Lo que yo quiero decir es América Latina...

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lunes, 12 de abril de 2010

Puerto San Julián – Ushuaia. Etérea crisis a la llegada del fin del mundo.

Me había tenido que quedar en ese perdido camping de Fitz Roy un día más. A la mañana cuando abrí mi carpa el panorama era bastante desalentador para salir al camino, un horizonte absolutamente gris lo congelaba todo.

Al día siguiente partí, con una meta en esos puntos que te plantea el mapa. Una estación de servicio quizá, una posada, un hotel, cualquier cosa y el frio que no me soltaba. Balanceabase mi bicicleta por efecto del viento, como un pequeño barco en medio de la mar. De nuevo la mente en blanco y solo pensar en poder avanzar haciendo jornadas impensadas, no hallaba lugar y el panorama comenzaba a ser desalentador por el cansancio y el infinito horizonte. Sin mayor remedio tuve que volver a recurrir al aventón, era pasar tres días a merced del viento o tratar de avanzar. Tengo que reconocer que me veo un tanto derrotado cuando tengo que montar mi bici sobre un carro, siento que pierdo el paisaje debajo de cuatro ruedas pero no hay más opción, el viento habla y así es, es el soberano de estas tierras. No es difícil que alguien te lleve, los mismos carros saben lo duro que es transitar por esta zona y no te dejaran perdido allí. Las camionetas pasan raudas y cortan el viento. Me veo sobre una de ellas yendo hacia San Julián.

En puerto San Julián me abre las puertas una familia que amasa sueños. La Panadería La Pancha es su negocio hace veinte años, entre panes y repostería exquisita esta familia me da la bienvenida. El día que llegue conté con la suerte de probar una de las delicias de esta tierra, el famoso cordero patagónico. Un asado familiar con amigos y demás era mi bienvenida. Las brasas van cocinando el animal que abierto va soltando la grasa que lo protegía del frio y ahora hace las delicias para nosotros. Es el momento justo para conocer a la familia. El negro, Natalia, su madre y un numeroso grupo de gente se reúnen alrededor de la mesa y no me siento extraño. Por aquí pasan viajeros que acogen de la mejor manera, inclusive meses atrás paso otra ciclista amiga mía de suiza que viene andando el mundo. El Fernet con coca y los aperitivos previos corrían como corría la charla para conocer a esta maravillosa gente. En la noche en medio de la conversación ocurre un hecho maravilloso, se va la luz, entonces aparecen las velas y seguimos conversando mirándonos las caras en la bruma, nada se detiene, todo continua.

Fueron días tranquilos en puerto San Julián, días de descanso donde el sol volvió, una mujer de la panadería dijo que yo lo había traído y tal vez sea así, yo vengo de la tierra del sol y lo llamo para que venga, ahora quería que estuviera con nosotros. Todos los días me levantaba con ese majestuoso olor a pan, siempre me ha parecido bella la labor de quien amasa el pan, esa comida tan legendaria, humilde y que nunca falta en la mesa. En las tardes me paseaba por la panadería para llevarme algunos biscochos y tomar el algo o la leche como la llaman aquí.

En el puerto tuve la oportunidad de conocer algo que me dejo maravillado. En este punto, muchos muchos años atrás anclo un barco especial. Fue la Nao Victoria, comandada por el navegante portugués Fernando de Magallanes. El primer hombre en circunnavegar la tierra. Aquí comenzó el mito patagónico que dio nombre a todas estas tierras. Los patagones, el estrecho, la fauna, todo adquirió el nombre de este hombre. Hay una réplica exacta de la Nao y yo la tenía que conocer. No puedo explicar la emoción que me dio cuando conocí el barco. De alguna manera Magallanes fue un motor para mí, para hacer lo que ahora estoy haciendo. Ese aventurero se lanzo al mundo para buscar un paso entre las Américas y el pacífico pasando todo tipo de penurias. De hecho su barco anclo cinco meses en este punto y por eso el homenaje de hacer una réplica de la Nao. Allí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado, la Nao Victoria, la única que retorno de tamaña aventura. Con sus hombres a bordo, sus toneles de provisiones, su proa, su popa, sus velas que la llevaron a recorrer el mundo entero. Allí estaba el mito que seguí y leí por tanto tiempo para llenarme de valor y a mi manera recorrer el continente. Tenía que transportarme al momento en que la Nao estaba activa y sentir el temor y la alegría que sentían aquellos hombres que la habitaron siglos atrás. Allí no estaba anclado un barco, estaba anclado el sueño de un hombre y yo bien lo entendía. Ese fue el gran regalo que me dejo Puerto San Julián.

