constante, insistente, arrasante. Una pared de aire a ser atravesada. A eso había que sumarle los kilómetros inhóspitos de laderas inhabitadas y cuestas por sortear. El frío, la amenaza de lluvia que muchas veces fue presente, las horas al lado de la carretera esperando que el cielo y sus gotas mil me dieran paso, donde cualquier techo fue refugio. El sur y su frío, su ganado que me mira, sus ovejas que balan a mi paso, las asustadizas ovejas que se cubren con finas pieles y no paran de masticar con sus bocas pequeñas. Las carreteras de este sur tan desolado como para que los pájaros hagan las veces de caminantes y se posen sobre el asfalto, caminen de lado a lado, hagan sus reuniones en la mitad del camino, vivan la experiencia de caminar.

En mi primera parada en la mitad de la nada, en esas villas que aparecen cuando el cuerpo no da mas, toco a la puerta de un paisano que me dicen, sabe acoger a los viajeros y así es. Su extenso terreno me sirve de cama y la carpa vuelve a ser mi cobijo, ya en la noche me veo sentado a la humilde pero gustosa mesa compartiendo unas costillas de oveja, típicas de la región. No pude haber mejor comida que esta, al calor de la mesa con gente local, tan verdadera y tan pura, tan ellos.

Junto pueblos y pequeñas ciudades hasta donde el viento me lo permite, ese viento que aquí ruge como en ningún otro lugar, ese que me pone sus hilos en la cara y me lleva hasta el delirio con su ruido constante en su devenir. Ese que en la estación de servicio donde pernocte, quería llevarme con todo y carpa y no se canso de rugir hasta el día siguiente. Traspasaba por las paredes de mi morada y se colaba por mi saco de dormir, me fustigaba. Quien sabe que furia antigua traía ese viento, con que rabias estaba cargando. Era como si se quisiera llevar a toda la humanidad con el. Sería la furia de algún diosecito.

En el camino hacia la ciudad de Pelotas, mi ultima ciudad grande en el gran Brasil, un hecho bien particular me asalto en el camino. Es un hecho que me sigue cargando de preguntas y como no, de absurdas admiraciones ante tales acontecimientos. Un hombre va en su auto, parece un trasteo. Va lleno hasta el tope su auto, lo acompaña una mujer. Yo ruedo al lado de la desolada carretera y me pregunta hacia donde queda Pelotas. Miro hacia el frente y veo una intercesión, se que allí hay un cartel indicando la ruta, le digo que tal cartel le indicara así donde debe seguir. Él es un hombre mayor de unos 40 años aproximadamente y me dice: no se leer. No me queda mas que decirle que me siga, yo le indicare cual camino debe seguir. El hombre no sabe leer, me lo dijo así no mas. Me siento consternado por el hecho y me pregunto sobre que significa la ignorancia, que es la ignorancia, hasta hoy todavía me pregunto, me seguiré preguntando como puede acontecer. No estoy hablando de que aquel hombre fuese ignorante por no saber leer, de seguro tendrá mucha sabiduría en su haber, solo que la ignorancia como todas las otras cosas del mundo, la muerte, el amor, el odio, tiene sus múltiples formas.

La ciudad de Pelotas y mis anfitrionas me reciben con sonrisas y abrazos, Brasil me sigue recordando lo que es. Esa pequeña ciudad fue casa por unos días. Ciudad de estudiantes y arquitectura conservada con un río que la saluda donde ver un amanecer es un bonito regalo que te puedes dar. La ciudad de las librerías de sebo que tanto visite. Me explicaría mi buena amiga Juliana que son llamadas así por vender libros ya leídos, lo de sebo es un decir, es por esa partícula de grasa que se ha quedado en el extremo de sus paginas al ser pasadas por sus lectores, bonita forma de nombrar las cosas. En alguna de esas librerías tuve que comprar un par de textos para seguir recordando las tonadas escritas de Brasil, seguiría mi viaje con Vinicius y Jorge Amado.

