Lo que yo quiero decir es América Latina...

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viernes, 29 de abril de 2011

Incauta salida del Perú

Se plantea uno cosas, le pasan por la cabeza. En diferentes momentos, situaciones, puntos de la vida, pero ella que no atiende de normas, cambia, muda y entonces los planteamientos mutan también. En algún punto del vasto Brasil, cuando recorría esas desoladas distancias y apenas si empezaba la cuestión o inclusive antes de la primera partida, concebí un viaje sin retorno.

Pensé que tomaba la bicicleta y los caminos no me traerían de vuelta, creo que mi viejo amigo sabía de ello y tal vez era al único que no podía sorprender de haber tomado tal decisión. El día que encontré a mi compañero de viaje, Juan, empecé a sentirme más cerca de Colombia. Tal vez porque fuésemos del mismo país y nuestras conversaciones giraran en torno a él. Por ese recuerdo de fronteras, amigos, dichos, productos que se colaba en nuestros remembranzas. Por esto y por otros factores que se iban sumando en el recorrido, la presencia de Colombia era cada vez más fuerte, definitivamente había que volver.

Desde Bolivia ya sentía la inminencia de lo colombiano en el camino, una fruta, un sabor, ciertos modismos nos la recordaban y ya en Perú, todavía muy lejos del hogar la presencia se hacía mucho más fuerte. La economía, las fuerzas, la ansiedad jugaban papeles importantísimos en cualquier decisión y no era el mismo ímpetu de cuando salí de allí. Cada uno de nuestros escasos pesos valía mucho más. Lima por ejemplo estaba bastante lejos todavía de Bogotá o la misma Medellín, pero existía un bus que por 120 dólares y en solo tres días nos dejaba en casa. Hay que reconocer que esto a veces resultaba tentador, sin embargo mirábamos el mapa, pensábamos en lo recorrido y en lo porvenir y el camino todavía nos llamaba con fuerza.

Desde la salida de Lima empezamos a dar saltos en bus y sin ninguna pena lo reconozco, ya lo he dicho bien que los heroísmos no me van y que lo importante es ser sincero y que maneras de abordar el viaje hay muchas. Por cuestiones del destino y del corazón mi amigo Juan se había adelantado un poco y nos habíamos puesto como punto de encuentro la ciudad de Trujillo, él hacía sus kilómetros a su manera y yo llegaría en muchas más ruedas. Estuvimos unos días separados y fue en esa pequeña ausencia que sentí al amigo más cercano y necesario.

Pero hay que decir que nuestro encuentro se vio empañado por un suceso nada agradable. Seguía ratificando lo molesto que es viajar en bus y más cuando llevas como equipaje una bicicleta de 15 kilos y otro tanto de equipaje poco convencional.

Mis bus llegaba a la ciudad de Trujillo a las 6 de la mañana, mi fiel compañero se había levantado temprano para ir a recogerme. La alegría fue inmensa al verlo por la ventanilla del bus, al bajar en esa fría mañana nos abrazamos para seguir como buenos compañeros de viaje, pero en este trámite mañanero, justo cuando descargábamos las cosas del bus, teníamos una parte del equipaje en el suelo y la bicicleta se atasco, en los menos de dos minutos en que hacíamos esto, un pequeño bolso en el que guardaba cosas de valor me fue robado. Fue cuestión de un instante. Recordemos la sabía frase de Woody Allen: “Disfruta del día hasta que un imbécil te lo arruine”, y el idiota apareció haciendo lo suyo.

Pero bueno, gajes del viaje, de la vida, del devenir. Estaba con el Juancho y había especiales motivos ese día para estar bien, el encuentro con el amigo y además conocer uno de los hitos en este viaje, la famosa y bien mencionada “Casa de ciclistas de Lucho”, que podría merecer un capítulo aparte.

Varias hay en el mundo, yo solo conocía la escuálida casa que nos albergo en La Paz, pero si vas a emprender un viaje en bicicleta por Sur América es casi imposible que en tu paso por Perú no tengas en cuenta la casa de este personaje. Todos nos hemos documentado antes y de oídas sabemos de la casa que ha albergado más de mil ciclistas alrededor de 20 años. Yo era el numero 1390, lo sé porque apenas entras firmas el libro de registro y te enteras de que número eres.