Pero la Patagonia no terminaba para mí y había que salir a remontarla, saber si el viento me permitiría continuar mi aventura como se lo había permitido a Magallanes hasta ese punto. Con un camino tremendamente agotador de subidas y bajadas, curvas cobijadas por el viento pude llegar hasta Piedra Buena y anclar en la isla Pavón. Un camping bien equipado fue mi refugio por un par de días. En verdad era una pequeña isla y allí fui soberano. El Río Santa Cruz pasaba por sus riberas y sentado en confortables sillas a su lado pensaba en todo lo que había hecho hasta ahora. Veía caer la tarde y como el cielo se llenaba de colores, nada como un atardecer patagónico de los más variados colores. Un rosa que llena el cielo en diferentes tonos y luego un naranja cuando el sol se apaga. Fumaba mi pipa y pensaba en el futuro, en la gente que iba dejando atrás, en los que se habían robado mi corazón, en este camino que todos los días me planteaba un nuevo desafío, en lo que faltaba por conocer, me sentía con fuerzas pero también con una nostalgia terrible, eso hacen los bellos paisajes, esa es la saudade de la que hablan los portugueses.

Fui al pueblo para conocerlo, acompañado por mi compañera de dos ruedas que también es curiosa como yo y pide que la lleve a todos lados. Piedra Buena está llena de murales hechos por artistas de la región, estos adornan sus avenidas y todo en la ciudad es pulcro, hasta los cestos de basura están adornados con peces de madera, truchas que pululan por sus ríos.
Al día siguiente trate de avanzar lo más que pude, solo logre hacer 40 kilómetros, ya lo he dicho, la palabra la tiene el viento y esta vez como en ocasiones anteriores me frenaba en seco y no me dejaba avanzar. Un aventón más, simple recorrido en automóvil, esta vez en la parte de atrás sintiendo todo el poder del viento que no te dejaba mover avance hasta la ciudad de Rio Gallegos.
Rio Gallegos es la meca del viento, en ninguna otra ciudad sentí su poderío como en esta. Hasta para transitar caminando se torna difícil la situación. Me han contado que en ocasiones las ráfagas alcanzan tal magnitud, que tienen que poner lazos para que la gente se prenda de ellos y pueda caminar sin ser víctima de él. Mientras esperaba a mi anfitriona que me iba a hospedar tuve que resguardarme en una esquina porque ese día como otros rugía ferozmente. Al interior de las casas puedes sentir su poder, sientes como golpea en las ventanas y silba como un desesperado, miras los arboles como resisten los embates y algunos ya tienen la marca de la dirección en que normalmente sopla, se han inclinado a merced de la naturaleza. Mi anfitriona, Mónica es una mujer que gusta de la bicicleta, junto con un numeroso grupo de amigos formaron el equipo de ciclo turismo Koyen Aike, que significa lugar del viento. Ellos lo conocen bien, pero cada vez que pueden y quieren salen a desafiar al viento sobre sus bicicletas recorriendo la región y sus alrededores. Fue interesante compartir con ellos y conocer sus historias sobre ruedas. Me contaban que tranquilamente cuando el viento a estado a su favor, en terreno llano han podido alcanzar velocidades de 70 kilómetros por hora, esto para una bicicleta es una locura, debe ser exactamente como volar, desplazarse sobre el pavimento. Caminando por su costanera sientes el poder del viento cuando te dejas ir hacia atrás y el te sostiene, caminas en su contra y es como estar arrastrando una pared.

De esta ciudad partí con una alegría inmensa pues me debía internar en la isla de Tierra del Fuego, cruzar una frontera, pasar por ese pedacito de Chile que comparten con Argentina, cuestiones de la geografía. Hace mucho rato no cruzaba una frontera y para mí siempre supone una especie de pequeño triunfo remontar una. Agradezco andar en bicicleta cuando paso una frontera, nunca tengo mayores inconvenientes como si los tienen los que viajan en bus y tienen que descender, mostrar su equipaje y demás. A mí solo me sellan el pasaporte y ni se fijan en la bici. Primero sellas la salida de Argentina, luego cambias de sala y ya estás en tierras chilenas. Un cartel te anuncia la llegada y como es habitual te insertas por parajes solitarios en el nuevo país. Tenía que hacer unos cientos de kilómetros, cruzar el estrecho de Magallanes y luego volver a tierras argentinas. El objetivo de este día era otro de esos parajes que moría por conocer. El estrecho de Magallanes, el sueño de aquel Fernando, del navegante. Lo primero que comí en tierras chilenas fue un plato de lentejas en uno de esos restaurantes perdidos en la nada. En chile gustan del picante, así que bienvenido, soy bueno para él. Con ese calor en el cuerpo me fui al estrecho, cada vez me acercaba más y de pronto, luego de algunas horas apareció.