Ahora había que emprender la salida de Brasil y 300 kilómetros me separaban de mi próximo país, Uruguay. El camino en este tramo fue mas benévolo conmigo, largas rectas se extendieron hasta la salida del país. En mi primera parada me deje estar tan a gusto en una olvidada estación de policía, que no me lo podía creer. Un solo hombre cuidaba de aquel espacio, el mismo que me recibió con una amabilidad impresionante y me dijo que a las 5 de la tarde partía. Yo me quede allí, toda una tarde disfrutando de frutas, acompañado por Vinicius y Jorge Amado, acompañado por las golondrinas que en esta primavera hacían un concierto fabuloso como si quisieran que las escuchasen hasta en el ultimo rincón del mundo, acompañado por el cielo más azul posible, acompañado de mi mismo.

Unos pasos más adelante presentí a Uruguay pero antes de salir volvería a pernoctar en otra estación más de policía y como recuerdo aquel joven policía escuchando al viejo Bob Marley su ¨Redemption Song´, una de esas cosas raras de la vida, en una estación de policía suenan las notas de ¨ otra canción de libertad...canción de redención ¨

Una calle que divide dos países y otro sello en mi pasaporte y me indica que estoy en Uruguay, donde necesariamente soplaran otros vientos.

jueves 30 de octubre de 2008

Periódico Argentino.

Noticia que se publicó en el diario "Primera Edición" de la ciudad de Posadas en Argentina.

http://www.primeraedicionweb.com.ar/index.php?idnoticia=8951&dgprincipal=nota&tipo=impreso&idEdicion=465

domingo 19 de octubre de 2008

De Asunción a un pedacito de Argentina.