Lucho es un hombre sencillo y sobra decir que amante de la bicicleta. No tienes que avisar tu llegada ni llenar formularios, Lucho siempre te abrirá las puertas de su casa, que es la casa de todo ciclista que venga viajando. Ruedas, alforjas, radios, pedales, historias regadas por toda la casa, un par de cuartos, con camas, colchones, no importa. Un baño limpio y la calidez de encontrarte con semejantes, un lugar donde conversan los sueños de muchos.

Es raro que no haya nadie en la casa, muchos llegan para resguardarse un par de días y terminan quedándose semanas enteras, ya sea porque su bici necesita una mano o porque el ambiente es propicio para descansar. No hay ninguna cuota, lo que puedas y quieras dar a la partida será bienvenido, no hay lucro, solo es para mantener el aseo y la casa, que siempre estará en pie mientras hayan soñadores, primero como el Lucho que la puso en pie con toda la bondad posible y luego locos que con su buen sueño la alimenten.

La casa es un bello caos. La puerta abre a trancazos y nunca sabes quién tiene la llave. Apenas abres te encuentras con un salón enorme, que me imagino también sirve de morada cuando hay casa llena, ya que solo hay dos cuartos, uno abajo con un baño contiguo y arriba otro con una pequeña terraza. Fotos, imágenes, postales, saludos y agradecimientos al Lucho que tiene ubicado su taller en la misma casa.

Un taller igual de caótico y maravilloso del que se puede decir a salvado muchas vidas, entre tuercas tornillos, radios, llaves y piezas difíciles de conseguir que solo el lucho sabe cómo obtenerlas. Desde que comenzó el sueño Lucho va llenando unos inmensos libros donde cada viajero deja una nota de agradecimiento. Algunos artistas del pedal y de los colores dejan sus cuadros en cada página, otros anuncian y cuentan su recorrido, los hay que hacen casi un dosier con fotos, pagina web y demás, hay poemas, frases, cantos en cada uno de esos libros. Voces de todo el mundo, lenguas de cada lugar que te puedas imaginar, es un placer dar un vistazo a aquello.

La casa es punto de encuentro para muchos y para nosotros no fue la excepción, en ella nos volvíamos a encontrar con nuestros amigos Sonia y Carlos, los españoles que cada vez se enamoraban más de nuestro continente. Con ellos compartimos comidas y paseos por la ciudad del poeta de la cara triste, el gran Cesar Vallejo, “Hay golpes en la vida, tan fuertes … ¡Yo no sé!” .

Impresionante pasearse por esta ciudad y saber que en esa plaza que ahora es colorida el poeta paseo sus primerísimos años. Todavía habían calles de adoquines en la vieja Trujillo, la pequeña y convulsionada Trujillo de mercados de baratillos y donde me decía Lucho que buscara mis cosas robadas que de seguro las encontraría.
Me pasee un par de días entre malandrines y humildes que vendían de todo y nada vi, más que un mar de gente, productos inservibles, basura, malos olores y pobres, cientos de pobres. Se que estaba tocado por la situación de mi robo, pero me parece que solo fue esto lo que vi en esta ciudad.

Mejor desprenderse una tarde, pedalear quince kilómetros y dejarse estar en las calmas playas de Huanchaco donde también me habitaban los recuerdos de cuando fui rey en alguna de esas terracitas de un inexistente hotel, por allá en el lejano 2001, cuando se respiraba otro aire menos intenso que el de ahora y tomando una cerveza, tirado en una hamaca la tarde se dejaba caer y yo exclamaba que podía morir feliz.

Los barquitos de totora seguían adornando esa calma playa perteneciente al pacifico. Luego volvimos a Trujillo sabiendo entonces que el ritmo de viaje de ahora en adelante sería otro.