No sé cuantos viajeros desprevenidos pasan por este punto sin saber qué es lo que están cruzando. El punto se llama primera angostura, es como su nombre lo indica la parte más angosta del estrecho. Habría que imaginar a aquellos hombres viendo por primera vez el paso que tanto estaban buscando, debió haber sido como la luz que vez al final cuando estas cruzando el túnel. Ahora un enorme ferri te pasa de lado a lado, son solo veinte minutos atravesándolo. Cuando llegue, el ferri salía inmediatamente, no me dio tiempo de digerirlo, estaba por fin cruzando el estrecho de Magallanes. Me vi sobre aquel enorme aparato cruzándolo, deje mi bici instalada y subí a ver el paso, no lo podía creer, fue uno de los momentos más emotivos de todo mi viaje. Hubiera querido que el ferri demorase más tiempo en cruzar, sentía que iba demasiado rápido. Me vi del otro lado, ahora con tiempo de observar este mítico paso. Me tome el tiempo para observarlo y pensar un tanto en Magallanes. Lo bueno de todo esto es que debía pasar una noche allí así que tenía más tiempo para digerirlo. Solo hay un restaurante del otro lado y conté con suerte para instalarme. Había un puesto de gendarmería abandonado y a su lado un par de casitas que fueron mi refugio. Me instale con la maleva y fui a comer. Otro regalo con buena comida para celebrar el paso. La tarde se fue lenta mientras comía y pensaba en el estrecho. Un letrero gigante te avisaba que entrabas a tierra del fuego.

Desde este paso ya empezaba a pensar en una de las metas más deseadas de todo el viaje: Ushuaia. El camino de hoy me iba poniendo en ruta. No sabía lo que me esperaba. Era una paradoja pero con más de 16.000 kilómetros andados era poco lo que había hecho por carretera destapada en esta Latinoamérica que muchos piensan rural y el día de hoy tenía ese planteamiento. No quería creer lo que me había dicho lo mujer en el restaurante, tenía que sortear 100 kilómetros de ripio. Este día me proponía hacer solo la mitad pues ya había cumplido con lo del día. Podría decir que desde este punto empezaron para mi ciertas enseñanzas que hasta ahora el camino no me había dado. Cada viajero tiene su estilo propio de moverse. Yo viajo bastante ligero de equipaje, en la mañana como algo y espero para llegar hasta un punto para volver a comer, por suerte siempre encontré algo, para mí el continente no resultaba tan inhóspito como muchos de afuera piensan. El sur y sobretodo esta parte está plagado de viajeros que quieren conquistar Ushuaia, ya sea en moto o en bicicleta. Europeos, Canadienses, Australianos en su mayoría. Yo contaba aquel día de camino de ripio esperar un pueblito donde parar a comer pero esta vez no resulto. Me vi en medio de curvas pedregosas con una casita de lata puesta por quien sabe qué mano sagrada para pasar mi noche, un paquete de galletas y dos botellas de agua, de pronto y no sé de donde detrás de mí apareció otro ciclista, un canadiense, de estos que andan lo suficientemente equipados como para llegar a la luna, con todos sus buenos jugueticos de camping que impresionan a cualquiera. Ese día fui aprendiendo, después de tanto tiempo, que no viene mal llevar un tanto de comida extra. Aquel hombre salvo mi estomago ese día. Compartimos algunas experiencias de viaje y dormimos viendo guanacos saltando afuera de nuestra casa.

El otro día no traería buenas experiencias para mí. Desde el despertar ya se anunciaba lo que sería un día negro. La bici estaba pinchada. El frio calaba los huesos y había que empezar a repararla, ya ese acto se robaba las primeras energías de la jornada. Es bastante desalentador despertar así. Mi compañero de viaje viendo mi lentitud en cambiar la rueda, me dijo sabiamente; yo lo entendí, Jaime tenemos ritmos diferentes de viaje, yo debo seguir. Así fue. Volví a quedar solo en aquella casita reparando una rueda y un par de cosas más que aparecieron en el momento. Solo podía pensar en los 60 kilómetros de ripio que me esperaban. El camino estaba bastante deteriorado y las rocas hacían saltar la bicicleta. De pronto empezó una racha de pinchazos que no podía creer. Tres en total, haciendo mi camino mucho más tortuoso de lo que ya era. Cambiar una rueda puede no suponer mucha complicación, pero hacerlo con viento fuerte alrededor si lo es. A la tercera reparación ya era todo un experto y encontraba el hueco reparándolo al instante. Fueron largas horas para hacer un camino que no suponía mucho tiempo. Ya pronto para llegar y debido al cansancio, al agotamiento y la desesperación me desconcentre y caí de la bici rodando unos metros lejos de ella. No fue mayor cosa, un leve raspón y sentirme como el mayor de los idiotas por caer de tan ingenua manera. Miles de pensamientos se pasan por mi cabeza, por vez primera me cuestione lo que estaba haciendo. Por vez primera me sentía equivocado en algo de lo cual tenía la más absoluta certeza de querer hacer, esto fue lo que más me conmociono. Cuando llegue a la primera frontera, San Sebastián, la salida de Chile, esperaba un buen lugar para pernoctar pero no fue así. Con suerte pude comer un buen sanduche de carne y no obtuve lo que más quería, mi anhelado baño. Ese día llegue a pensar que todo podía terminar y Ushuaia sería el último punto de mi viaje. Era triste, tristísimo que se me pasara esa idea por la cabeza, pero es lo que puede hacer el cansancio y una mala jornada de pedaleo acompañada por días ruines. En ese paso fronterizo que esta vez no supuso alegría me sobrevino la tristeza y sentí la soledad golpeándome la espalda, pero no lo di todo por perdido, me decía que debía llegar Ushuaia y pensar, pensar mi regreso, me daba esos kilómetros para reflexionar y por suerte nuevas experiencia me enseñarían que no todo estaba perdido y al camino le faltaban nuevas enseñanzas.