Me despedí de la capital de Paraguay como me gusta hacerlo, caminando por su centro, volviendo siempre a él. Ese día el calor de este trópico rebelde azotaba la ciudad, los buses se movían más lentos y todo tenía ese sopor tan típico en días como esos. Centro llano de locales medio abiertos, centro limpio pero olvidado, ese Paraguay del desarrollo a medias, ese pueblo castigado por años de dictadura disfrazada con las máscaras comunes. Fui al puerto en busca de vientos y cebadas para despedir a la ciudad, para decirle un adiós a largo plazo, sé que me demorare para pisar de nuevo estas tierras donde el amor no se afinco mucho, pero claro que queda un sentimiento de gratitud. En esa pequeña tienda del puerto bebiendo una robusta cerveza pensaba en el pedazo de Paraguay que me fue dado conocer y las capitales que son la muestra del país pero que por supuesto no lo son todo, se concentra la gente y la industria pero se escapan tantas cosas. El Paraguay del guaraní no se escucha tanto en la capital, nuestras lenguas autóctonas para algunos son vergüenza y en las capitales que son de todos y de nadie hay muchos fantasmas que hablan. Iba más lento el día con la cerveza en el puerto, pero mucho más llevadero, el calor se apagaba y los recuerdos como siempre, se adherían a la piel que es lo más profundo, como bien decía Paul Eluard. Había que partir de la capital entonces, montar a la dama que se encontraba rozagante por la reparación que le hicieran, cadena nueva, piñones nuevos, nuevas pastas de freno y un baño rejuvenecedor, ella es mujer yo la entiendo, a ellas les gusta ese tipo de cosas por el cuento de la vanidad, mi chica también es vanidosa. El calor del día anterior se extendió al siguiente y bueno, hay que bendecir al rey sol pero los reyes a veces abusan de su poder y este hoy se estaba excediendo, pegaba duro, con fuerza, menos mal la dama sabia como llevarme en su lomo, pero en ocasiones y con gran dificultad remontábamos pequeñas cuestas que cortaban las extensas rectas que iban apareciendo en el camino que dejaba Asunción por aquella, la ruta número uno como es llamada. Me encontraba literalmente bañado en sudor y los kilómetros llegaban lentos, en ocasiones los caminos no son de mantequilla si no de barro y este era uno de esos. Había que parar mucho e hidratarse aun más, al medio día con el sol en la cúspide se hacía imposible pedalear, necesario parar a comer algo y en uno de esos pueblitos en medio del camino me detengo, es notable ya aquí la presencia del guaraní, la otra lengua del país. Con soltura la gente se comunica en ella, yo ignorante escucho como testigo mudo. La gente se sigue interesando por esta, mi historia de recorrer Suramérica en bicicleta, la Dama y yo seguimos sacando expresiones de asombro cuando contamos de dónde venimos y como cada vez nos alejamos más, más es el asombro. Después del almuerzo hay espacio para una charla con los locales, a falta de cafecito, un dulce y una buena conversación y la oportunidad para saber quién es quién. Una profesora de guaraní me cuenta de cuan viva esta esa lengua, me trata de enseñar algo, pero nada, me es difícil. Hay que seguir camino a pesar de que el sol no se calma, las rectas desafían pues es ahí donde quedas a merced de él, tengo que hacer otra parada en una estación de servicio, el sol es implacable hoy, pero es bien, tengo más conversación, mas de esta lengua local, un dulce de maní que me regala una anciana que vende dulces, Latinoamérica no defrauda, descansa y te agarra donde estés. Cuando ya he cumplido con un kilometraje justo y el cuerpo se manifiesta me detengo en mi primer pueblo, San Roque y vuelve una mano amiga. Silvino es un joven del cuerpo de bomberos, su boina negra con una estrella roja en el medio me habla algo de quien es, por supuesto me tiende