Para salir de Trujillo si vas en bicicleta, ya es ley que lo hagas en bus si no quieres ser asaltado en el pueblo de Paiján, ubicado unos kilómetros después de Trujillo. Esto cuenta el Lucho entre sus muchas historias, entonces así hay que hacerlo. Llegados a Pacasmayo, lugar donde nos llevo el bus, decidimos hacer noche y no aventurarnos con los kilómetros, seguimos contándonos historias del tiempo que estuvimos separados con mi amigo.

Al día siguiente empezaríamos a marcar la cuenta regresiva para la salida del Perú. Avanzamos hasta la ciudad de Chiclayo, ciudad sin mayor atractivo en la cual existía una particular casa de ciclistas. Allí estuvimos un par de días, pernoctando en un patio de cemento y siendo despertados todos los días por el canto de gallos, gallinas, perros, pavos y demás animalitos que circundaban nuestras carpas. Era un espacio extraño para ser una casa de ciclistas, no lo era como tal, solo que su dueño algunas veces permitía la posada de algunos viajeros que por allí pasaran.
Seguían los caminos, ahora con la meta de la frontera, pero todavía faltaban algunos kilómetros, aunque cercana, había que remontar algunos pueblos para alcanzarla.

Nuestro último hogar sería en una ciudad cercana a Piura. Después de un intenso día de pedaleo, con un sol que castigaba llegamos a la ciudad de Piura confiados en que aquí teníamos una posada, veníamos agotados y con pocas fuerzas. Al llegar a Piura hice las llamadas del caso y cuál sería mi sorpresa al saber que para llegar a nuestra posada tendríamos que hacer doce kilómetros más.

Con buena voluntad nuestro amigo Yosimar disponía su casa en la ciudad cercana de Catacaos, allí tuvimos por unos días otra de esas familia que te roba el corazón, una de esas a las que llegas tímido y luego te vas como uno más entre besos y abrazos. El padre, la madre, el hermano menor, la cotidianidad del pan y la mesa, todo eso te recuerdas que no estás solo.

Veníamos solo por un fin de semana y terminamos quedándonos una semana, por las circunstancias y otro tanto por el afecto de esta familia. Los días allí pasaron supremamente tranquilos, ya que es un pueblo chico. Mi anfitrión me enseño bastante de una danza típica de la región, “La marinera”, el era campeón nacional en este tipo de danza. No tuve oportunidad de verlo bailar en vivo, pero si a su pequeño hermano, el cual ya llevaba el don del baile.

En un concurso, en otra ciudad cercana fue amo y señor alzándose con el primer lugar. Los pañuelos al viento, las guitarras y los cantos, entre los vítores del público hacían las delicias del espectáculo. Luego de nuevo en la ciudad de Catacaos, seguiría aprendiendo un tanto de historia. En algunas de las casas del pueblo se alzaba una banderita blanca, entonces sabias que en aquel lugar vendían chicha, esa bebida tan nuestra, tan típica, hija del maíz, como lo somos nosotros.

Me contaba mi amigo que aquello de la bandera venia desde la colonia, que este pueblo resistió por aquellas banderas que anunciaban el expendio de chicha, esto despistaba a nuestros enemigos españoles que pensaban encontrar paz allí para venir a imponer su ley y se encontraban con un pueblo en resistencia, de esta manera sucedían las cosas.

Ese era el sabor que iba dejando Perú en esta ocasión. La despedida de este hogar fue durísima. La madre te acoge en brazos y el padre en su parquedad te anuncia que siempre tendrás una familia allí que te espera y así sale uno lleno entonces. Yosimar quiso hacer algunos kilómetros con nosotros para despedirnos, en una improvisada bicicleta iba escoltándonos hasta el último abrazo.

Salir de un país siempre te trae algunas nostalgias, empiezas a pasar por tu cabeza toda la película de lo que fue el recorrido por el, sin embargo se dibuja uno nuevo que trae otras expectativas, siempre inciertas, siempre nuevas, algunas veces buenas y otras…




1 comentario:

Karina Fuentes dijo...

Saludos Jaime espero que te encuentres bien, me he quedado fascinada con tu narracion de tu viaje a Peru, lo leo y leo y nunca me canso, que pena lo del robo en Trujillo, pero recuerda lo material siempre se recupera. Espero que Dios siga protegiendo tu ruta, Un fuerte abrazo y bendiciones.