El camino me regalaba al día siguiente una ciudad, Rio grande, a 200 kilómetros de mi meta. Una ciudad donde posar la cabeza en la almohada y pensar. Busque un hostal, unas sabanas blancas y al lado del mar pensé. Me dije que no podía tirar por la borda todo lo hecho atrás y que todavía faltaba mucho continente por comerme sobre mis dos ruedas.

En aquel hostal paro otro ciclista, otro canadiense que venía desde su país recorriendo nuestro continente, parece que esta vez sí tendría un compañero de viaje. Se llamaba Bryan y con el haría los últimos 200 kilómetros hasta Ushuaia. Salimos en otro de esos días grises patagónicos donde la garua se mantiene todo el trayecto y tendría más para aprender. Bryan también llevaba comida para el camino, yo no. Paraba siempre en la mitad del viaje y comía, comía mucho este hombre. Se sorprendió de que yo no llevara nada y me insto a que de ahora en adelante debía proveerme antes de hacer una jornada, de él aprendí eso. Un hombre de andar tranquilo, sin prisas, como debe ser todo buen viajero. Un tipo que había encontrado su ritmo después de 40.000 kilómetros, había que aprender de aquello.

Paramos en Tolhuin antes de llegar a Ushuaia, en la famosa panadería la Unión comandada por un ángel que abría ese espacio a cualquier viajero que por allí pasara, sobre todo si iba en bicicleta. Por supuesto el lugar estaba plagado de ciclistas y como siempre hubo espacio para un par más.

Solo 100 kilómetros nos separaban de la ansiada meta, sobre todo para Bryan que allí terminaba su periplo de dos años y medio de recorrido, para mí era la mitad del viaje. El día anterior nos habíamos despachado en conversaciones mientras pedaleábamos, hablábamos como dos buenos viajeros sobre nuestras compañeras de viaje, pero esta jornada no fue así. Me gustaba pensar que para este hombre era toda una jornada de reflexión, me pensaba llegando a mi querida Medellín cuando ello sucediera y en lo que podría estar pensando en aquellos momentos.
El camino estaba plagado de verde, de montañas, de cuestas, lagos, rectas, curvas, lo tenía todo. A lo lejos se veían unas montañas ligeramente cubiertas de nieve y para mí era el más bello de los espectáculos. Pensaba en mis montañas antioqueñas cubiertas de verdor y veía estas que sugerían otra belleza con su minúsculo manto de nieve, nieve que no es común para mí. Contábamos los minutos para arribar a nuestra meta. En un tramo Bryan se descolgó en solitario, tal vez quería regalarse solo la llegada a Ushuaia, ser el primero que viera su meta. Un cartel anunciaba que a pocos kilómetros estaríamos entrando a la ciudad más austral del mundo. Aquí no había espacio para el agotamiento cuando entre curvas que iban y venían se abrió paso la ciudad y su cartel que decía: Bienvenidos a la ciudad más austral del mundo, Ushuaia. Nos abrazamos, felicitamos y saltamos de júbilo, yo tome su foto y el la mía, de pronto el cielo se partió en dos y empezó a llover, el cielo celebraba con nosotros, el fin del mundo nos recibía por fin.

2 comentarios:

Daniela Falcón dijo...

Que lindo todo lo que contás... todo, lo más lindo y lo no tanto.
Cuanto enseña el camino, aún en esos momentos en que parece que nos equivocamos y decimos quien me habrá mandado a esta! al rato o al día siguiente entendemos el por que estuvimos en esa.

Que sigas muy bien!

adriana dijo...

Que bonita manera de contarnos un atardecer patagónico, al relatarnos que vivir estos paisajes despertó tu nostalgia… nos construyes y nos expresas algo muy hermoso.

Leer estos escritos mueven una nostalgia terrible… pero me hacen sentir mas fuerte.