su ayuda y entre un refrescante tereré dejamos caer la tarde mientras él me habla de este su golpeado país por la eterna dictadura. Me habla del posible cambio que puede venirse con Lugo, el nuevo presidente, conversamos sobre las paradojas de nuestra América. Paraguay tiene la mayor represa del mundo y falta luz, es costosa y más de la mitad de la represa no es de ellos, en el mismo San Roque hasta hace poco llego la luz, me contaba de lo desesperado que se encontraba antes de las elecciones pasadas y me decía que si la hegemonía del partido colorado seguía, él tomaría decisiones extremas, yo lo entiendo, a eso nos llevan estos caudalosos ríos que duermen pero que acaban con todo. Seguí al día siguiente para llegar a San Miguel, entrar en el departamento de misiones y dormir por vez primera con la policía paraguaya, amables como siempre pude poner mi carpa en sus terrenos. Ellos se siguen comunicando en guaraní yo me sigo sintiendo perdido, quién pudiera habitar tantas lenguas. Al otro día el panorama climático cambió y una lluvia me puso en problemas, fina lluvia sin rumbo, fina lluvia indecisa y yo queriendo continuar. En un acto desesperado me lanzo a la ruta pero como era de esperarse la lluvia me toma en sus manos y por espacio de 17 kilómetros nada que hacer, seguir por las rectas hasta el pueblo más cercano. En momentos como ese todo si que va lento, pesado, adverso, soy un caracolito que no puede moverse y no ve más que un lejano horizonte y hay que armarse de kilos de paciencia para mantenerse, pero llego, llego y hago una pirueta que no me molesta, no soy héroe, ya lo dije, no me gustan y entonces tomo un bus que me lleve cercano a mi próximo país. El pronóstico son dos días de lluvia que me tendrían quieto y gastando el dinero que me falta y entonces 170 kilómetros se hacen fácil en uno de esos viejos buses que se mueven en tierras paraguayas, voy a la ciudad frontera, Encarnación, que conecta con tierras Argentinas a la ciudad de Posadas. La frontera es bastante particular, muy tranquila con poco tráfico de personas y automóviles, debo ir esa ciudad y estar poco en Argentina, luego cruzaré de nuevo a Brasil para seguir mi camino hacia el sur del continente. Estoy en un nuevo país, el quinto en esta travesía y la ciudad de Posadas es una pequeña introducción para lo que será la Argentina de más adelante. Vuelve a suceder que hablo de estar en Argentina y para los otros solo existe su capital, yo estoy bien al extremo, en el norte del país. Posadas es un bello rinconcito, tranquilo, con un clima supremamente agradable y donde soy muy bien recibido y claro, esto es Argentina, la del mate, la del vos, la de la tradición europea de pastas y de vinos, pero bella y acogedora como ella misma. Un centro pequeño que se deja recorrer, unas costumbres diferentes para mi, un manejo de horario inquieto, locales que mueren al medio día para volver a las cuatro de la tarde, podríamos decir que los argentinos se toman su tiempo. Todo aquí está bien puesto y también hay puerto, hay barquitos que también descansan en su cascarón, la costanera que bordea el inmenso río Paraná va por toda la orilla y es delicioso pasearse por ella, uno saluda desde allí a la ciudad de Encarnación, se puede sentar a tomarse unos matecitos en sus bancas y ver cómo pasa el día, los hay deportistas que van de aquí para allá, los hay que caminan lentos al ritmo del viento, los hay desprevenidos que solo van. Yo fui de aquí para allá recorriendo cada calle, atento a lo que oía y veía, y lo que más recuerdo es estar tomándome un mate en el tercer piso de la ventana del apartamento de mi amigo Fabricio mirando al horizonte, hacia el sur, pensando en la todavía lejana Ushuaia que algún día rodare con mi Dama, pensando en ese frío y distante sur donde se acaba el mundo.

lunes 13 de octubre de 2008

Paraguay. De lo que es, no es o lo que fue.

Voy entrando a otro país, a su lógica especial y esta Latinoamérica tan mía no deja de sorprenderme con sus cosas. Me siento más latinoamericano que colombiano mismo, me siento más de todos los lugares por los que voy pasando y hace tanto tiempo soñé, recorro sus carreteras y soy testigo, la mayor de las veces mudo, soy testigo. Cada lugar me duele tanto como el siguiente por eso cuando veo dificultades y diferencias me siento más movido que cuando veo el candor y la fiesta que muchas veces son nuestro escape a lo que no puede ser. Paraguay me volvió a recordar una parte de lo que significa ser latinoamericano. De muchos lugares se puede decir que parece que el tiempo no avanzara, que estuviera detenido. Con Paraguay sucede algo particular, su tiempo no es el tiempo continuo, pero tampoco el detenido, es un avance de cauchera, hay un estiramiento momentáneo, un avance y luego si un tiempo detenido, es el reflejo de nuestros pueblos, ese impulso, esa fuerza que tenemos para, pero luego hay tantas tantas cosas que nos detienen y entonces el barco se queda a mitad de camino y va naufragando lento, sucumbe, nos volvemos anfibios que aprenden a respirar bajo el agua, bajo las eternas dificultades que nos sepultan, hasta que venga otra momentánea marea que nos saque a flote y venga otro efímero triunfillo. Después del gigante brasilero todo quedaba cerca, tudo fica perto como dirían allá. Así es como solo 330 kilómetros me separaron de la capital Asunción. Fui pasando rápido, con paso seguro en esa línea recta que me llevara a mi destino, al centro mismo del país, donde todo acontece, o no acontece según como se le mire, pasando por Juan Manuel frutos, Coronel Oviedo, Itacurubi de la cordillera, Caacupé. Fui atravesando pueblitos, pequeñas poblaciones, ciudades, en esas rectas de campos de soja, cultivos de yerba, la yerba del mate y el Terere, tan consumidos aquí. Terere frío y refrescante, Terere de todas horas, Terere costumbre, de menta o clásico, pero siempre rico. Un termo con abundante agua fría que dure bastante y la bombita con la yerba, siempre Terere, siempre Paraguay, así sabes quien es quien aquí y afuera. El mate lo dejamos calientito para la mañana. Así iba avanzando entre nuevos términos, por aquello de que somos lenguaje y el lenguaje es movimiento también. Un copetín, una despensa, una milanesa, una gomería, minutas, chipas, chipa guazú, lomiterias, tantas cuestiones por descifrar. Un Copetín que es un lugar donde venden comidas rápidas, osea, unas minutas y una minuta que puede ser una milanesa, que es lo que en mi tierra llamaríamos carne apanada y si te pinchas vas a una gomería osea a un montallantas. Lo otro son comidas para reafirmar aquello de la unidad, seguimos con la conexión del maíz, y la yuca. La yuca que es Mandioca aquí, la que te sirven en todos los platos, el acompañante de siempre, estamos alimentados por las raíces de la tierra, la misma que desechamos y ensuciamos hasta el cansancio y la inconciencia.
La cuestión del tiempo en suspenso se nota con fuerza en la capital, Asunción. Aquí me saludan viejos buses que me recuerdan a las provincias de Colombia donde esos antiguos artefactos todavía se pasean ofreciendo transporte eficiente, de algún modo todavía se mueven, sus latas truenan por todas las calles, aquí los buses “nuevos” son los del vecino país, los que brasil desecho. Latinoamérica es como el reflejo de una familia y aquella situación donde la ropa del hermano mayor pasa a la del más pequeño y así hasta que el resorte no aguante más, hasta que la transparencia aparezca y develemos nuestra humilde humanidad, tenemos que vivir todo prestado porque el desgrano de nuestras economías a manos de políticos ineptos; perdón el eufemismo, no da para más. Lo de los buses es solo una parte, pero no deja de asombrar, aunque por el golpe de cauchera también veo una Asunción que progresa bajo la sombra de su gran represa, Itaiupu, la más grande del continente, que provee luz y energía, también la venden, de ella se toma más que agua para transformarla en progreso cuando se quieren dar esos grandes pasos, invertir en educación, en el país. Así tenemos una Asunción con un centro limpio, organizado y unas construcciones que impresionan, en el panteón de los héroes descansa la sangre que se derramo en sucesivas guerras, como decía Roberto Zuco, todo héroe descansa y se yergue sobre sangre, es por eso que nunca me han gustado los héroes. Te sigues paseando por el centro histórico y te saluda el majestuoso palacio de gobierno, palacio de los López edificación bella, antigua, un poco más al lado esta el palacio legislativo, edificación nueva con ese modernismo tan forzado de espejos superpuestos que en este caso me sacan de casillas y me muestran la ceguera de quienes planean, lo digo por varias cosas. Al nombrado palacio lo cubren miles de espejos y justo en frente hay un barrio miserable de casuchas que se sostienen como pueden, literalmente en ese palacio se ve reflejado la miseria. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?, al lado de nuestro poder esta instalada la miseria que se sostiene por puro milagro, esa que ellos mismos edifican, su suntuosidad con el perfecto contraste de la pobreza que generan. Al lado del palacio de los López hay un pequeño parque con un sonoro nombre, “Plaza de los desaparecidos”, en la que un solitario hombre hace una huelga de hambre, ya lleva 28 días allí, yo espero que esa solitaria hambre tenga alguna minina repercusión, ya que todas estas hambres nuestras no han sido escuchadas. El primer día que recorrí el centro de la buena Asunción contabilice cinco manifestaciones populares en la calle. Los mismos temas de siempre, educación, transporte, terrorismo de estado, estampas comunes de un mismo mosaico. Como también hay espacio para las buenas sorpresas aprendo que Asunción tiene un puerto, ¡Ah los puertos!, barcos que entran y salen. Aquí no hay mucho movimiento, también hay otra huelga, pero eso no impide sentir el poder del agua, en este caso el agua de río que navegara camino a la mar, de los barcos que descansan para remontar aguas, del poder de una aduana, de lo que llega camino de las aguas en el puerto de Asunción.
El punto de encuentro amable siempre se dará con la gente, somos nosotros lo que construimos lo que en parte somos. Yo voy tratando de buscar eso que la gente tiene para dar sin tener que pedírselo, eso es lo que hace a un pueblo. Por supuesto Paraguay tiene mucho para dar. Repiquetean los teléfonos y muchos buenos amigos me dan la bienvenida a la capital, ya me la habían dado a la entrada al país y el camino también hizo lo suyo. En aquella estación de servicio donde pase la noche escuchando música colombiana, el recuerdo sonoro de la patria, el refresco local que me regalaran, mis primeras palabras de Guarani, la otra lengua del Paraguay, la que se me escapa de los oídos, la que no logro aprehender. Lengua como un fuerte, impenetrable para quien viene de afuera, lengua indígena, resguardos que se niegan a morir. Latinoamérica no muere, agoniza pero no muere. Hablaba de la gente, de la que todavía sonríe, Paraguay tiene una forma particular de sonreír ante las adversidades, su debilidad hace que mire un tanto hacia fuera, es común, cuando no tenemos de que asirnos miramos hacia fuera en vez de construir para dentro. Cerveza extranjera, modelitos importados, mucho bar ingles e irlandés, la gran paradoja, venerar a quien fue verdugo hace tiempo y quebró el puente del verdadero progreso cuando se era prospero y solo se quería buscar una salida al mar, tener un pedacito de cielo y terminar vilmente aplastado. La historia hace sus fisuras que el ejercicio de la memoria tiene que reparar, eso se reclama aquí y en todos nuestros pueblos, quiero irme de Paraguay y que cuando vuelva me encuentre al tiempo rodando junto con la gente no siendo aplastados en silencio por el, quiero un país que se mire de verdad y no solo al encuentro de once jugadores tras una pelota, hay que recordar que la patria definitivamente es y tiene que ser otra cosa.

domingo 5 de octubre de 2008

Reportaje en Laranjeiras do Soul

Noticia que salió en el diario "Correio do Povo" en la ciudad de Laranjeiras do Soul.

http://www.jcorreiodopovo.com.br/noticias/?url=aventura-de-bike

Frontera Brasil – Paraguay, la nueva Ciudad del Este.

Mi salida de Brasil fue como el final de la película “El Gran Pez”, de Tim Burton. Mientras pedaleaba buscando la frontera se me iban apareciendo todos los personajes de mi estancia en Brasil, iban desfilando por la carretera y me saludaban, justo así como en la muerte de “El Gran Pez”, solo que yo no moría, o tal vez si, un poco, era otra despedida en sostenido como son las muertes, mi muerte por la salida de Brasil, los hombres que son las historias se pasearon al lado de la carretera para que el olvido nunca llegase. De repente una estructura gigante que dice “Receita Federal – Brasil” se me presenta, es la salida y yo no lo puedo creer, el nuevo caos me recibe, una interminable fila de automóviles se agolpa para entrar y salir, es la frontera, el paso, el puente. Entrar para sellar el pasaporte de salida, es como si marcaran a la res, hay dolor, hay distancia. Me preguntan si salgo definitivamente, tengo que decir una mentira, digo: Si. Se que ya nunca saldré definitivamente de ese país. Me despiden con otra sonrisa, soy el único que esta sellando el pasaporte y tengo que volver al flujo de carros y peatones que se dirigen a Paraguay. Decidí cruzar el “Ponte da amizade”, como se llama el puente que une los dos países, a pie, por la acera, como un peatón más, mas lento de lo que podría hacerlo en la bicicleta. De bicicleta en mano cruce el puente aquel sábado 27 de septiembre, seis meses se sellaron aquel día de mi paso por Brasil. La altura del puente era la de mis vivencias, arriba arriba, el agua verde que va hacia las cataratas se paseaba diáfana allá abajo y los autos no caminaban, día de tumulto en la frontera, en la frontera con más movimiento comercial posible en toda Latinoamérica. Ciudad del Este te recibe como una pintura abstracta, es un Pollock en movimiento. Ruido, suciedad, gente que va y viene. El cartel que te da la bienvenida a Paraguay tiene el 95% de publicidad en artículos digitales y electrodomésticos, eso ya te dice algo de a donde vas a entrar, solo abajo hay un ínfimo: “Bienvenido a Paraguay”. Todas las fronteras tienen su lógica y sus puntos en común, esta por supuesto no escapa a lo suyo. Los cambistas de dinero están a los costados de las calles jugando con la economía, como bancos del juego Monopoly, juegan con su monedas y sus precios, te dicen el precio que ellos quieren y si estas de suerte te dan todo el dinero de verdad. Las fronteras son el cruce de lenguas y monedas. La de la entrada a Paraguay es bastante particular, el portugués y el español se dan la mano todavía junto con la lengua local, el guaraní, es una fantástica babel, sin que se escape que por ser frontera de jugosos bajos precios y contrabando otras culturas por años se han afincado aquí para hacer negocio, libaneses y coreanos tienen su parte. Es común comprar y vender en, Guaraní paraguayo, peso argentino, real brasilero, dólar americano, en fin. Campea esta economía loca de productos variados, aquí consigues desde una aguja hasta lo último en tecnología, desde una galleta, hasta peces disecados del Japón. La frontera no tiene un único producto todos juegan en la calle, en esa empinada calle que te va llevando adentro de la nueva ciudad, la famosa Ciudad del Este, la que mira a Foz de Iguazú a través del rió. Ciudades casi hermanas de productos y servicios. En esas ciudades de fronteras todavía te sientes en el país que acabas de dejar pues la economía sigue bastante ligada y el gracias y el obrigado conviven por mucho rato. Yo seguía de bicicleta en mano tratando de descifrar la lógica de esta frontera que paradójicamente no atropellaba, entre el nuevo sello que legitimaba mi estancia y la nueva moneda me iba dejando estar en Paraguay. Lo otro son las nuevas costumbres, la otra gente, los otros rostros, la común fascinación por mi viaje en bicicleta, las preguntas de rigor. En este Paraguay indígena, latino, mestizo, las nuevas costumbres me van sorprendiendo. Normal ver a la gente con su termo de agua fría, algunos con yerbas y ramajes dentro de el, y su bombita con pitillo, sorbiendo el bien conocido: Terere. Esta bebida tan Paraguaya que calma la sed y sigue la tradición, todo paraguayo que se respete anda con su termo, sorbe Terere. En cada país tienes que preguntar y descubrir su ley, si hay o no teléfonos públicos, cual es su comida, que es común beber, como orientarse, son cuestiones que el mismo país te ira indicando según te pasees por él. No choque con Paraguay, inclusive viniendo de un país tan diferente como lo es Brasil. Para mi Latinoamérica es una, tiene una unidad y no me sorprendió volver a ver buses viejos y destartalados, no me sorprendió volver a ver un tapete de basura y que no me recibieran con una sonrisa, así como una frontera tiene su lógica, un país si que tiene la suya. Paraguay con esas características de caos tiene una de las lógicas que mas me gustan, la del libre albedrío, la de que aquí esta todo por hacer, organizar la casa para poder luego salir a fuera, yo por mi parte estoy conociendo mi casa con todos sus cuartos y patios. Hay que mencionar la otra particularidad que solo se da en esta frontera, el punto de encuentro de tres países, aquí se saludan Paraguay, Brasil y Argentina, se bordean, se tocan y sobretodo lo hacen en el punto más bello, las cataratas de Iguazú, esa enorme caída de agua donde siempre habrá un arco iris y los pájaros se bañaran en esas aguas, aguas un poco disminuidas por aquello de que la tierra se seca, habla a su manera, pero igual no pierden la majestuosa belleza de la interminable caída de aguas y cada país sigue diciendo desde que lado se ve mejor, si del brasilero o el argentino, yo estaba en el brasilero y me sorprendió igual, estas cataratas siguen bañando la sed de muchos, propios y extraños y se siguen paseando por las fronteras como nos deberíamos pasear muchos solo que la burocracia sigue poniendo las barreras que solo para ellos existen, quien fuera agua entonces para saltar de catarata en catarata y no presentar pasaportes a la entrada de algún nuevo río.